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El falso camino a Palestina

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Miembros de Gordonia en Opoczno el 10 de junio de 1936. Eliezer Geller aparece de pie, séptimo desde la izquierda. Después de escapar del tren, Aaron Carmi intentó llegar hasta él y unirse a la resistencia judía en Varsovia. (Foto: Ghetto Fighters’ House Archives / autor desconocido / Wikimedia Commons).

A comienzos de enero de 1943, la comunidad judía de Opoczno era ya el remanente de una comunidad. En abril del año anterior, el gueto había reunido a 4,231 personas, entre ellas 1,406 refugiados llegados de otras localidades. El 27 de octubre, los alemanes concentraron a sus habitantes en el mercado de caballos: cerca de 3,000 fueron deportados a Treblinka y unos 200 asesinados durante la redada.

Quedaron alrededor de 200 familias, unas 500 personas: miembros del Judenrat y de la policía judía con sus familias, trabajadores considerados necesarios y algunos judíos que habían logrado esconderse. Durante dos meses permanecieron en Opoczno. La vigilancia disminuyó, algunos continuaron trabajando y, entre quienes sobrevivían, comenzó a afirmarse la esperanza de que los alemanes hubieran decidido conservar aquel pequeño grupo como mano de obra.

 

A finales de diciembre llegó una propuesta distinta. La gendarmería pidió una lista de los judíos que tuvieran familiares en Eretz Israel, la Palestina bajo el Mandato británico. Según la explicación alemana, serían intercambiados por prisioneros de guerra. No fue una promesa lanzada al azar: hubo cuestionarios, comprobaciones de parentesco, anuncios oficiales y permisos para llevar dinero y equipaje. Algunas personas abandonaron sus escondites; otras regresaron con documentos polacos falsos para inscribirse.

El 5 de enero de 1943, las familias esperaban frente a sus casas con los bultos preparados. La primera etapa del supuesto viaje sería Ujazd. Desde allí, les aseguraron, continuarían hacia el oeste, rumbo a Alemania, Suiza y finalmente Palestina.

Aaron Carmi, nacido en Opoczno en 1921 y miembro del movimiento juvenil sionista Gordonia, recordó años después cómo aquella promesa fue venciendo las sospechas y cómo, durante el trayecto, la dirección del camino se convirtió en la última prueba a la que todos se aferraban:

Un día, a finales de diciembre de 1942, la gendarmería llegó al Judenrat de Opoczno muy alegre, según parecía, y anunció que se habían recibido órdenes de preparar una lista de judíos que tuvieran familiares en Eretz Israel. El propósito era organizar un intercambio de prisioneros de guerra. Por cada prisionero de guerra alemán que fuera liberado, permitirían que diez judíos viajaran a Eretz Israel. Los judíos serían trasladados en un tren de pasajeros hasta un país neutral, donde tendría lugar el intercambio.

Al principio recibimos aquel rumor con desconfianza y lo consideramos una estratagema para engañarnos. Pero, a juzgar por los preparativos y los esfuerzos que los alemanes dedicaban a las listas y a sus averiguaciones, comenzamos a creer que debía de haber algo de verdad. Se ocuparon de aquellas listas con la minuciosidad propia de los alemanes. En los cuestionarios teníamos que indicar la ocupación del familiar, cuándo había partido hacia Eretz Israel, la localidad donde podía estar viviendo y el parentesco exacto. Funcionarios especiales comprobaban cada detalle. Y fue precisamente aquella exactitud lo que nos engañó.

Una vez más, la luz de la esperanza comenzó a brillar en los ojos de la gente. Todos buscaban cartas y sobres para recordar direcciones olvidadas. Quienes no tenían familiares reales “engañaban” a los alemanes. Daban las direcciones de conocidos o se incorporaban como parientes a familias que sí tenían familiares allí, todo para encontrarse entre los afortunados. La perspectiva del viaje nos ocupaba día y noche. Discutíamos el asunto en todas sus posibilidades. El humor judío comenzó a titilar y a chispear en nuestras almas abatidas:

Ya verán, a los alemanes todavía les faltarán judíos y tendrán que movilizar gentiles y enviarlos como judíos.

