Comando alemán libera a Mussolini

En la imagen aparecen el mayor Harald Mors; SS-Hauptsturmführer Otto Skorzeny; Oberleutnant Schulze, jefe de la 3ª compañía del FJR 7, con casco de paracaidista; Benito Mussolini; SS-Untersturmführer Otto Schwerdt; y SS-Obersturmführer Karl Radl, con casco de acero. La fotografía fue tomada durante la Operación Roble, cuyo objetivo era liberar a Mussolini en Gran Sasso el 12 de septiembre de 1943.
La incursión en Gran Sasso, conocida por los alemanes como Unternehmen Eiche [Operación Roble], tuvo lugar el 12 de septiembre de 1943. Su objetivo era liberar a Benito Mussolini, depuesto el 25 de julio por el Gran Consejo Fascista y arrestado por orden del rey Víctor Manuel III. Tras pasar por varios lugares de detención, Mussolini fue finalmente trasladado al Hotel Campo Imperatore, en el macizo del Gran Sasso, a más de 2,000 metros de altitud, en una zona remota de los Apeninos.
La operación se produjo en medio del colapso político y militar de Italia. El gobierno del mariscal Pietro Badoglio había firmado en secreto el armisticio con los Aliados el 3 de septiembre y su anuncio público, el 8 de septiembre, precipitó la ocupación alemana de gran parte de la península. Para Hitler, recuperar a Mussolini tenía un valor político enorme: podía servir para crear un nuevo régimen fascista bajo la tutela alemana y para mostrar que Alemania aún conservaba iniciativa y audacia.
Aunque la propaganda nazi atribuyó casi todo el mérito a Otto Skorzeny y a sus comandos de las SS, la operación fue planificada y dirigida principalmente por el mayor Harald Mors, oficial de los Fallschirmjäger [paracaidistas alemanes], bajo el mando del general Kurt Student. El plan combinaba dos movimientos: una columna terrestre que debía tomar la estación inferior del teleférico en Assergi y un asalto con planeadores DFS 230 contra el hotel en la meseta.
Skorzeny, enviado por Hitler para localizar a Mussolini y garantizar su recuperación, participó en el asalto aéreo junto a un pequeño grupo de hombres de las Waffen-SS. También llevó consigo al general italiano Fernando Soleti, cuya presencia ayudó a paralizar a los guardias italianos y a evitar una sangrienta resistencia en el hotel. La sorpresa fue decisiva: los planeadores aterrizaron junto al Campo Imperatore, los guardias fueron desarmados y Mussolini quedó en manos alemanas sin que se disparara un solo tiro en el hotel.
El relato de Skorzeny, escrito después de la guerra, debe leerse con cautela: es vívido y útil como testimonio de un participante, pero también refuerza la imagen heroica que la propaganda nazi construyó en torno a él. Aun así, conserva la tensión del descenso en planeador y del momento en que los alemanes irrumpieron en el hotel:
Desde el interior de un planeador DFS 230, apenas se veía el paisaje. Su estructura de tubos de acero estaba cubierta únicamente con lona. Nuestra formación ascendió entre densas nubes hasta una altura de 3,500 metros. Un sol brillante entraba por las diminutas ventanillas de plástico y vi que varios de mis compañeros, que ya habían consumido todas sus raciones de emergencia, se sentían ahora muy enfermos.
También pude ver que el rostro del general Soleti, sentado frente a mí, entre mis rodillas, iba adquiriendo poco a poco el tono gris verdoso de su uniforme.
El piloto del avión remolcador Henschel mantenía informado al piloto de nuestro planeador, el teniente Meier-Wehner, jefe de los pilotos de planeador, sobre nuestro progreso. Él, a su vez, me transmitía la posición actual de la formación. De ese modo pude seguir con bastante precisión nuestra trayectoria. Tenía en las manos un mapa detallado que Radl y yo habíamos dibujado a partir de las fotografías tomadas con la cámara de Langguth el 1 de septiembre.
Pensé en las palabras del general Student: “Estoy seguro de que cada uno de ustedes cumplirá con su deber”. Entonces, el teniente Meier-Wehner me dijo que el piloto de nuestro avión remolcador le había informado que el avión guía de Langguth y el planeador número 1 ya no estaban a la vista. Más tarde supe que esos aparatos simplemente habían dado media vuelta y regresado a Pratica di Mare.
Eso significaba que mis grupos de asalto y los de Radl ya no tenían a nadie que les cubriera la retaguardia, y que yo tendría que aterrizar primero si quería llevar a cabo la operación. No sabía que otros dos planeadores detrás de mí también habían desaparecido. Creía que llevaba nueve planeadores detrás, cuando en realidad sólo eran siete. Llamé a Meier-Wehner:
—¡Asumimos el liderazgo!
Y corté con mi cuchillo de paracaidista dos aberturas en la lona del fuselaje.
De esa manera pude orientarme un poco y dar instrucciones a los dos pilotos: primero a Meier-Wehner, quien luego transmitía las órdenes a la “locomotora” que nos arrastraba. Finalmente, vi bajo nosotros la pequeña ciudad de L’Aquila, en los Abruzos, y su reducido aeródromo. Un poco más lejos, en la sinuosa carretera que conducía a la estación inferior del teleférico, apareció la columna de Mors. Acababa de pasar Assergi y arrastraba una densa nube de polvo. Llegaban a tiempo; abajo, todo iba según lo previsto.
