Saliendo de apuros de un tanque

En la imagen, Otto Carius puede verse en la parte superior de su tanque Panzer 38(t). El Unteroffizier August Dehler se encuentra de pie junto a su vehículo blindado. Dehler falleció cuando accidentalmente su tanque lo arrolló mientras estaba situado en suelo helado.

Los rusos estaban demostrando ser una fuerza difícil de avasallar, a pesar de que los cercos que se habían creado concluyeron con un resultado de 300,000 prisioneros y 40 divisiones soviéticas eliminadas, los rojos se encontraban lejos de darse por vencidos.

 

Otto Carius servía como el cargador de su tanque en la 20ª División Panzer, cuando se encontró frente a las realidades del frente ruso, al momento en que su vehículo fue atacado por un cañón antitanque:

El efecto de un proyectil antitanque sobre el Panzer 38(t) de Otto Carius. El operador de radio perdió un brazo debido a la penetración del blindaje, mientras que Carius perdió algunos dientes y heridas en su cara.

El 8 de julio fuimos impactados. Tuve que ponerme a salvo por primera vez.

 

Estábamos al frente. Fue en Ulla, un poblado que estaba completamente quemado. Nuestros ingenieros habían construido un puente junto al que había sido volado sobre el Dvina. Nos pusieron fuera de combate justo a este lado de la línea del bosque al otro lado del río. Sucedió como un rayo engrasado. Un impacto contra nuestro tanque, un crujido metálico, el grito de un camarada y ¡eso fue todo! Un pedazo grande de blindaje había sido penetrado junto al asiento del operador de radio. Nadie tuvo que decirnos que saliéramos. No fue hasta que pasé mi mano por mi cara, mientras me arrastraba en la zanja junto al camino, que me percaté que también me habían dado. Nuestro operador de radio había perdido su brazo izquierdo. Maldecimos el quebradizo e inelástico acero checo que le dio tan pocos problemas al cañón antitanque de 47 milímetros ruso. Los pedazos de nuestras propias placas de blindaje y los roblones de ensamble causaron mucho más daño que la metralla misma del proyectil.

 

Mis dientes pronto encontraron su camino al cesto de basura en la estación de auxilio. La metralla incrustada en mi cara permaneció allí hasta que por sí misma vio la luz del día -como correctamente fue predicho-.

Si quieres saber más, lee “Tigers in the Mud” [Tigres en el barro], de Otto Carius.

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