Comenzaron a tratarnos mejor. A los judíos que se ocultaban en las aldeas se les permitió regresar al gueto sin castigo ni vigilancia. La presencia policial alemana casi desapareció y la tarea quedó únicamente en manos de la policía judía. La fe nos envolvió a todos: una locura de credulidad. Cada lista de familiares era entregada al secretario de la Gendarmería, Baumgarten, y, para demostrar que el asunto era demasiado urgente como para permitir demora alguna, cada lista era enviada por teletipo a la Gestapo de Tomaszów.

Incluso judíos que vivían con documentos polacos falsos regresaron al gueto, regularizaron su situación y fueron incluidos en la lista de quienes viajarían a Eretz Israel. Según la información que recibimos, los intercambios tendrían lugar en la frontera germano-suiza. De ello se deducía que viajaríamos hacia el oeste, primero a Alemania y después a la frontera suiza. Nadie imaginaba siquiera que, para liquidar a unos cientos de familias, los alemanes tuvieran que recurrir a semejantes tácticas y engaños. Después de todo, estábamos completamente en sus manos. Las órdenes oficiales y los distintos avisos relacionados con el viaje a Eretz Israel estaban redactados de maravilla, y quienes los leían los bebían con avidez.

Los polacos bromeaban y decían:

 

Siempre gritábamos: “¡Judíos, regresen a Palestina!”. ¡Y ahora se está haciendo realidad!

El 4 de enero nos informaron que partiríamos al día siguiente. Todos prepararon sus bolsas y equipajes. Nos sentíamos felices y llorábamos por quienes habían perecido y no habían tenido el privilegio de ver aquel gran día. La orden oficial declaraba que cada persona tenía derecho a llevar dinero y pertenencias hasta un peso máximo de 15 kilos.

Temprano en la mañana del 5 de enero de 1943, estábamos vestidos y preparados, con nuestros bultos, en la calle, frente a las entradas de las casas, esperando el viaje. Los gendarmes recibieron sus últimos regalos. Explicaron que viajaríamos hasta la estación de Ujazd y que desde allí continuaríamos hacia el oeste.

¡La guerra ha terminado para ustedes! En Ujazd subirán a trenes especiales y partirán hacia Eretz Israel.

Habían traído caballos y carros desde Opoczno y las aldeas vecinas para llevarnos. Los carros estaban alineados a lo largo de la calle principal, en la plaza Kiliński. Los judíos fueron formados y comenzaron a marchar fuera del gueto. Se nos ordenó subir a los carros. Los bultos considerados innecesarios fueron retirados a sus dueños y colocados en el suelo. Sentimos que algo no estaba del todo en orden si nos trataban así cuando nos marchábamos, pero nos consolamos pensando que la verdadera razón era la falta de espacio en los carros. Entonces, de pronto, comenzaron a quitarles los buenos abrigos a algunos de los judíos.

Van a un país cálido y no necesitarán abrigos.

El convoy estaba listo para partir. Lo encabezaba un hombre de las SS que llevaba consigo todos los documentos y papeles. Al final iban varios policías polacos residentes de Opoczno. Eran pocos los que nos vigilaban y la explicación oficial de su presencia era que debían defendernos de ladrones y salteadores. Nosotros éramos muchísimos y podríamos haber acabado fácilmente con ellos durante el camino, lejos de Opoczno, pero ni siquiera soñamos con hacer algo así.

Los habitantes polacos del lugar se encontraban a ambos lados del camino y se despedían de nosotros con gritos y miradas. Algunos pedían a sus conocidos que les arrojaran un recuerdo y unos cuantos de nosotros lo hicieron. De vez en cuando volvíamos la vista hacia el pueblo donde habíamos nacido. Podíamos ver la calle Berek Joselewicz, llamada así en honor del combatiente judío por la libertad de Polonia. Estaba desierta, con las puertas y las ventanas abiertas.

