El ultimátum bajo fuego

Konstantín Rokossovsky, comandante del Frente del Don, observa una posición de combate en la región de Stalingrado en 1942. El 8 de enero de 1943 firmó, junto con Nikolái Voronov, el ultimátum dirigido al mando del 6.º Ejército alemán. (Foto: autor no identificado / Wikimedia Commons / dominio público).
El 8 de enero de 1943, el 6.º Ejército alemán llevaba más de seis semanas cercado en Stalingrado. El intento de rescate lanzado desde el suroeste había fracasado; las fuerzas que habían acudido en su ayuda se retiraban y el puente aéreo no podía proporcionar los víveres, el combustible, las municiones y los medicamentos necesarios para sostener durante mucho más tiempo a los hombres atrapados dentro de la bolsa.
El mando soviético se preparaba, entretanto, para emprender la Operación Anillo, la ofensiva destinada a reducir el cerco. El Frente del Don había reunido tropas, artillería y aviación alrededor de las posiciones alemanas, pero antes de iniciar el ataque decidió ofrecer una capitulación formal.
Konstantín Rokossovsky recordaría años después que la idea surgió al hablar de los antiguos asedios de ciudades y fortalezas, en los que el ejército sitiador ofrecía al adversario una última oportunidad de rendición. Rokossovsky, Nikolái Voronov y otros generales prepararon un borrador. La Stavka aprobó la propuesta y Stalin introdujo únicamente modificaciones menores.
El ultimátum quedó fechado el 8 de enero de 1943. Lo firmaron Voronov, representante de la Stavka del Alto Mando Supremo, y Rokossovsky, comandante del Frente del Don. Estaba dirigido al coronel general Friedrich Paulus o a quien lo sustituyera al frente del 6.º Ejército.
Sus términos combinaban garantías precisas —la vida, la alimentación, la atención médica y el regreso después de la guerra— con la advertencia de que, si no se recibía una respuesta escrita antes de la tarde siguiente, las fuerzas soviéticas procederían a destruir la agrupación cercada:
Al comandante del 6.º Ejército alemán cercado en Stalingrado, coronel general Paulus, o a su sustituto.
El 6.º Ejército alemán, las formaciones del 4.º Ejército Panzer y las unidades de refuerzo agregadas se encuentran completamente cercados desde el 23 de noviembre de 1942. Las unidades del Ejército Rojo han rodeado esta agrupación de tropas alemanas con un anillo compacto. Todas las esperanzas de salvar a sus tropas mediante una ofensiva alemana desde el sur y el suroeste han fracasado. Las tropas alemanas que se apresuraron en su ayuda han sido derrotadas por el Ejército Rojo, y sus restos se retiran hacia Rostov.
La aviación de transporte alemana, que les lleva una ración de hambre de víveres, municiones y combustible, se ve obligada, debido al avance rápido y victorioso del Ejército Rojo, a cambiar frecuentemente de aeródromos y a volar desde grandes distancias hasta las posiciones cercadas. Además, la aviación de transporte alemana sufre enormes pérdidas de aparatos y tripulaciones a manos de la aviación rusa. Su ayuda a las tropas cercadas se vuelve irrealizable.
La situación de sus tropas cercadas es grave. Padecen hambre, enfermedades y frío. El duro invierno ruso apenas comienza; todavía están por llegar las fuertes heladas, los vientos fríos y las tormentas de nieve, mientras sus soldados carecen de uniformes de invierno y viven en condiciones gravemente insalubres.
Usted, como comandante, y todos los oficiales de las tropas cercadas comprenden perfectamente que no tienen ninguna posibilidad real de romper el anillo del cerco. Su situación es desesperada y continuar la resistencia carece de sentido.
Ante la situación sin salida en la que se encuentran, y para evitar un derramamiento inútil de sangre, les proponemos aceptar las siguientes condiciones de capitulación:
1. Todas las tropas alemanas cercadas, encabezadas por usted y su Estado Mayor, cesarán la resistencia.
2. Entregarán, de manera organizada y a nuestra disposición, todo el personal, las armas, el material de combate y los bienes militares en buen estado.
