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Sin relevo dentro del cerco

Un soldado alemán herido fuma junto a miembros de la Luftwaffe en un aeródromo de Stalingrado durante el invierno de 1942. Los vuelos que salían de la bolsa constituían también la principal posibilidad de evacuación para los heridos y enfermos.

El 4 de enero de 1943, la fuerza alemana que había intentado abrirse paso hacia Stalingrado ya retrocedía hacia el oeste. La Operación Tormenta de Invierno había fracasado y el Sexto Ejército continuaba encerrado entre el Don y el Volga, sin una ruta terrestre por la cual recibir hombres, combustible, alimentos o municiones.

El puente aéreo mantenía un vínculo con el exterior, pero no ofrecía una solución. Durante diciembre, los aviones habían llevado a la bolsa apenas una fracción de las necesidades mínimas del ejército. El mal tiempo, las pérdidas de aeronaves y la creciente distancia desde los aeródromos situados fuera del cerco reducían aún más la capacidad de abastecimiento.

Alrededor de las posiciones alemanas, el Frente del Don ya controlaba todo el perímetro. El plan soviético para la Operación Anillo se preparaba para reducir la bolsa por etapas, dividir las fuerzas cercadas y obligarlas a retroceder hacia las ruinas de Stalingrado.

Dentro del cerco, sin embargo, aquella situación estratégica se vivía en una escala mucho menor. La guerra seguía siendo una cota numerada, un búnker disputado, una bengala suspendida sobre la nieve o el ruido de las armas en la oscuridad.

Adelbert Holl, teniente de infantería de 23 años de la 94.ª División de Infantería, permanecía en uno de esos sectores. Durante la noche del 4 al 5 de enero, el combate volvió a acercarse a las posiciones que vigilaba:

4 de enero de 1943

Durante la noche del 4 al 5 de enero volvió a regir el máximo estado de alerta. Más a nuestra izquierda, hacia el noroeste, detrás de la cota 147,6, el combate arreciaba. Al parecer, “Iván” intentaba recuperar ahora el búnker.

Fui con Nemetz hasta un puesto avanzado. Cuando las bengalas ascendían hacia el cielo al oeste de nosotros, recortaban durante unos segundos toda la elevación. Teníamos que mantenernos en guardia, pues el enemigo podía intentar penetrar en la línea del frente cerca de nosotros, suponiendo que el ruido del combate nos distraería. De noche era difícil descubrir a soldados bien camuflados, sobre todo cuando el silencio nocturno era interrumpido por el crepitar del fuego de ametralladoras y fusiles. También nosotros utilizábamos las bengalas con poca frecuencia. Los centinelas tenían órdenes de emplearlas con moderación.

Después de algún tiempo partí para inspeccionar el puesto de la derecha. Allí encontré al teniente Augst, que conversaba con el capitán Matho, comandante de la unidad vecina situada a nuestra derecha. Así tuvimos ocasión de conocernos. Aquel sector también estaba tranquilo. No obstante, todos permanecían —como nosotros— preparados para desplegarse de inmediato en caso de alarma.

De regreso a mi puesto de mando, todavía podía oír el furioso intercambio de fuego de fusiles y ametralladoras, así como el breve ladrido de las granadas de mano al estallar. El combate seguía librándose con furia. Ojalá nuestros hombres se impusieran.

Si deseas saber más, lee An Infantryman in Stalingrad [Un soldado de infantería en Stalingrado], de Adelbert Holl.

 

El registro operacional de la misma jornada convirtió aquel ruido nocturno en baterías localizadas, una penetración soviética junto a la cota 147,6 y pelotones reunidos apresuradamente para cerrar la brecha:

Comando General del XI Cuerpo de Ejército

Parte diario del 4 de enero de 1943

16.ª División Panzer: intenso fuego de artillería y morteros sobre todo el sector de la división durante las horas de la mañana. La batería de observación localizó dos nuevas baterías enemigas. Hacia las 11:00, el enemigo tendió por primera vez un fuego de barrera sobre el barranco situado a la altura del puesto de mando de la división.

A las 11:30, tras una intensa preparación artillera, los rusos atacaron varias posiciones del sector oriental de la división, concentrándose principalmente en la cota 147,6. Lograron abrir una brecha en un punto inmediatamente al oeste de la cota 147,6. En estos momentos se están adoptando contramedidas.

A las 13:30 se concentró un intenso fuego de artillería con munición fumígena sobre las cotas 145,1 y 0,6.

Adición al parte diario: el contraataque destinado a eliminar la penetración enemiga cerca de la cota 147,6 ha quedado detenido por un intenso fuego defensivo de artillería y morteros. Por el momento, la brecha ha quedado cerrada. Continúan las contramedidas.

Compañía de intervención formada con personal de los servicios de abastecimiento de la 16.ª División Panzer: un oficial y cien suboficiales y soldados, organizados en tres pelotones. De ellos, dos pelotones fueron enviados para ayudar a cerrar la brecha en la cota 147,6; el tercer pelotón quedó a disposición de la división en el barranco situado a 4 km al noroeste de 431.

