Atrocidades japonesas en campos de prisioneros

Prisoneros de guerra británicos abandonan Hong Kong rumbo a un campo japonés, en diciembre de 1941.

En las primeras semanas de la guerra en el Pacífico, los ejércitos japoneses barrieron a lo largo de Asia suroriental, creando la llamada Esfera de Co-prosperidad. Donde quiera que capturaban grandes cantidades de prisioneros, los enviaban en marchas largas y punitivas con el objeto de exhibir a los enemigos caídos a la población local, debilitarlos en posibles intentos de escape y eliminar a los enfermos y frágiles de salud.

 

Hong Kong fue una de las primeras bases que cayeron en las manos de los japoneses y los prisioneros británicos capturados fueron llevados primero en botes transbordadores y luego en marchas que los llevaron a diversos campos; cualquier signo de debilidad durante la marcha era brutalmente acotado con golpes y bayonetas.

 

Stanley Wort, sirviendo en la Armada Real británica, había sido capturado e internado en viejas barracas del ejército que habían despojadas de cualquier servicio, pero los prisioneros se organizaron para mantener la disciplina y la distribución equitativa de los pocos alimentos proporcionados. Wort fue testigo de las múltiples atrocidades cometidas por los japoneses en estos campos en contra de prisioneros y civiles por igual:

La disciplina se mantuvo incluso en la Fuerza de Defensa Voluntaria de Hong Kong, aunque algunos de sus soldados en tiempos de paz habían sido los taipanes y los suboficiales exmilitares empleados como instructores. Sin embargo, había una diferencia entre ese grupo y el resto de nosotros. Algunos de ellos tenían familiares en la ciudad (puesto que había una cantidad de chinos entre ellos) y otros tenían sirvientes chinos muy leales. Esta gente vendría a la parte alejada de la calle en el lado sur del campo (no les era permitido acercarse al alambre) con la esperanza de obtener noticias de sus familiares o empleadores. Si veían a alguien conocido, se esforzaban por comunicarse con ellos gritando a través de la calle hasta que los guardias los detuvieran. En una de esas ocasiones, una joven dama china cargando un pequeño bebé fue a la calle y trató desesperadamente dar un mensaje gritándole a uno de los prisioneros en el campo. Un guardia le gritó y, mientras ella seguía llamando, tomó al bebé, lo lanzó hacia otro guardia que lo atrapó con su bayoneta y lo lanzó a un tercer guardia que hizo lo mismo. Siguieron haciendo esto por algunos minutos antes de lanzar al niño sin vida de vuelta a su madre. Instintivamente ella atrapó el bulto sangriento y fue expulsada por los guardias.

Si deseas saber más, lee “Prisoner of the Rising Sun” [Prisionero del Sol Naciente], de Stanley Wort.

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