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El círculo se cierra alrededor de Hitler

Martin Bormann, líder del Partido Nazi, uno de los asesores más cercanos de Hitler, hablan

Martin Bormann, jefe de la Cancillería del Partido, conversa con Adolf Hitler fuera del cuartel general del Führer en Prusia Oriental, el 7 de febrero de 1943. A la derecha camina Erwin Kraus, jefe del Cuerpo Motorizado Nacionalsocialista. (Foto: Keystone/Getty Images).

El 9 de enero de 1943, el 6.º Ejército alemán seguía cercado en Stalingrado. El ultimátum soviético había expirado sin que se produjera la rendición, y la ofensiva destinada a reducir el bolsón estaba a punto de comenzar. La crisis del Frente Oriental ya no podía considerarse un revés pasajero.

Alemania necesitaba soldados para cubrir las pérdidas, pero cada hombre enviado al frente podía faltar en las minas, los ferrocarriles o las fábricas de armamento. La cuestión no consistía únicamente en encontrar nuevos reemplazos, sino en decidir qué sectores de la economía y de la administración debían cederlos.

Durante la tarde del 8 de enero, Hans Lammers reunió a Wilhelm Keitel, Martin Bormann, Walther Funk, Fritz Sauckel, Albert Speer y Joseph Goebbels. Allí discutieron un programa destinado a restringir la economía civil, liberar centenares de miles de hombres y concentrar amplias facultades en un pequeño organismo.

Aquella reunión preparaba el mecanismo que pronto tomaría forma como el Comité de los Tres. Keitel representaría al Alto Mando de la Wehrmacht; Lammers, a la Cancillería del Reich; Bormann, a la Cancillería del Partido. Sobre el papel, debían examinar propuestas contradictorias antes de que llegaran a Hitler.

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda y uno de los participantes, registró al día siguiente el desarrollo de la conversación:

Ahora estamos pagando nuestras omisiones del invierno y la primavera pasados, cuando solo extrajimos consecuencias completamente insuficientes de la terrible crisis provocada por aquel espantoso fenómeno natural. La disonancia entre el frente y la retaguardia se vuelve cada vez más terrible.

El frente tiene que soportar una carga que, a la larga, resulta completamente intolerable, mientras que ciertos sectores de la retaguardia apenas toman nota de la guerra. Si mi exigencia, planteada una y otra vez, de una conducción total de la guerra necesitaba todavía una prueba, el propio destino la ofrece aquí de manera verdaderamente drástica y convincente.

Me produce una amarga y cruel satisfacción tener que comprobar ahora que acerté por completo tanto en mis pronósticos como en las conclusiones que extraje de ellos. La crisis actual no habría sido necesaria si los hombres responsables ante el Führer hubieran asumido al menos la tarea de proporcionarle tropas suficientes. Pero aquí todos eludieron la responsabilidad.

La mayoría vivía en un mundo de apariencias e ilusiones del que ahora despierta cruelmente. No digo que no exista medio alguno para dominar la crisis; como en el invierno pasado, también en este superaremos las extraordinarias dificultades. Pero ya sería hora de extraer realmente todas las consecuencias de la situación presente.

Este es también el propósito de la reunión de altos cargos que se celebra por la tarde con Lammers y se prolonga hasta bien entrada la noche.

Me he preparado concienzudamente para esta reunión porque considero que su resultado tiene una importancia decisiva. Gracias a Dios, el mariscal de campo Keitel también ha venido para presentar su informe.

Después de que Lammers introduce brevemente en la materia a los señores que todavía no están orientados, Keitel informa sobre la situación alemana de reemplazos. De ello se desprende que actualmente tenemos alrededor de 9,5 millones de hombres bajo las armas. Han sido movilizadas las quintas de 1897 a 1924.

Tenemos casi 5,5 millones de hombres declarados indispensables para sus puestos y, por tanto, exentos del servicio militar. En algunos lugares, el frente está tan débilmente ocupado que la línea corre una y otra vez peligro de romperse.