Pasamos después por el mercado de caballos donde había tenido lugar la primera expulsión. Al final de la plaza se erguía una cruz, con Jesús crucificado contemplando compasivamente el convoy. Allí estaba la escuela “Casimiro el Grande”. Los niños salieron a la calle, miraron y nos señalaron con los dedos. Los polacos se detenían junto al camino. Los transeúntes nos observaban asombrados y preguntaban:

¿Adónde van?

Era difícil responder que íbamos a Eretz Israel. Sentíamos que había algo ridículo en semejante respuesta. Quizá, en lo más profundo, sabíamos que no nos enviaban allí. ¿Y si escapábamos? La idea se le ocurrió a alguien, titiló durante unos instantes y se apagó de inmediato. Era tan agradable sentirse tranquilos, refugiados en aquella fe… Nos enfrentábamos a un acertijo que resolvimos demasiado tarde, y esa demora iba a costarnos la vida.

En aquel momento, todos se preocupaban por el acertijo y querían resolverlo.

Veamos adónde nos llevan, al este o al oeste. Si nos llevan hacia el oeste, será señal de que decían la verdad.

El frío comenzó a calarnos y, de vez en cuando, la gente bajaba de los carros para caminar un poco y entrar en calor. La policía no prestaba atención. Cuando llegamos a un bosque, nos permitieron entrar para hacer una pausa y atender nuestras necesidades. Todo el mundo era blanco. Caía una nieve fina. A nuestro alrededor se extendía un espacio inmenso. Había pasado muchísimo tiempo desde que habíamos podido disfrutar de la belleza del mundo. La esperanza de seguir vivos despertó nuestra sensibilidad ante la amplitud y el paisaje que nos rodeaban, aquel paisaje que conocíamos tan bien y en el que también habíamos vivido años buenos.

 

Llegamos a Ujazd al caer la tarde, pero allí toda nuestra fe quedó socavada. De pronto comprendimos que había guardias disfrazados y ocultos por todas partes. La sensación de libertad que habíamos experimentado durante el camino se desvaneció como al movimiento de una mano. Nuestros corazones comenzaron a golpear de miedo y nos temblaban las rodillas. A ambos lados del camino aparecieron alemanes que comenzaron a apremiar a los carreteros con gritos y maldiciones. Ujazd era un empalme ferroviario y, junto a él, se encontraba una aldea abandonada y desierta. El hombre de las SS que llevaba los papeles nos entregó al comandante local.

Allí encontramos a muchos judíos de todas las pequeñas localidades de los alrededores. Nos contaron la misma historia: los llevaban a Eretz Israel para intercambiarlos por prisioneros de guerra. Nosotros, los de Opoczno, éramos los últimos y, con nuestra llegada, quedó completa la concentración de quienes supuestamente serían intercambiados. Comenzamos a buscar a los habitantes de Przysucha. Encontré a mi hermana Bracha y a su marido.

La noche ya había caído cuando vimos de pronto numerosas fogatas a nuestro alrededor. Eran las hogueras de los guardias camuflados, que nos vigilaban mientras permanecíamos, por así decirlo, dentro de un círculo de fuego. Nuestro ánimo se volvió muy sombrío. Aquel cinturón de fuego nos encerraba y nos hizo sentir que todos habíamos caído en una trampa.

El valiente Yurek, que tenía aspecto de gentil, intentó escapar. Se oyó una descarga de fusilería.

La primera víctima.

Nuestro ánimo se derrumbó por completo.

A la mañana siguiente oímos los gritos:

¡Juden raus! [¡Judíos, fuera!]

Detrás de nosotros vimos a los ucranianos y a “los de negro”, alemanes vestidos con uniformes negros. Uno de los nuestros gritó:

¡Son los destacamentos de exterminio!

Comenzaron a formarnos en grupos de cinco. Los miembros de cada familia se apretaban unos contra otros para no ser separados. Desde allí nos condujeron hasta la estación ferroviaria. Uno de los oficiales contaba los grupos de cinco. Alguien reunió valor y preguntó adónde íbamos. La respuesta fue:

Nach Deutschland! [¡A Alemania!]

