En Stalingrado, las fuerzas soviéticas estaban rehusándose obstinadamente a ceder las posiciones defendidas en un terreno cada vez más pequeño a las orillas del Volga. Los alemanes enviaron una oleada tras otra de hombres para atacar.

 

Cada uno de los edificios industriales y casas ocupados por los rusos se convertían en pequeñas fortalezas y los soviéticos estaban preparados para vender sus vidas tan caro como fuera posible. Todos los hombres en Stalingrado, alemanes y rusos, anhelaban poder dormir, el cual se había convertido en un lujo. Pero las noches en Stalingrado nunca eran silenciosas y mucho menos confortables y, como todo, era racionado. Una hora o dos de sueño espasmódico era lo más que alguien había tenido durante semanas.

 

Viktor Kartashev describe las condiciones en la fábrica Octubre Rojo, donde la línea del frente de batalla se estaba moviendo metro a metro, de habitación en habitación. Estaban virtualmente cercados, pero continuaron defendiéndose durante el tiempo que tuvieron bastimento:

Combate en la fábrica Octubre Rojo

Infantería alemana combatiendo en las instalaciones de la fábrica Octubre Rojo.

Nunca nos quitábamos las botas y tomábamos turnos para dormir un poco, cosa que hacíamos con nuestras armas en la mano. Nos poníamos nuestros cascos y descansábamos la cabeza contra un ladrillo. Un día nos trajeron un acordeón, un samovar y un costal entero con diversos artículos. Alguien dijo que un proyectil había volado una carga entera de cosas del suelo no muy lejos de la cantina de la fábrica. Había de todo, desde zapatos de mujer hasta terciopelo rojo y un tipo de material blanco. El material blanco fue útil para vendar a los heridos y el samovar dio justo en el blanco. En el sótano había un tipo de fosa con agua colapsada parcialmente. Nadie sabíamos qué tipo de agua era, pero estábamos sedientos, así que no tuvimos otra opción que beberla. El samovar vino a nuestro rescate, aunque muchos de nosotros tuvimos malestares estomacales por beber esta agua. Era muy difícil que nos enviaran alimentos. La comida caliente casi nunca nos llegaba. El pan nos era enviado en sacos, así que sólo recibíamos costras y migajas. Nos conformábamos con la comida que nos proporcionaban, pero la munición era otra cosa por completo. Necesitábamos granadas y cartuchos. Todos nos dábamos cuenta de que sin munición podría ser el fin para nosotros.

 

Los alemanes de nuevo abrieron fuego con artillería pesada. Se sentía como si fueran a convertir la cantina de la fábrica en polvo. En el sótano, pudimos estar tranquilos detrás de las gruesas paredes de ladrillo. Parecía como si el techo se iba a venir abajo en cualquier momento. El aire en el sótano se llenó de polvo de todo el yeso colapsado. Tan pronto como el bombardeo de artillería se detuvo, los alemanes atacaron. Nos dispersamos hacia las ventanas. Bochkaryov se tumbó con la ametralladora ligera en las ruinas del cuarto de calderas, Karpov se encargó de la ametralladora pesada, y yo me fui a la mía. Esta vez el esfuerzo principal de los alemanes estaba dirigido a la parte derecha del comedor de la fábrica. Más o menos una decena de tanques nazis se movía a lo largo del hueco y hacia la Escuela Nº 35. Podíamos escuchar el rugido de sus motores, a pesar de que no se estaban moviendo hacia nosotros. Pero tuvimos que rechazar algunas tropas con ametralladoras que venían hacia nosotros, gritando como llegaban. Podíamos escuchar los gritos de los oficiales y los gritos de los hombres. Había muchos de ellos, ellos seguían viniendo una y otra vez. Pero nuestro fuego los obligó a ponerse pecho tierra y se quedaron allí. Yo estaba disparando hasta que el agua en la cubierta se puso tan caliente que estaba hirviendo. Recuerdo que agotamos casi todas nuestras cartucheras. Pero la batalla había terminado, por ahora, y habíamos logrado mantener nuestra posición.

Si deseas saber más, lee ‘Voices from Stalingrad: Nemesis on the Volga” [Voces de Stalingrado: némesis en el Volga], editado por Jonathan Bastable.

Otra vista de la parte norte de Stalingrado con el Volga en la parte posterior de la imagen. Los rusos ocupaban la orilla oriental, más allá del lente de la cámara. Ellos mantuvieron un servicio de transbordador, llevando hombres y municiones a través del río, durante la batalla. Los transbordadores se encontraban bajo un constante bombardeo de los cañones alemanes, pero las embarcaciones les permitieron aferrarse al territorio en la orilla occidental.

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