La noche en que Churchill interrumpió la película

Winston Churchill levanta el sombrero durante una inspección del 1.er Escuadrón Estadounidense de la Guardia Local británica en Horse Guards Parade, Londres, el 9 de enero de 1941. Un mes después, su transmisión del 9 de febrero sería escuchada en Gran Bretaña, Estados Unidos y los buques británicos desplegados en el Mediterráneo. (Foto: Albert Norman Mitchell Smith, colección oficial del War Office, Imperial War Museums, H 6550).
Dos días después de la rendición masiva en Beda Fomm y de la captura del general Annibale Bergonzoli, la guerra contra Italia se extendió desde el desierto de Cirenaica hasta la costa de Liguria. La victoria británica en el norte de África parecía abrir una pausa tras meses de incertidumbre, pero aquella confianza todavía debía sostenerse con acciones visibles.
Al amanecer del 9 de febrero de 1941, la Fuerza H apareció ante Génova. El crucero de batalla HMS Renown, el acorazado HMS Malaya y el crucero ligero HMS Sheffield abrieron fuego contra el puerto y sus instalaciones, mientras los aviones del HMS Ark Royal atacaban objetivos en Livorno y Pisa. Los británicos esperaban que la operación obligara a la flota italiana a salir de sus bases y aceptar combate, pero los adversarios no llegaron a encontrarse.
Durante treinta minutos, el estruendo de los grandes cañones recorrió el golfo. Después, la formación se retiró hacia el oeste. La operación había terminado antes de que gran parte de Europa siquiera conociera su comienzo.
A las 16:34, los buques recibieron por señales luminosas un mensaje procedente del HMS Renown, buque insignia del vicealmirante James Somerville. El señalero Basil Box debía destruir el formulario después de transmitirlo, pero lo conservó por descuido. Escrito a lápiz, el documento contiene la evaluación británica inmediata de la operación:
Resultados observados del combate de esta mañana en Génova. Impactos en buques mercantes, depósitos de petróleo y patios de clasificación ferroviaria. Grandes incendios en los talleres eléctricos y de calderas de Ansaldo, la central eléctrica principal, los diques secos y los alrededores del puerto interior.
El Arma Aérea de la Flota atacó la refinería Azienda, en Livorno, con cinco toneladas de bombas de alto explosivo y 150 bombas incendiarias sobre las zonas industriales. Alcanzados el aeródromo y el nudo ferroviario de Pisa.
Felicito a todos los participantes por una actuación artillera de primera clase en condiciones sumamente difíciles, y en especial a quienes estuvieron a cargo de las prácticas y del adiestramiento iniciales.
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Después de que el bombardeo continuara durante treinta minutos, la fuerza británica se retiró. Mientras abandonaba el golfo, fueron derribados dos aviones italianos que intentaban seguirla. Dos bombarderos enemigos atacaron la flota, pero sus bombas cayeron lejos y no causaron daños.
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En Génova se lanzó un bombardeo intenso y preciso contra objetivos militares. El fuego de las baterías costeras enemigas fue esporádico, mal dirigido y no causó daños. Mientras se efectuaba el bombardeo, los aviones del Ark Royal atacaron con éxito la importante refinería de petróleo de Livorno, el aeródromo y el nudo ferroviario de Pisa, además de otros objetivos militares. Todos nuestros aviones regresaron a salvo, salvo uno.
También felicito al Ark Royal y a sus aviones por su valiosa contribución al puntapié en el trasero propinado a Benito.
Si deseas saber más, visita la Naval Historical Society of Australia, sección “Force H and Naval Signalman Basil Box”.
El mensaje hablaba en el lenguaje inmediato de una operación naval: impactos observados, blancos atacados, aviones enemigos y resultados aún por confirmar. Unas horas después, el bombardeo de Génova ya formaba parte de un relato político mucho más amplio.
Aquella noche, Winston Churchill volvió a dirigirse por radio a la nación y al Imperio después de cinco meses sin una transmisión semejante. Gran Bretaña había sobrevivido a los ataques aéreos del verano y del otoño, pero Londres y otras ciudades seguían bajo bombardeo. La amenaza de invasión no había desaparecido y la guerra en el Atlántico hacía depender la resistencia británica de los buques capaces de transportar alimentos, materias primas, armas y maquinaria.
Churchill comenzó repasando la resistencia de la población británica. Después volvió la mirada hacia Grecia, Cirenaica y el Mediterráneo. El ataque de aquella misma mañana contra Génova le permitió presentar a la Marina Real británica como una fuerza que todavía podía llevar la guerra hasta las costas de Italia.