Era casi la hora H, las dos de la tarde, y grité:
—¡Abróchense los cascos de acero!
El hotel apareció debajo de nosotros. El teniente Meier-Wehner dio la orden:
—¡Suelten el cable de remolque!
Poco después realizó un giro perfecto sobre la meseta. Entonces me di cuenta que la pradera suavemente inclinada en la que pensábamos aterrizar, tal como nos la había descrito el general Student, era en realidad poco más que una ladera corta, empinada y cubierta de rocas.
Inmediatamente grité:
—¡Aproximación empinada! ¡Aterricen lo más cerca posible del hotel!
Los otros siete planeadores que venían detrás seguramente harían lo mismo. Radl, que informó de nuestra maniobra al piloto del aparato número cuatro, me confesó más tarde que pensó que me había vuelto loco.
A pesar de los paracaídas de frenado, nuestro aparato aterrizó demasiado rápido. Rebotó varias veces y se oyó un estruendo espantoso, pero finalmente se detuvo a unos quince metros de la esquina del hotel. El planeador quedó casi completamente destruido.
A partir de ese momento, todo sucedió muy deprisa. Arma en mano, corrí hacia el hotel tan rápido como pude. Me seguían mis siete camaradas de las Waffen-SS y el teniente Meier. Un centinela asombrado se limitó a mirarnos.
A mi derecha había una puerta. Entré por la fuerza. Un operador de radio trabajaba en su equipo. Le di una patada al taburete y el operador cayó al suelo frente al aparato. Con un golpe de mi metralleta destruí la radio. Más tarde supe que, en ese mismo momento, aquel hombre debía transmitir un informe del general Gueli anunciando que los aviones se aproximaban para aterrizar.
La habitación no tenía otras puertas, así que salimos por la parte posterior del hotel en busca de otra entrada. No había ninguna, sólo una terraza al final del muro. Subí a los hombros del Scharführer Himmel. Trepé y me encontré, de pronto, frente a la fachada principal del hotel. Seguí corriendo y, de repente, vi el inconfundible perfil de Mussolini en el marco de una ventana.
—¡Duce, aléjese de la ventana! —grité con todas mis fuerzas.
Frente a la entrada principal del hotel había dos ametralladoras. Las apartamos a patadas y obligamos a los artilleros italianos a retirarse. Detrás de mí alguien gritó:
—¡Mani in alto!
Me abrí paso entre los carabineros agrupados frente a la entrada, empujando contra la corriente y sin demasiados miramientos. Había visto al Duce en el segundo piso, a la derecha. Unas escaleras conducían hacia arriba. Corrí hacia ellas, subiendo los escalones de tres en tres.
A la derecha había un pasillo y una segunda puerta. Allí estaban el Duce y, con él, dos oficiales italianos y una persona vestida de civil. El Untersturmführer Schwerdt los condujo al vestíbulo. El Unterscharführer Holzer y Benzer aparecieron por la ventana: habían trepado por la fachada utilizando el pararrayos. El Duce estaba ahora en nuestras manos y bajo nuestra protección.
Toda la acción se desarrolló en apenas cuatro minutos y sin que se disparara un solo tiro.
Si deseas saber más, busca el título My Commando Operations: The Memoirs of Hitler’s Most Daring Commando [Mis operaciones de comando: las memorias del comando más audaz de Hitler], de Otto Skorzeny.
La incursión de Gran Sasso fue una victoria propagandística para Hitler. Las fotografías de Skorzeny junto a Mussolini permitieron presentar la operación como una hazaña de las SS, aunque el mando real del rescate recayó en gran medida en el mayor Harald Mors y en los paracaidistas de la Luftwaffe. El mito de Skorzeny nació allí, en parte por su presencia en el momento decisivo y en parte porque la propaganda alemana necesitaba una imagen heroica tras el derrumbe italiano.
Mussolini, sin embargo, no regresó al poder real que había ejercido antes del 25 de julio. Tras su liberación fue llevado ante Hitler y, pocos días después, quedó al frente de la República Social Italiana, conocida como la República de Salò, un régimen fascista dependiente de Alemania en el norte de Italia. La liberación de Gran Sasso no restauró la Italia fascista: sólo permitió a Hitler conservar una figura política útil para legitimar la ocupación alemana y la continuación de la guerra en la península.

Planeadores DFS 230 alemanes aterrizados en la ladera junto al Hotel Campo Imperatore, en Gran Sasso, durante la Operación Roble.

El planeador en el que llegó Skorzeny aterrizó muy cerca del hotel y quedó severamente dañado por la brusca toma de tierra en la ladera rocosa.

Mussolini, en el centro, es escoltado hacia el avión que lo sacaría de Gran Sasso después de su liberación. A su izquierda aparece Otto Skorzeny, cuya presencia en las fotografías contribuyó a convertirlo en el rostro propagandístico de la operación.

El Fieseler Fi 156 Storch utilizado para sacar a Mussolini del Gran Sasso. El despegue desde la meseta fue especialmente arriesgado por la altitud, el terreno irregular y el peso adicional de los pasajeros.

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