El Spitfire herido vuelve de Francia
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Spitfire F Mk XII, MB882 “EB-B”, del Escuadrón N.º 41 de la RAF, con base en Friston, Sussex, en vuelo sobre Eastbourne. El Mk XII combinaba el motor Rolls-Royce Griffon con alas recortadas, una configuración diseñada para mejorar el rendimiento a baja altitud. (Imperial War Museums, CH 12752 / fotógrafo oficial de la RAF).
El 23 de julio de 1943, mientras la campaña de Sicilia seguía desgastando a las fuerzas del Eje en el Mediterráneo, la guerra aérea sobre Europa occidental mantenía su propio ritmo. Desde los aeródromos del sur de Inglaterra, los cazas de la RAF cruzaban el Canal en misiones que a veces apenas dejaban rastro en los comunicados: escoltas, barridos ofensivos, reconocimientos, ataques contra blancos de oportunidad y salidas de bajo nivel sobre la Francia ocupada.
No todas esas operaciones tenían el peso visible de una gran incursión de bombarderos. Algunas eran breves, peligrosas y casi anónimas. Dos o cuatro cazas podían entrar sobre la costa, rozar caminos, depósitos, estaciones, vehículos o instalaciones menores, y regresar antes de que la artillería antiaérea alemana o los cazas enemigos lograran reaccionar. En la jerga de la RAF, una de esas salidas recibía el nombre de “rhubarb”: “ruibarbo”, una palabra ligera para una misión que podía volverse mortal en cuestión de segundos.
El Escuadrón N.º 41 volaba entonces el Spitfire Mk XII, una variante equipada con el motor Griffon y diseñada para el combate a baja altitud. Sus alas recortadas le daban una respuesta más rápida y lo hacían adecuado para ese tipo de guerra sobre el Canal: entrar bajo, golpear rápido, volver antes de que el cielo y la costa se cerraran sobre el piloto.
Aquel día, la sección verde del escuadrón recibió la orden de atacar Epreville. En el parte operativo, la salida quedó registrada en unas pocas líneas. En la memoria de Peter Graham, sin embargo, el episodio conservó otra escala: no la de un movimiento en una tabla mecanografiada, sino la de un estallido dentro de la cabina, un brazo que deja de obedecer, instrumentos desquiciados y el esfuerzo de regresar a Inglaterra con un avión herido.
Graham volaba con Joe Birbeck. La misión había empezado como tantas otras: una entrada sobre Francia, un blanco menor, el regreso hacia el Canal. El peligro apareció precisamente cuando parecía que la parte más arriesgada ya quedaba atrás:
Joe Birbeck y yo habíamos estado recorriendo Francia durante unos veinte minutos y no habíamos atacado más que una torre de agua indefensa. Ya era hora de volver a casa, así que pusimos rumbo norte, saliendo de Francia cerca de St. Valery, zigzagueando de un lado a otro, como habíamos estado haciendo durante la mayor parte del tiempo. La teoría, por supuesto, era que ningún artillero antiaéreo podría reaccionar lo suficientemente rápido como para acertarnos.
Esta vez no resultó así: cuando cruzamos la costa, hubo una explosión tremenda y todo cambió. Después del rugido y el estrépito del último cuarto de hora, de pronto hubo un silencio absoluto. Había cristales por todas partes, salvo en el panel de instrumentos, donde se suponía que debían estar. Mi brazo derecho no obedecía mis órdenes, sino que colgaba a mi costado. Casi todos los marcadores, indicadores e instrumentos frente a mí se habían vuelto locos.
No se oía ni un chirrido de la radio, ni un murmullo del motor, ni el ruido del viento: solo silencio absoluto y, a mi alrededor, caos total. Estaba sordo como una tapia.
No me detuve conscientemente a contar mis bendiciones en aquel momento, pero eran muchas y maravillosas. Para empezar, seguía en el aire, no en el mar; evidentemente el motor seguía funcionando y todos los mandos respondían. Era bastante fácil volar con una sola mano, ya que ambos pies estaban bien. Más tarde descubriría que, si el proyectil que me alcanzó hubiera entrado una pulgada más arriba o más abajo, habría cortado algunos de los cables vitales que iban al timón y a los elevadores.
Lo más vital de todo, en mi mente, después de la explosión, era que Joe estaba justo delante de mí y a mi derecha, evidentemente bien y capaz de guiarme de regreso a casa. El único instrumento que funcionaba correctamente era el indicador de velocidad aerodinámica.
Debí de recibir el impacto directo de un proyectil antiaéreo de cuarenta milímetros, que estalló contra la placa blindada detrás de mi cabeza. Dos o tres pulgadas más adelante y me habría volado la cabeza. Ahora volaba con bastante comodidad, simplemente manteniendo la formación con mi Número Uno, hasta que regresamos a Westhampnett.