Desde Ujazd hasta las vías había aproximadamente media hora de camino. Cuando salimos del pueblo, ya había amanecido. Los alemanes estaban formados a nuestra derecha y a nuestra izquierda. Delante marchaban los oficiales con los documentos y, a ambos lados, los hombres de las SS. Después de que todos atravesáramos el portón de salida, lo cerraron tras nosotros. Los oficiales que iban al frente llevaban pistolas; los hombres de las SS, subfusiles “Schmeisser”; y los ucranianos, rifles. La presencia de los ucranianos nos aterrorizaba. Sabíamos que siempre eran convocados para las acciones de liquidación.

Cada uno intentaba mantenerse junto a su familia y sus amigos. Nuestra familia quedó concentrada en dos grupos contiguos: mi hermano Moshe y yo en el centro, y mis hermanas a ambos lados. Podíamos verlas a todas. Mi madre suplicó a Moshe que preguntara a uno de los alemanes adónde nos llevaban. Moshe se negó. No había nada que preguntar, dijo; la pregunta no serviría de nada ni cambiaría nada.

Mi madre estaba alterada e impaciente y preguntó ella misma:

 

Mein Herr, wo fahren wir? [Señor, ¿adónde vamos?]

Al principio el alemán no respondió, pero después debió de sentir lástima por ella y contestó en un alemán con giros yidis:

 

Wein nicht, wein nicht, Mameshi, mir fahren nach Deutschland. [No llores, no llores, mamita; vamos a Alemania].

Cada noticia de esa clase se propagaba como si tuviera alas y era transmitida en susurros de fila en fila. A cada momento surgía un rumor nuevo, pero todos los rumores dejaban claro que íbamos a Alemania, hacia el oeste.

Al aproximarnos a las vías, vimos que ya estaba allí la gente de todo el distrito, proveniente de localidades grandes y pequeñas. Los de Opoczno caminaban juntos, entre ellos el rabino y una mujer de su familia, una pareja muy anciana. Recordábamos al rabino con su larga barba blanca, pero ahora ya no la tenía. Se la habían cortado.

 

Uno de los hombres de las SS nos gritó que conserváramos los grupos de cinco y no nos rezagáramos:

 

¡Quien se quede atrás será asesinado en el acto!

 

La gente comenzó a apretujarse. Los policías que marchaban detrás comenzaron a golpearlos con sus látigos. El tumulto empeoró. Muchos no podían mantener el paso exigido y las filas de cinco se deshacían. Un oficial de las SS que llevaba gafas saltó la zanja, se precipitó entre las filas, tomó al rabino de la mano y gritó:

 

¡Estás desordenando la fila!

El rabino cayó de miedo y agotamiento. El oficial lo empujó con el pie dentro de la zanja y le descargó una ráfaga. Era la segunda víctima desde que habíamos salido de Opoczno. La mujer comenzó a llorar y a lamentarse, y él también la mató.

Siguieron otros asesinatos. Era terrible ver a un hombre muerto sobre la nieve. El blanco de la nieve y la sangre resultaban desconcertantes y aterradores. Ahora toda nuestra fe se había perdido, pero la credulidad y la confianza comenzaron a colarse desde algún otro rincón oscuro. Nuestra fe era obstinada y buscaba aire para respirar. ¿Tendrían miedo de decirnos la verdad si el destino fuera otro? Después de todo, estábamos en sus manos. Por lo tanto, debían de estar llevándonos a Eretz Israel.

Y, al mismo tiempo, un escalofrío recorría la espalda ante la posibilidad de que, dentro de unos momentos, golpearan precisamente a uno, al creyente.

Así llegamos a las vías.

De pronto se oyó un silbido prolongado, pero provenía del este, indudablemente del este. El silbido cambió una vez más y ya podíamos oír el traqueteo de las ruedas. Cuando el tren se aproximó, el silbato sonó por tercera vez. Fue tan prolongado y penetrante que sentimos que el mundo debía de estar llegando a su fin.

De los vagones bajaron ucranianos y mongoles, quienes abrieron las puertas. Entonces llegó la orden:

¡Dejen a sus pies todos los bultos que llevan!

Todos depositamos nuestros paquetes y pertenencias en el suelo.