Garantizamos la vida y la seguridad de todos los oficiales, suboficiales y soldados que cesen la resistencia, así como su regreso, una vez terminada la guerra, a Alemania o a cualquier otro país al que los prisioneros de guerra manifiesten su deseo de ir.
Todo el personal de las tropas rendidas conservará su uniforme, insignias, condecoraciones, efectos personales y objetos de valor. Los oficiales de mayor graduación conservarán también sus armas blancas.
Todos los oficiales, suboficiales y soldados que se rindan recibirán de inmediato una alimentación normal. Los heridos, enfermos y afectados por congelación recibirán atención médica.
Esperamos su respuesta por escrito a las 1500 horas, hora de Moscú, del 9 de enero de 1943. Deberá entregarla un representante designado personalmente por usted, quien viajará en un automóvil con bandera blanca por la carretera comprendida entre el apartadero de Konny y la estación de Kotluban.
Su representante será recibido por comandantes rusos autorizados en el sector B, medio kilómetro al sureste del apartadero ferroviario 564, a las 1500 horas del 9 de enero de 1943.
Si rechaza nuestra propuesta de capitulación, le advertimos que las fuerzas del Ejército Rojo y de la Fuerza Aérea Roja se verán obligadas a proceder a la destrucción de las tropas alemanas cercadas, y usted será responsable de su aniquilación.
Representante de la Stavka del Alto Mando Supremo del Ejército Rojo
Coronel general de artillería Voronov
Comandante de las tropas del Frente del Don
Teniente general Rokossovsky

Si deseas saber más, lee Doctor at Stalingrad [Doctor en Stalingrado], de Hans Dibold, donde se reproduce el ultimátum. Para el recuerdo posterior de su preparación desde el mando soviético, lee A Soldier’s Duty [El deber de un soldado], de Konstantín Rokossovsky.
El documento indicaba el recorrido que debía seguir la respuesta alemana, pero primero había que conseguir que el propio ultimátum atravesara el frente. El 7 de enero, Voronov llamó al mayor Aleksandr Smyslov y al capitán Nikolái Diátlenko. Smyslov encabezaría la delegación; Diátlenko actuaría como intérprete.
Los acompañaría un trompeta, mientras el general Iván Vinogradov seguiría sus movimientos a cierta distancia. El sector elegido se encontraba cerca del apartadero ferroviario 564. Una estación de altavoces debía advertir previamente a los soldados alemanes de la llegada de los emisarios.
El capitán Nikolái Diátlenko, intérprete de la delegación, dejó inmediatamente después una relación detallada de los dos intentos de cruzar las líneas:
El 7 de enero de este año, el representante de la Stavka del Alto Mando Supremo del Ejército Rojo, coronel general camarada Voronov, llamó al mayor camarada Smyslov y a mí y nos encomendó entregar al comandante de la agrupación alemana cercada cerca de Stalingrado, coronel general Paulus, el ultimátum del mando del Ejército Rojo. Yo debía desempeñar las funciones de intérprete de la delegación.
En la noche del 7 al 8 de enero de 1943, acompañados por el general de división camarada Vinogradov, nos dirigimos al sector B, medio kilómetro al sureste del apartadero 564, donde debíamos cruzar el frente.
Allí se nos comunicó que, en el sector donde se preparaba el paso, una potente estación de altavoces transmitía desde las ocho de la mañana un texto que advertía a los alemanes de nuestra llegada.
También supimos que los soldados alemanes, tras escuchar la transmisión, habían comenzado a caminar erguidos por su primera línea y a reunirse en grupos. Desde nuestro lado no se efectuaban disparos. Desde el lado alemán se producían ocasionalmente algunos tiros aislados, aunque en el estrecho sector destinado a nuestro paso no había fuego alguno.
Hacia las diez comenzamos a avanzar hacia nuestra primera línea. Todavía de camino a la compañía fuimos atacados por francotiradores alemanes. A las 1000 se dio la primera señal con la trompeta y nosotros, desplegando la bandera blanca, nos dirigimos hacia nuestro último puesto avanzado.
Dos zapadores nos condujeron a través del campo de minas; el general de división camarada Vinogradov nos seguía. Al principio los alemanes hicieron disparos aislados en una dirección imprecisa, pero, a medida que nos acercábamos a nuestra primera línea, el silbido de las balas mostraba que disparaban contra nosotros.
