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Los estudiantes desafían al Gauleiter en Múnich

Paul Giesler durante una ceremonia conmemorativa celebrada en Múnich en enero de 1944. Un año antes, como Gauleiter de Múnich-Alta Baviera, había pronunciado ante los estudiantes el discurso que desencadenó la protesta del Deutsches Museum. (Bundesarchiv, Bild 183-J16543 / CC BY-SA 3.0 DE.)

El 13 de enero de 1943, la Liga Nacionalsocialista Alemana de Estudiantes reunió a los estudiantes de Múnich en el gran salón de actos del Deutsches Museum. El acto, celebrado con motivo del 470.º aniversario de la universidad, daba inicio a la Semana Universitaria de Múnich.

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La guerra se hacía visible también entre los asistentes. Había numerosos estudiantes del frente, muchos todavía con el uniforme gris, mientras las estudiantes ocupaban las galerías. Para unos y otras, además, la asistencia no era simplemente una invitación.

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Debían acreditar su presencia mediante un sello en su documentación universitaria, bajo la amenaza de no poder matricularse en una universidad alemana durante el semestre siguiente. Ante aquella audiencia debía hablar Paul Giesler, Gauleiter de Múnich-Alta Baviera.

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Walter Steffen estaba entre quienes acudieron al Deutsches Museum aquella noche. A la mañana siguiente, con lo ocurrido todavía reciente, escribió a su prometida, Annemarie Knobeloch:

Hoy estoy en un estado de entusiasmo. ¡Imagínate: el estudiante, al que por todas partes se daba ya por muerto y enterrado desde hacía tiempo, todavía vive! Ayer por la noche, al menos, experimentó una gloriosa, aunque por desgracia solo pasajera, resurrección.

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Con motivo de la celebración de los 470 años de existencia de la Universidad de Múnich se está celebrando actualmente una semana estudiantil, que comenzó ayer con los discursos del jefe estudiantil del Gau y del Gauleiter ante los estudiantes de Múnich en el salón de actos del Deutsches Museum.

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Ambos discursos, por lo que respecta a los oyentes —en su mayor parte estudiantes con uniforme gris—, estuvieron caracterizados por tempestades de aplausos en los lugares más inoportunos —desde el punto de vista de los oradores— y por un silencio helado en aquellos pasajes en los que se esperaba que los aplausos proporcionaran la transición al punto siguiente.

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Sobre todo, las estudiantes fueron atacadas de la manera más ruin. Que cada vez haya más mujeres estudiando es, en efecto, un problema candente. Pero ante un público académico no se puede tratar de esa forma grosera e insultante para todo el estudiantado. Muchas de las estudiantes presentes abandonaron espontáneamente las galerías y organizaron en los corredores una manifestación de protesta, pateando el suelo y golpeando las puertas, de modo que el Gauleiter tuvo incluso que interrumpir su discurso.​

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Sin embargo, todo habría terminado bien si, al concluir el acto, no hubieran estado ocupadas todas las salidas, sin dejar pasar a ninguna estudiante. Todas tuvieron que regresar otra vez al salón, donde se pretendía identificar a quienes habían protestado. El descontento fue creciendo lentamente. Y cuando un hombre del Partido volvió a empujar con bastante brusquedad a una estudiante, ya no hubo forma de contener aquello. Todo el resentimiento acumulado desde hacía tiempo se descargó en un único rugido de furia y las salidas fueron tomadas por asalto. Tampoco la policía, alertada inmediatamente, pudo hacer nada: fue arrastrada por la multitud.

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En la plaza abierta delante del Deutsches Museum nos reunimos cientos de estudiantes, unidos en la resistencia contra aquella afrenta que nos concernía a todos. Aunque la libertad académica llevaba mucho tiempo siendo solo una palabra vacía, no queríamos permitir que nuestras prometidas, hermanas y compañeras fueran tratadas como prisioneras. El griterío, alimentado por cientos de fuertes gargantas masculinas, adquirió proporciones infernales. Un coro seguía a otro: “¡Queremos que nos devuelvan a nuestras mujeres!” o “¡Sauerwein, déjanos entrar!”, etc.