Por tanto, para cualquier persona razonable el problema solo puede plantearse así: poner por fin a disposición del Führer un gran número de soldados, de modo que no solo pueda superar las dificultades actuales, sino que también esté en condiciones de volver a emprender operaciones ofensivas durante el próximo verano y recuperar la iniciativa.

Resulta sorprendente que toda una serie de hombres, incluso algunos en puestos decisivos, solo ahora hayan llegado a esta conclusión tan evidente.

Después de que Keitel explica la cuestión desde el punto de vista militar, yo la examino desde el lado político en una exposición más extensa. Esta vez no me muerdo la lengua, sino que describo toda la situación de manera realista y sin alimentar ilusión alguna.

También presento una serie de ejemplos de la época de lucha del movimiento, en la que a veces nos encontrábamos en situaciones muy críticas, pero siempre extraíamos de ellas las conclusiones necesarias y, por lo general, alcanzábamos con rapidez el resultado deseado.

Las cifras proporcionadas por la Wehrmacht parecen muy graves a primera vista. Sin embargo, las cifras procedentes de la retaguardia vuelven a resultar alentadoras. Todavía existen tantas posibilidades de movilización que el problema no es que ya no tengamos hombres aptos para las armas, sino que no los estamos empleando correctamente.

 

En el frente faltan hombres por todas partes, y no solo las oficinas civiles, sino también las dependencias militares de la retaguardia deben tener en cuenta este hecho.

 

Explico con insistencia a los señores que ya no basta con dejar caer una gota sobre una piedra ardiente, sino que ahora es necesario vaciar sobre ella todo un cubo. El Führer, por lo demás, ha formulado esta exigencia de manera categórica.

Establezco como objetivo que, en un plazo relativamente corto, pongamos a disposición del Führer 500 000 hombres hasta ahora exentos por ser considerados indispensables. A ellos deben sumarse otros 200 000 que el Führer ha exigido a Speer, procedentes de la industria de armamentos, para enviarlos al frente.

Por tanto, si mi programa se lleva realmente a cabo de manera radical, en un plazo no demasiado largo —y, como máximo, para las operaciones del verano— volvería a estar disponible un contingente de 700 000 hombres, parte de ellos ya adiestrados.

En términos generales, todos los señores están de acuerdo con mis propuestas. Además de Keitel, se encuentran presentes Lammers, Bormann, Funk, Sauckel y Speer. Speer, sobre todo, apoya mi programa con mucha fuerza e intensidad.

Lamentablemente, Sauckel crea dificultades por puro celo de su jurisdicción, pues cree que puede arreglárselas únicamente con sus propias facultades. Formula la absurda afirmación de que hay suficientes trabajadores disponibles, pero que nadie los solicita.

Puedo refutar esa afirmación con facilidad. Funk también está de acuerdo en que restrinjamos radicalmente la economía civil en beneficio del frente.

 

Durante largo tiempo, la discusión gira únicamente en torno a las objeciones que Sauckel considera necesario formular. Sin embargo, después de muchas idas y venidas, conseguimos convencerlo de que ahora debe hacerse algo concreto y de que las soluciones parciales ya no permiten alcanzar un resultado decisivo.

También es necesario hacer comprender al pueblo, mediante acciones visibles, que la guerra será conducida de manera radical y total, pues la disonancia psicológica entre el frente y la retaguardia tampoco puede seguir soportándose.

Lamento profundamente que Sauckel, por las razones transparentes ya mencionadas, se pierda en objeciones absurdas que carecen de toda sustancia.

Bormann apoya mis exigencias con mucha energía y, según me asegura, también les proporcionará el respaldo necesario ante el Führer.

Acordamos que el amplio proyecto de ley preparado por Lammers, que concedería todas las facultades a un pequeño organismo, sea sometido a una última corrección para recoger las objeciones de Sauckel.

