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El avance que no llegó a Trípoli

Soldados y vehículos australianos en la plaza cívica de Bengasi durante la ceremonia de en

Soldados y vehículos australianos en la plaza cívica de Bengasi durante la ceremonia de entrega de la ciudad al brigadier H. C. H. Robertson, el 11 de febrero de 1941. La escena muestra la conquista cuya posible explotación hacia el oeste aún estaba en discusión al día siguiente. (Foto: Australian War Memorial, 005849/22 / Frank Hurley.)

El 12 de febrero de 1941, dos meses de Operación Compass habían llevado al XIII Cuerpo de Richard O’Connor desde la frontera egipcia hasta el extremo occidental de Cirenaica. La campaña había costado a sus fuerzas 475 muertos, 1.225 heridos y 43 desaparecidos o prisioneros; a cambio, habían avanzado unos 800 kilómetros y capturado 130.000 prisioneros, 400 tanques y 1.290 cañones. Diez divisiones italianas de infantería habían quedado destruidas, además de importantes fuerzas blindadas.

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Beda Fomm había cerrado la retirada del 10.º Ejército italiano y Bengasi estaba en manos británicas. Para O’Connor, aquello no tenía por qué ser el punto final. Estaba convencido de que podía continuar hacia Sirte y Trípoli con apoyo naval y aéreo, mientras dos regimientos blindados frescos estaban a punto de incorporarse a sus fuerzas. En Londres, sin embargo, la guerra del Mediterráneo comenzaba a abrirse hacia otro frente.

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Grecia seguía combatiendo contra Italia en Albania y la posibilidad de una intervención alemana desde Bulgaria se volvía cada vez más seria. La noche anterior, el Comité de Defensa británico había examinado un cuadro que abarcaba también la actitud cada vez más amenazante de Japón y la posibilidad de una invasión de Gran Bretaña. El problema ya no consistía únicamente en determinar cuánto más podía avanzar O’Connor, sino en dónde debía concentrarse el siguiente esfuerzo británico.

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El mismo 12 de febrero, Robert Menzies recorría la Cirenaica recién conquistada y Erwin Rommel volaba desde Catania hacia Trípoli. Ninguno observaba el teatro desde el mismo lugar: Churchill decidía desde Londres qué hacer con la victoria, Menzies la recorría sobre el terreno y Rommel llegaba al extremo de Libia hacia el que O’Connor quería continuar.

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La directiva enviada a Wavell formalizó la elección. La felicitación por Cirenaica ocupaba apenas el primer punto; los nueve restantes extendían la mirada hacia todo el Mediterráneo y los Balcanes:

1. Acepte mis más sinceras felicitaciones por esta última admirable victoria y por la inesperada rapidez con la que ha sido conquistada Cirenaica. He cumplido sus deseos de mencionar a los generales O’Connor y Creagh.

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2. El Comité de Defensa examinó anoche toda la situación, que comprende, primero, la evolución extremadamente favorable de los suministros procedentes de Estados Unidos; segundo, la actitud cada vez más amenazante de Japón y la clara posibilidad de que pueda atacarnos en un futuro próximo; tercero, la indudable y seria probabilidad de un intento de invasión aquí. Dentro de este marco general debemos decidir nuestros planes para el Mediterráneo.

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3. Nos habríamos dado por satisfechos con establecer en Tobruk un flanco seguro para Egipto, y le dijimos que, a partir de entonces, Grecia y/o Turquía debían tener prioridad, pero que, si podía tomar Bengasi fácilmente y sin menoscabar las necesidades europeas, tanto mejor. Nos complace que haya obtenido este premio tres semanas antes de lo previsto, pero esto no modifica, sino que más bien confirma, nuestra directiva anterior, a saber, que su principal esfuerzo debe dirigirse ahora a ayudar a Grecia y/o Turquía. Esto descarta cualquier esfuerzo serio contra Trípoli, aunque pequeñas acciones de demostración en esa dirección constituirían una útil maniobra de engaño. Por lo tanto, debe afianzar su posición en Bengasi y concentrar todas las fuerzas disponibles en el Delta en preparación para su traslado a Europa.

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4. Tanto Grecia como Turquía han rechazado hasta ahora nuestras ofertas de unidades técnicas, porque dicen que son demasiado pequeñas para resolver su principal problema, pero lo bastante visibles como para provocar una intervención alemana. Sin embargo, esa intervención se vuelve cada día más segura e inminente y puede comenzar en cualquier momento. Si Turquía y Yugoslavia dijeran a Bulgaria que la atacarán a menos que se una a ellas para resistir un avance alemán hacia el sur, esto podría crear una barrera que exigiera fuerzas alemanas mucho mayores que las actualmente disponibles en Rumanía. Pero temo que no lo hagan y malogren sus posibilidades de resistencia conjunta, como ocurrió en los Países Bajos.