Su transmisión también estaba dirigida al otro lado del Atlántico. Harry Hopkins, enviado personal de Franklin Roosevelt, llevaba varias semanas en Gran Bretaña, mientras Wendell Willkie, adversario republicano del presidente en las elecciones de 1940, acababa de visitar el país. En Washington, el proyecto de Préstamo y Arrendamiento seguía sometido al debate en el Congreso. Todavía no era ley.
Churchill no solicitó el envío de ejércitos estadounidenses. Pidió armas, maquinaria, equipos técnicos y, sobre todo, los buques necesarios para llevarlos hasta Gran Bretaña:
Han pasado cinco meses desde que hablé por radio a la nación británica y al Imperio. En tiempo de guerra hay mucho que decir en favor del lema “Hechos, no palabras”. Aun así, es bueno mirar alrededor de vez en cuando y hacer balance. Ciertamente, durante estos últimos cuatro o cinco meses nuestros asuntos han prosperado en varias direcciones mucho más de lo que la mayoría de nosotros se habría atrevido a esperar.
Nos mantuvimos firmes y afrontamos a los dos dictadores en la hora de lo que parecía su triunfo abrumador, y hasta ahora hemos demostrado que somos capaces de resistirlos solos.
Después de la dura derrota de la Fuerza Aérea alemana frente a nuestros cazas en agosto y septiembre, Hitler no se atrevió a intentar la invasión de esta isla, aunque tenía sobradas razones para hacerlo y había realizado enormes preparativos. Frustrado en ese grandioso proyecto, trató de quebrantar el espíritu de la nación británica bombardeando primero Londres y después nuestras grandes ciudades.
Ahora se ha demostrado, ante la admiración del mundo y de nuestros amigos en Estados Unidos, que esta forma de chantaje, asesinato y terrorismo, lejos de debilitar el espíritu de la nación británica, solo lo ha encendido con una llama más intensa y universal que cualquiera vista anteriormente en una comunidad moderna.
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Entretanto, en el extranjero, en octubre ocurrió algo maravilloso. Uno de los dos dictadores —el italiano astuto, de sangre fría y corazón negro, que había pensado obtener un imperio barato apuñalando por la espalda a la Francia caída— se metió en dificultades.
Sin la menor provocación, impulsado por el ansia de poder y una codicia brutal, Mussolini atacó e invadió Grecia, solo para ser rechazado ignominiosamente por el heroico ejército griego.
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En apenas ocho semanas, mediante una campaña que durante mucho tiempo será estudiada como modelo del arte militar, se ha avanzado más de 400 millas; todo el ejército italiano en el este de Libia, que según se decía superaba los 150.000 hombres, ha sido capturado o destruido, y toda la provincia de Cirenaica ha sido conquistada.
Egipto y el canal de Suez están seguros. El puerto, la base y los aeródromos de Bengasi constituyen ahora un punto estratégico de gran importancia para toda la guerra en el Mediterráneo oriental.
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No debo olvidar las asombrosas hazañas mecánicas de los tanques británicos, cuyo diseño y construcción han batido todos los récords y resistido todas las pruebas. Nos han demostrado hasta qué punto el trabajo realizado en las fábricas de nuestro país está unido de forma estrecha y directa con las victorias en el extranjero.
La campaña tampoco habría sido posible si la Flota británica del Mediterráneo, bajo el almirante Cunningham, no hubiera perseguido a la Marina italiana hasta sus puertos y sostenido cada avance del ejército con todos los flexibles recursos del poder naval.
La amplitud de esos recursos puede verse en lo ocurrido al amanecer de esta mañana, cuando nuestra Flota del Mediterráneo occidental, bajo el almirante Somerville, entró en el golfo de Génova y bombardeó de manera demoledora la base naval desde la cual quizá habría podido partir pronto una expedición alemana nazi para atacar al general Weygand en Argelia o en Túnez.
Es justo que el pueblo italiano comprenda la lamentable situación a la que el dictador Mussolini lo ha arrastrado. Si el cañoneo de Génova, extendiéndose por la costa y resonando en las montañas, llegó a oídos de nuestros camaradas franceses en medio de su dolor y su desdicha, quizá los haya alentado a pensar que sus amigos, amigos activos, están cerca y que Britania domina los mares.