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Entre tanto se cantaba la “Alte Burschenherrlichkeit”… O quae mutatio rerum… En conjunto, fue un motín que ya no habría creído posible de aquella forma y que recordaba a los “tiempos de lucha”, de feliz memoria. Que aquella contramanifestación no estuviera completamente libre de peligro para ninguno de nosotros no hacía sino aumentar su atractivo.

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Mientras tanto, habían cerrado todas las salidas salvo una puerta lateral. Después de un breve cambio de posición, nos reunimos allí y formamos un amplio cordón desde el Deutsches Museum hasta bien entrada la Ludwigsbrücke. Esperamos impacientes la reaparición de nuestras mujeres, que eran recibidas una por una con estruendosos saludos. Pero no todas regresaron. Varias de las que habían reconocido haber interrumpido el discurso del Gauleiter fueron retenidas y, según los rumores que circulaban, debían permanecer en el refugio antiaéreo.

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Ya corría el rumor de que las SS de Dachau estaban en camino cuando, de repente —tutú, tutú—, la unidad policial de intervención irrumpió entre la multitud. Nos dispersamos rápidamente por las calles vecinas, pero volvimos a reunirnos para una marcha de protesta hasta Marienplatz, donde finalmente nos disolvimos y seguimos celebrando aquel acontecimiento “alentador” en círculos privados.

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Hoy en Múnich no se habla de otra cosa que de que, por una vez, los estudiantes dijeron claramente lo que pensaban, mientras la prensa escribe sobre “manifestaciones entusiastas” y un “digno comienzo” de la Semana Universitaria de Múnich. ¡Digno, en efecto!

Si deseas saber más, consulta Quellen zur »Weissen Rose« im Jahr 1943: Mittwoch, 13. Januar, edición crítica de Martin Kalusche, documento N01, con la carta de Walter Steffen a Annemarie Knobeloch del 14 de enero de 1943.

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Mientras centenares de estudiantes reclamaban fuera del edificio la liberación de sus compañeras, algunas de las mujeres que habían abandonado las galerías continuaban retenidas dentro. Una de ellas, Philomena Sauermann, recordaría años después aquella noche desde el otro lado de las puertas:

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El “preludio” comenzó con aquella noche en el gran salón de actos del Deutsches Museum en honor del Gauleiter Paul Giesler. La dirección estudiantil nos obligó a participar porque, de lo contrario, no se nos habría permitido matricularnos de nuevo en el semestre siguiente. A la entrada debíamos recibir un sello en nuestro libro de estudios.

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Como mis dos amigas y yo llegamos muy tarde —habíamos protestado en voz bastante alta en el tranvía contra aquella obligación—, ya no pudimos llegar al guardarropa para dejar los abrigos ni para obtener el sello. Era miércoles, 13 de enero de 1943. Nos apresuramos entonces hacia el primer piso, que nos había sido asignado a las estudiantes, mientras los hombres estaban sentados abajo.

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El acto comenzó con música de la orquesta estudiantil y los saludos habituales. Cuando habló el propio Gauleiter, levantó de pronto la mirada hacia nosotras y dijo —en esencia, entre otras cosas— que las estudiantes acudían en tan gran número a la universidad para eludir el servicio de guerra y también para encontrar marido. Aquello nos indignó profundamente. Nosotras estudiábamos con un gran sentido del deber y siempre habíamos cumplido durante las vacaciones al menos cuatro semanas de servicio —yo en una escuela primaria, en una enorme cocina colectiva para trabajadores de armamento y en un depósito del Ejército, primero limpiando máscaras antigás procedentes del frente y después en la oficina—.