Esta corrección será realizada por los colaboradores más cercanos de los señores participantes. Yo delego para ello a Naumann. No obstante, la corrección deberá limitarse a objeciones formales, no a cuestiones de fondo.

 

Espero que alcancemos un éxito fundamental. El Führer está muy interesado en el resultado de estas negociaciones. Durante la noche hace llamar varias veces para preguntar cómo avanzan.

Creo poder prometerle que, en términos generales, sus deseos serán satisfechos. La situación apremia. No podemos esperar mucho más.

Si deseas saber más, lee The Goebbels Diaries, 1942–1943 [Los diarios de Goebbels, 1942–1943], de Joseph Goebbels, editado y traducido por Louis P. Lochner.​

La reunión dejó a Goebbels convencido de que aún podían obtenerse los hombres solicitados por Hitler. Albert Speer, entonces ministro del Reich de Armamento y Municiones, participó en aquella reunión. Años después recordó el funcionamiento del nuevo organismo y la posición que Bormann adquirió alrededor del Führer:

En el invierno de 1942, durante la crisis de Stalingrado, Bormann, Keitel y Lammers decidieron estrechar aún más su propio círculo alrededor de Hitler. En adelante, todas las órdenes que el jefe del Estado debiera firmar debían pasar por esos tres hombres.

Se suponía que así se evitaría la firma irreflexiva de decretos y, por consiguiente, se pondría fin a la confusión en el mando causada por esa práctica. Hitler se mostraba conforme mientras conservara la decisión final.

En adelante, los puntos de vista divergentes de las distintas ramas del gobierno serían “tamizados” por aquel Comité de los Tres. Al aceptar este arreglo, Hitler contaba con una presentación objetiva y un método de trabajo imparcial.

El comité de tres hombres se repartió sus ámbitos de competencia. Keitel, que debía ocuparse de todas las órdenes relacionadas con las fuerzas armadas, fracasó desde el principio, pues los comandantes en jefe de la Luftwaffe y de la Kriegsmarine se negaron rotundamente a aceptar su autoridad.

Todos los cambios en las atribuciones de los ministerios, todos los asuntos constitucionales y todas las cuestiones administrativas debían pasar por Lammers. Sin embargo, resultó que tuvo que dejar cada vez más decisiones en manos de Bormann, pues él mismo tenía poco acceso a Hitler.

Bormann se había reservado el campo de la política interior. Pero no solo carecía de la inteligencia necesaria para estos asuntos; también poseía un conocimiento insuficiente del mundo exterior. Durante más de ocho años había sido poco más que la sombra de Hitler.

Nunca se había atrevido a emprender largos viajes de negocios, ni siquiera a permitirse unas vacaciones, por temor a que disminuyera su influencia. Desde sus propios años como subordinado de Hess, Bormann conocía los peligros de los suplentes ambiciosos.

Hitler estaba demasiado dispuesto a tratar a los segundos al mando de una organización, tan pronto como le eran presentados, como integrantes de su propio personal y a encomendarles tareas directamente.

Esta peculiaridad encajaba con su tendencia a dividir el poder allí donde lo encontraba. Además, le gustaba ver rostros nuevos y poner a prueba a personas nuevas. Para evitar que surgiera un rival semejante dentro de su propia casa, más de un ministro se cuidaba de no nombrar a un sustituto inteligente y enérgico.

El plan de esos tres hombres de rodear a Hitler, filtrar la información que recibía y controlar así su poder habría podido limitar el gobierno personal de Hitler, si el Comité de los Tres hubiera estado compuesto por hombres con iniciativa, imaginación y sentido de la responsabilidad.

Pero, como siempre habían sido educados para actuar en nombre de Hitler, dependían servilmente de las manifestaciones de su voluntad. Además, Hitler pronto dejó de respetar aquella norma. Se convirtió para él en una molestia y, por añadidura, contradecía su temperamento. Quienes se encontraban fuera de aquel círculo veían con resentimiento el férreo control que ejercían.