Al llegar a nuestra primera línea, el fuego de los francotiradores nos obligó a tendernos detrás de un pequeño parapeto. Desde allí continuamos haciendo señales con la trompeta y la bandera.
La primera línea alemana se encontraba a menos de doscientos metros. Allí podían verse parejas de francotiradores. Cada vez que tratábamos de levantarnos, el fuego de los francotiradores alemanes se intensificaba.
Las balas repiqueteaban al golpear los vagones que había junto a nosotros, y la gorra que asomamos quedó inmediatamente atravesada de lado a lado.
Poco a poco, al fuego de los francotiradores se sumaron ráfagas de armas automáticas y finalmente comenzó el fuego de morteros desde la retaguardia del batallón alemán. Las granadas caían con precisión y nos vimos obligados a refugiarnos en el refugio del puesto avanzado.
Cuando cesó el fuego de mortero, volvimos a intentar avanzar. La tentativa continuó durante cerca de dos horas.
…
A la mañana siguiente, 9 de enero de 1943, llegamos al jútor Platonovski, desde donde se había previsto cruzar la línea del frente en el sector de Marinovka.
Con una gran bandera blanca —una sábana doblada por la mitad— salimos de la hondonada y nos dirigimos hacia Marinovka. El comandante de la compañía de aquel sector defensivo nos condujo a través del campo de minas. El técnico intendente de 1.er rango, camarada Sidorov, iba con nosotros como trompeta.
Todos, salvo el comandante de la compañía, vestíamos trajes blancos de camuflaje. No se efectuó un solo disparo desde ninguno de los dos lados.
Caminábamos sin prisa, pero sin detenernos, para no dar la impresión de estar desconcertados. Desde nuestras trincheras llegaban los sonidos de la transmisión, aunque no era posible distinguir las palabras.
A medida que nos acercábamos a la primera línea alemana, observamos movimiento. Los soldados levantaban cada vez más la cabeza. Nos detuvimos a unos setenta metros.
—¿Qué quieren? —gritaron desde las trincheras. Al parecer, era un suboficial.
Respondimos:
—Somos representantes del mando ruso y debemos hablar con su oficial.
Los soldados nos invitaron varias veces a acercarnos, pero no avanzamos. Les pedimos que nos mostraran el paso entre las minas; tampoco lo hicieron. Los soldados manifestaban curiosidad e impaciencia y continuaban llamándonos hacia el centro del campo cubierto de nieve.
—Exigimos que un oficial salga a recibirnos —dijimos.
…
Después de unos diez minutos apareció un Oberleutnant.
—¿Qué quieren? —preguntó.
—Somos representantes oficiales del mando del Ejército Rojo y llevamos un paquete para su mando que debemos entregar personalmente. Le pedimos que nos acompañe.
—Bien, pero tendrán que vendarse los ojos.
—Acérquense y véndennoslos.
—No. Vengan aquí y se los vendaremos.
—Bien, nos quitaremos los trajes de camuflaje y nos acercaremos. ¿Seremos recibidos de acuerdo con las normas internacionales?
—Sí. Pueden quitarse los trajes de camuflaje aquí.
Nos quitamos los trajes, mostramos el paquete y repetimos en ruso y en alemán el propósito de nuestra llegada. El nombre de Paulus fue pronunciado varias veces por los alemanes con respeto.
…
Nos vendaron los ojos y, tomándonos del brazo, nos condujeron hacia Marinovka.
Durante el camino, el Oberleutnant preguntó:
—¿Qué está escrito en ese paquete? ¿Que debemos rendirnos?
Lo dijo con una sonrisa amarga.
Respondimos que desconocíamos el contenido del paquete y que nuestra única misión era entregarlo al mando.
También preguntamos si habían escuchado el aviso transmitido el día anterior por la estación de altavoces. Contestaron que no habían comprendido las palabras y que solo habían entendido, por los sonidos de la trompeta y la bandera blanca, que nos proponíamos cruzar.
Nos contaron que unos días antes habían escuchado por radio una intervención de Willi Bredel, escritor de Hamburgo, quien los había invitado a entregarse a los rusos y les había garantizado la vida, un buen trato y el regreso a su patria después de la guerra.