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Mientras estos acontecimientos favorables nos han conducido paso a paso desde lo que muchos consideraban una situación desesperada —y que ciertamente fue muy grave en mayo y junio— hasta otra que nos permite hablar con sobria confianza de nuestra capacidad para cumplir con nuestro deber, una poderosa corriente de simpatía, buena voluntad y ayuda efectiva ha comenzado a atravesar el Atlántico en apoyo de la causa mundial que está en juego.
Estadounidenses distinguidos han venido a observar las cosas aquí, en el frente, y a descubrir cómo puede ayudarnos Estados Unidos mejor y con mayor rapidez. El señor Hopkins, que ha sido mi frecuente compañero durante las últimas tres semanas, es el enviado del presidente, recientemente reelegido para su elevado cargo. En el señor Wendell Willkie hemos recibido al representante del gran Partido Republicano.
Podemos estar seguros de que ambos dirán la verdad sobre lo que han visto aquí y no pedimos más que eso. El resto lo dejamos con plena confianza en el juicio del presidente, del Congreso y del pueblo de Estados Unidos.
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Ahora parece seguro que el gobierno y el pueblo de Estados Unidos tienen la intención de proporcionarnos todo lo necesario para alcanzar la victoria. En la guerra anterior, Estados Unidos envió dos millones de hombres a través del Atlántico. Pero esta no es una guerra de enormes ejércitos lanzándose inmensas cantidades de proyectiles unos contra otros.
No necesitamos los valerosos ejércitos que se están formando por toda la Unión Americana. No los necesitamos este año, ni el próximo, ni en ningún año que yo pueda prever.
Pero necesitamos, con la mayor urgencia, una provisión inmensa y continua de material de guerra y de equipos técnicos de toda clase. Los necesitamos aquí y necesitamos traerlos hasta aquí. En 1942 necesitaremos un enorme tonelaje mercante, mucho mayor del que podemos construir por nosotros mismos, si hemos de mantener y aumentar nuestro esfuerzo de guerra en Occidente y en Oriente.
El enemigo conoce perfectamente estos hechos y, por tanto, debemos esperar que Hitler haga cuanto esté en su poder para atacar nuestros buques y reducir el volumen de los suministros estadounidenses que llegan a estas islas.
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¿Qué respuesta daré en nombre de ustedes a este gran hombre, elegido por tercera vez como jefe de una nación de 130 millones de habitantes? Esta es la respuesta que daré al presidente Roosevelt:
Deposite su confianza en nosotros. Denos su fe y su bendición y, bajo la Providencia, todo saldrá bien. No fallaremos ni flaquearemos; no nos debilitaremos ni nos cansaremos. Ni el choque repentino de la batalla ni las prolongadas pruebas de la vigilancia y el esfuerzo lograrán desgastarnos.
Denos las herramientas y terminaremos el trabajo.
Si deseas saber más, visita iBiblio, sección “Speech Broadcasted by Prime Minister Winston Churchill”, con el texto completo de la transmisión del 9 de febrero de 1941.
El discurso estaba destinado a varios públicos. Churchill hablaba a los habitantes de las ciudades bombardeadas, a los soldados que todavía se preparaban contra una invasión y a los legisladores estadounidenses que debatían la ayuda material a Gran Bretaña. Pero la transmisión también cruzó el Mediterráneo y llegó a buques que no habían participado en la operación contra Génova.
A bordo del HMS Barham, la emisión coincidió con la función semanal de cine en la cámara de oficiales. Se hicieron arreglos para retransmitir el discurso a través del amplificador del cine entre dos partes de la película. Entre quienes escuchaban se encontraban el almirante, el capitán del buque y el capitán de fragata médico Ernest Robert Sorley.
Al día siguiente, Sorley escribió a su esposa. Su carta conserva no solo su admiración por Churchill, sino también el ambiente dentro del acorazado: los oficiales aguzando el oído, las risas provocadas por las invectivas contra los dictadores y el extraño regreso a una película de Mickey Rooney cuando la transmisión terminó:
Pensé en ti con mucha frecuencia mientras escuchaba anoche la transmisión de Winston Churchill. Nos llegó extraordinariamente bien y, como coincidió con nuestra función semanal de cine, se hicieron arreglos especiales para transmitir el discurso por el amplificador del cine entre dos partes de la película.
Créeme, fue un entreacto muy novedoso e interesante; todos nosotros, incluidos el almirante y el capitán, aguzamos el oído y reímos con el primer ministro mientras fustigaba a los dictadores con la lengua.