En realidad, Bormann asumía entonces un papel que podía resultar peligroso para los más altos funcionarios. Él solo, con la conformidad de Hitler, elaboraba el calendario de audiencias, lo que significaba que decidía qué miembros civiles del gobierno o del partido podían ver al Führer o, más importante aún, cuáles no podían verlo.

Por entonces, apenas alguno de los ministros, Reichsleiter o Gauleiter conseguía llegar hasta Hitler. Todos tenían que pedirle a Bormann que presentara sus programas a Hitler.

Bormann era muy eficiente. Por lo general, el funcionario en cuestión recibía una respuesta por escrito en pocos días, mientras que antes habría tenido que esperar meses.

Yo era una de las excepciones a esta regla. Como mi esfera tenía carácter militar, podía acceder a Hitler siempre que lo deseaba. Eran los ayudantes militares de Hitler quienes fijaban mis audiencias.

Después de mis reuniones con Hitler, ocurría a veces que el ayudante anunciaba a Bormann, quien entraba en la habitación cargando sus expedientes. En unas pocas frases informaba sobre los memorandos que le habían enviado.

Hablaba monótonamente y con apariencia de objetividad; después proponía su propia solución. Por lo general, Hitler se limitaba a asentir y pronunciaba su seco “De acuerdo”.

A partir de esa sola palabra, o incluso de algún comentario impreciso de Hitler que difícilmente había sido concebido como una directiva, Bormann redactaba con frecuencia instrucciones extensas.

De esta manera, en ocasiones se tomaban diez o más decisiones importantes en media hora. De hecho, Bormann dirigía los asuntos internos del Reich.

En diciembre de 1942, el desastroso curso de los acontecimientos llevó a Goebbels a invitar a tres de sus colegas a visitarlo con mayor frecuencia: Walther Funk, Robert Ley y yo. La selección era característica de Goebbels, pues todos éramos hombres con formación académica, graduados universitarios.

Stalingrado nos había sacudido. No solo por la tragedia de los soldados del 6.º Ejército, sino quizá todavía más por la pregunta de cómo había podido producirse semejante desastre bajo las órdenes de Hitler.

Hasta entonces, siempre había habido un éxito que compensara cada revés; siempre había aparecido un nuevo triunfo que compensaba todas las pérdidas o que, al menos, hacía que todos las olvidaran. Ahora, por primera vez, habíamos sufrido una derrota para la que no existía compensación.

En una de nuestras conversaciones a comienzos de 1943, Goebbels señaló que habíamos obtenido grandes éxitos militares al principio de la guerra, mientras que dentro del Reich solo adoptábamos medidas parciales. Como consecuencia, habíamos creído que podríamos seguir venciendo sin realizar grandes esfuerzos.

Los británicos, en cambio, habían tenido más suerte, pues Dunkerque había ocurrido al comienzo mismo de la guerra. Aquella derrota los había hecho conscientes de la necesidad de apretarse el cinturón en la economía civil.

Ahora Stalingrado era nuestro Dunkerque. La guerra ya no podía ganarse simplemente infundiendo confianza.

Al hablar así, Goebbels se refería a la información que recibía de su red de corresponsales sobre la inquietud y el descontento de la población. El público exigía en realidad que se prohibieran todos los lujos que no contribuyeran al esfuerzo nacional.

En general, decía Goebbels, percibía entre la población una gran disposición a exigirse hasta el límite. De hecho, unas restricciones importantes constituían una auténtica necesidad, aunque solo fuera para reavivar la confianza popular en la dirección.

Desde el punto de vista del armamento, ciertamente se requerían sacrificios considerables. Hitler había exigido un incremento de la producción.

Además, para compensar las enormes bajas en el Frente Oriental, 800.000 de los trabajadores cualificados más jóvenes iban a ser llamados a filas. Cada hombre sustraído a la fuerza laboral alemana aumentaría las dificultades con las que tropezaban nuestras fábricas.

