El 7 agosto de 1942, apenas ocho meses después desde el ataque japonés a Pearl Harbor, los estadounidenses pusieron en marcha la Operación Watchtower, la primera contraofensiva aliada en el Pacifico. El asalto inició con el desembarco de 16,000 tropas norteamericanas en las islas de Guadalcanal, Tulagi y Florida, todas ellas parte de las Islas Salomón.

 

Los desembarcos no encontraron oposición alguna y los japoneses resguardando el aeródromo en Guadalcanal, que más tarde se conocería como el Campo Henderson, se retiraron hacia la selva. Los infantes de marina norteamericanos en las islas comenzaron a arreglárselas para enfrentar selvas impenetrables, calor tropical, lluvias torrenciales, barro espeso, enfermedades extrañas, parásitos, mosquitos, hormigas y moscas. Esto fue antes de que siquiera se enfrentaran a un enemigo preparado, resuelto y dispuesto a luchar hasta la muerte con una temeridad suicida.

Robert Leckie se enlistó en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos en enero de 1942, que lo llevó eventualmente a estar en el frente de batalla en el teatro del Pacífico. Leckie, sirviendo en la 1ª División de Marines, se encontraba entre las tropas desembarcando en la isla de Guadalcanal:

Marines estadounidenses desembarcan en Guadalcanal

Marines estadounidenses desembarcan en Guadalcanal, en las Islas Salomón, ocupadas por los japoneses, en agosto de 1942.

Los incendios parpadeaban en las playas de la Isla de Guadalcanal cuando llegamos a cubierta.

No eran fuegos saltando con grandes llamaradas y estábamos decepcionados. Esperábamos ver el mundo encendido cuando saliéramos de las escotillas. El bombardeo pareció feroz. Nuestra armada, la cual juzgamos podría, parecía capaz de volar Guadalcanal a la perdición.

Pero en el sucio amanecer del 7 de agosto de 1942, sólo había unos cuantos incendios parpadeando, como los vertederos de la ciudad, para iluminar nuestro camino a la historia.

Estábamos aprensivos, no temerosos. Todavía estaba enojado por mi encuentro con el marinero encargado del comedor. Había estado comiendo mi desayuno de habichuelas por largo tiempo y cuando finalicé, percibí a los marineros limpiando frenéticamente la cocina. Quizá esto se convertiría en la sala de cirugía para los heridos en la costa. El jefe del comedor detrás del mostrador estaba justo cerrando una caja de naranjas, distribuida como una especie de regalo para las tropas previo a la batalla, cuando corrí para reclamar la mía. Se rehusó a abrir la caja. Nos gritamos furiosamente uno al otro. Yo quería esa naranja más de lo que el general Vandergrift deseaba Guadalcanal. El marinero no me la daría y me amenazó -¡oh, inanidad de inanidad!-, me amenazó con reportarme por insolencia. ¡Repórtame! ¡Repórtame, que estoy a punto de derramar mi sangre sobre los cocos! Quería pincharlo con mi bayoneta, pero lo empujé hacia un lado, rompí la tapa, confisqué mi naranja y corrí por la escalera con mis compañeros en cubierta, los gritos indignados del jefe del comedor disminuyendo detrás de mí.

 

Así que yo mismo parpadeaba, como la larga y curvada costa de Guadalcanal, cuando el Viejo Gunny gritó:

 

¡Primer pelotón hacia el lado! ¡Desciendan por las redes de carga!

 

El George F. Elliot estaba navegando en un suave oleaje. Las redes se balanceaban adentro y afuera contra sus costados de acero, sacudiéndonos. El cañón de mi rifle empujó mi casco hacia adelante sobre mis ojos. Por debajo de mí, los botes Higgings se revolcaban en las olas.

El bombardeo estaba finalizando; miré hacia ambos lados míos, aferrándome, como si fuera hormiga, a la red. El Canal Sealark estaba atascado con nuestros barcos. A la izquierda, o al oeste de mí, la descomunal Isla Savo. Frente a mí, al norte, pero escondida por el costado del Elliot, se extendía la Isla Florida y la pequeña Tulagi. Los Marine Raiders y Paramarines ya estaban haciendo su trabajo sangriento en Tulagi. Podía escuchar el sonido de los cañones. Detrás de mí, al sur, estaba Guadalcanal.

Las redes de carga llegaban a su fin tres pies arriba de los botes Higgings balanceándose. Uno tenía que saltar, cargando 50 libras o más de equipo. No hay tiempo para indecisión, puesto que los otros arriba en las redes estaban haciendo todo menos enhebrando tus dedos. Así que allí estaba -salto- esperando que el bote Higgings no se alejara y dejara sólo el mar azul para caer. Pero todos abordamos a salvo.

