Las batallas aéreas entre los aviones aliados en el Campo Henderson, en Guadalcanal, y los bombarderos y cazas japoneses en Rabaul continuaban casi diariamente. Las pérdidas de aviones en ambos bandos estaban casi a la par, sin embargo, más de la mitad de las tripulaciones estadounidenses estaban siendo rescatadas mientras que la mayoría de las japonesas nunca fueron recuperadas.

 

El vuelo de ida y vuelta de ocho horas de Rabaul a Guadalcanal, con una distancia de unos 1,800 kilómetros, obstaculizaba seriamente los esfuerzos japoneses para tratar de establecer superioridad aérea sobre el Campo Henderson. Los vigilantes de las costas australianos en las islas Bougainville y Nueva Georgia a menudo proporcionaban aviso a las fuerzas aliadas en Guadalcanal de los ataques aéreos japoneses, permitiendo a los cazas estadounidenses despegar y posicionarse para atacar a los bombarderos japoneses mientras se acercaban a la isla.

 

No obstante que las fuerzas aéreas japonesas estaban perdiendo lentamente una guerra de desgaste en los cielos por encima de Guadalcanal, los esfuerzos continuaban para buscar diezmar a las fuerzas estadounidenses en la isla. Robert Leckie fue testigo de estos bombardeos:

Continuos ataques aéreos sobre Guadalcanal

Miembros del 11º Ejército de los Marines con un obús de 75mm.

Ha pasado un mes y nos parecía que las bombas cayendo eran tan numerosas como las moscas a nuestro alrededor. Tres veces al día y cada domingo (la fijación japonesa de una idea, nutrida por el gran éxito de la mañana dominical en Pearl Harbor), el bosque de cocoteros estaba sibilante con el murmullo de las bombas. Sonaba como la confesión de un gigante.

De noche, Washing Machine Charlie [Carlitos Lavadora] tomaba la estafeta. Washing Machine Charlie -llamado así por el sonido de sus motores- era un intruso nocturno que rondaba nuestros cielos. Podía haber más de un Charlie, es decir, más de un piloto nipón haciendo la corrida de medianoche sobre nuestras posiciones, pero arriba, nunca había más de un avión al mismo tiempo durante la noche.

Como el perro cuyo ladrido es peor que su mordida, el palpitar de los motores de Charlie era más aterrador que el aporreo de sus bombas. Una vez que las bombas eran lanzadas, nos sentíamos aliviados sabiendo que se alejaría. Pero el zumbido progresivo de Charlie circulando mantenía a todos despiertos e inquietos por tanto tiempo como Charlie deseara -o se atreviera-. El amanecer significaba la partida de Charlie, puesto que ahora nuestros aviones podían alzarse para escarmentarlo y se haría visible a nuestras baterías antiaéreas.

Charlie no mató a mucha gente pero, como Macbeth, asesinó el sueño.

A estas pruebas se agregaba la peor experiencia: un ataque de artillería desde el mar.

Barcos de guerra enemigos -habitualmente cruceros, algunas veces acorazados- se ubicaban en la costa. Es de noche y no puedes verlos, tampoco de día porque están a millas y millas de distancia. Nuestros aviones no pueden despegar para encontrarlos. Nuestros obuses de setenta y cinco milímetros son tan efectivos como pistolas de juguete contra fusiles. El enemigo tiene todo a su manera.

Veíamos los destellos de los cañones a lo lejos en el mar. Escuchábamos el suave pah-bum, pah-bum de las salvas. Luego, corriendo a través de la noche, esforzándose como un vagón en el aire, llegaban los enormes proyectiles. La tierra se mece y tiembla ante el terrible impacto de la detonación, aunque sea a centenares de yardas de distancia. Tu estómago se aprieta, como si una mano monstruosa lo estuviera batiendo hasta hacerlo una masa; jadeas para respirar como el jugador de fútbol americano que cae pesadamente y le sacan el aire.

Están bajando las miras… se están acercando… oh, esa estuvo cerca… los costales de arena están cayendo… no puedo escucharlo. No puedo escuchar el proyectil… es la que no escuchas, dicen, la que no escuchas… ¿dónde está?... ¿dónde está?

Si deseas saber más, lee “Helmet for my Pillow: From Parris Island to the Pacific” [El casco era mi almohada: de la Isla Parris al Pacífico], de Robert Leckie.

Aviones Grumman F4F Wildcats de los Marines de los Estados Unidos en el Campo Henderson, en Guadalcanal, preparándose para atacar a aviones japoneses a finales de agosto o principios de septiembre de 1942.

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