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Al otro lado de la alambrada

Prisioneros de guerra británicos marchan hacia el cautiverio en Hong Kong el 29 de diciembre de 1941, cuatro días después de la rendición de la colonia. (Foto: Imperial War Museums, HU 2779 / Desmond Wettern).

El 7 de enero de 1942 habían transcurrido trece días desde la rendición de Hong Kong. La batalla había terminado, pero para miles de integrantes de la guarnición británica y colonial comenzaba otra etapa de la guerra. Reunidos bajo vigilancia japonesa, los prisioneros eran trasladados a cuarteles, campamentos de refugiados y recintos improvisados en distintos puntos de la colonia.

Uno de los principales lugares de internamiento era Sham Shui Po, en Kowloon. Antes de la guerra había sido un complejo de barracas del ejército británico. Cuando llegaron los primeros cautivos, los edificios habían sido saqueados y despojados de casi todo cuanto podía desmontarse: puertas, ventanas, lámparas, ventiladores y conducciones eléctricas. Los hombres encontraron paredes, techos y pisos desnudos de concreto.

El campo todavía no estaba completamente aislado de la ciudad. Una calle recorría uno de sus costados y, desde el lado opuesto, familiares, amigos y antiguos empleados intentaban localizar a quienes habían quedado encerrados. No podían acercarse a la alambrada, pero en ocasiones trataban de comunicarse gritando a través de la calle, hasta que los guardias japoneses los obligaban a guardar silencio o a marcharse.

Entre los hombres conducidos a Sham Shui Po se encontraba Stanley Wort, miembro de la Royal Navy capturado tras la rendición de Hong Kong. Su recuerdo de aquellos primeros días comienza con la marcha hacia el campo:

Al resto nos obligaron a continuar por Nathan Road hasta acercarnos a lo que entonces eran las afueras de la ciudad. La columna giró bruscamente a la izquierda, hacia el distrito de Sham Shui Po, y allí, completamente desmantelado, había un antiguo cuartel del ejército al que nos condujeron.

 

Calculé que habíamos marchado unas 3 a 3½ millas, aunque, en el estado en que nos encontrábamos, parecían 33. Poco imaginábamos lo afortunados que éramos. A juzgar por las marchas posteriores, podrían habernos hecho recorrer todos los Nuevos Territorios.

 

Si los cuarteles de Murray Road habían sido saqueados, los de Sham Shui Po habían quedado despojados de todo. El campo consistía en hileras de barracones rectangulares de sólida construcción, levantados con bloques de material compuesto sobre una base de concreto. En el extremo próximo al mar había un edificio de ladrillo de tres pisos conocido como Jubilee Buildings, que había servido como alojamiento para los hombres casados.

 

En tiempos de paz, aquellas instalaciones sin duda habían ofrecido un alojamiento razonable. Había agua corriente, luz eléctrica y ventiladores de techo, pero cuando llegamos todo eso había desaparecido. Se habían llevado las puertas y sus marcos, las ventanas y sus marcos, los paneles y ventiladores del cielo raso, las lámparas y los interruptores. Solo quedaban el piso desnudo de concreto, las paredes, las cerchas y la cubierta. Aquel era nuestro nuevo hogar.

 

 

Incluso en las filas de la Fuerza Voluntaria de Defensa de Hong Kong prevalecía la disciplina militar, aunque algunos de quienes en tiempos de paz eran simples soldados habían sido taipanes, y los suboficiales, exmilitares empleados como instructores.

 

Había, sin embargo, una diferencia entre aquel grupo y el resto de nosotros. Algunos tenían familiares en la ciudad —pues entre ellos había varios chinos— y otros contaban con sirvientes chinos muy leales.

 

Aquellas personas se acercaban al lado opuesto de la calle, junto al costado sur del campo —no se les permitía aproximarse a la alambrada—, con la esperanza de obtener noticias de sus familiares o empleadores. Si veían a alguien conocido, intentaban comunicarse gritando de un lado a otro de la calle hasta que los guardias se lo impedían.

 

En una de aquellas ocasiones, una joven china que llevaba en brazos a un bebé llegó hasta la calle e intentó desesperadamente gritar un mensaje a uno de los prisioneros del campo. Un guardia le gritó y, mientras ella seguía llamando, le arrebató al bebé y lo lanzó hacia otro guardia, que lo ensartó con la bayoneta y lo arrojó hacia un tercero, que hizo lo mismo.

 

Repitieron aquello durante unos minutos antes de arrojar la criatura sin vida de vuelta a su madre. Instintivamente, ella recibió entre los brazos aquel bulto ensangrentado y los guardias la obligaron a marcharse.

 

Actos de barbarie como aquel aumentaron nuestro odio hacia los japoneses y nos llevaron a hablar más sobre la posibilidad de escapar.

Si deseas saber más, lee Prisoner of the Rising Sun [Prisionero del Sol Naciente], de Stanley Wort.

 

La escena recordada por Wort no ocurrió en un lugar apartado del campo, oculto a los prisioneros o aislado de la ciudad. Ocurrió junto a una calle, a la vista de quienes permanecían detrás de la alambrada y de quienes aún intentaban acercarse desde el exterior.

Durante aquellos primeros días, la separación entre la población de Hong Kong y los cautivos todavía podía medirse por la anchura de una calle. Bastaba con reconocer un rostro y levantar la voz para intentar atravesarla. Pero la alambrada no era el único límite. Entre ambos lados se encontraba ya la violencia de una ocupación que apenas comenzaba.

Vista del campamento militar de Sham Shui Po, en Kowloon, entre aproximadamente 1937 y 194

Vista del campamento militar de Sham Shui Po, en Kowloon, entre 1937 y 1941. El complejo comprendía los barracones Hankow y Nanking, separados por un amplio patio de armas. Tras la caída de Hong Kong, las fuerzas japonesas lo utilizaron como campo de prisioneros de guerra. (Foto: National Army Museum, NAM. 2000-03-173-2).

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