Nunca lo comprobé, pero tenía la impresión de que él era muy consciente de la gravedad de mi problema. Aterrizó primero, rodeó el aeródromo y no vio ninguna señal del carro de accidentes ni de una ambulancia abajo. Eso me preocupó un poco, porque no sabía cómo bajar el tren de aterrizaje, si ya lo había bajado o si había quedado bloqueado.
No me gustaba la idea de aterrizar con el tren arriba, pero probablemente debía al menos considerarla seriamente; o bien volar hasta Tangmere para tomar tierra en una estación muy grande, con todas las instalaciones.
Al final sobrevolé mi aeródromo un par de veces, agitando las alas. Luego subí a unos tres mil pies para ejecutar la maniobra bastante difícil de bajar el tren de aterrizaje con la mano izquierda. No era fácil, porque la palanca de mando quedaba a nivel del suelo, en el lado derecho del asiento. Para hacerlo tuve que dejar que el avión volara solo mientras me retorcía y, finalmente, conseguí agarrar y accionar el mando.
Ahora me preguntaba: ¿cómo iba a aterrizar en el espacio disponible sin usar los frenos? Probé en el aire si podía accionar la palanca del freno con la mano izquierda; no podía. En el Spitfire, el mando en cuestión era una palanca escondida en la empuñadura de aro de la palanca de mando para la mano derecha. El truco, entonces, era llegar al límite del campo tan bajo que pudiera posarme casi de inmediato y luego apagar el motor.
Fue entonces cuando agradecí enormemente seguir teniendo un indicador de velocidad aerodinámica que funcionaba, porque así podría cruzar el límite justo por encima de la velocidad de pérdida y aterrizar como lo había planeado. De hecho, el aterrizaje tenía tan buen aspecto que no apagué el motor. Mi Spit se comportó magníficamente y se detuvo justo antes del límite opuesto del campo. Di la vuelta y empecé a rodar hacia nuestra zona de dispersión.
De pronto, con gran alivio, me di cuenta de que escuchaba perfectamente. Supongo que el sonido había ido volviendo gradualmente durante los últimos diez minutos, más o menos. Entonces miré mi brazo derecho inerte y recibí un golpe. La sangre brotaba por la parte superior de mi guante de vuelo. Al mismo tiempo, alguien estaba abriendo la cubierta de la cabina y gritó:
—¡Traigan la ambulancia! —y me desmayé de inmediato.
Si deseas saber más, busca el título Skypilot: Memoirs from Take-off to Landing [Piloto del cielo: Memorias desde el despegue hasta el aterrizaje], de Peter Graham.
El parte operativo del escuadrón convirtió aquella misma escena en una anotación breve. La memoria de Graham conservó la explosión, el silencio, el brazo inútil y el aterrizaje con una sola mano; el documento oficial registró el episodio con el lenguaje seco de una unidad aérea que, al día siguiente, tendría que seguir volando:
23.7.43
Se ordenó a la Sección Verde realizar un ataque contra Epreville. La costa francesa fue cruzada a ras del suelo, sin encontrar oposición. En Epreville se vio un campamento enemigo de barracones, que el P/O Birbeck atacó. Al volver a cruzar la costa francesa, cinco millas al este de Valery, se encontró flak ligera. El sargento Graham resultó levemente herido en el brazo derecho, pero aterrizó con seguridad en Westhampnett.
Si deseas saber más, consulta The National Archives, Operations Record Book del Escuadrón N.º 41 de la RAF, referencia AIR 27/425/62.
La diferencia entre ambas voces sostiene el episodio. Para el escuadrón, fue una salida “Rhubarb Green” más en el registro de julio: despegue, ataque, flak, herida leve, aterrizaje seguro. Para Graham, fue el instante en que la rutina de bajo nivel sobre Francia se abrió dentro de la cabina y dejó al piloto solo con lo esencial: el avión todavía en el aire, un compañero delante, un indicador de velocidad que aún funcionaba y la pista de Westhampnett al otro lado del agua.
La guerra aérea sobre el Canal también se hizo de escenas así. No siempre con derribos, grandes formaciones ni titulares. A veces bastaba una torre de agua, una batería antiaérea y un Spitfire que regresaba con el piloto herido para recordar que ninguna salida era menor cuando el mar quedaba debajo y el avión todavía tenía que volver.

Dos Spitfire Mk XII del Escuadrón n.º 41 de la RAF, fotografiados el 12 de abril de 1944. La imagen muestra el tipo de caza empleado por el escuadrón en sus operaciones de baja altitud sobre el Canal y la costa francesa. (Imperial War Museums, CH 12757 / fotógrafo oficial de la RAF).

Peter Graham, piloto de Spitfire y autor de Skypilot: Memoirs from Take-off to Landing. Más adelante en la guerra fue hecho prisionero y estuvo en Stalag Luft I.

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