Llegó una segunda orden, breve y cortante:

¡Arriba con toda esta porquería!

Dividieron a quienes se encontraban allí entre los distintos vagones y comenzó la subida. Al principio todavía era posible ayudar a las mujeres y a quienes estaban agotados, pero pocos instantes después comenzaron el hacinamiento y los empujones. La gente se aferraba con las uñas para conseguir subir y encontrar un lugar. Los vagones ya estaban llenos hasta desbordarse. Los ucranianos comenzaron a disparar contra la gente del interior. Todos se empujaron e intentaron encogerse, aterrorizados ante la muerte, y entonces apareció espacio para más. A medida que cada vagón se llenaba, era cerrado y atrancado desde fuera.

Toda nuestra familia hizo lo posible por permanecer junta y nos ayudamos unos a otros a subir. Cuando entré, el vagón ya estaba medio lleno. El olor a cloro me golpeó la nariz. Las paredes y el suelo estaban blancos. Era alguna sustancia desinfectante. De inmediato sentí una extraña sequedad y una acidez en la boca y la garganta. La sed comenzó a atormentarme. Instintivamente, todos intentaban llegar hasta las ventanas, donde entraba aire limpio del exterior, pero los lugares junto a ellas ya estaban ocupados.

Nos apretamos en un rincón vacío y nos abrazamos unos a otros. Con nosotros estaban mi hermana Bracha y su familia. Entonces cerraron la puerta de nuestro vagón y quedamos aislados.

Por fin el silbido se extinguió y el tren comenzó a moverse. A cada momento hacía más calor. La gente se desabrochaba los abrigos para aliviar la temperatura y la sensación de asfixia. Estábamos aturdidos, medio enloquecidos. El instinto de supervivencia parecía actuar por sí solo, sin control alguno. Nuestra conciencia se nublaba.

Miré a mi familia. Mi padre estaba sentado y gemía en silencio. Sus suspiros se hicieron cada vez más frecuentes, suspiros mudos, sin palabras. Mi madre permanecía sentada, llorando y lamentándose por todos nosotros, guardándonos luto como se guarda luto por los muertos. De pronto lanzó un gemido penetrante:

Nos llevan a la muerte, a la muerte.

Todos llorábamos y yo intenté calmarla con la voz ahogada. Los suspiros de mi padre se volvieron más fuertes. Mis hermanas pequeñas se aferraban a mi madre y también lloraban. Yo estaba entre mi padre y mi madre, con mi hermano Moshe a mi lado. Miré su rostro. Una nube pesada lo cubría. En lo profundo de sus ojos había lágrimas que no llegaban a caer. Pero, pese a toda aquella oscuridad, vi que estaba pensando, que comenzaba a elaborar planes. ¡Querido Moshe y sus inventos! Ni siquiera allí perdió aquella cualidad.

¿Puedes ver dónde estamos? —me preguntó en voz baja.

Repitió la pregunta varias veces. Volví la cabeza hacia la ventana. Estaba muy alta y quienes permanecían junto a ella apenas la alcanzaban con la cabeza. Era una ventana larga y estrecha, cubierta con una rejilla de hierro.

El calor aumentaba. Me quité el abrigo, lo enrollé formando un bulto, lo coloqué en el suelo e hice subir sobre él por turnos a mis hermanas pequeñas, para que pudieran respirar algo de aire.

¿Íbamos a Treblinka? Pero el tren había llegado desde el este. Si hubieran querido llevarnos a Treblinka, ¿quién se lo habría impedido? ¿Qué lógica tenía que el tren hubiera llegado desde el este? ¿Y cómo podía relacionarse aquello con las condiciones espantosas en las que viajábamos?

Sin embargo, la voluntad de vivir desea interpretar favorablemente cada detalle, pese a todo.

Moshe seguía intentando averiguar dónde estábamos. Lo oí gritar a uno de los hombres que permanecían junto a la ventana:

 

Mendel, fíjate bien y dime por dónde vamos.

Mendel intentó tranquilizarlo y respondió que viajábamos hacia el oeste, en dirección a la estación de Koluszki.

