El 9 de abril de 1942, las fuerzas estadounidenses y filipinas, que habían resistido a los japoneses por tanto tiempo en la península de Bataan, se rindieron. Para casi todos los que fueron capturados, este fue el comienzo de un largo período de tormento.

 

Una fuerza combinada estadounidense y filipina de más de 75,000 hombres se rindió, lo que se convirtió en la mayor derrota de una fuerza militar en la historia estadounidense. Miles de esos soldados morirían a manos de los japoneses durante la subsiguiente Marcha de la Muerte de Bataan y en los campos de prisioneros de guerra.

 

Los japoneses claramente no iban a cumplir con la Convención de Ginebra ni con ninguna otra norma estándar reconocida para el tratamiento de prisioneros de guerra. La impactante brutalidad y la violencia caprichosa de sus captores se hizo evidente de inmediato.

 

Glenn Dowling Frazier, un norteamericano que había decidido enrolarse en las fuerzas armadas estadounidenses mintiendo acerca de su edad, había sido enviado a las Filipinas y, desde el ataque sorpresivo japonés sobre Pearl Harbor y otras bases estadounidenses en el Pacifico, estuvo combatiendo a las fuerzas imperiales japonesas. El día de la rendición de las fuerzas en Bataan hizo lo posible por no ser capturado:

La guarnición en Bataan se rinde y enfrenta tormentos

Después de meses de luchar en las Filipinas contra el ejército japonés y con la comida y las medicinas agotadas, el General Edward P. King, aceptando toda la responsabilidad al desobedecer las órdenes de los generales MacArthur y Wainwright, optó por rendirse junto con sus tropas el 9 de abril de 1942. En la imagen, el general King discute los términos de la rendición con los japoneses. Nótese la tensión y frustración de los oficiales norteamericanos al lado de King.

El temor de convertirnos en prisioneros de guerra siempre estaba en nuestras mentes y Gerald y yo habíamos conversado sobre muchos proyectos para evitar ser capturado. En alguno de nuestros viajes a Manila habíamos encontrado un pequeño bote que fue dejado sin dueño alguno. Parecía que podía navegar, pero necesitaba algunas reparaciones. Estábamos exaltados ante la idea de tener alguna forma de evitar ser capturados. Después de preguntar con la gente en el área para tratar de encontrar al dueño del bote, un filipino nos lo ofreció. Le hicimos algunas reparaciones y luego lo escondimos en un área remota en Bataan en el lado del Mar de China. Estábamos confiados que podríamos escapar de los japoneses por mar, si teníamos que hacerlo.

 

Al escuchar las noticias que el general King se había rendido con sus tropas en Bataan, Gerald y yo inmediatamente nos dirigimos sobre la colina para llegar a nuestro bote. En camino hacia nuestro escape, vimos camiones siendo destruidos para evitar que los japoneses los tomaran. Todos los cañones estaban siendo destrozados y arrojados, junto con cualquier cosa de valor.

 

Mientras íbamos a través de la jungla, nos percatamos de un claro en el lado de la montaña. Estábamos muy por arriba de la pista de aterrizaje de Maravelles y teníamos que seguir por unas cuatro millas para llegar al camino que necesitábamos cruzar para llegar al lugar donde nuestro bote estaba escondido. Cada uno teníamos una pistola calibre .45, un BAR [Rifle Automático Browning] y varias granadas de mano.

 

Al aproximarnos al camino sinuoso bajando por el lado de la montaña vimos a una multitud de hombres caminando y un autobús lleno de filipinos. Todo ellos estaban agitando banderas japonesas. No podíamos creerlo. ¿De dónde habían obtenido esas banderas? Gerald levantó su BAR y me dijo que esos filipinos no podrían tener esas banderas japonesas y comenzó a disparar. El autobús se salió del camino y se fue al fondo del barranco. Nos quedamos parados allí, viendo. No había movimiento ni ruido. No dijimos una palabra; sólo continuamos.

 

Repentinamente, escuchamos un tanque acercándose, por el sonido de éste, un tanque japonés. Ahora estábamos en un gran problema. Teníamos que cruzar el camino sin ser vistos, debido a que no había otra forma de llegar a nuestro bote. Decidimos permanecer agazapados por un breve momento para ver si soldados japoneses iban a pie con el tanque. Por supuesto, había largas columnas de hombres siguiendo el tanque en dirección a la pista de aterrizaje. Algunos soldados estaban golpeando los arbustos con sus riles, buscando por cualquiera tratando de esconderse. Entonces vimos estadounidenses y filipinos con sus manos en alto siguiendo de cerca a la formación.

 

“Es momento de regresar”, le dije a Gerald. “Si vamos a ser capturados, debemos deshacernos de nuestras armas”. Gerald me dijo que no había forma que él arrojara su arma; planeaba salir de allí disparando. Él tenía una pistola niquelada calibre .32 en su mochila que había tomado de un soldado japonés muerto. Dijo que trataría de ir con ella entre las líneas japonesas. Nos habían dicho no llevar nada con nosotros como pistolas, cuchillos, municiones o cualquier otra cosa que hubiéramos tomado de un nipón muerto. Era sabido que, si los soldados japoneses encontraban cualquier cosa como esas con uno, te dispararían en ese mismo momento. Le dije a Gerald que era mejor que se deshiciera de esa pistola en caso de que fuéramos descubiertos cruzando el camino.