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5. Nuestro primer pensamiento debe ser para nuestra aliada Grecia, que actualmente combate tan bien. Si Grecia es aplastada u obligada a concertar una paz separada con Italia, cediendo además a Alemania posiciones estratégicas aéreas y navales desde las cuales actuar contra nosotros, el efecto sobre Turquía será muy grave. Pero si Grecia, con ayuda británica, puede contener durante algunos meses el avance alemán, aumentarán las posibilidades de una intervención turca. Por lo tanto, parecería que deberíamos tratar de colocarnos en condiciones de ofrecer a los griegos el traslado a Grecia de la parte combatiente del ejército que hasta ahora ha defendido Egipto, y elaborar todos los planes necesarios para enviarla y reforzarla al máximo con hombres y material.

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6. No sabemos qué dirá Grecia ante una oferta de esta magnitud. No sabemos con qué medios cuenta para resistir una invasión de fuerzas alemanas desde Bulgaria. Es razonable suponer que tienen un plan para trasladar tropas desde Albania y defender los pasos y las líneas de defensa ya construidas a lo largo de la frontera búlgara o cerca de ella. Seguramente no pueden haber proseguido su ventaja en Albania sin pensar en este peligro mortal a su derecha y casi a su retaguardia. Si tienen un buen plan, valdría la pena respaldarlo con todas nuestras fuerzas y combatir a los alemanes en Grecia, esperando atraer así tanto a los turcos como a los yugoslavos. Debe comenzar de inmediato los planes y calendarios, así como cualquier movimiento preparatorio de buques.

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7. No se pretende que retrase [la captura de] Rodas, que consideramos de la máxima urgencia.

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8. Para ofrecer las mejores posibilidades de coordinar todas las medidas posibles, tanto diplomáticas como militares, contra los alemanes en los Balcanes, enviamos al ministro de Asuntos Exteriores y al general Dill para que se reúnan con usted en El Cairo. Partirán el 12 de febrero y deberían llegar el 14 o 15. Una vez examinada toda la situación en El Cairo y puestas en marcha todas las medidas preparatorias, sin duda irá con ellos a Atenas y, después, si conviene, a Ankara. Se espera que puedan ofrecerse, en las mejores condiciones posibles y en el menor plazo, al menos cuatro divisiones, incluida una división blindada, todas las fuerzas aéreas adicionales que los aeródromos griegos estén en condiciones de recibir y todas las municiones disponibles.

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9. Desde aquí no podemos formarnos una opinión sobre qué puertos de Grecia deberíamos utilizar, qué frente deberíamos tratar de sostener o cuál deberíamos intentar que ellos sostuvieran. Eso solo puede decidirse sobre el terreno con el mando griego.

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10. En caso de que resulte imposible alcanzar un buen acuerdo con los griegos y elaborar un plan militar práctico, debemos tratar de salvar del desastre cuanto sea posible. Debemos conservar Creta a toda costa y tomar cualquier isla griega que resulte útil como base aérea. También podríamos reconsiderar el avance sobre Trípoli, pero estos serían únicamente premios de consolación después de haber perdido la carrera clásica. Siempre quedará el apoyo de Turquía.

Si deseas saber más, lee The Grand Alliance [La gran alianza], tercer volumen de The Second World War [La Segunda Guerra Mundial], de Winston S. Churchill.

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Sobre el terreno, la misma jornada tenía otra escala. Robert Menzies, primer ministro de Australia, se encontraba en Cirenaica durante su viaje hacia Londres. Aquella mañana amaneció cerca de Bengasi y pasó buena parte del día entre tropas, aeródromos, asentamientos italianos y mandos británicos antes de regresar a El Cairo:

Miércoles 12 de febrero

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Me levanto a las 6:30, apenas amanece, y mientras me preparo para afeitarme, llega una serie de explosiones desde las inmediaciones del puerto, a unas 500 yardas. Algún bombardero minador; los cañones antiaéreos hacen unos cuantos disparos. Mi primer ataque aéreo.

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Desayuno: mal café y pan seco. Serie de discursos a la infantería, de TORCA a BARCE, incluido el batallón de Louch —donde veo en carne y hueso al “soldado Diggins F”— y la brigada de Savige. La visita parece haber surtido efecto. Había cierto resentimiento porque ni Spender ni Sturdee habían ido al oeste de Alejandría.