 

Entramos en Koluszki y allí llegó la crisis y el derrumbe.

 

Después del silbido se produjo un silencio profundo y extraño. Todos seguíamos escuchando los ecos, que apenas comenzaban a apagarse. Era la calma antes de la tormenta. Permanecimos inmóviles para oír cómo se movía el tren y en qué dirección. Miré a Moshe y vi que pensaba intensamente.

De pronto se produjo una sacudida, primero hacia atrás y después hacia delante. Moshe había permanecido escuchando con atención todo el tiempo y dejó escapar un grito de alarma. Se dominó enseguida, escuchó durante unos instantes más y me susurró:

Es la locomotora. Cuando la desacoplan de los vagones se siente una sacudida así. Si sucede lo que temo, dentro de poco sentiremos otra igual desde atrás.

Los vigías de la ventana informaron que la locomotora había sido separada del tren. El miedo todavía no había estallado hasta convertirse en el miedo absoluto a la muerte. Alguien intentó tranquilizarse y tranquilizar a los demás. Estaba seguro de que la locomotora solo había ido a cargar carbón y que regresaría inmediatamente.

La locomotora recorrió todo el largo del tren, se acopló por detrás y volvimos a sentir una sacudida como la anterior, pero invertida: primero hacia delante y después hacia atrás. Supimos que fuera de Koluszki habían añadido varios vagones con más judíos.

Pocos momentos después, el tren comenzó a moverse. Al principio hubo un silencio aterrador. Todos esperaban que ocurriera un milagro o que se abriera un abismo.

Pero el milagro no ocurrió y, en unos instantes, supimos con certeza que el tren había cambiado de dirección y que viajábamos hacia el este.

Fue como si se produjeran una explosión y un derrumbe dentro del vagón. La gente gritó hacia los cielos. Los niños pequeños no comprendían lo que aquello significaba, pero también comenzaron a llorar con todas sus fuerzas. Miré a los miembros de mi familia y me pareció que todos habían envejecido en un solo instante.

Mi hermana pequeña Malkale, de nueve años, comprendió lo que significaba y lloraba amargamente:

 

Madre, pero yo nunca le hice daño a nadie.

Mi hermana Rochele, de doce años, se aferró a mí:

Aaron, tengo muchísimo miedo. Cuídame

Y se abrazó a mí con todas sus fuerzas.

 

Mi hermana Bracha, que estaba embarazada, lloraba en voz alta. Tenía unos veintiocho años.

Pero mi hijo ni siquiera ha nacido todavía y nunca ha pecado. ¿Por qué está condenado?

Su marido permanecía de pie, acariciándole el cabello. Al mirarlos, ya no pude contenerme y también comencé a llorar, pero hice todo lo posible por hacerlo en silencio para que nadie oyera mi voz.

Moshe comenzó a hablar abiertamente y a evaluar la situación. Dijo con toda claridad que estábamos perdidos, que durante todo aquel tiempo no había querido destruir nuestra fe, pero que ahora resultaba evidente que nos llevaban a Treblinka.

Ya era de noche. El tren viajaba muy deprisa. Moshe elaboraba planes apresuradamente. Nuestro Moshe había sido bendecido con imaginación. Lo que imaginaba nunca quedaba aislado ni separado de la realidad; siempre encontraba algún punto de partida desde el cual convertirlo en algo posible.

Calculó que llegaríamos a Treblinka aquella misma noche. Eso significaba que era nuestra última noche y nuestra última oportunidad. Todo estaba abierto y expuesto dentro del vagón. Ya no quedaban secretos ni cosas que ocultar. Todos los que todavía podían pensar lo hacían en voz alta.

Mi padre recordó los preparativos que había hecho mucho tiempo atrás para viajar a Eretz Israel, preparativos que nunca llegaron a realizarse. Recordó que mi madre se había opuesto y que, entre otros argumentos más serios, había dicho en broma que le daba miedo viajar en barco.

Teníamos miedo de viajar en barco —dijo mi padre, asumiendo así parte de la culpa—. Teníamos miedo de viajar en barco… pero parece que esto fue decretado en lo alto y no es culpa nuestra.