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Como aquel alto dignatario había herido e insultado nuestro honor públicamente, abandoné el salón junto con otras —yo estaba muy cerca de una puerta— después de que primero hubiéramos manifestado enérgicamente nuestra desaprobación golpeando el suelo con los pies. Reinaba una agitación extraordinaria en el salón y, después, entre nosotras, en el corredor. Enseguida, las otras “muchachas” se agruparon a mi alrededor, preguntándose qué debíamos hacer. Cuando de pronto aparecieron varios hombres jóvenes de civil, les susurré a las demás que aquello era la Gestapo y que lo mejor sería regresar tranquilamente a nuestros lugares, porque estábamos en nuestro derecho.

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El acto llegó a su fin. Los hombres tuvieron que abandonar rápidamente el edificio, pero nosotras, las estudiantes, fuimos retenidas por hombres de civil y policías y conducidas al salón de actos de la planta baja. Allí reinaba una gran agitación. Los dirigentes estudiantiles exigieron que quienes habíamos abandonado el salón nos presentáramos de inmediato. Después de algunas idas y venidas, el principal dirigente estudiantil finalmente prometió que, si nos presentábamos voluntariamente, no recibiríamos ningún castigo. Entonces nos levantamos las “culpables”; creo que éramos 23. Tuvimos que pasar al frente y dar explicaciones ante todos los presentes. Expusimos nuestras razones, todas coincidían y nadie pudo negar nada de lo que decíamos; por un momento pareció reinar cierta perplejidad.

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Después obligaron a todos los demás a abandonar el edificio. A nosotras volvieron a interrogarnos. Llegaron agentes de la Gestapo y nos quitaron la identificación estudiantil, con la observación de que habíamos perdido nuestros derechos como miembros de la comunidad académica. De repente escuchamos fuertes gritos fuera. Los estudiantes expresaban su apoyo con coros; uno decía: “¡Queremos que nos devuelvan a nuestras mujeres!”. Eso nos dio valor.

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Serían aproximadamente las once cuando hubo una prealarma aérea. Tuvimos que bajar al sótano, colocarnos en fila, permanecer firmes y escuchar en silencio cómo nos insultaban. Poco después, terminó la alarma y nos ordenaron subir y entrar en el vehículo que estaba preparado: era el llamado “Zeiserlwagen”, que nos llevó a la sede de la Gestapo en Múnich, el Wittelsbacher Palais.

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Primero tuvimos que permanecer de pie en una habitación, bajo vigilancia y siempre en estricto silencio. Después fueron llamándonos una por una para interrogatorios individuales. Sobre la mesa del funcionario estaba la identificación estudiantil. Nos sentábamos en una silla y comenzaba un verdadero interrogatorio cruzado. Querían demostrar a toda costa que todo aquello había sido organizado y que se trataba de un complot consciente contra el Gauleiter y, por tanto, contra el Estado nacionalsocialista.

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Fui liberada con el primer grupo —creo que éramos cuatro—. En la puerta, un funcionario nos dijo:

 

—Ahora tenemos sus nombres. Si mañana estalla una revolución en Múnich, responderán con sus cabezas.

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Después, cada una emprendió el camino a casa a través de la ciudad oscurecida, completamente negra. Yo vivía en Schwabing. No llegué hasta la una y media de la madrugada.

Si deseas saber más, consulta Quellen zur »Weissen Rose« im Jahr 1943: Mittwoch, 13. Januar, edición crítica de Martin Kalusche, documento N04, con el relato autobiográfico posterior In meiner Studienzeit, de Philomena Sauermann.

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Al día siguiente, la versión impresa fue otra. El Münchner Neueste Nachrichten presentó la concentración como un “digno comienzo” de la Semana Universitaria y afirmó que las palabras de Giesler habían encontrado una “viva acogida”. La protesta no aparecía en aquel relato.

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Lo ocurrido el día 13, sin embargo, no desapareció con la versión impresa. Semanas después, ya detenido e interrogado por la Gestapo, Kurt Huber tuvo que explicar qué había significado para él aquella concentración.