Según el Oberleutnant, los soldados se habían limitado a reír ante aquellas palabras. También preguntó si Bredel se encontraba allí o si su voz procedía de una grabación.
Respondimos:
—No lo sabemos. No tenemos ninguna relación con eso.
…
Nos condujeron hasta un refugio y nos quitaron las vendas. Dentro se encontraban unos quince soldados, que se apresuraron a poner el lugar en orden. Nos sentaron junto a una mesa y el Oberleutnant prometió acompañarnos al cuartel general del ejército.
Él mismo se sentó frente a nosotros, encendió un cigarrillo y volvió a participar en la conversación.
—¿De dónde vienen? ¿Del mando del Frente del Don o…?
Respondimos:
—De la Stavka del Alto Mando Supremo del Ejército Rojo.
Los alemanes dijeron respetuosamente:
—¡Qué honor!
Añadimos:
—Y el honor de recibir a representantes de la Stavka del Alto Mando Supremo del Ejército Rojo ha correspondido a su unidad. Tendrán algo que anotar en sus diarios.
En el ánimo de los soldados y oficiales que nos rodeaban destelló la esperanza de que se entablaran algunas negociaciones capaces de aliviar su situación.
Un teniente alemán preguntó:
—¿Cuál es su opinión? ¿Cuándo terminará por fin esta guerra?
Respondimos:
—En este momento no tenemos derecho a expresar nuestra opinión sobre esa cuestión.
Todos los presentes comenzaron a hablar de lo bueno que sería vivir sin guerra, rodeados de sus familias.
Procuramos no hablar entre nosotros, pues era evidente que muchos soldados comprendían parcialmente el ruso. Los oficiales enviaron entonces a los soldados a los refugios vecinos y continuó una conversación espontánea.
Por ejemplo, los oficiales se interesaron por la Navidad. Preguntaron si la celebrábamos según el calendario nuevo o el antiguo, cuántos días duraban las celebraciones y si bebíamos durante ellas.
Respondimos:
—Algunas personas la celebran y otras no, según su voluntad. Los mayores la celebran según el calendario antiguo, es decir, el 7 de enero, y los jóvenes, como en Europa occidental, el 25 de diciembre. Entre nosotros no hay fiesta sin vino. La Navidad no se celebra durante tres días, sino durante toda la semana hasta Año Nuevo; después se celebra el Año Nuevo y muchas otras fiestas. Y, si se tiene en cuenta que por esas mismas fechas muchos contraen matrimonio, los rusos —especialmente los campesinos— celebran durante todo el invierno.
Después la conversación pasó al propósito de nuestra misión.
El Oberleutnant preguntó:
—¿Quieren entregar el paquete personalmente al comandante del 6.º Ejército o pueden hacerlo por medio de oficiales de confianza?
Respondimos:
—Tenemos órdenes de entregarlo personalmente al comandante o a su sustituto.
—¿Y si otra persona se hace pasar por Paulus? Ustedes no lo conocen personalmente.
—Entre oficiales no puede ocurrir algo así.
—¿Cuándo tienen intención de regresar?
—Hoy.
—¿Consideran que el día de hoy termina a las 2400 horas?
—No. Para evitar malentendidos, deseamos regresar mientras todavía haya luz.
—No tendrán tiempo. Hay que viajar muy lejos.
—No puede estar tan lejos. El anillo tiene un diámetro reducido.
—Sí, pero tendrán que caminar mucho, porque las carreteras están bajo el fuego de la artillería rusa.
—No importa. Caminaremos. No se han dado órdenes de cesar el fuego en otros sectores. Incluso podría ocurrir que nuestra aviación bombardeara Marinovka, pero eso no debe considerarse una violación de las condiciones que se nos han comunicado.
Durante todo el tiempo que permanecimos en el refugio, los oficiales tomaron medidas para enviarnos cuanto antes al cuartel general del ejército. Primero prometieron que saldríamos en unos minutos; después dijeron que alguien del mando vendría a buscarnos.
