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La defensa de Bataan comienza a media ración

Soldados de la 16.ª División del Ejército Imperial Japonés avanzan durante la invasión de

Soldados de la 16.ª División del Ejército Imperial Japonés avanzan durante la invasión de Filipinas en 1942. Unidades de esta división participaron en la persecución de las fuerzas estadounidenses y filipinas hacia Bataan. (Foto: Wikimedia Commons).

En Manila y Bataan, la retirada había convertido ya la escasez de alimentos en caos. Dos días después, mientras las últimas unidades entraban en la península y los mandos intentaban convertir caminos congestionados, depósitos dispersos y columnas exhaustas en una posición defensiva, el problema dejó de ser solamente trasladar los suministros.

Los planes previos a la guerra contemplaban abastecer durante seis meses a unos 43.000 hombres. Ahora Bataan debía sostener a cerca de 80.000 soldados y a unos 26.000 civiles que habían huido ante el avance japonés. La evacuación masiva de provisiones no había comenzado hasta el 23 de diciembre y, aunque barcazas, remolcadores, camiones y trenes trasladaron cuanto pudieron, gran parte de los alimentos, el combustible y otros suministros quedó atrás en los muelles y almacenes de Manila.

El 3 de enero, un inventario del servicio de intendencia reveló la magnitud del problema. En Bataan solo había raciones de campaña desequilibradas para alimentar durante unos treinta días a aproximadamente 100.000 personas. Las existencias no durarían lo mismo: había carne y pescado enlatados para cincuenta días, leche enlatada para cuarenta, harina y verduras enlatadas para treinta y arroz —el elemento principal de la dieta filipina— para apenas veinte.

También había azúcar, sal, pimienta, manteca y jarabe, pero casi ninguna carne o fruta fresca. Las cantidades de café, cereales, patatas, cebollas y fruta enlatada eran limitadas. Lo que había llegado a la península permitiría resistir durante algún tiempo, pero no sostener una defensa prolongada con raciones normales.

El 5 de enero, Douglas MacArthur aprobó la recomendación de su intendente general, Charles C. Drake: las tropas y los civiles de Bataan y Corregidor quedarían a media ración. Las instrucciones fueron transmitidas a los mandos locales.

Aquella porción proporcionaba alrededor de 2.000 calorías, aproximadamente la mitad de las consideradas necesarias para un hombre activo. Era insuficiente para soldados sometidos a jornadas de hasta veinte horas entre el calor, la humedad, el terreno difícil, la preparación de las defensas y la proximidad del combate.

El coronel Lewis C. Beebe, responsable del abastecimiento en el cuartel general de USAFFE, registró esa misma jornada cómo la escasez había dejado de ser una contingencia de la retirada para convertirse en una orden:

Hoy expedí una orden para poner a todos a media ración. También emití una directiva a todos los comandantes para conservar los alimentos. Ordené al general al mando del Sector de Servicios que organizara una flota pesquera para aumentar el abastecimiento de víveres. Me resisto a creer que tengamos tan pocos alimentos y aún espero que una revisión completa de las existencias disponibles revele suministros adicionales. Sin embargo, hicimos llegar todo lo que pudimos trasladar y continuamos enviando provisiones desde Manila y otros puntos hasta el último momento.

En cuanto a los días de suministro de municiones, estamos en una situación aún peor. No he recibido una revisión completa de las existencias en poder de las tropas, pero originalmente tenían dos unidades de fuego y gran parte de esa cantidad ya se ha gastado. Calculo que, si se producen combates intensos, nuestras municiones se agotarían en alrededor de una semana. La cuestión es qué se acabará primero —los alimentos o las municiones—, a menos que puedan hacerse pasar existencias adicionales a través del bloqueo. Los japoneses intentaron hoy otro pequeño bombardeo.

Tuvimos varias alarmas y cayeron algunas bombas, pero no se produjeron daños de importancia ni hubo bajas. La gente está aprendiendo a protegerse. Anoche redacté mi orden administrativa para la defensa de Bataan. Se adelantó a la orden de operaciones —algo muy poco ortodoxo—, pero quería organizar y poner en marcha cuanto antes la parte del abastecimiento. Las existencias son vulnerables en sus emplazamientos actuales y deben dispersarse.

Si deseas saber más, lee Prisoner of the Rising Sun: The Lost Diary of Brigadier General Lewis Beebe [Prisionero del sol naciente: el diario perdido del general de brigada Lewis Beebe], el diario de Lewis C. Beebe preparado y anotado por John M. Beebe, o visita The Philippine Diary Project, sección “Diary of Lewis C. Beebe”.

