Desde inicios de febrero de 1942, el impulso de la contraofensiva soviética se había debilitado y las fuerzas alemanas estaban intentando reiniciar su ofensiva, sin embargo, el ataque alemán sólo avanzaba lentamente, siendo conducido contra un férreo enemigo y fuertes tormentas de nieve.

 

No obstante que la mayor amenaza al Grupo de Ejércitos Centro había sido eliminada, la crisis aún no había sido completamente resuelta. El Ejército Rojo estaba decidido a destruir a las unidades alemanas localizadas en el área entre Yukhnov y Rzhev, en las inmediaciones de la capital rusa. Las fuerzas soviéticas del Frente de Kalinin y el Frente Oeste habían recibido nuevos elementos que incluían cuerpos de guardias, divisiones de fusileros, brigadas aerotransportadas y regimientos aéreos, con el objetivo de reforzar a los ejércitos que habían penetrado en el aérea de Yukhnov.

 

A pesar de la condición deplorable de las tropas alemanas, las huestes del Eje habían logrado restituir la línea y ahora se libraban batallas aisladas a lo largo de todo el frente oriental. Max Kuhnert, después de haber sufrido un breve cautiverio a mano de los rusos, describe cómo se desarrollaban estos combates esporádicos en los cuales se enfrentaban a riesgos de índole diversa:

Reconciliando el deber y la moral

El Generaloberst Georg Lindemann (al centro) visita el frente de batalla en el sector norte de la Unión Soviética, en febrero de 1942.

Dios mío, estaba excesivamente frío, el viento helado y abrasador que llegaba era enloquecedor, cortaba a través de nosotros como si tratara de barrernos de la faz de la tierra. Incluso traté de caminar hacia atrás, pero eso sólo hacía las cosas difíciles. Era como si un poder fenomenal estaba vertiendo helada tras helada sólo sobre nosotros; agotaba nuestra energía, detenía nuestra respiración y se reía de nuestra vestimenta. ¿Cuánto más podríamos seguir así? Volteé y tomé la ametralladora del hombre gruñendo detrás de mí, sin duda estaba agradecido. Sólo la cara del ruso enano me hacía l continuar, particularmente porque la correa del arma lastimaba el hombro al que le había dado. Gracias a Dios estábamos en forma, teníamos que estarlo.

 

El capitán Lorenzen se detuvo, esperó para que todos pudieran alcanzarnos y agitó sus manos para que nos reuniéramos. ‘Lo que tenemos que hacer es reunir al resto del grupo y luego a la patrulla del lado izquierdo’, dijo. Tan pronto como finalizó de pronunciar sus palabras, escuchamos y vimos disparos enfrente o, para ser precisos, a nuestra derecha debido a que habíamos hecho un gran círculo hacia la izquierda.

 

‘Maldita sea’, gritó el capitán Lorenzen. ‘Aquellos idiotas no nos han esperado y han atacado a los rusos por detrás. O de lo contrario han sido descubiertos’. Lo único que podíamos hacer ahora es apresurarnos y cerrar la brecha entre nuestros dos grupos. Fue relevado de la ametralladora y el capitán Lorenzen me llamó a su lado, al mismo tiempo que daba instrucciones para que se transmitieran a todos para que avanzaran en línea, pero sin disparar hasta que fuera dada la orden y seguir adelante hasta que realmente hiciéramos contacto. Sé que mi corazón estaba latiendo rápidamente y no sólo por el vadeo entre la nieve, estaba también maldiciendo en voz baja porque me sentía por debajo de mi dignidad como jinete el haberme convertido en un soldado ordinario en el avance de la infantería. Mi Sigfrido [su caballo] estaba todavía en mis pensamientos. No había nada qué pudiera hacer ahora. Me aseguré que mi pistola automática estuviera lo suficientemente tibia y que tuviera un cargador adicional con 25 rondas en la parte alta de mi bota de fieltro. El sargento Gebert, quien ahora tenía la ametralladora, me dijo, ‘la nieve está muy alta como para poner esto en el suelo’.

 

‘Bien, utilízala desde la cadera’, le dije. ‘Toma un pedazo corto de munición contigo y colócala en tu bolsillo y déjalo que fluya, esto debería funcionar bien, de cualquier manera, sólo tienes que disparar ráfagas cortas, pero asegúrate que ninguno de nosotros estemos frente a ti si lo haces’.

 

Hasta ahora nuestro grupo no había sido descubierto, para este momento habíamos dejado el bosque atrás, reuniéndose los otros de nuestras unidades que se habían separado anteriormente. Los disparos se estaban intensificando y varias bengalas ascendieron para iluminar la escena. Pensé que era algo estúpido de parte de los rusos, porque también serían vistos, tanto como nosotros, Había varios graneros pequeños frente a nosotros, podíamos verlos ahora, gracias a las bengalas rusas; también vimos llamas, así que algo debió haber sido impactado por nuestros compañeros a la derecha.

