Con el colapso final de la resistencia en Bataan, los japoneses forzaron a las tropas estadounidenses y filipinas capturadas a realizar lo que se conocería como la Marcha de la Muerte de Bataan. La marcha comenzó el mismo 9 de abril de 1942, tan pronto como las fuerzas norteamericanas se habían rendido. 

 

76,000 hombres caminaron por noventa kilómetros, en el calor tropical, hasta su campo de detención. No había comida y, a menudo, no había agua, a muchos hombres sólo se les permitió beber de las aguas estancadas. Aquellos que no podían caminar por enfermedades o heridas, o que se quedaban atrás por agotamiento, eran ejecutados, recibían bayonetazos o algo peor. La violencia al azar de los guardias más sádicos era rutinaria. Miles murieron durante la siguiente semana, la mayoría de los cálculos son del rango de 5,000 a 10,000 hombres.

 

Felipe Buencamino registraría en su diario la historia de los soldados estadounidenses que eran seleccionados a menudo para recibir malos tratos, incluso peor que el que recibían sus compañeros filipinos. Pero también relataría el tratamiento que recibió la población civil. En el segundo día, él y sus compañeros ya estaban en un estado muy deplorable, se habían colapsado al lado del camino y estaban profundamente dormidos cuando fueron despertados:

La infame Marcha de la Muerte de Bataan

Más de 75,000 soldados filipinos y estadounidenses, incluyendo dieciséis generales, bajaron sus armas en Bataan. Después de rendirse, sufrieron actos inhumanos por parte de los japoneses victoriosos. Extremadamente debilitados por el hambre, la sed, enfermedades y la fatiga, tropas estadounidenses y filipinas se vieron obligadas a marchar de Mariveles, en Bataan, todo el camino hasta San Fernando, Pampanga, a unos 100 kilómetros de distancia. Durante la infame “Marcha de la Muerte’, perecieron en el camino alrededor de 10,000 filipinos y unos 650 estadounidenses.

A eso de la medianoche, Ernie me despertó. Hubo gritos extraños. Era la voz de una mujer, llorando, suplicando. Después se escucharon otros lamentos -voces femeninas también- y todas tenían el mismo tono de ‘líbrenme de esto por favor’. No podíamos movernos. Estaba tenso. Entonces hubo gritos roncos... soldados... luego disparos que perforaron la noche... y el ruido sordo de cuerpos cayendo.

 

Nos levantamos muy temprano en la mañana -antes del amanecer-. Decidimos caminar... mientras que estaba fresco. Enrollamos nuestras mantas... y nos dirigimos hacia Little Baguio. ‘¡Ojalá tuviéramos huevos y jamón!’, dijo Ramón en tono de broma. Nadie respondió. Seguimos caminando... caminando... caminando. Finalmente, llegamos a Little Baguio. Allí tomamos nuestro desayuno: agua. El arroyo en Little Baguio era más agradable que nunca. Llenamos las cantimploras y nos llenamos nosotros mismos. Tuvimos un breve descanso... y caminamos de nuevo.

 

Al lado del camino vimos un montón de cadáveres, miembros con mala suerte que murieron apenas unos días antes del final. Había un olor horrible. Algunos cuerpos mostraban señales de tortura antes de la muerte. Las muñecas y los tobillos estaban atados y la boca amordazada. Otros tenían heridas horribles en el estómago, que probaba que habían combatido cuerpo a cuerpo. La mayoría de los cuerpos estaban en descomposición y no hubo nadie que pudiera darles una sepultura digna.

 

Para este momento, el sol estaba abrasadoramente caliente y yo estaba mareado por el calor. Tony Nieva hacía un esfuerzo por caminar... a pesar de su malaria. Godo Reyes todavía marchaba fuerte... pero me di cuenta que Ernie se estaba debilitando.

 

Vino el mediodía... pero no teníamos almuerzo. Nos sentamos bajo un árbol… y nos miramos el uno al otro. Vi a una niña de 3 años de edad… sentada junto a un arbusto... llorando. Su rostro estaba polvoriento. ¿Dónde estaba su madre? Miré a mi alrededor... y en un arbusto cercano... había un terrible olor. Allí yacía un cuerpo rígido y las ropas desgarradas y los bayonetazos en el cuerpo contaban la historia. Sentí el deseo de traer a la niña conmigo... se veía enferma y con mucha hambre... pero dejé a la pequeña… sin ayuda. No puedo perdonarme a mí mismo. Traté de tranquilizar mi conciencia diciendo que miles de soldados pasaron a lado de esa niña también... y que muchos más la verían. Traté de convencerme que la Cruz Roja japonesa (de seguro tenían probablemente una Cruz Roja) ayudaría a la pequeña. Mientras caminaba y caminaba y caminaba... la niña me obsesionaba. Pero en el camino... había más de esos niños... algunos dormidos de puro cansancio... pero todavía respirando. Llevé a una fuera de la curva... porque un camión podría atropellarla. Una vez más sentí deseos de traer a la niña. Ya la tenía en mis brazos. Pero la dejé en el suelo sola... debajo de un árbol.

 

Seguimos caminando y caminando hasta que ya era de noche, ya no teníamos más fuerzas. Nos enteramos que el hambre no importa mucho... después de un rato... debido a que tu estómago se tensa. Mis pies empezaban a lastimarme. Ernie tenía ampollas grandes. Ramón, también. Los pies de Godo estaban sangrando. Esa noche… dormimos en una playa.

Si deseas saber más, visita Philippine Diary Project.

Una imagen muestra sólo una pequeña fracción de los miles de soldados que perecieron en la Marcha de la Muerte de Bataan, resguardados por unos cuantos soldados japoneses, ante la mirada atónita de la población local.

Este breve documental explica de forma general las circunstancias que ocurrieron previos y después de la Marcha de la Muerte de Bataan.

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