Anhelos y carencias en la dieta inglesa

El racionamiento de alimentos comenzó en Gran Bretaña en enero de 1940. En la imagen, en una carnicería, los clientes aprenden cómo funciona el sistema de cupones de racionamiento.

Los ingleses, que habían estado enfrentando solos la guerra contra los alemanes casi por dos años y cuya amenaza de invasión y bombardeos prevalecía, ahora estaban experimentando un cierto alivio debido a la concentración de las fuerzas germanas en su campaña en la Unión Soviética.

 

Los meses de julio y agosto fueron unos de pocos logros para los submarinos alemanes y, por consiguiente, más carga estaba arribando a la nación británica. La llegada de los estadounidenses en Islandia también había traído consigo un aumento en el patrullaje en el Atlántico del Norte.

 

El hecho de que los alemanes estuvieran enfrascados en una larga guerra con los rusos convenía a los intereses de Churchill, quien en estos momentos estaba en reunión en Newfoundland, en Canadá. No obstante que la situación parecía estar mejorando para los aliados, el ciudadano británico común aún no vislumbraba un beneficio palpable en su vida cotidiana. La ingeniosa escritora inglesa, Mollie Panter-Downes, describe el tema más recurrente de los bretones en aquel momento:

Junto a una libreta de racionamiento se encuentran las raciones de una persona para una semana, que incluían cuatro lonjas de tocino y un huevo.

10 de agosto

 

El clásico tema de conversación de los ingleses, el clima, ha desaparecido en lo que va de la guerra y ahora es sólo adecuado para una animada charla en caso de una de una enérgica lluvia bíblica -de naranjas, queso, hojuelas de maíz y ciruelas en lugar de maná-. Todos hablan de comida. Una sorprendente cantidad del tiempo de la gente es ocupado dialogando acerca de formas y medios para hacer que las raciones perduren más, pensando acerca de substitutos ingeniosos de productos imposibles de obtener e intentando mendigar un poco más de aquellos lujos que uno en particular anhela. Casi todo el mundo, de vez en cuando, se encuentra pensando en algún tipo de alimento que en tiempos de paz ni siquiera lo hubiera pensado en dos ocasiones. Por ejemplo, hombres fuertes, que normalmente no hubieran tocado un caramelo en ningún momento del año, ahora cavilan sobre la idea de un chocolate con leche con una pasión morbosa. No importa cuán bien se alimente uno comparativamente, las deficiencias en la dieta han llevado ocasionalmente a momentos vacíos que el individuo llena mentalmente a su gusto con filete miñón, torta de ciruelos o un plato de huevos con jamón.

 

Muchos estadounidenses en Londres, que a principios de la guerra frenaban con irritación la tendencia de las familias ansiosas en casa para llenarlos de cosas como mantequilla en lata, están deseando no haber sido tan precipitados. Dado que los estadounidenses aquí no tienen permitido escribir a casa para pedir lo que ellos quieran, todo lo que pueden hacer es escribir agradecimientos efusivos por el delicioso jamón o lo que sea (que en realidad nunca fue enviado) y confiar en la sagacidad de sus queridos para atar cabos. La actitud oficial hacia los paquetes con alimentos se divide entre la renuencia a detener estos impulsos amistosos y el deseo que el valioso espacio de carga quede libre para los envíos a granel, que beneficiarían a la mayoría en vez de a unos cuantos.

Si deseas saber más, lee “London War Notes” [Notas de guerra de Londres], de Mollie Panter-Downes.

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