Moshe me susurró que aquella era nuestra noche decisiva. Teníamos que intentar saltar del vagón; de lo contrario, estábamos condenados. El resto de la familia oyó sus susurros. Mi madre permanecía desconcertada.

¿Qué será de nosotros? No nos abandonen. No permitan que nos separemos. No permitan que nos separemos. La muerte nos espera en todas partes. Al menos muramos juntos.

Mi padre estaba sentado en silencio, con la cabeza inclinada como si hubiera perdido el conocimiento. Yo llevaba en el bolsillo una pequeña botella de licor casero. La saqué y se la ofrecí para que bebiera y recuperara algo de fuerza. Cuando vio la botella se alteró mucho, pero no quiso beber.

 

—Hijos míos, nos esperan momentos peores. Guardémosla para entonces.

Había comenzado hablando de la botella, pero continuó con otra cosa:

Miren, hijos, ya tengo más de cincuenta años. A esa edad hay personas que mueren de muerte natural, de modo que para mí resulta más fácil aceptar el final que me espera. Pero ustedes son jóvenes. Si pueden hacer algo para escapar de aquí y salvarse, no pierdan la oportunidad. No la pierdan, hijos.

Mi madre intervino:

No, no, no. No hay escapatoria. No hay ningún lugar al que huir. ¿A quién dejarán a Rochele, a Malkale y a todos nosotros? Juntos, hasta el último aliento.

Me pareció que quien hablaba no era mi madre, sino una desconocida a la que nunca antes había oído.

Mi padre volvió a hablarnos y dijo que debíamos escapar si se presentaba cualquier oportunidad. No lo estaba sugiriendo: nos lo ordenaba. Cada momento era precioso y, dentro de una hora, Dios no lo quisiera, podía ser demasiado tarde.

Tomamos nuestra decisión y comenzamos a despedirnos de la familia. Mi padre continuó alentándonos e intentó dar fuerza a sus palabras y levantarnos el ánimo con una cita de nuestros sabios de bendita memoria:

Quien salva una sola alma es como si hubiera salvado un universo entero. Y, si ustedes se salvan, yo también habré contribuido a ello y el mérito de su salvación formará parte de mis propios méritos.

Mi madre tomó el dinero que había ocultado con ella, con Malkale y con Rochele, y lo dividió en partes iguales entre Moshe, yo y nuestro pariente Joseph Lewkowicz. Comenzamos a besarnos unos a otros. Cuando llegué hasta mi hermana Bracha, estuve a punto de cambiar de opinión y renunciar a mi decisión.

¿Qué ha hecho mi hijo que aún no ha nacido? ¿Por qué está condenado a no ver nunca la luz del mundo? —continuaba susurrando con voz temblorosa.

Sentí que las manos perdían su fuerza y que el corazón me abandonaba. Pero oí a Moshe decir que aquella era la oportunidad y que dentro de poco sería demasiado tarde.

Lo que sucedía en nuestra familia también ocurría en otras. Fue como una señal que recorrió el vagón y puso en movimiento a los jóvenes y a quienes todavía tenían fuerzas:

A la ventana.

Vimos personas avanzando sobre las cabezas. Moshe se sostuvo en los hombros de alguien y trepó por encima de quienes estaban de pie, avanzando hacia la ventana. Yo estaba aturdido. No quería separarme de Moshe, que había sido un soldado experimentado, así que también trepé rápidamente y comencé a arrastrarme hacia la ventana.

Varios jóvenes que estaban junto a ella habían decidido saltar del vagón. Todos nos aferramos a la rejilla y comenzamos a tirar de un lado y del otro. Estaba fijada dentro de un marco firmemente empotrado en la pared, pero a medida que tirábamos, arrastrábamos y jalábamos, comenzó a crujir y a moverse hasta que salió por completo.

Colocamos el marco junto a la pared. Sirvió como una especie de pequeño escalón desde el cual se podía alcanzar la abertura. Fuera se oían disparos continuamente. Dentro del vagón se percibía una extraña admiración hacia quienes se atrevían.