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Desde cerca de Bengasi hasta Barce atravesamos un amplio valle verde, con una “Colonia Cooperativa Libia” de dos años de antigüedad: granjas blancas de hormigón separadas unas 3/8 de milla entre sí, sobre un suelo calizo cultivado recientemente; pero todo está trazado tan escrupulosamente en líneas rectas que resulta bastante deprimente. Algunas granjas, abandonadas. Habrá un problema para alimentar a esta gente del lugar. En Barce, antes de subir a un avión Valencia, helado y pesado, ¡velocidad máxima 85 mph!, me encuentro con el general “Jumbo” Wilson.

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No me impresiona. Todo son quejas sobre la conducta “irregular” de los australianos en el campamento y durante las guardias, y nada sobre su magnífica forma de combatir. El único de todos ellos que entiende con criterio es O’Connor. Wilson parece alto, gordo y astuto.

 

En El Adem volvemos al Lockheed Lodestar y de allí a “casa”, a El Cairo: cansado, pero satisfecho.

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El Adem es uno de los numerosos aeródromos italianos espléndidamente equipados a lo largo de esta costa. Al salir, se declaró un incendio en un hangar y un magnífico Blenheim quedó destruido por el fuego.

Si deseas saber más, lee Dark and Hurrying Days: Menzies’ 1941 Diary [Días oscuros y apresurados: el diario de Menzies de 1941], de Robert Menzies, editado por A. W. Martin y Patsy Hardy.

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Menzies terminó el día de regreso en El Cairo. En el otro extremo de Libia, otra jornada había comenzado con un vuelo sobre el Mediterráneo. Hacia el mediodía, Erwin Rommel aterrizó en Castel Benito, al sur de Trípoli:

A eso de las 10 de la mañana siguiente [12 de febrero], nuestro grupo de reconocimiento despegó de Catania con rumbo a Trípoli. Volando a baja altura sobre el agua, nos cruzamos con numerosas formaciones de Junkers alemanes que regresaban de Trípoli, probablemente dedicados a misiones de abastecimiento para la fuerza aérea alemana ya presente en África. Aterrizamos hacia el mediodía en Castel Benito, al sur de Trípoli. El teniente Heggenreiner, oficial de enlace del general alemán en Roma con el Alto Mando italiano en el norte de África, nos recibió con la noticia de que el mariscal Graziani había renunciado al Alto Mando y lo había entregado a su jefe de Estado Mayor, el general Gariboldi. Heggenreiner me puso brevemente al corriente de la disposición de las fuerzas italianas en África y describió algunos incidentes muy desagradables ocurridos durante la retirada, o más bien durante la desbandada en la que se había convertido. Las tropas italianas habían arrojado sus armas y municiones y se habían encaramado a vehículos sobrecargados en un intento desesperado por escapar hacia el oeste. Esto había provocado algunas escenas desagradables e incluso tiroteos. La moral no podía estar más baja en todos los círculos militares de Trípoli. La mayoría de los oficiales italianos ya habían hecho las maletas y esperaban regresar rápidamente a Italia.

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A eso de las 13:00 me presenté ante el general Gariboldi y lo puse al corriente de mi misión. Mostró poco entusiasmo por el plan de establecer una defensa en Sirte. Con ayuda de un mapa le expliqué las líneas generales de mi plan para defender Tripolitania. Sus características principales eran: ni un paso más atrás, un fuerte apoyo de la Luftwaffe y emplear a todos los hombres disponibles en la defensa del sector de Sirte, incluidos los primeros contingentes alemanes tan pronto como desembarcaran. Yo creía que, si los británicos no percibían ninguna resistencia, probablemente continuarían su avance; pero que, si veían que tendrían que librar otra batalla, no atacarían simplemente —lo que habría sido lo correcto—, sino que esperarían primero a acumular suministros. Con el tiempo así ganado esperaba aumentar nuestras propias fuerzas hasta que finalmente fuéramos lo bastante fuertes para resistir el ataque enemigo.

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Gariboldi contempló todo aquello con muchas dudas. Estaba profundamente alterado por la derrota y me aconsejó que primero examinara el terreno de Sirte, porque, habiendo acabado de llegar, difícilmente podía esperarse que tuviera idea alguna de las dificultades de este teatro. Le insistí con toda la fuerza que pude en que solo podríamos acudir en su ayuda si realmente se decidían a sostener Sirte.

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—No tardaré mucho en conocer el terreno —añadí—. Lo observaré desde el aire esta tarde y regresaré esta noche para informar al Alto Mando.