 

 

Había cada vez más japoneses aproximándose por el camino, además de varios camiones y tanques. Justo enfrente donde estábamos escondidos, se fueron a la orilla del camino y comenzaron a señalar a los otros que se detuvieran. Pensamos que se estaban deteniendo para establecer un campamento. Tendríamos que salir de la zanja en la que estábamos y subir la colina para cruzar el camino. Estábamos hablando en susurros, pero era difícil escucharnos el uno al otro porque nuestros corazones estaban latiendo fuertemente.

 

Súbitamente escuchamos algo detrás de nosotros. Al voltearnos, vimos a seis japoneses con rifles y bayonetas apuntándonos. Nos señalaban que saliéramos de la zanja y arrojáramos nuestras armas. Gerald deslizó la .32 de su bolsillo trasero y la colocó en un bolsillo de su mochila, luego la volcó. Cuando recogió la alforja, empujó la pistola hacia la hierba sin que los soldados lo vieran. Nos hicieron señales para que fuéramos al camino y comenzáramos a marchar. Le dije algo a Gerald y un japonés me golpeó con su rifle en la parte posterior de mi cabeza y movió su cabeza, señalándonos que no habláramos.

 

 

Era por la tarde del primer día, 9 de abril de 1942. Gerald y yo habíamos sido despojados de la mayor parte de nuestras pertenencias. Tenía sólo un casco para el sol, camisa, pantalones negros y una cantimplora vacía colgando de una cadena alrededor de mi cinturón. A Gerald le quedaba casi lo mismo, pero tenía una toalla alrededor de su cuello y los zapatos negros y blancos que estaban comenzando a lastimar sus pies. Supuse que ya habíamos caminado unas treinta millas tratando de llegar al bote que habíamos escondido.

 

 

Los japoneses se colocaron al borde del camino tomando fotografías. Algunos de los hombres que habían estado enfermos antes que la marcha iniciara, comenzaron a caer al lado del camino. Mientras pasábamos, algunos hombres pedían ayuda, pero pronto descubrimos que, si tratabas de auxiliarlos, los japoneses comenzaban a dispararte. Muchos murieron de esta forma.

Si deseas saber más, lee “Hell’s Guest” [Huésped del infierno], del coronel Glenn D. Frazier.

 

El teniente coronel William Dyess, también se encontraba entre los capturados y fue testigo de una de las atrocidades japonesas:

Tropas japonesas vigilan a prisioneros aliados en Bataan, Filipinas.

Las tropas estadounidenses eran registradas por los japoneses cuando se rindieron el 9 de abril de 1942. Habían combatido en una campaña brutal, pero la mayoría ya estaban desnutridos.

La víctima, un capitán de la Fuerza Aérea, estaba siendo registrada por un soldado de tres estrellas. Junto a él estaba un oficial japonés empuñando su espada. Estos hombres no eran como los enanos con dientes y gafas cuyas fotografías son familiares para la mayoría de los lectores de periódicos. Eran crueles de cara, robustos y altos.

 

El soldado, de poca monta, estaba registrando los bolsillos del capitán. De pronto se detuvo, tomó aire y lanzó un silbido. Había encontrado algunos yenes japoneses.

 

Los mantuvo en su mano, agachando la cabeza y guardando su aliento para atraer la atención. El japonés alto miró el dinero. Sin decir palabra, tomó al capitán por el hombro y lo empujó hasta arrodillarlo. Desenvainó la espada y la levantó por encima de su cabeza, sujetándola con ambas manos. El soldado saltó a un lado.

 

Antes que pudiéramos comprender lo que estaba sucediendo, el gigante de rostro negro había blandido su espada. Recuerdo como el sol brilló sobre la hoja de la espada. Hubo un silbido y una especie de ruido seco al cortar, al igual que un cuchillo atraviesa la carne.

 

La cabeza del capitán pareció saltar de sus hombros. Cayó al suelo delante de él y se fue rodando locamente de un lado a otro entre las líneas de los prisioneros.

 

El cuerpo cayó hacia delante. He visto heridas, pero nunca un chorro de sangre como éste. El corazón continuó bombeando durante unos pocos segundos y en cada latido había otro gran borbotón de sangre. El polvo blanco alrededor de nuestros pies se convirtió en barro rojo. Vi las manos abriéndose y cerrándose espasmódicamente. Entonces volteé mi mirada hacia otro lado.

 

Cuando volví a mirar, el japonés grande había guardado su espada y se fue caminando tranquilamente. El enano que había encontrado los yenes se los metió en su bolsillo. Se sirvió a sí mismo con las posesiones del capitán.

 

Este fue el primer asesinato…

El teniente coronel William Dyess fue uno de los pocos que lograron escapar y traer la historia a la atención de los estadounidenses, en 1943. Si deseas saber más, lee “The Dyess Story” [La historia de Dyess], del teniente coronel Wiliam E Dyess.

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