Un prisionero estadounidense con apellido japonés

Los prisioneros de guerra capturados por Japón sufrieron condiciones extremas: hambre, enfermedades, trabajo forzado, golpes y vigilancia constante. Para Frank “Foo” Fujita, estadounidense de ascendencia japonesa, el cautiverio suponía un peligro particular: ser visto por sus captores como un traidor a Japón.
Frank “Foo” Fujita era un estadounidense de Texas, hijo de padre japonés y de madre estadounidense. En 1938 se había unido a la Guardia Nacional de Texas, antes de que la guerra en el Pacífico transformara la ascendencia japonesa en una sospecha permanente dentro y fuera de Estados Unidos. Cuando llegó la guerra, Fujita servía en el 2º Batallón del 131º Regimiento de Artillería de Campaña, vinculado a la 36ª División de Infantería. Esa unidad sería recordada más tarde como parte del llamado “Lost Battalion” [Batallón Perdido] del Pacífico.
En marzo de 1942, tras la derrota aliada en Java, Fujita fue capturado por los japoneses junto con otros miembros de su unidad. Su caso era extraordinario: no se trataba sólo de un soldado estadounidense hecho prisionero por Japón, sino de un soldado estadounidense de ascendencia japonesa capturado por un ejército que podía interpretarlo como un desertor racial, un traidor cultural o una herramienta de propaganda. Su historia tiene un carácter excepcional, ya que Fujita fue uno de los poquísimos japoneses-estadounidenses capturados por Japón en la campaña del Pacífico y el único soldado combatiente de ese origen hecho prisionero por los japoneses.
Al principio, sus captores no se dieron cuenta de su origen. Fujita fue trasladado a través de varios campos, incluidos Surabaya, Changi y, finalmente, el POW Camp #2 de Fukuoka, en una isla frente a Nagasaki, donde fue asignado a cuadrillas de trabajo en los astilleros. Las condiciones eran brutales: trabajo agotador en los astilleros, frío, raciones insuficientes, disentería, beriberi, piojos y golpes por infracciones mínimas.
Pero el 1 de junio de 1943, en Nagasaki, la situación cambió. Un guardia japonés vio su apellido en una lista de trabajo y comprendió que “Fujita” era un apellido japonés. Para Fujita, aquel descubrimiento suponía una amenaza inmediata. Podía ser separado de los demás, interrogado, castigado o incluso ejecutado como traidor. En su diario secreto, recordó así el momento en que su apellido lo delató:
El 1 de junio de 1943, casi un año y tres meses después de que fuéramos capturados en Java, un guardia japonés se dio cuenta, aquí en Nagasaki, Japón, de que mi nombre era japonés. Aquel guardia, como muchas personas en Japón, podía leer texto impreso en inglés, aunque no podía entenderlo cuando se le leía en voz alta.
…
Como jefe de cuarto, mi nombre estaba al principio de la lista. Cuando lo vio, pareció que se le iban a salir los ojos. Señaló mi nombre y dijo:
—¡Fujita! ¡Fujita Nippon no namae! [¡Fujita! ¡Fujita es un nombre japonés!]
Luego preguntó dónde estaba Fujita. Le dije que había ido al benjo [baño]. Me ordenó que esperara y yo me fui hacia la parte trasera del cuarto, con el corazón en la garganta y temblando como una hoja. Nunca había estado tan asustado.
El guardia permaneció al frente del cuarto y preguntaba a todos los que entraban dónde estaba Fujita.
Casi todos en la habitación estaban tan nerviosos como yo. Ellos también habían sufrido pensando en lo que pasaría si me descubrían; y ahora que el momento había llegado, todos estaban de pie alrededor, con gran expectación, esperando ver qué ocurriría.
Otro hombre entró en la habitación y el guardia le preguntó dónde estaba Fujita. Miró a su alrededor, me vio y, antes de que nadie pudiera advertirle, me señaló y dijo:
—Ahí está.
El guardia pareció sorprendido y, al mismo tiempo, un poco decepcionado porque yo le había dicho que Fujita estaba en el benjo. En cualquier otra ocasión me habría golpeado en el acto; pero esta vez estaba demasiado excitado por su descubrimiento como para pensar en castigarme por eso.
