El Duce cae en Villa Savoia

Benito Mussolini en Libia, blandiendo la llamada “Espada del Islam”, símbolo propagandístico de sus ambiciones imperiales. Para julio de 1943, aquel lenguaje de poder quedaba muy lejos: Sicilia estaba invadida y el régimen fascista comenzaba a quebrarse desde dentro.
Días antes, Hitler había viajado al norte de Italia para reunirse con Mussolini en Feltre. Intentó fortalecer la determinación italiana y convencer al Duce de continuar la guerra junto a Alemania. Fue una reunión profundamente desigual: Hitler habló largamente, casi como si pronunciara un sermón, mientras Mussolini permanecía inusualmente callado. Sabía que el apoyo a la guerra se estaba derrumbando en Italia, pero ese no era un argumento que tuviera peso ante Hitler.
Los desembarcos aliados en Sicilia habían cambiado la guerra italiana de lugar. Ya no se trataba solo de una campaña lejana en África, ni de ciudades bombardeadas, ni de convoyes perdidos en el Mediterráneo. La guerra estaba entrando en territorio italiano, y con ella se quebraba la confianza que el fascismo había exigido durante más de veinte años.
En Roma, esa crisis militar se convirtió en crisis política. En la noche del 24 al 25 de julio, el Gran Consejo Fascista aprobó el Orden del día de Dino Grandi, una moción que, sin decirlo en términos simples, retiraba a Mussolini el control efectivo de la guerra y devolvía al rey la iniciativa del mando. Para el Duce, acostumbrado a confundir el Estado con su persona, aquello podía parecer aún una maniobra interna. Para Víctor Manuel III, era la oportunidad de actuar.
La escena decisiva no ocurrió ante una multitud ni en el balcón de Palazzo Venezia, sino en Villa Savoia. Mussolini acudió a ver al rey convencido de que aún podía explicar, contener o revertir lo sucedido durante la noche. Salió de allí destituido, sin su coche y bajo custodia.
Pietro Badoglio, llamado por el rey para formar el nuevo gobierno, reconstruyó años después ese momento en sus memorias. Su relato debe leerse como una memoria posterior, escrita desde su propia posición política; aun así, conserva una escena fundamental del derrumbe del poder fascista:
El rey estaba muy tranquilo y me dijo enseguida lo que había sucedido. Lo que dijo me causó una impresión tan profunda que puedo repetirlo casi palabra por palabra.
Esta mañana Mussolini me pidió una entrevista, que fijé para esta tarde, a las cuatro, en esta villa. Cuando llegó, Mussolini me dijo que se había reunido el Gran Consejo Fascista y que este había aprobado un voto de censura contra él, pero que creía que esa resolución no era procedente. Yo le respondí de inmediato que no estaba de acuerdo con él; el Gran Consejo era un órgano del Estado que él mismo había creado mediante una ley aprobada por la Cámara y el Senado; por tanto, toda decisión del Gran Consejo era válida.
—Entonces, según Su Majestad, debería presentar mi dimisión —dijo, con considerable violencia.
—Sí —respondí, y le dije que aceptaba de inmediato su dimisión.
Su Majestad añadió: "Cuando oyó esto, Mussolini se desplomó como si hubiera recibido un golpe en el corazón".
—Entonces mi ruina es completa —murmuró con voz ronca.
Después de despedirse de Su Majestad, Mussolini salió y, al no ver su coche, preguntó a un oficial dónde estaba.
—Está a la sombra, al lado de la villa —respondió el oficial.
Mussolini se dirigió al lugar indicado cuando, de pronto, se encontró rodeado por la policía secreta, que le pidió que subiera a una ambulancia motorizada situada a poca distancia.
—¿No puedo usar mi coche? —preguntó—. ¿Y adónde me llevan?
—A un lugar donde estará usted completamente seguro —respondió el oficial.
Sin decir nada más, Mussolini subió a la ambulancia motorizada y fue trasladado a un cuartel de los carabinieri.
Entonces el rey me pidió que me convirtiera en jefe del Gobierno. Yo sabía que el país confiaba en mí, que Su Majestad se vería en una situación embarazosa si me negaba, y que mi negativa complicaría aún más una situación que exigía acción inmediata.
Dejé a un lado todas las consideraciones personales y afronté la terrible responsabilidad que asumía. Respondí:
—Soy muy consciente de mi falta de experiencia política; nunca he tomado parte en la política, pero comprendo las necesidades urgentes del momento y acepto. En cuanto a mis colegas en el ministerio, tengo aquí una lista de los políticos que han prometido colaborar y de los partidos que representan.
Le leí a Su Majestad los nombres de Bonomi como ministro del Interior, de Casati como ministro de Educación, de Soleri, de Bergamini, de Einaudi y de otros.
El rey se opuso por completo a este plan. Dijo que yo tendría que actuar con gran rapidez y energía, tanto en el interior como en nuestras relaciones con los alemanes, y que no debía estar rodeado de políticos.
