La defensa se endurece en Smolensk

Despliegue de un destacamento partisano en la región de Smolensk. La escena sitúa el trasfondo de ocupación, guerrilla y movimientos de población en una zona donde la retaguardia alemana también estaba bajo presión.
A comienzos de agosto de 1943, el Ejército Rojo amplió su ofensiva hacia el sector central del Frente Oriental. El 7 de agosto comenzó la ofensiva de Smolensk, denominada Operación Suvórov, en la que el Frente Occidental y el Frente Kalinin recibieron la misión de atacar hacia Yártsevo, Smolensk y Roslavl. Moscú le dio una enorme importancia a esta operación: Stalin incluso realizó en agosto una de sus rarísimas visitas a una zona de frente, en el sector del Frente Occidental.
La operación fue ejecutada por el Frente Occidental de Vasili Sokolovski y el Frente Kalinin de Andréi Yeriómenko, con representantes de la Stavka, entre ellos el mariscal de artillería Nikolái Voronov, quienes participaron en la coordinación y evaluación de la ofensiva. A pesar de comprometer grandes fuerzas, incluidas la artillería, la aviación del 1.º Ejército Aéreo y formaciones blindadas, el primer golpe soviético encontró una resistencia alemana extremadamente dura. En el sector inicial de ataque, los ejércitos soviéticos comprometidos apenas lograron avanzar unos cuatro kilómetros el primer día.
El 8 de agosto, en el área de Spas-Demensk, se abrió una brecha limitada en la línea principal alemana. Los soviéticos introdujeron el 5.º Cuerpo Mecanizado, equipado en parte con tanques británicos Valentine, para explotar la brecha, mientras nuevas fuerzas eran empujadas hacia el sector. Sin embargo, la resistencia alemana fue feroz y los ataques de la Luftwaffe castigaron duramente a las unidades mecanizadas soviéticas. Aun así, la presión continuó hasta que, el 13 de agosto, las tropas soviéticas liberaron Spas-Demensk.
Ese mismo día, 13 de agosto, comenzó la ofensiva del Frente Kalinin en dirección a Dukhovshchina-Demidov, contra los flancos del 4.º Ejército y del 3.º Ejército Panzer alemanes. La voluntad defensiva de las tropas alemanas seguía siendo fuerte y los ejércitos soviéticos atacantes pagaron caro cada metro de terreno. A pesar de su superioridad numérica, sólo lograron avances limitados, de apenas unos kilómetros en los primeros días.
Hacia mediados de agosto, la ofensiva soviética en el sector de Smolensk se había estabilizado. Moscú ordenó una pausa operativa para reagrupar a los ejércitos, reabastecerlos y reforzarlos con armamento y equipo antes de retomar el ataque. Los defensores alemanes, sin embargo, aprovecharon también ese respiro para reorganizar sus propias líneas.
Para los alemanes, la situación no era alentadora. Aunque todavía podían contener los ataques soviéticos en muchos sectores, cada nueva ofensiva del Ejército Rojo revelaba la misma realidad: Alemania ya no dictaba el curso de la guerra en el Este, sino que intentaba sostener, con fuerzas cada vez más tensas, un frente que se alargaba y se desgastaba sin cesar. Rudolf Halbey, un estudiante de medicina alemán, escribió a casa:
Frente Oriental, 13 de agosto de 1943
Con una rebanada de pan con mostaza, un cabo de vela y mucho cansancio, estoy sentado junto al teléfono. A mi alrededor, en el espacio más cercano: lápices, una lata de conserva usada como cenicero, cerillos, un tubo de pasta de hígado de bacalao, una caja de bengalas, una novela de treinta pfennigs ya muy manoseada, una botella vacía de agua mineral y dos granadas de mano.
Frente a mí, en la oscuridad, yace nuestro teniente primero y duerme. También duermen los camaradas. Están ahí tendidos como montones sin forma, con la cabeza bajo la manta y las piernas encogidas. Algunos roncan y gimen. Por los cristales rotos de las ventanas y por las rendijas de las vigas se desliza hacia el búnker el frío húmedo de la mañana. Apenas empieza a clarear.
El reloj marca las cuatro menos seis minutos. Dentro y fuera reina la calma. Incluso las ratas están quietas. Pienso si debería encenderme todavía un cigarro; sería el cuarto de esta noche. Pero no quiero exagerar, sobre todo porque desde hace ya bastante tiempo tengo una tos que espero no se vuelva crónica. Aquí uno se vuelve tan indiferente hacia su propio cuerpo. ¿Qué importa lo que nos ocurra a nosotros, pequeños ilotas, esclavos de remo en el vientre de la galera…?
Si deseas saber más, busca el título Kriegsbriefe gefallener Studenten, 1939-1945 [Cartas de estudiantes caídos, 1939–1945], editado por Walter Bähr y Hans W. Bähr, en colaboración con Hermann J. Meyer y Eberhard Orthbandt.
La carta se detiene en esa pregunta, antes de que el amanecer convierta la quietud del búnker en otra jornada de órdenes, llamadas, artillería y espera. Halbey no mira la ofensiva desde la distancia de un cuartel general, sino desde el interior de una posición estrecha, entre frío, sueño, tos y objetos mínimos. La guerra aparece ahí no como una operación de ejércitos y fechas, sino como una forma de desgaste que entra en el cuerpo y lo vuelve secundario.
Ese 13 de agosto, el Ejército Rojo podía señalar Spas-Demensk como un punto recuperado y ejercer nueva presión sobre Dukhovshchina y Demidov. Pero el avance hacia el oeste seguía chocando contra una defensa alemana disciplinada y peligrosa. La iniciativa ya no pertenecía al Reich; el precio de arrebatarle cada tramo de terreno, sin embargo, seguía pagándose metro a metro.

Un búnker alemán destruido, con impactos de proyectiles en su revestimiento de acero. La imagen ilustra el tipo de posición fortificada que el Ejército Rojo encontraba en el Frente Oriental durante las ofensivas de 1943.

Obstáculos antitanque alemanes desplegados en un bosque cerca de Smolensk. La fotografía sitúa el carácter preparado y escalonado de las defensas que ralentizaban el avance soviético.

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