A pesar de que la base naval en Ceilán había recibido una advertencia temprana acerca de la fuerza de tarea japonesa aproximándose, los barcos de la Armada Real británica en el Océano Índico se encontraron una vez más en desventaja al no contar con cobertura aérea adecuada. Los cruceros HMS Cornwall y HMS Dorsetshire patrullaban juntos cuando fueron atacados por los bombarderos provenientes de los portaaviones japoneses. Walter Fudge se encontraba a bordo del HMS Dorsetshire:

El HMS Dorsetshire y el HMS Cornwall son hundidos

Los cruceros pesados de la Armada Real, el HMS Dorsetshire y el HMS Cornwall, siendo atacados por aviones japoneses provenientes de un portaaviones, el 5 de abril de 1942. La fotografía fue tomada desde un avión japonés.

A las 11 AM del domingo 5 de abril, un solitario avión japonés fue avistado por la popa y a la 1:40 PM, el Cornwall y nosotros fuimos atacados por unos 80 aviones. En menos de diez minutos el Dorsetshire fue hundido y, en un plazo de cinco minutos más, el Cornwall se hundió también.

 

Dos compañeros de a bordo se fueron al comedor y se negaron a abandonar el barco – ello no sabían nadar-. En un momento como ese es sálvese quien pueda; recuerdo haber visto a nuestro nuevo capitán Agar saludando en el castillo de proa con la intención de hundirse con el barco, pero Cassier, otro camarada ¡no lo permitiría! Él lo lanzó por la borda.

 

Un grito desde el puente a los equipos de los cañones antiaéreos de 4 pulgadas –‘¿Por qué no están disparando?’ Respuesta –‘¡Todos muertos menos yo!’ El observador en el mástil bajó tan rápido como pudo por una cuerda, que estaba amarrada allí y yo iba justo detrás de él. Los dos sonreímos al borde del agua y nos intercambiamos palabras ‘¡Después de ti!’ ‘¡No, después de ti!’ En ese momento, gran parte de la nave se había hundido y sólo el castillo de proa estaba fuera del agua.

 

No hubo remolino, sólo el ensordecedor ruido de las bombas -éstas fueron las responsables de mi sordera en el oído derecho-. El agua estaba caliente. Me sentí feliz de haber tomado un trago de ron con anterioridad. Nos alejamos nadando y unos pocos aviones a baja altura ametrallaron a los nadadores y encontré una bala en mi tobillo, pero sólo por debajo de la piel -la profundidad del agua debió haber disminuido su velocidad-.

 

Así que allí estuvimos por más de 30 horas -a un hombre se lo llevó un tiburón- 1,222 oficiales y soldados de los dos buques -con una pérdida total de 425-. El sol tropical y la sed fueron un problema, pero los heridos, obviamente, llevaban la peor parte. Sólo un barco ballenero sobrevivió y éste se llenó de heridos y los que tenían quemaduras graves. El resto de nosotros nos aferramos a los objetos flotantes como las balsas Denton y lanchas Carley.

Si deseas saber más, lee “War’s Long Shadow: 69 months of Second World War”, [La larga sombra de la guerra: 69 meses de la Segunda Guerra Mundial], editado por Charlotte Popescu.

A pocos kilómetros, el HMS Cornwall había sufrido un destino similar. El oficial de ingeniería teniente E. A. Drew, apenas logró salir del cuarto de máquinas antes de que la orden de abandonar el barco fuera dada:

HMS Cornwall se hunde poco después de ser bombardeada por aviones en picada que despegaron de un portaaviones japonés durante el ataque a Colombo en Ceilán, el 5 de abril de 1942.

Una vez en el agua estaba cubierto de espeso aceite combustible (que tiene una consistencia de jarabe de melaza de color negro), lo que representaba que podía abrir los párpados sólo un poco -tenía que poner mi cabeza hacia atrás y mirar a lo largo de mis mejillas para ver lo que estaba ocurriendo y, por supuesto, al mismo tiempo, mantenerme a flote-. Fue entonces que me di cuenta que no tenía salvavidas, ¿por qué? No lo sé; porque era un delito estar en servicio en el mar sin usar uno ¡y yo tenía uno en el cuarto de máquinas!

 

De cualquier modo, empecé a nadar para alejarme de la nave cuando me di cuenta de que estaba siendo arrastrado de vuelta hacia el barco. Rápidamente me di cuenta por qué -¡la hélice de estribor externa (4 metros de diámetro) todavía estaba girando con su eje al nivel del agua y, mientras agitaba el agua, estaba jalando al mar y a mi hacia ella!- Al acercarme a la hélice, de repente me di cuenta de que estaba en graves aprietos y no había nada que yo pudiera hacer al respecto. Dios estaba conmigo como siempre lo está, pues, mientras me aproximaba a las agitadas aguas, el barco se volcó a puerto, la hélice se salió del agua y navegué por debajo de ella. Aún puedo ver cómo sucedió todo esto mientras escribo.

 

Entonces llegué junto al subteniente (E) Dougall, uno de la Reserva de Voluntarios de la Armada Canadiense que estuvo con nosotros durante el entrenamiento, le quitó un salvavidas a uno de los cadáveres y me ayudó a ponérmelo -no es un trabajo fácil mientras ambos estábamos cubiertos de aceite y nadando en un mar lleno de aceite- nunca más lo volví a ver. Posteriormente fuimos sujetos del fuego de las ametralladoras del gran número de aviones japoneses que se mantenían volando por los alrededores hasta que el barco se hundió.

 

Recuerdo haber visto el barco alejarse de mí. Vi al avión flotante Walrus desprenderse de la catapulta, pero después fue hundido por las antenas inalámbricas de la nave, que se colocaron por encima de las alas cuando se acercó a su lado. El marinero en el barril del puesto de observación, en la parte superior del mástil de proa, tuvo que permanecer allí hasta que fue capaz de saltar al mar desde una altura de unos 3 metros, mientras que el buque escoraba a babor.

 

Una de las lanchas de motor del barco salió a la superficie y se mantuvo a flote, esta se convertiría en el 'barco insignia’ entre las varias lanchas Carley. Era la única cosa que podía ver en la distancia mientras las olas me levantaban. Para este momento, yo estaba a unos 800 metros de la popa de la nave. Cuando poco después se fue de cabeza y la popa salió del agua, hundiéndose en una posición vertical -aproximadamente la mitad de su eslora quedó fuera del agua mientras se fue hacia abajo en el Océano Índico, cuya profundidad en ese punto es de alrededor de unos dos kilómetros-, es difícil de creer, pero escuché una débil ovación mientras que los sobrevivientes, que se extendían a lo largo de una línea de aproximadamente unos dos kilómetros de largo, observaban todo lo que sucedía.

 

Me encontré solo y consciente de los cadáveres, los peces grandes y los escombros. Encontré una mesa del comedor, de un metro de ancho por unos tres de largo y estaba agradecido por el descanso mientras me aferraba a ella, no fue posible subirme en ella.

Si deseas leer el testimonio completo, visita WW2 Cruisers.

El siguiente video es un extracto de una entrevista con George Bell, sobreviviente del HMS Dorsetshire.

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