Nos costó mucho convencer a un Hitler vacilante de que ciertas medidas de austeridad eran esenciales, de que el aparato administrativo debía simplificarse enormemente, de que había que contener el consumo y restringir las actividades culturales.

Pero mi propuesta de que Goebbels se ocupara de todo aquello fue frustrada por un Bormann vigilante, que temía que aumentara el poder de aquel rival.

En lugar de Goebbels, la tarea fue encomendada al doctor Lammers, aliado de Bormann dentro del Comité de los Tres. Era un funcionario sin iniciativa ni imaginación, al que se le erizaban los cabellos ante la idea de semejante desprecio por los sagrados procedimientos burocráticos.

También fue Lammers quien, desde enero de 1943, presidió en lugar de Hitler las reuniones del gabinete, que por entonces volvieron a celebrarse. No se invitaba a todos sus integrantes, sino únicamente a quienes se ocupaban de los asuntos incluidos en el orden del día.

Pero el lugar de reunión, la Sala del Gabinete, mostraba el poder que el Comité de los Tres había adquirido o que, al menos, pretendía adquirir.

Aquellas reuniones resultaron bastante acaloradas. Goebbels y Funk apoyaban mis ideas radicales. El ministro del Interior, Frick, así como el propio Lammers, formularon las objeciones previsibles.

Sauckel sostenía que podía proporcionar desde el extranjero cualquier número de trabajadores que se le solicitara, incluido personal cualificado.

Después de algunas reuniones en la Cancillería, Goebbels y yo comprendimos con claridad que la producción de armamentos no recibiría impulso alguno de Bormann, Lammers o Keitel. Nuestros esfuerzos habían quedado empantanados en detalles sin importancia.

Si deseas saber más, lee Inside the Third Reich [Dentro del Tercer Reich], de Albert Speer.

La reunión del 8 de enero había producido un acuerdo provisional, una cifra de hombres que se esperaba liberar y un proyecto destinado a concentrar nuevas facultades. No había resuelto, sin embargo, quién podría imponer las medidas cuando cada ministerio, oficina del partido y mando militar defendía su propia jurisdicción.

 

Goebbels contemplaba el nuevo organismo como un medio para cerrar la distancia entre el frente y la retaguardia. Speer recordaría también su otra función: filtrar documentos, audiencias y decisiones antes de que llegaran a Hitler.

 

Mientras en Stalingrado el 6.º Ejército aguardaba el siguiente golpe soviético, en Berlín los hombres reunidos alrededor del Führer discutían quién podía presentarle la realidad y quién convertiría sus palabras en órdenes. El frente necesitaba soldados; el régimen seguía produciendo expedientes, competencias y círculos de acceso.

Albert Speer durante una reunión de trabajo con dirigentes de la industria armamentística en 1943. De derecha a izquierda aparecen Speer, el mariscal de campo Erhard Milch y el consejero de Estado Walther Schieber, jefe de la Oficina de Suministros de Armamento. (Foto: Hanns Hubmann, bpk-Bildagentur, imagen 30011300).

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Adolf Hitler y su séquito recorren las fortificaciones de la Línea Maginot en junio de 1940. En primera fila caminan Nicolaus von Below, Wilhelm Keitel, Hans Heinrich Lammers y Hitler; Martin Bormann aparece a la izquierda del grupo. (Foto: Scherl/Bridgeman Images).

En el cuartel de Hitler Wolfsschanze, cerca de Rastenburg en Prusia Oriental, en una demos

Adolf Hitler observa una demostración de nuevas armas de fuego rápido en la Wolfsschanze, cerca de Rastenburg, Prusia Oriental, en 1943. En el grupo aparecen Heinz Linge, Erich Kempka, Walter Buhle, Karl Bodenschatz, Albert Speer, Karl Otto Saur, Albert Bormann y, entre Speer y Saur, el coronel Eckhard Christian. (Foto: ullstein bild/Getty Images).

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