…
Tras unas dos horas de permanencia en el refugio y después de otra conversación telefónica, el Oberleutnant regresó y declaró:
—Mi superior me ha ordenado no acompañarlos más, no aceptar el paquete y, de acuerdo con las normas internacionales, conducirlos de regreso, devolverles sus armas y garantizar que regresen con seguridad a sus tropas.
Manifestamos nuestra perplejidad:
—¿Cómo es posible? El destinatario se encuentra cerca y, sin embargo, no podemos entregar la carta.
Por el tono de la explicación comprendimos que en el ejército alemán las órdenes no se discuten y que él no podía regresar a su superior con nuestra solicitud.
Pedimos entonces que nos entregara por escrito la negativa a recibir el paquete, pero tampoco estaba autorizado para ello.
Nos vendaron nuevamente los ojos y, tomándonos del brazo, nos condujeron de regreso.
Durante el camino, el Oberleutnant dijo:
—No esperábamos esta ofensiva de los rusos.
Le preguntamos:
—¿Cómo es posible? ¿No sabían que los rusos atacarían durante el invierno?
Respondió:
—Lo sabíamos por la experiencia del invierno pasado, pero no esperábamos unas dimensiones semejantes ni un giro así de los acontecimientos.
En el transcurso de la conversación supe que el Oberleutnant tenía veinticuatro años. Le expresé la esperanza de que pudiéramos encontrarnos después de la guerra, cuando hubiera paz y relaciones normales entre nuestros pueblos.
Respondió con tristeza:
—Lo dudo. No pasará un mes antes de que me maten a mí o a usted.
Le pregunté por qué había dicho que sus soldados se reían de las palabras de Bredel.
Contestó:
—En una guerra entre dos concepciones del mundo, es difícil convencer con palabras a los soldados del enemigo.
Nos condujeron hasta el lugar del encuentro, nos quitaron las vendas, nos devolvieron las armas y nos pidieron que no miráramos hacia atrás.
Los oficiales mantenían las manos sobre las fundas de sus pistolas. Nosotros también nos llevamos la mano a la gorra a manera de saludo y, con la bandera blanca desplegada, regresamos hacia nuestras posiciones.
Capitán N. D. Diátlenko
Si deseas saber más, consulta la Biblioteca Presidencial Borís Yeltsin, documento “Informe del parlamentario soviético N. D. Diátlenko sobre las conversaciones con el mando alemán”. El original se conserva en el Archivo Central del Ministerio de Defensa de la Federación Rusa.
Los emisarios regresaron con el paquete todavía en su poder. No habían llegado hasta Paulus, nadie había aceptado el ultimátum y tampoco recibieron una negativa escrita. El mando alemán se limitó a devolverlos a las líneas soviéticas.
Durante unas horas, sin embargo, el documento había abierto un espacio inesperado entre los dos ejércitos. Dentro de un refugio en Marinovka, hombres que seguían perteneciendo a bandos enemigos hablaron de sus familias, de la Navidad y de cuándo terminaría la guerra. Los soldados alemanes esperaron por un momento que aquellas conversaciones pudieran aliviar su situación; los enviados soviéticos aguardaron durante dos horas una autorización que nunca llegó.
En la mañana del 10 de enero comenzó la Operación Anillo. El lenguaje de las garantías y los plazos volvió a dar paso al de la artillería.
Del intento de capitulación quedaron un sobre sin entregar, una bandera hecha con una sábana, una gorra atravesada por las balas y el saludo militar de unos hombres que regresaron caminando hacia lados opuestos del frente.
Primera página del ultimátum soviético fechado el 8 de enero de 1943 y dirigido al coronel general Friedrich Paulus o a quien lo sustituyera al frente del 6.º Ejército alemán. El documento fue firmado por Nikolái Voronov y Konstantín Rokossovsky. (Documento: Archivo Central del Ministerio de Defensa de la Federación Rusa / portal documental de la Batalla de Stalingrado).

Primera página del informe redactado por el capitán Nikolái Diátlenko después de las dos tentativas de llevar el ultimátum a las posiciones alemanas. El documento comienza con la misión recibida de Nikolái Voronov el 7 de enero de 1943 y relata el primer avance bajo bandera blanca. (Documento: TsAMO RF, f. 32, op. 11306s, d. 282, ff. 89–92 vuelto / Biblioteca Presidencial Borís Yeltsin).

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