El parte diario del XI Cuerpo de Ejército del 4 de enero de 1943 se reproduce en An Infantryman in Stalingrad [Un soldado de infantería en Stalingrado], de Adelbert Holl.

El parte podía registrar que la brecha había quedado contenida. No podía mostrar con la misma claridad qué recursos quedaban para sostenerla. Gottfried von Bismarck, un joven oficial de 21 años que acababa de regresar por aire a su regimiento dentro de la bolsa, describió las condiciones que encontró el 4 de enero:

¿Cuál era la situación dentro de la bolsa? ¿Qué había cambiado en Stalingrado durante las seis semanas que estuve ausente? El ejército se moría ahora de hambre; ya no quedaban reservas de víveres. El abastecimiento aéreo no podía aportar ni de lejos lo necesario. Poco a poco, las raciones se hicieron cada vez menores, hasta que al final hubo que rebuscar comida.

La situación, cada vez más desesperada, agravaba las condiciones de los heridos y enfermos. Faltaban incluso los materiales médicos más elementales: vendas, medicamentos, narcóticos, por no hablar de refugios con algo de calor. Los heridos y enfermos de la bolsa apenas tenían posibilidades de sobrevivir. Por eso, todo herido que todavía pudiera arrastrarse intentaba hacerse con un lugar en un avión, si era necesario, por la fuerza. Aquello provocaba escenas espantosas en el aeródromo.

El combustible que traían los aviones no bastaba ni siquiera para devolver al combate el par de carros de combate que aún seguían operativos. No había combustible para las ambulancias. En la medida de lo posible, los heridos tenían que ser recogidos y trasladados en trineo. Los últimos caballos ya no servían como animales de carga y eran demasiado pocos para constituir una reserva de alimento.

Pero lo peor de todo era la falta casi total de munición para las armas ligeras y pesadas. Para cada proyectil disparado por la poca artillería que quedaba era necesaria la autorización del comandante de la división. Las posibilidades de rechazar un ataque ruso en aquellas condiciones, algo con lo que debíamos contar a diario, eran muy escasas.

Así era Stalingrado el 4 de enero de 1943: ninguna posibilidad de calentarse un poco, ninguna posibilidad de supervivencia para los heridos, ninguna munición, ningún arma con la que rechazar a los tanques rusos, ninguna perspectiva de socorro desde fuera de la bolsa. Fue y sigue siendo asombroso que los hombres todavía estuvieran dispuestos a continuar luchando en aquellas circunstancias.

Si deseas saber más, lee Survivors of Stalingrad: Eyewitness Accounts from the 6th Army, 1942–43 [Supervivientes de Stalingrado: relatos de testigos del Sexto Ejército, 1942–1943], editado por Reinhold Busch, capítulo “I Flew into the Pocket” [“Volé hacia la bolsa”], de Gottfried von Bismarck.

Sobre el papel, el 4 de enero terminó con la brecha contenida y las contramedidas todavía en marcha. En el puesto de Holl, los hombres aún esperaban imponerse. En la mirada de Bismarck, la bolsa ya no tenía reservas, municiones suficientes ni una perspectiva real de socorro. Ambas visiones pertenecían a la misma jornada.

Dentro del cerco aún podía recuperarse un búnker, cerrar una penetración y reunir a cien hombres de los servicios de abastecimiento para reforzar una línea. Cada una de aquellas acciones conservaba su urgencia. Pero el Sexto Ejército podía cerrar una brecha dentro de la bolsa; ya no podía abrir una salida hacia el exterior.

Durante la noche del 4 al 5 de enero, los centinelas continuaron observando las bengalas sobre la cota 147,6. Su tarea inmediata seguía siendo escuchar, esperar y resistir hasta el amanecer, aunque más allá de aquel horizonte ya no avanzaba ningún relevo.

Un soldado de infantería alemán fuma en Stalingrado el 27 de noviembre de 1942.jpg

Un soldado de infantería alemán fuma en Stalingrado el 27 de noviembre de 1942, pocas semanas antes de la jornada descrita por Adelbert Holl. (Foto: Bundesarchiv, Bild 183-R1222-501/ Friedrich Gehrmann/ Allgemeiner Deutscher Nachrichtendienst–Zentralbild, Bild 183).

Soldados soviéticos avanzan entre las ruinas de Stalingrado el 1 de noviembre de 1942.

Soldados soviéticos avanzan entre las ruinas de Stalingrado el 1 de noviembre de 1942. Para enero, las fuerzas del Frente del Don rodeaban las posiciones alemanas y preparaban la reducción de la bolsa. (Foto: RIA Novosti, imagen 2391/ Gueorgui Zelma/ archivo RIA Novosti).

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Un Junkers Ju 52 alemán se aproxima a Stalingrado a finales de 1942. Aeronaves de este tipo participaron en el puente aéreo del que dependía el Sexto Ejército cercado para recibir alimentos, combustible, municiones y material médico. (Foto: Australian War Memorial, P02018.181).

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