Terror en Hull

La ciudad de Hull en Inglaterra fue bombardeada las noches del 7/8 de mayo de 1941 con miles de bombas incendiarias. En la imagen la esquina de Costellos, en las calles Savile y Jameson, en mayo de 1941.

El 7 de mayo de 1941, después de cerca de siete horas de alarmas la noche anterior, las sirenas antiaéreas sonaron a las 11:16 de la noche y la primera bomba con altos explosivos cayó en la calle Cleveland en la ciudad de Hull. Este fue el comienzo de los dos bombardeos entre el 7 y 8 de mayo durante los cuales se dejaron caer más de 300 bombas, minas en paracaídas y bombas ‘G’. 40 de esas bombas no estallaron, pero continuaron siendo un problema después de la incursión.

 

Una variedad de bombas incendiarias cayó, y las bombas de aceite, se contaban en millares.

 

El artillero Thomas Henry Baker era parte de una dotación antiaérea en Hull, y en su diario recordó los eventos ocurridos:

La devastación en la ciudad de Liverpool durante los bombardeos en mayo de 1941.

Estando en el cuartel general de la Batería, cerca de Preston en Holderness, tuvimos más de nuestra parte justa de entretenimientos. Mi deporte favorito era el fútbol y nos las arreglamos para conseguir una serie de juegos con equipos de Hull, así como con equipos del servicio. También tuvimos fiestas de conciertos y un par de cantantes y músicos, a veces teníamos un baile y el 7 de mayo 1941 tuvimos una serie de damas de Smith y Nephew, una firma grande de abogados de Hull, invitadas a un baile. Yo estaba de guardia desde las 2 p.m. hasta las 10 p.m. y a pesar de un informe de una de nuestras unidades costeras que aviones enemigos habían sido avistados sobre el mar, no pasó nada inusual. Justo antes de terminar mi labor a las 10 pm las dotaciones de los cañones fueron llamadas, por lo que podíamos esperar nuestro tiroteo habitual. Casi todo el personal del cuartel general estaba en la cantina, bailando, pero decidí irme a la cama con una novela de suspenso de Edgar Wallace, pero antes de retirarme, fui a la cantina por una botella de limonada. El muchacho detrás de la barra me recibió con los brazos abiertos, dijo que estaba esperando que llegara a la cantina porque el Sargento Mayor lo había invitado al comedor para tomar una copa y, como secretario del club deportivo, yo podría tomar su lugar detrás de la barra. Stan adecuadamente fue por su bebida y Roy Stather, un amigo mío, que había terminado su turno conmigo a las 10 p.m., llegó por de una limonada. Estábamos conversando acerca de que las condiciones eran ideales para un bombardeo cuando dos mujeres vinieron al mostrador y dijeron ‘sus cañones no hacen mucho ruido, ¿verdad?’ Roy explicó que los cañones estaban a dos campos de distancia y que el viento soplaba alejándose del campo, pero hacía dos semanas una serie de bombas incendiarias cayeron entre las chozas, y la semana pasada una bomba de 200 libras cayó cerca del campo de fútbol, por lo que en cualquier momento debíamos esperar una mina terrestre. Apenas había terminado de hablar cuando un estruendo terrible sacudió todo el edificio -la pared oeste fue sustituida por una cortina de llamas y todo el mundo parecía haberse colapsado. Me metí debajo del mostrador y escuché el ruido de la ruptura de madera y de las botellas de cerveza y limonada. Después de unos momentos, me abrí paso hacia fuera de debajo del mostrador, sólo para que una botella de cerveza me cayera en la cabeza. Salí arrastrándome y me tambaleé para pararme sólo para encontrar hombres y mujeres tirados en el suelo inconscientes, las llamas seguían ardiendo, pero la gente se estaba ayudando unos a otros para ponerse de pie. Un bombardero estaba recogiendo a las señoras del suelo y salía corriendo con ellas -se le otorgó la Medalla Militar por su valor-. Recogí como los bomberos a una señora y apenas había llegado a la puerta cuando ese bombardero me la arrebató. Salí hacia el aire frío y me di cuenta que sólo estaba vistiendo mi camisa, pantalones y sandalias, así que volví a mi casa por algunas prendas más abrigadoras, pero qué sorpresa me esperaba allí. Las casas eran una masa de llamas. Mi casa no era más que un montón de cenizas y madera ardiente -todo mi equipo había desaparecido y yo también de no haber sido porque ayudé en la barra-.