Pero nadie quería ser el primero. Nadie sabía cómo saltar desde un vagón en marcha y todos teníamos miedo del salto mismo. Entonces, casi de forma automática, Moshe se convirtió en la figura central. Comenzó a dar explicaciones e instrucciones en voz baja y todos escucharon.

¿Oyen las ráfagas? Al final de los vagones hay un guardia alemán. Dispara a lo largo de la línea de ventanas para impedir que la gente intente escapar. Cada ráfaga tiene diez balas; después viene otra y después otra. Tres ráfagas como esas consumen un cargador de un Schmeisser. Entonces hay una pausa y no se oyen disparos. Está cambiando el cargador y después comienzan otra vez. Tenemos que aprovechar los intervalos.

Después de dar las explicaciones, nos indicó cómo saltar. El primero en hacerlo fue un joven de una pequeña aldea, vestido con un khalat, una túnica bastante larga que le causó dificultades. Los faldones se engancharon en algo y tuvo que regresar al interior y comenzar de nuevo.

Después llegó mi turno. Sentía un miedo mortal. La idea de que yo saltara primero había sido de Moshe, para que pudiera indicarme qué hacer antes del salto. Habíamos acordado que lo esperaría en el lugar donde cayera y que él se reuniría conmigo allí.

Levanté las manos e hice todo lo que me había indicado, esperando a que terminaran las tres ráfagas. Antes de que saltara, Moshe arrojó mi abrigo al exterior.

Volví a oír su voz:

¡No te muevas de allí! ¡Iré a reunirme contigo!

Me impulsé a través de la ventana. Durante un instante volé por el aire. Después caí en una zanja llena de nieve y me hundí en ella.

Fue una sensación extraña, como si hubiera nacido de nuevo y estuviera vivo…

La noche, el cielo y la luz de la luna. Los conocía desde que tenía memoria. ¡Qué nuevos parecían! Nuevos y aterradores.

Me encontraba en un mundo extraño y hostil, helado y cruel…

Si deseas saber más, visita JewishGen, Yizkor Book Project, sección “The Journey to ‘Eretz Israel’”, testimonio de Aaron Carmi, registrado y editado por Aaron Meirovich en 1956 en la Casa de los Combatientes de los Guetos y publicado en Sefer Opots’nah [El libro de Opoczno], editado por Yitzhak Alfasi.

Aaron Carmi quedó con vida dentro de la zanja. El tren continuó hacia Treblinka con sus padres, sus hermanas Bracha, Rachel y Malka, y los demás deportados concentrados en Ujazd. Sus padres y hermanas no sobrevivieron. Moshe tampoco sobrevivió a la guerra.

La eficacia del engaño no dependió únicamente de la promesa de Palestina. Se construyó con formularios, direcciones comprobadas, comunicaciones oficiales, límites de equipaje y una ruta que podía seguirse sobre el mapa. Durante el camino, los deportados todavía observaban cada cruce y cada vía: el oeste significaba que los alemanes habían dicho la verdad; el este significaba Treblinka.

El 5 de enero, los carros pudieron avanzar con una escolta reducida porque la esperanza había hecho innecesario un cerco mayor. En Opoczno, durante unas horas, no fue lo contrario del terror. Había sido convertida en una de sus piezas.

Aaron Carmi

Aaron Carmi —también identificado como Adam Chmielnicki—, miembro de Gordonia y de la Organización Judía de Combate del gueto de Varsovia, fotografiado el 19 de marzo de 1945. En enero de 1943 había escapado del transporte que conducía a su familia desde Ujazd hacia Treblinka. (Foto: Ghetto Fighters’ House Archives, catálogo 1169 / registro 02006P / donación de Aharon Carmi).

La vía secundaria que unía la estación ferroviaria de Treblinka con el centro de extermini

La vía secundaria que unía la estación ferroviaria de Treblinka con el centro de exterminio, fotografiada en 1945. Hacia esta red ferroviaria fue dirigido el transporte que salió de Ujazd el 6 de enero de 1943. (Foto: Council for Protection of Fight and Martyrdom Monuments / autor desconocido / colección J. Gumkowski y A. Rutkowski).

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