Gracias a Dios por Winston Churchill en estos momentos. Creo que ese fue el sentimiento predominante entre nosotros al terminar su conmovedor discurso.
No creo que haya otro hombre sobre la tierra capaz de inspirarnos ese espíritu de resolución tenaz y ese deseo feroz de atacar a nuestros enemigos; capaz de combinar de tal manera el arte de una oratoria conmovedora con la mordacidad de una invectiva feroz y justificada.
Hay algo de niño en Winston Churchill. Le encanta provocar y enfurecer a sus adversarios; casi puede uno verlo reír entre dientes y relamerse mientras desgrana sus frases abrasadoras sobre los nazis y el Mussolini de “corazón negro”. Sin embargo, ninguno de sus adversarios puede competir con él en la réplica; aunque pudieran, él no se inmutaría en absoluto.
Cuánto deben odiarlo Hitler y Mussolini.
El discurso de anoche fue una obra maestra y, a mi juicio, debería ocupar un lugar en la historia, junto a sus inspiradas palabras pronunciadas después de la caída de Francia. Recuerdas: “Preparémonos para cumplir con nuestro deber… si la Commonwealth británica perdura mil años, los hombres seguirán diciendo: ‘Esta fue su hora más gloriosa’”.
La continuación de la película tras la transmisión resultó un tanto anticlimática. Pasar de la atmósfera de un Churchill inspirado a la de Mickey Rooney interpretando las aventuras del joven Edison le restó atractivo a esta última.
Espero que hoy mi letra sea legible porque, si no lo es, tengo una excusa. Tengo las manos terriblemente frías. Los últimos días han sido bastante crudos. El servicio de ayer en el alcázar me dio ganas de golpear los pies contra la cubierta y, desde luego, por la noche tuvimos que instalar el cine en la cámara de oficiales.
Si deseas saber más, visita BBC WW2 People’s War [La guerra del pueblo], sección “HMS Barham – Churchill’s Inspiration”, con las cartas del capitán de fragata médico Ernest Robert Sorley transcritas por su hijo Graeme Sorley.
La jornada quedó conservada en tres registros muy distintos. El mensaje de la Fuerza H redujo la mañana a impactos observados, baterías costeras, aviones perdidos y felicitaciones por la precisión del tiro. Churchill convirtió esas operaciones en parte de una argumentación dirigida tanto a una nación que resistía como a un país que aún permanecía fuera de la guerra. Sorley, finalmente, registró lo que ocurrió cuando esa voz entró en la cámara de oficiales de un acorazado distante.
La petición de Churchill no ocultaba la fragilidad que subsistía detrás de las victorias. Gran Bretaña podía bombardear Génova y derrotar ejércitos italianos en África, pero no podía fabricar por sí sola todo el material que necesitaba ni construir con suficiente rapidez los buques para transportarlo. El proyecto de Préstamo y Arrendamiento todavía debía atravesar el debate del Congreso estadounidense.
En el HMS Barham, aquellas cuestiones quedaron suspendidas durante unos minutos entre las dos partes de una película. Cuando terminó la transmisión, la pantalla volvió a encenderse. Todo indica que la película era Young Tom Edison, estrenada el año anterior y protagonizada por Mickey Rooney como el joven inventor.
Sorley no necesitó añadir mucho más. Después de escuchar la voz de Churchill llegar desde Londres, el regreso a las aventuras cinematográficas del joven Edison le pareció un anticlímax. La rutina había vuelto, pero la atmósfera en la cámara de oficiales ya no era la misma.

El HMS Renown y el HMS Sheffield navegan tras el bombardeo de Génova del 9 de febrero de 1941. La fotografía fue tomada desde el acorazado HMS Malaya, otro de los buques de la Fuerza H que abrió fuego contra el puerto italiano. (Foto: teniente L. C. Priest, colección oficial del Almirantazgo, Imperial War Museums, A 4034).

Marineros del HMS Barham limpian el ánima de uno de sus cañones de 381 mm después de entrar en acción, en 1940 o 1941. Sobre la torre se encuentra uno de los hidroaviones del acorazado. (Foto: teniente L. C. Priest, colección oficial del Almirantazgo, Imperial War Museums, A 2277).

Tripulantes del HMS Barham embarcan proyectiles de 381 mm, en 1940 o 1941. La imagen muestra la escala de la munición empleada por la artillería principal del acorazado. (Foto: teniente L. C. Priest, colección oficial del Almirantazgo, Imperial War Museums, A 2280).

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