Pude ver las olas de asalto formándose cerca de otros barcos. Bote tras bote estaba siendo cargado, luego se separaba del buque nodriza para unirse a sus compañeros, dando vueltas y vueltas, como insectos marinos monstruosos retozando.

¡Todos abajo!

Ahora podía ver los círculos esparciéndose en la línea de ataque. Como mis compañeros, estaba agazapado debajo de las bordas, sintiendo como el bote debajo de mí se movía lentamente para apuntar su nariz con dirección a la costa. La cubierta vibraba en una ráfaga de energía.

El asalto comenzó.

Ahora estaba rezando otra vez. Había rezado mucho la noche anterior, cuidadosamente, deliberadamente, suplicando a Dios y la Virgen que cuidara de mi familia y amigos si yo caía. En la futilidad de la juventud, estaba seguro que iba a morir; por la misma nimiedad, estaba dando mis asuntos al Todopoderoso, como el hermano mayor dando palmadas en la espalda del menor y diciendo: “John, ahora tú eres el hombre de la casa”.

 

Pero mis oraciones eran un revoltijo. No podía pensar en nada más que en la costa donde íbamos a desembarcar. Había otros botes llenos de Marines delante de nosotros. Me imaginé disparar desde detrás de sus cuerpos postrados, construyendo una pared protectora de carne desgarrada y enrojecida. Podía imaginar un holocausto entre los cocoteros. Ya no rezaba más. Era como un animal: los oídos esforzándose por escuchar los sonidos de la batalla, el cuerpo tensándose para el salto por el costado.

El bote golpeó la playa, se sacudió y se detuvo. Instantáneamente me paré y salté. El cielo azul pareció balancearse en un arco gigante. Pude vislumbrar frondas de palma meciéndose suavemente por arriba, era el paisaje más delicado y exquisito que había visto.

Luego siguió una mancha borrosa. Era un caleidoscopio cambiando rápidamente de forma, color y movimiento. Yo yacía jadeante en la arena, entre los altos cocoteros y me di cuenta que estaba mojado hasta las caderas. Había avanzado unas veinte yardas tierra adentro.

Pero no hubo combate.

Los japoneses habían huido. Allí estábamos, esparcidos en una formación de batalla, pero no había nadie oponiéndosenos. En tan sólo unos momentos, la tensión se había relajado. Miré alrededor de nuestro entorno exótico. Pronto hubo sonrisas y bromas.

Hey, teniente”, dijo el Hoosier, “si que es una maldita forma de conducir la guerra”.

 

El sargento Thinface gritó agudamente a alguien abriendo un coco.

 

¿Quieres envenenarte? ¿Qué no sabes que esas cosas pueden estar llenas de veneno?

Todos reímos. Thinface era tan estúpidamente literal. Él había sido de las propensiones de los japoneses para colocar trampas o para envenenar los suministros de agua, por tanto, los cocos estaban envenenados. Nadie se molestó en señalar las obvias dificultades que entrañaba el envenenamiento de los millones de cocos de Guadalcanal. Sólo nos reímos y continuamos descascarando los cocos, bebiendo el agua de coco dulce y refrescante. Thinface sólo pudo enfadarse, para lo cual era un experto.

De alguna parte vino la orden: “¡En marcha!

Formamos grupos escalonados y caminamos pesadamente.

Dejamos nuestra inocencia en Playa Roja. Nunca volvería a ser lo mismo. Por diez minutos habíamos tenido algo así como dicha, un alud de bienestar que siguió a nuestro indescriptible alivio de poder desembarcar sin encontrar oposición. Incluso cuando salimos del blanco destello de la playa a la sombra protectora de los cocoteros, allí estalló detrás de nosotros el gimoteo de los cañones antiaéreos y el quejido de los aviones apresurándose a toda velocidad. Los japoneses habían venido, La guerra estaba en marcha. Nunca volvería a ser lo mismo.

Si deseas saber más, lee “Helmet for my Pillow: From Parris Island to the Pacific” [El casco era mi almohada: de la Isla Parris al Pacífico], de Robert Leckie.

Vehículos anfibios LVT-1 se movilizan hacia la playa en la isla de Guadalcanal. Esta fotografía fue probablemente tomada durante los desembarcos iniciales entre el 7 y 9 de agosto de 1942, en Guadalcanal. El transporte de tropas USS Presidente Hayes (AP-39) se observa al fondo.

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