 

‘Manténgase bajos’, gritó el capitán Lorenzen. ‘No corran riesgos y sólo disparen cuando vean algo, de otra forma sigan avanzando’. Repentinamente ahora nos estaban disparando, pero sólo era fuego de fusiles. El sargento Gebert disparó una ráfaga de fuego de ametralladora en esa dirección y corrimos tan rápido como nos permitía la nieve hacia los graneros. Mi temor se había esfumado, estaba deseando encontrarme con los sinvergüenzas. Ahora estaba armado. Mi pistola automática estaba lista y forzando mis ojos, debido a que las bengalas se habían apagado, de reojo observé al capitán Lorenzen, quien parecía estaba teniendo dificultades para respirar. El fuego de ametralladoras venía en nuestra dirección, casi podía sentir el impacto en la nieve al lado mío. Escuché un grito penetrante viniendo desde la dirección del capitán Lorenzen y titubeé, pero luego seguí adelante para alcanzar la esquina del primer granero. Ahora pequeños morteros estaban explotando a todo nuestro alrededor y no pude evitar pensar en mi hermano Willy. Así es como encontró su muerte; hacía unos cuantos días antes que había recibido una carta de su ametrallador número 1. Me mantuve tan bajo como pude, el sargento Gebert estaba a mi izquierda y el resto estaba disperso. Gebert disparó algunas ráfagas en el granero. Disparaba, como le sugerí, desde la cadera y nos pusimos a salvo bajo cubierta, queríamos recuperar nuestro aliento. Saqué una de las granadas de mano de los ojales de mis botones, eché mi subametralladora hacia atrás del hombro y busqué la puerta del granero. Estaba abierta, por lo que salté y me deslicé hacia ella; luego, jalando del seguro de la granada, la lancé justo en medio del granero. Las llamas y explosiones me cegaron por unos segundos, después, colocando mi subametralladora hacia mi cadera, disparé hacia adentro tanto como me fue posible, antes de lanzarme a cubierta de nueva cuenta. Todo estaba inmóvil allá adentro.

 

 

El teniente Leitner y su patrulla había tomado a los rusos completamente por sorpresa -probablemente no esperaban tres grupos y habían colocado sus manos arriba-. Antes de tomar rumbo a casa, arrastrando al capitán Lorenzen, tuvimos que destruir los morteros que nos habían causado tantos problemas.

 

 

Antes que pudiera descansar en algún lugar tibio y tranquilo para tomar una siesta, me llamaron para que me reportara con el capitán Schutte. Quería saber todos los detalles, particularmente acerca del capitán Lorenzen, ya que debía escribir un informe para el registro. También tuvo algo horrible e inesperado para nosotros: ‘¿Recuerdan los prisioneros que trajeron consigo esta mañana?’

 

‘Sí’, contesté. ‘¿Qué hay con ellos?’

 

‘Bien’, dijo. ‘No puedo encontrar otra salida -no tenemos hombres que desperdiciar- nos tenemos que deshacer de ellos, llévenselos a un kilómetro de aquí y dispárenles’.

 

‘No puedo hacer eso’, protesté. ‘No sabría cómo hacerlo’.

 

‘¡¿Qué?!’ gritó. Podía ver que ya se había molestado. ‘No puedo hacer esto yo mismo, así que háganlo de una vez, maldita sea’ y simplemente salió apresuradamente de la habitación.

 

Dieciocho prisioneros, con aspecto muy cansado, estaban caminando a través de la nieve enfrente de mí. Estoy convencido que ellos pensaban que estaban siendo llevados a algún campo. Estábamos situados al borde del bosque, el siguiente bosque estaba a unos tres kilómetros en dirección del cuartel general del regimiento y podía ver en la nieve las huellas del trineo y de los cascos de caballo del capitán Lorenzen y su escolta.

 

Yo estaba tan cansado como ellos, quizá aún más porque estaba en un dilema y sólo el aire helado mantenía mis sentidos despiertos. Estábamos realmente caminando muy despacio, pero no me importó -esto era demasiado e iba en contra de mis creencias-.

 

Tuve un largo debate conmigo mismo e incluso cuando consideré todas las cosas a favor de dispararles, concluí que debía decidirme en decir una gran mentira y cometer asesinato a sangre fría. Creo que muy dentro de mí, ya me había decidido, de cualquier manera, ¿qué había de malo con una mentira si la vida de dieciocho hombres estaba en juego? Quizá el capitán Schutte estaba esperando una, claramente se había lavado las manos de este asunto.

 

 

Cuando llegamos al bosque les indiqué que siguieran adelante y luego cambié de parecer porque sentía el peligro de dejarlos moverse entre los árboles. Algunos desearían echarse a correr y me vería forzado a disparar. Les grité para que se detuvieran y les indiqué con mi subametralladora que se colocaran en una línea. Pude ver la alarma en sus rostros. Uno de los más viejos abrió su pecho y apretando una cruz en un hilo dijo con voz de súplica, ‘Malenkuye, Magda’ (niños pequeños, esposa). No podía soportar más y agité mi mano en dirección hacia el bosque, bajé mi subametralladora y me di la vuelta. No volví la mirada por un rato, pero después de haber avanzado unos veinte metros, di un vistazo sobre el hombre y para mi alivio no pude ver a nadie alrededor.

Si deseas saber más, lee “Will We See Tomorrow? A German Cavalryman At War 1939-1942” [¿Veremos el mañana? Un jinete alemán en guerra 1939-1942], de Max Kuhnert.

Soldados soviéticos observan una pila de prisioneros de guerra rusos torturados y asesinados por los alemanes, en el invierno de 1942. Estas atrocidades eran rutinarias debido a las órdenes alemanas.

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