La inquietud de Beebe por las municiones reflejaba la información incompleta que tenía al escribir. El inventario concluido ese mismo 5 de enero consideró satisfactorias las existencias y descartó por entonces la escasez prevista. Con los alimentos no ocurrió lo mismo.

La orden no creaba nuevas provisiones; distribuía la escasez disponible. El servicio de intendencia comenzó a extraer de la península todo cuanto pudiera alimentar a sus habitantes. El arroz maduro debía recogerse y llevarse a molinos que los ingenieros construirían cerca de Limay. Los veterinarios establecieron un matadero para sacrificar carabaos, mientras las unidades aprovechaban los animales que encontraban en el terreno.

En Lamao se organizó una pesquería y se preparó el aprovechamiento de las capturas de los pescadores locales, que salían durante la noche mientras el fuego japonés se lo permitiera. La sal se obtenía hirviendo agua de mar en grandes calderos de hierro. Ningún recurso capaz de proporcionar una cantidad adicional de alimento podía despreciarse.

En Corregidor, la reducción de las raciones comenzó a adoptar formas más íntimas. Al recordar sus primeros días en la isla, Carlos P. Romulo describió cómo la escasez se hacía visible en la comida, en los animales y en el propio cuerpo:

Una de las preocupaciones menores del pobre coronel Bowler era la mascota de la Roca, una gata a la que los muchachos llamaban “Tunnel”. Había un perro que corría hacia la entrada al primer ulular de la sirena. Pero la gata nunca parecía reconocer la señal de peligro y alguien —por lo general el coronel Bowler— tenía que asegurarse de que la llevaran al refugio cuando los aviones japoneses descendían para hacernos una visita. Todos le dábamos de nuestras raciones cada vez más escasas, y ella engordaba cada vez más mientras nosotros adelgazábamos.

 

Cuando no había ataque, comíamos fuera, en la tienda-comedor, hasta que fue bombardeada. Los MacArthur almorzaban allí todos los días.

Nos servían raciones del Ejército en platos ordinarios de loza blanca. Ah Fu, el robusto cocinero chino de cabello erizado que estaba al frente del comedor de oficiales, repartía la comida con un cucharón mientras permanecíamos formados, como en una cafetería, sosteniendo nuestros platos, tazas, cubiertos y servilletas de papel; esto fue antes de que se acabaran las servilletas.

Sospechábamos mucho de la comida que Ah Fu echaba en nuestros platos, pero nunca nos atrevíamos a preguntar si el guiso era de res, carabao o mula. Era mejor no preguntar.

 

¡Es bueno para ustedes! —insistía Ah Fu con terquedad si protestábamos, por ejemplo, por una ración de gachas frías de maíz, sin crema ni azúcar.

Los MacArthur comían sin quejarse cuanto se les ponía en el plato.

Muchas veces durante la noche, cuando el hambre o el aire viciado me despertaban, veía al general MacArthur, recto como una bayoneta ante su escritorio, transmitiendo órdenes por teléfono al frente.

La actividad del Estado Mayor y las luces del techo no perturbaban mi sueño tanto como el hambre, que me reducía cada vez más la cintura, y el olor de la galería, que parecía hacerse más fétido noche tras noche.

Si deseas saber más, lee I Saw the Fall of the Philippines [Yo vi caer Filipinas], de Carlos P. Romulo.

El 5 de enero, la defensa de Bataan y Corregidor todavía se organizaba entre columnas en movimiento, depósitos mal ubicados, galerías abarrotadas y posiciones que apenas comenzaban a tomar forma. Pero desde aquel día cada jornada quedaría contada también en latas, sacos de arroz, cucharones y calorías.

 

La retirada había convertido la escasez en una disposición oficial. La defensa comenzaba ya con la mitad de lo necesario.

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Soldados preparan los cimientos de un puente provisional en Bataan. El movimiento de tropas, alimentos, municiones y combustible dependía de conservar abiertas las escasas vías que atravesaban la península. (Foto: U.S. Army).

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Douglas MacArthur y el general de brigada Albert M. Jones, acompañados por miembros de sus estados mayores, inspeccionan las posiciones de Bataan el 10 de enero de 1942. (Foto: U.S. Army Center of Military History).

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Carlos P. Romulo hacia 1940. En I Saw the Fall of the Philippines, recordó las raciones servidas en Corregidor y el hambre que fue entrando en la vida cotidiana del túnel de Malinta. (Foto: Library of Congress, LC-DIG-ds-13961 / George Fayer, New York World-Telegram and the Sun Newspaper Photograph Collection).

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