Trabajo forzoso en Treblinka

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Judíos de Czestochowa son detenidos y deportados a Treblinka.

Oscar Strawczynski llegó a Treblinka el 5 de octubre de 1942 en un transporte desde la ciudad de Czestochowa. Las mujeres y los niños fueron separados inmediatamente de los hombres y nunca más volvió a ver a su madre, a su esposa o sus hijos Anka, Guta y Abus.

Él estaba en el grupo de hombres con su padre anciano. Los alemanes pidieron a los obreros calificados que dieran un paso al frente -una orden a la cual no hizo caso-. Sin embargo, fue reconocido por un judío quien era ya un prisionero en el campo -un hombre que sabía que él era un experto hojalatero-. Oscar fue retirado de las filas de los recién llegados, sin ni siquiera darle tiempo para despedirse de su padre.

De los miles que llegaban diariamente a Treblinka, un número relativamente pequeño era retenido para trabajar para los alemanes. Trabajaban en el entierro -después la cremación- de las víctimas, y en la clasificación de las enormes cantidades de ropa y mercancías que llegaban a diario en los transportes:

El grupo al que yo pertenecía, consistiendo de varios centenares de personas, llega al patio y comienza a trabajar. En las mantas y manteles que se extienden en el suelo se amontonan todo tipo de artículos, desde materiales importados y costosos trajes hasta simples harapos.

Sacamos de las maletas lociones, cosméticos, jabones, fósforos, medicamentos. Parece que no hay nada que no retiremos aquí en cantidades -de todo tipo-, desde las latas más caras hasta las pocas papas que los judíos pobres traían consigo.

Los artículos ordenados son traídos sin parar hasta el borde del patio, donde se amontonan hacia arriba y más arriba. Las maletas con objetos de valor tienen un lugar especial; en ellos se ponen cosas hechas de oro, relojes, anillos, diamantes. Los anillos de matrimonio representan la mayor cantidad de objetos de valor.

También hay grandes cantidades de divisas, billetes de dólar y monedas, libras esterlinas y monedas de oro rusas. El dinero polaco se reúne en grandes montones. De vez en cuando algunos “judíos dorados” vienen al patio y se llevan maletas llenas de objetos de valor y dinero a sus talleres y dejan las maletas vacías que trajeron con ellos. Éstas también se llenan en un corto periodo de tiempo.

El patio entero da la impresión de un mercado. Hay un lugar especial para el menaje de casa y botellas. Entre los artículos para el hogar hay utensilios del níquel más caro o aluminio, así como antiguas vasijas rotas.

Yo trabajo en un grupo de veinte hombres. Nos hacen ordenar los paquetes del transporte de Checoslovaquia. Abro un paquete y encuentro ropa interior, trajes, zapatos, lociones, y así sucesivamente.

Todavía soy nuevo en este trabajo, así que no estoy seguro de qué tirar al montón de ropa de seda, o ropa parcialmente de seda, al de lana, al de algodón. Uno debe estar siempre en movimiento; descansar o sentarse está prohibido -uno puede pagar muy caro por ello-.

Era una existencia precaria, totalmente dependiente de los caprichos de los guardias, uno de los cuales recordaba muy bien.

Caminaba por el campo con gran placer y confianza en sí mismo. Barry, su gran perro de pelo rizado, perezosamente se arrastraba detrás de él. Lalka nunca abandonaría el lugar sin dejar algún recuerdo para alguien. Siempre se encontraba alguna razón.

E incluso cuando no había ninguna razón -no había ninguna diferencia-. Él era experto en azotes, veinticinco o cincuenta latigazos. Lo hacía con placer, sin apresurarse. Él tenía su propia técnica para levantar el látigo y golpearlo hacia abajo.

 

Para practicar el boxeo, utilizaba las cabezas de los judíos y, naturalmente, no había escasez de ellas en el área. Él agarraba la solapa de su víctima y golpeaba con la otra mano. La víctima tendría que mantener la cabeza recta para que Franz pudiera apuntar bien. Y de hecho lo hacía de forma experta. La vista de la cabeza del judío después de una “sesión de entrenamiento” de este tipo no es difícil de imaginar.

Una vez Lalka paseaba por el andén con una escopeta de dos cañones en la mano y Barry a su paso. Descubrió un judío frente a él, un vecino mío de Czestochowa, con el nombre de Sztajer.

Sin pensarlo dos veces, apuntó con el arma a las nalgas del hombre y disparó. Sztajer cayó en medio de gritos de dolor. Lalka se carcajeó. Él se le acercó, le ordenó levantarse, bajarse los pantalones y luego echó un vistazo a la herida.

El judío estaba fuera de sí con dolor. Sus nalgas estaban rezumando sangre de las heridas causadas por las balas de plomo. Pero Lalka no estaba satisfecho. Hizo un gesto con la mano y dijo: “¡Maldita sea, las pelotas [testículos] no se dañaron!

Él continuó su caminata en busca de una nueva víctima.

Si deseas saber más, visita Holocaust Education and Archive Research Team (H.E.A.R.T.) y también lee “Escaping Hell in Treblinka” [Escapando del Infierno de Treblinka], de Israel Cymlich y Oscar Strawczynski.

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Oscar Strawczynski y su hermano Zygmunt, otro obrero, a quien más tarde fue capaz de salvar.

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Guta y Abus Strawczynski, los hijos de Oscar Strawczynski, asesinados en Treblinka poco después de su llegada, el 5 de octubre de 1942.

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El aterrador Kurt Franz, mejor conocido como “Lalka”, un guardia de las SS en Treblinka.