 

Yo estaba aún más sorprendido al ver el estado de la ciudad de Hull, los incendios ardían por todas partes, desde el Muelle del Rey Jorge hasta el centro de la ciudad, incluyendo los muelles Alexandra y Victoria, barcos y bodegas estaban en llamas; las pilas de madera en el muelle Victoria ardían ferozmente y en el centro de la ciudad había incendios de todas las formas y tamaños. Destellos vivos indicaban donde las bombas seguían cayendo. Los edificios parecían elevarse en bloques y caer en pedazos. Mirando hacia el norte hacia Beverley los incendios continuaban, algunos jirones de fuego eyectándose hacia el cielo, algunas nubes grandes de humo negro en forma de hongo, pero en general la ciudad se cubrió de humo blanco y naranja. El cielo se llenó con el sonido de los aviones enemigos, las bombas caían cerca y de lejos, los cañones estaban disparando a la distancia y pensé en los viejos y jóvenes en los refugios, sin saber si iban a sobrevivir la noche, me dije a mí mismo ‘Dios mío, esto no es guerra, es una maldita matanza pura’.

 

Relevamos al turno de la noche en el receptor del radar y no nos sorprendimos al encontrar la pantalla llena de aviones enemigos. Control de Incendios pidió la altitud sobre los objetivos y me las arreglé para tomar un avión a una altura de 7,500 pies -toda el área disparó a esa y por un tiempo mantuvimos claro el cielo por encima de los muelles, pero para ese momento creo que el enemigo estaba dejando caer bombas y minas terrestres en cualquier lugar y batiéndose en una retirada apresurada. Una tras otra, nuestras armas tuvieron que dejar de disparar para enfriarse y escuchamos arriba a los aviones enemigos, con la esperanza de que nuestros cañones en la ciudad no les dieran tiempo para darnos a nosotros como un blanco fácil. A las 5 de la mañana el último avión alemán desapareció de la pantalla.

 

El muchacho que había relevado en la cantina estaba entre los heridos y la próxima vez que lo vi, tres meses más tarde, dijo que lo único que recordaba era tener su bebida cuando un estruendo sacudió el edificio y luego se desmayó. Se despertó en el hospital y una enfermera le preguntó ¿Dónde estoy?’ Ella le respondió ‘Hospital de Maternidad en la calle Hedon’ [utilizado como un hospital militar durante la guerra].

 

Tomé prestada una bicicleta y mi sargento se hizo de la vista gorda para que pudiera apresurarme a casa a ver a mi familia. En el camino pasé guardas de ataques aéreos buscando sobrevivientes en las casas dañadas, obreros excavando un refugio bombardeado en caso de que personas estuviesen bajo los escombros y varias fábricas en llamas en Stoneferry. El viaje a casa fue difícil porque las carreteras estaban bloqueadas con escombros, pero me sentí aliviado al encontrar a mi familia a salvo y la casa intacta. Los rumores volaban acerca del daño, incluso escuché un guarda de ataque aéreo decir que mi propia batería había sido destruida, por lo que le corregí y le sugerí que se fuera a casa y descansara un poco porque las luces de los fuegos ardiendo en la ciudad serían una invitación a los bombarderos para volver la noche siguiente.

 

Efectivamente a la noche siguiente, que era clara y con luz de luna, nuestra estación en Punto Spurn nos llamó diciendo 'Miren arriba, objetivo hostil con dirección 95 grados’. Encontramos un objetivo solitario, posiblemente un avión de reconocimiento queriendo hacer que nuestros cañones dispararan, mientras que el resto de la manada se colaba. Los cañones deliberadamente no dispararon, pero una hora más tarde todas las estaciones estaban reportando objetivos y los cañones abrieron fuego, pero era muy difícil dar en el blanco, ya que las altitudes eran muy variadas. La vista de Hull siendo bombardeada era suficiente para hacerte llorar; fue peor que la noche anterior. El aire se llenó con el ruido de los aviones y nuestros proyectiles silbando al subir al tiempo que las bombas silbaban al caer. La Lutwaffe tenía la ventaja ya que incluso si sus bombas no daban en los muelles y las fábricas podían impactar a civiles en sus casas cercanas, y cientos de personas en Hull murieron antes de que el enemigo partiera a las 5 de la mañana dejando el centro de la ciudad devastado. Si los alemanes hubiesen llegado una tercera noche, creo que no habría quedado nada de Hull. Los guardas de ataque aéreo, bomberos, ejército y todo el mundo estaban exhaustos, pero los muelles seguían funcionando y Hull estaba caído, pero no abatido.

Si quieres saber más, visita el sitio La Guerra del Pueblo de la BBC.

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