El impulso decisivo para un cambio completo de mi actitud me lo dio la convocatoria de la asamblea estudiantil por el Gauleiter Giesler en el salón de congresos del Deutsches Museum.

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Consideré absolutamente inadmisible aquel procedimiento contra los estudiantes alemanes procedentes del frente: se les exigía obtener un sello antes de entrar en la reunión, bajo la amenaza de que quien no lo tuviera no podría matricularse en ninguna universidad alemana durante el semestre siguiente.

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Sigo viendo en aquella medida del Gauleiter no solo un enorme desprecio hacia el estudiante alemán y la educación alemana, sino un ataque directo contra el Ejército alemán. Sé que esta opinión de ningún modo es solo mía, sino que en los más amplios círculos del estudiantado y del profesorado la sostiene cualquiera que todavía tenga valor para afirmarse.

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Me parece que aquella arrogancia tuvo un efecto mucho más capaz de provocar agitación que el insulto a las estudiantes por parte del dirigente estudiantil y, lamentablemente, del señor Gauleiter, aunque este último pudiera considerarse todavía un desliz momentáneo.

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No fue el insulto en sí, sino el tratamiento que se dio al insulto en la prensa y ante los estudiantes lo que me indignó profundamente. Me propuse firmemente salir por fin de mi reserva y hacer saber de alguna manera —no al público, sino a las instancias decisivas del Partido— qué se pensaba entre el pueblo y en el estudiantado y el profesorado alemanes sobre aquel paso contra la libertad y el honor personales.

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Solo entonces surgió en mí la idea de utilizar la campaña de folletos de Scholl para ello.

Si deseas saber más, consulta la documentación de la Rosa Blanca conservada por el Bundesarchiv, especialmente el expediente R 3018/18406 —antigua signatura NJ 1704, Bd. 7—, que contiene los interrogatorios de Kurt Huber. El pasaje del interrogatorio del 27 de febrero de 1943 está reproducido también en Quellen zur »Weissen Rose« im Jahr 1943: Mittwoch, 13. Januar, de Martin Kalusche, documento E06.

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La protesta del 13 de enero no había sido organizada por la Rosa Blanca. Había nacido dentro de una concentración convocada por el propio régimen y entre estudiantes que no habían acudido allí con un plan común de resistencia. La declaración de Huber muestra cómo lo ocurrido aquella noche comenzó después a cruzarse con la actividad clandestina que ya existía en Múnich

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La protesta no derribó nada aquella noche. Los mismos dirigentes, la misma policía y la misma guerra seguían allí cuando los estudiantes se dispersaron. Pero el acto que debía exhibir disciplina había terminado revelando otra cosa: durante unas horas, dentro del Deutsches Museum y en las calles de Múnich, la obediencia dejó de ser automática.

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La torre del Deutsches Museum de Múnich en julio de 1930. En el complejo del museo, cuyo Kongress-Saal abrió en 1935, tuvo lugar el 13 de enero de 1943 la concentración estudiantil en la que estalló la protesta contra Paul Giesler. (Bundesarchiv, Bild 102-10090 / CC BY-SA 3.0 DE.)

El salón de baile del Wittelsbacher Palais hacia 1940, durante su utilización como sede de

El salón de baile del Wittelsbacher Palais hacia 1940, durante su utilización como sede de la Gestapo en Múnich. Philomena Sauermann recordó que ella y otras estudiantes detenidas fueron trasladadas allí la noche del 13 de enero de 1943 para ser interrogadas. (Stadtarchiv München, FS-STB-0339 / CC BY-SA 4.0.)

Kurt Huber, musicólogo, profesor universitario y miembro de la Rosa Blanca. Ya detenido por la Gestapo, declaró el 27 de febrero de 1943 que la concentración del Deutsches Museum había influido decisivamente en su actitud y en su decisión de recurrir a la campaña de folletos de Hans Scholl. (Bundesarchiv, Bild 146II-744 / CC BY-SA 3.0 DE.)

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