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Dada la tensión de la situación y la lentitud del mando italiano, yo ya había decidido apartarme de mis instrucciones, que me limitaban a una misión de reconocimiento, y asumir personalmente el mando en el frente tan pronto como fuera posible, a más tardar tras la llegada de las primeras tropas alemanas. El general von Rintelen, a quien había insinuado mi intención en Roma, me había aconsejado que no lo hiciera porque, según dijo, ese era el camino para perder tanto el honor como la reputación.

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Aquella tarde, el coronel Schmundt y yo volamos en nuestro He 111 sobre suelo africano. Después de observar las fortificaciones de campaña y las profundas zanjas anticarro al este de Trípoli, seguimos sobre una franja de arena que parecía un terreno difícil tanto para vehículos de ruedas como de orugas y que, por tanto, constituía un buen obstáculo natural ante Trípoli. El vuelo continuó sobre la región montañosa entre Tarhuna y Homs, que, hasta donde alcanzábamos a ver, no era un terreno especialmente adecuado para fuerzas motorizadas. La llanura entre Homs y Misurata, en cambio, parecía ideal para ese propósito. La Via Balbia se extendía como un hilo negro a través del paisaje desolado, donde no se veía ni un árbol ni un arbusto hasta donde alcanzaba la vista. Pasamos Buerat, un pequeño fuerte del desierto con algunas chozas y un embarcadero. Finalmente, volamos en círculos sobre las casas blancas de Sirte y vimos tropas italianas en posición al este y al sudeste de la población.

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Aparte de las marismas salinas entre Sirte y Buerat, que solo se extendían unas pocas millas hacia el sur, no había en todo el paisaje una sola interrupción, como un barranco o un valle profundo. El vuelo me confirmó en mi plan de fortificar Sirte y el terreno a ambos lados de la carretera costera, y de reservar las fuerzas motorizadas para la defensa móvil.

 

Cuando aquella noche nos reunimos con el general Gariboldi para informar sobre los resultados de nuestro reconocimiento, el general Roatta ya había llegado y traído la nueva directiva del Duce. Ya no se puso ningún otro obstáculo a mi plan.

Si deseas saber más, lee The Rommel Papers [Los documentos de Rommel], de Erwin Rommel, editado por B. H. Liddell Hart.

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Los tres textos dejan abierta la pregunta que convirtió al 12 de febrero en una fecha de consecuencias difíciles de medir. O’Connor estaba convencido de que podía continuar. Wavell sostuvo después que los vehículos blindados estaban desgastados, faltaba transporte mecanizado y las fuerzas británicas seguían en inferioridad tanto en el aire como en el mar; incluso sostener Bengasi como puerto planteaba dificultades. La historia oficial australiana, después de examinar documentación aliada y del Eje, consideró probable que O’Connor hubiera podido ocupar Tripolitania si recibía el apoyo naval y aéreo que pedía. El contrafactual, sin embargo, no puede convertirse en certeza.

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En el propio mensaje de Churchill, Trípoli no desaparecía por completo. Si no podía acordarse con los griegos un plan militar práctico, el avance podía reconsiderarse. Pero la prioridad ya había cambiado. Hombres, aviones, buques y transportes comenzaban a contemplarse en función de otro frente, y la posibilidad de reanudar el avance africano aquel invierno se estrechaba.

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Rommel, mientras tanto, esperaba precisamente que los británicos siguieran adelante si no encontraban resistencia y confiaba en que una pausa le permitiera ganar tiempo. El 12 de febrero de 1941, Londres miraba hacia Grecia, Menzies recorría la victoria de Cirenaica y Rommel buscaba cómo sostener Sirte. Sobre una misma franja de costa, tres perspectivas distintas comenzaban a cruzarse antes de que ninguno de ellos pudiera ver aún el resultado completo.

Robert Menzies durante su visita a Benina, cerca de Bengasi, el 12 de febrero de 1941._edi

Robert Menzies durante su visita a Benina, cerca de Bengasi, el 12 de febrero de 1941. De izquierda a derecha aparecen un hombre no identificado, Menzies, el jefe de escuadrón John Francis Jackson y el comandante de ala Patrick Stephen Jocelyn Primrose, del 3.º Escuadrón de la Real Fuerza Aérea Australiana. (Foto: Australian War Memorial, P12424.084. Restauración digital a partir de la imagen original).

El general Sir Archibald Wavell, comandante en jefe británico en Oriente Medio, conversa con el teniente general Richard O’Connor durante el asalto a Bardia, en enero de 1941. O’Connor dirigía la fuerza que, semanas después, conquistaría Cirenaica; Wavell debía administrar sus recursos en un teatro que se extendía desde Libia hasta Grecia y África Oriental. (Foto: Imperial War Museums, E 1549 / Geoffrey Keating.)

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