De licencia en casa en Alemania

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Bajo la administración del nuevo Ministro de Armamento, Albert Speer, la producción de guerra alemana se estaba intensificando.

Henry Metelmann recibió permiso para dejar el Frente del Este durante este período y logró pasar un mes entero en casa en Alemania. Le llamó la atención el número de trabajadores extranjeros que tenían ya una presencia considerable en su ciudad natal, Altona, cerca de Hamburgo. Ahora Alemania se estaba convirtiendo en una economía de guerra total de tiempo completo -un movimiento que se había retrasado hasta principios de 1942- y estaba movilizando a todos los hombres capaces posibles para los fines de la Wehrmacht.

También “había ataques aéreos por lo menos tres o cuatro veces a la semana”, -las campañas de bombardeo de la Real Fuerza Aérea (RAF) estaban empezando a tener un impacto-. Asimismo, había numerosos pequeños ataques de arrebato, que estaban diseñados sólo para molestar y encender las alarmas antiaéreas de forma regular, aunque cayeran pocas bombas.

Sin embargo, trató de disfrutar sus vacaciones tanto como las circunstancias se lo permitieran:

El baile estaba prohibido en todo el país a lo largo de la guerra; muy pocos lugares servían abiertamente bebidas alcohólicas en las barras, y los pasteles y cosas como esas eran tan buenos como casi imposibles de obtener, por lo que no tenía mucho sentido ir a los bares o restaurantes.

El racionamiento de alimentos y ropa era tal que, aunque severo, nadie estaba muriendo de hambre, hasta donde yo podía ver.

Había un área donde Metelmann tenía dificultades. Era imposible hablar abiertamente acerca de la guerra. Anteriormente había sido un partidario nazi muy comprometido, al ser un producto de las Juventudes Hitlerianas –las cuales había disfrutado-. Ahora, sus experiencias en Rusia le habían hecho más ambivalente sobre el régimen -pero sabía que no se atrevería a discutir esto con nadie-:

Dondequiera que fuere, la gente estaba ansiosa por escuchar de mí lo que estaba sucediendo en el Frente Oriental. No porque yo hubiera hecho algún acto heroico, sino simplemente porque yo había estado en un momento y lugar determinados, por los cuales había recibido una cantidad de medallas y, en ese solo tenor, mi reporte de los eventos era aceptado como auténtico. Lo último que quería era dar la impresión de que Alemania podía encontrarse posiblemente en el lado perdedor.

Aunque no dije ninguna mentira, tampoco dije toda la verdad; guardé los aspectos más negativos de mis experiencias para mí mismo. Me di cuenta que la mayor parte de las preguntas contenían una cierta medida de cuestionamiento en cuanto al resultado de toda la guerra -sobre todo entre aquellos que habían sufrido la guerra de 1914-18- y siempre ‘saltaba’ sobre la persona que cuestionaba y le dejaba muy en claro que, cualesquiera que fueren las dificultades, para mí la victoria final de nuestra Alemania no estaba en duda.

 

Entonces un tío me preguntó qué pruebas fácticas tenía para mi total convicción y, tratando de pensar en alguna, sentí que yo mismo me estaba acorralando en una esquina y que realmente no tenía en absoluto ninguna evidencia. Hay que tener en cuenta, por supuesto, que mi tío y los otros muchos que dudaban sobre este asunto no podían darse el lujo de desafiarme abiertamente.

 

No tiene caso ni decirlo pero, aunque yo nunca hubiera reportado a nadie, todos estábamos conscientes de que el Partido Nazi tenía ojos y oídos en todas partes y que muchas cosas extrañas estaban sucediendo en Alemania.

Si deseas saber más, lee “Through Hell for Hitler” [A través del infierno por Hitler], de Henry Metelmann.

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Mujeres trabajadoras en una línea de producción de tanques, en 1942.