—Debe usted tener un ministerio de expertos —añadió— que ejecuten sus órdenes con eficacia.
—Pero, como resultado —dije—, quedaré completamente aislado de la opinión pública y no tendré contacto con el sentir del país.
—No —dijo el rey—, todo el país está con usted y lo seguirá. Estoy seguro de que sus amigos políticos lo apoyarán aunque no estén en el ministerio. Aquí hay una lista de los nuevos ministros; todos son funcionarios experimentados y capaces, con quienes podrá trabajar.
Así que, como el rey estaba decidido a imponer su criterio, terminé aceptando.
Se decidió que, en vista de nuestra posición precaria, no era posible anunciar que Italia pediría la paz. Un paso semejante habría provocado sin duda una reacción alemana inmediata y violenta, que el Gobierno —todavía inexistente— no habría podido afrontar.
El rey me mostró dos proclamas ya impresas, que él y yo, como jefe del Gobierno, publicaríamos. Más tarde supe que el señor Orlando había ayudado a redactar esas proclamas, en las que se anunciaba que la guerra continuaría.
En cuanto terminó esto, volví a mi casa, donde una multitud enorme y delirante me dificultó la entrada.
A las dos de la mañana me llamaron al Ministerio de Guerra, donde se había producido una crisis. El general Galbiati, jefe de Estado Mayor de la Milicia Fascista, al parecer había decidido resistir. Pero mi orden terminante de ponerse bajo el mando de mi amigo de confianza, el general Armellini, a quien yo había nombrado para mandar la Milicia, produjo el efecto deseado. Galbiati dimitió y no emprendió ninguna acción.
Escribí enseguida a Mussolini para asegurarle que no tenía nada que temer por su seguridad personal, que su arresto y confinamiento habían sido necesarios para salvarlo de la furia del pueblo, que de otro modo casi con seguridad lo habría atacado. Mussolini me envió un trozo de papel con un mensaje que había dictado al oficial que llevó mi carta, y que firmó. En él declaraba que estaba muy complacido de que hubiéramos decidido seguir combatiendo, y me agradecía calurosamente que hubiera garantizado su seguridad.
Multitudes jubilosas desfilaron por las calles de Roma durante toda la noche. Hubo disparos esporádicos y muchas sedes fascistas fueron atacadas y saqueadas.
Así terminó este día histórico.
Si deseas saber más, lee Italy in the Second World War: Memories and Documents [Italia en la Segunda Guerra Mundial: memorias y documentos], de Pietro Badoglio.
La caída de Mussolini no fue anunciada al país como una ruptura completa con la guerra. La monarquía y el nuevo gobierno buscaron ganar tiempo, evitar una reacción inmediata alemana y mantener, al menos en la superficie, la continuidad del Estado. Por eso, la palabra que los italianos escucharon aquella noche no fue “paz”, sino otra mucho más ambigua. La proclama de Badoglio lo decía así:
¡Italianos!
Por orden de Su Majestad el Rey y Emperador, asumo el gobierno militar del país con plenos poderes.
La guerra continúa.
Italia, gravemente castigada en sus provincias invadidas y en sus ciudades destruidas, se mantiene fiel a su palabra, protegiendo celosamente sus tradiciones ancestrales.
Unámonos en torno a Su Majestad el Rey y Emperador, imagen viva de la Patria, ejemplo para todos.
La instrucción recibida es clara y precisa: se cumplirá escrupulosamente, y quien se engañe pensando que puede obstaculizar su curso normal o intente perturbar el orden público será castigado inexorablemente.
¡Viva Italia! ¡Viva el Rey!
Firmado: Mariscal de Italia Pietro Badoglio.
Si deseas saber más, visita ANPI, sección “25 luglio 1943: i tre proclami”.
En unas horas, Italia había cambiado de jefe, pero no de guerra todavía. Mussolini estaba detenido, el fascismo parecía desplomarse en las calles y, sin embargo, el nuevo gobierno hablaba todavía en el lenguaje del deber militar, la obediencia y el orden público. La noche dejó una imagen contradictoria: Roma celebraba, Badoglio calculaba, el rey recuperaba el mando y Alemania escuchaba.
La caída del Duce no cerraba la crisis italiana. La abría.

“Orden del día” firmado de puño y letra por Dino Grandi para el Gran Consejo del Fascismo del 24 de julio de 1943 (detalle).

El mariscal Pietro Badoglio, nombrado jefe del Gobierno tras la destitución de Mussolini. Su primer mensaje público mantuvo la continuidad formal de la guerra, mientras el nuevo poder intentaba evitar una reacción inmediata alemana.

Víctor Manuel III, rey de Italia. En Villa Savoia, su decisión cerró la etapa de Mussolini como jefe del Gobierno y entregó el poder a Badoglio.

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