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Bestialidad nazi sobre judíos en Varsovia

​La policía judía del orden arresta a dos jóvenes judíos por introducir alimentos de contrabando en el gueto de Varsovia.

El neozelandés Ron Jeffery fue capturado en Francia en 1940. Logró escapar del campo de prisioneros de guerra y, después de una serie de aventuras, acabó en Varsovia, Polonia, donde comenzó a trabajar apoyando a la resistencia polaca.

 

Su trabajo consistía en transcribir —en una casa segura— las emisiones internacionales de la BBC, para posteriormente traducirlas al polaco y publicarlas en el periódico clandestino. Fue durante esta etapa cuando Jeffery presenció el tratamiento que dieron los nazis a los judíos traídos desde el gueto como parte del grupo de trabajos forzados. Un episodio de sus memorias deja una impresión muy clara:

Cada mañana, cerca de las siete, aparecía en los edificios, que ahora se utilizaban como barracas, un grupo de una docena de judíos fatigados, que habían marchado escoltados desde el gueto.

 

Sus rasgos claramente distinguían sus orígenes semíticos; eran de las vistas más tristes y estaban pálidos al punto de la blancura, lo que acentuaba sus ojerosos y hundidos ojos. Desaliñados y sin afeitar, los pobres hombres mostraban una escena abyecta de miseria humana. Sus ropas eran una variedad de trapos inmundos bajo los cuales cualquier extremidad visible revelaba parte de un esqueleto humano.

 

Arrastraban afanosamente una escoba y un cubo entre los edificios y el patio y cada noche marchaban de regreso al infierno del gueto.

 

En mi primer sábado en casa de Zosia, los judíos llegaron como de costumbre. Ocupado anotando las noticias desde Londres y, al mismo tiempo, observando la escena militar adyacente, hacia la hora del almuerzo se hizo evidente un cambio en la rutina habitual. El grupo de judíos se había reunido al mediodía en lugar del desfile de la noche, que era lo habitual los días de la semana, antes de marchar de regreso al gueto. El sábado, presumiblemente, era un día de media jornada para los SS, mismo que era compartido con el fatigado grupo.

 

Los judíos formaron una sola línea en la parte posterior de la escuela, convertida en barracas, y mientras observaba a través de las cortinas de la ventana abierta, apareció un par de SS que se pusieron frente a ellos. Los dos soldados estaban fuera de servicio. No llevaban gorras y, aunque tenían el atuendo normal de pantalones y botas altas, sus túnicas estaban desabotonadas y abiertas, y ambos fumaban puros. Sus marchas inestables y paradas oscilantes, mientras los judíos eran inspeccionados, revelaban su ingesta considerable de alcohol. Estaban ebrios y cada judío fue observado en turno.

 

Verfluchte Jude’ [maldito judío], gritó uno, golpeando su pecho con la parte encendida de su puro. El judío retrocedió ante el dolor y se retiró rápidamente de su torturador. El movimiento provocó una frenética ola de groserías por parte del alemán que perseguía a su víctima, dando patadas brutales, mientras que el segundo SS, contagiado por la ira de su compañero, comenzó a hacer lo mismo.

 

El patio pronto se convirtió en una escena de gente corriendo y gritando; el pánico se apoderó de los judíos mientras trataban de llegar al recinto, procurando evitar los golpes que llovían sobre ellos, sólo para encontrar que la única puerta de escape posible estaba perfectamente cerrada. La conmoción hizo que algunos alemanes se asomaran por las ventanas y empezaran a vociferar frases para alentarlos, al tiempo que los dos iniciadores eran reforzados por otros tres brutos embriagados que corrieron a la cacería blandiendo tubos cortos de hule grueso.

 

La carnicería continuó hasta que todos los judíos se encontraban postrados y sangrando. Si un cuerpo se movía, o siquiera temblaba, era pateado, acompañado de blasfemias, y las súplicas de piedad eran silenciadas con la placa del tacón de la bota. Con espuma en sus bocas y jadeando por el esfuerzo, los SS contemplaron la escena con la satisfacción de hombres que han cumplido con su deber.

 

Apareció un carro tirado por caballos; los cuerpos fueron arrojados en él y se esparció arena sobre los charcos de sangre. Llego a la conclusión de que este asunto escandaloso daba la impresión de que había ocurrido con anterioridad y que volvería a suceder de nuevo.

Si deseas saber más, lee “Red Runs the Vistula” (Corre el rojo por el Vístula), de Ron Jeffery.

Ron Jeffery trabajó en Europa como agente del servicio secreto británico, bajo las narices de la Gestapo, durante la Segunda Guerra Mundial. Fue capturado por los alemanes en Francia en 1940, pero escapó en dos ocasiones y, finalmente, trabajó con la Resistencia polaca en Varsovia. Inicialmente, a su regreso a Londres en 1944, fue tratado como una celebridad, para después ser completamente ignorado debido a sospechas de colaboración con los nazis.

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