Me llamó al frente del cuarto y me miró de arriba abajo, chasqueando los dientes y murmurando algo, incrédulo, sobre que Fujita fuera prisionero de guerra. Intentó conversar conmigo sobre quién era yo y finalmente comprendió que, en realidad, no podía hablar el idioma.
Me tocaba la piel y luego ponía su brazo junto al mío para compararlos. Como el guardia del lavadero, decía:
—¡Somma, somma! [Igual, igual]
Entonces se volvió hacia los otros muchachos del cuarto, me señaló a mí, luego se señaló a sí mismo y les dijo que éramos somma, somma.
Finalmente no pudo contenerse más. Como él era el único japonés que sabía aquello, se dirigió a la caseta de guardia.
Me asusté muchísimo y sentí con fuerza que mi muerte prematura estaba muy cerca. Aun así, en el fondo todavía conservaba la esperanza de sobrevivir a la guerra de una sola pieza.
En poco tiempo regresó con otro guardia para que me mirara también; pero entonces se apagaron las luces, porque era la hora de acostarse y todas las luces del cuarto se apagaban a las 10:00 p. m.
Aquella noche no pude dormir. Los sargentos Heleman y Lucas trataron de consolarme y de convencerme que, tal vez, no me matarían después de todo. Tenía tal angustia mental que ni siquiera las chinches, las pulgas ni los mosquitos me molestaban.
Durante la noche hubo cambio de guardia. Los guardias se turnaban para venir a mi cuarto y mirarme, incluso aquellos que normalmente patrullaban del otro lado del campo.
El descubrimiento no terminó aquella noche. Fujita se convirtió en objeto de curiosidad y sospecha para sus captores. Una vez identificado su apellido japonés, los militares japoneses intentaron inculcarle “las formas japonesas” y explotar su ascendencia como herramienta de propaganda. Fujita, sin embargo, insistió en demostrar ante sus compañeros de cautiverio que era “100 por ciento estadounidense” y se negó a colaborar de manera útil con la propaganda japonesa.
El terror de Fujita tenía una razón concreta: temía que los japoneses lo trataran como un traidor por ser medio japonés y por haber combatido con el ejército estadounidense. Por suerte, el primer interés de sus captores fue interrogarlo y llevarlo ante el comandante del campo, no ejecutarlo de inmediato.
La historia de Fujita revela una dimensión poco común de la guerra del Pacífico. Para muchos prisioneros aliados, sobrevivir significaba resistir hambre, enfermedad, golpes y trabajo forzado. Para Fujita, además, significaba defender su identidad ante dos miradas desconfiadas: la de sus captores japoneses, que veían en su apellido una posible traición, y la de algunos compañeros de cautiverio, que podían temer que su ascendencia lo volviera vulnerable a la presión enemiga. Su diario secreto conserva precisamente esa tensión: el miedo de ser descubierto, la necesidad de fingir ignorancia y la decisión constante de seguir siendo, ante todos, un soldado estadounidense.
Si deseas saber más, lee “Foo: A Japanese-American Prisoner of the Rising Sun: The Secret Prison Diary of Frank ‘Foo’ Fujita” [Foo: un prisionero japonés-estadounidense del sol naciente: el diario secreto de la prisión de Frank “Foo” Fujita], de Frank Fujita.

Infantería japonesa se moviliza en bicicleta durante la campaña de Java, donde Frank “Foo” Fujita fue capturado en marzo de 1942 junto con otros miembros del 2.º Batallón, 131º Regimiento de Artillería de Campaña de la Guardia Nacional de Texas.

El sargento Frank “Foo” Fujita, del Ejército de los Estados Unidos. Nacido en Texas y de ascendencia japonesa, Fujita fue capturado en Java y pasó más de tres años como prisionero de guerra de Japón. Su diario secreto se convertiría después en una fuente importante sobre la experiencia de los prisioneros estadounidenses en cautiverio japonés.

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