La Operación Cerbero se había puesto en marcha para llevar los acorazados Scharnhorst, Gneisenau y Prinz Eugen desde el puerto francés de Brest hacia bases alemanas. Los barcos de la Kriegsmarine salieron de Brest el 11 de febrero y evitaron ser detectados por más de doce horas, acercándose al Estrecho de Dover sin ser descubiertos.

 

Por su cuenta, la Luftwaffe estaba llevando a cabo la Operación Rayo [Unternehmen Donnerkeil], para proporcionar cobertura aérea a los navíos en su carrera hacia Alemania. La Real Fuerza Aérea, el Brazo Armado de la Flota, la Marina y la artillería costera británicas fracasaron en su intento por detener a los acorazados, sufriendo graves pérdidas. Heinz Knoke, pilotando un Messerschmitt Bf109 de la Luftwaffe, da cuenta de la peligrosa tarea que tenían que realizar:

Día de mala suerte para piloto de la Luftwaffe

Bombarderos Bristol Blenheim de la Real Fuerza Aérea.

13 de febrero, 1942

 

1016 horas: ¡alerta para la acción!

 

No toma mucho tiempo para el Vuelo para despejar el aeródromo cubierto de nieve.

 

No dirigimos al mar, la Flota se encuentra bajo fuertes ataques de los Tommies [ingleses]. Envían a la acción a los últimos de sus Swordfish restantes. Las tripulaciones británicas deben saber que nunca regresarán.

 

Tenemos que interceptar una formación de Blenheims atacando. La visibilidad es muy pobre todavía. Nuestros ojos tratan de penetrar la niebla. El mar abajo está bravo. Los dragaminas salen a la vista. El comandante de vuelo dispara las señales de bengala de reconocimiento. Los barcos tienen instrucciones de abrir fuego sobre cualquier avión aproximándose.

 

Mi avión es envuelto por súbitas ráfagas de viento. Se desliza a sólo unos cuantos metros por encima de las crestas blancas de las ominosas olas verdes.

 

Llamados constantes de la base nos informan de las posiciones enemigas. Entre más nos adentramos hacia el mar, más empeora la recepción de radio. Son quince minutos desde que despegamos. De acuerdo con los informes de la base, en cualquier momento podemos esperar encontrar nuestros Blenheims.

 

Ajusto las miras reflectoras y coloco mis ametralladoras listas para disparar. De repente observo algunas sombras, asomándose entre la niebla a la izquierda.

 

¡Allí están!

 

Todos viramos a la vez. Todos quieren ser el primero en disparar. El sargento Wolf, mi compañero de ala por los últimos seis meses, se coloca al lado. Él asiente con la cabeza y claramente veo el blanco de sus dientes a través de la ventana de plexiglás mientras sonríe ampliamente.

 

Hay doce Blenheims. También hay doce de nosotros. Uno para cada uno. Un Blenheim adelante está en mi mira y estoy listo para disparar antes de que me vea. El Tommy eleva su avión agudamente, tratando de evadirme hacia las nubes.

 

Lo sigo y mantengo mis miras sobre él. ¡Fuego! Presiono los dos botones en mi palanca. Veo mis trazadores introducirse en su ala derecha a un rango de 50 metros y luego en lado izquierdo del fuselaje. Ambos bajamos abruptamente hacia la izquierda. Mantengo mi pulgar en los botones de disparo. Su motor izquierdo es impactado. Mechones de nubes bloquean mi vista. El bastardo se desvanece entre las nubes.

 

¡Umf!

 

La cabina está llena de esquirlas. Justo sobre mi hombro hay un gran agujero abierto. Veo que dos hoyos de proyectil han aparecido en mi ala izquierda.

 

Allí está el Blenheim de nuevo, justo adelante. Una vez más abro fuego. Y entonces yo estoy entre las nubes.

 

El Tommy enfrente de mí se disuelve en una gran sombra.

 

Ahora noto que mi cabina se ha debilitado. También huelo a quemado. Desacelero suavemente y aflojo la palanca hacia adelante. Unos segundos más tarde el mar es visible de nueva cuenta.

 

¿Qué si mi avión está en llamas?

 

Precavidamente doy vuelta. El montaje de la cabina detrás de mí ha sido desgarrado y falta la ventana de plexiglás en la parte trasera del fuselaje.

 

Para este momento m Tommy ya no está a la vista.

 

El olor a quemado persiste todavía. ¡Maldita sea! ¿Cuál coño es el problema? Mi motor todavía anda bien: las revoluciones parecen ser normales. De acuerdo con los instrumentos no hay nada mal. ¿Entonces qué es lo que se quema?

 

El Blenheim ha sido impactado gravemente; pero con un poco de suerte deberá alcanzar la costa de Inglaterra de vuelta al momento en que yo me voy en llamas hacia el mar. ¡Qué buena cosa!

 

Hago un viraje amplio a la izquierda. En un curso de 100, de acuerdo con mis cálculos, me dirijo para alcanzar algún lugar en la costa de Holanda. No hay rastro de los otros. Intento llamarlos por la radio, pero no recibo respuesta.

 

Minutos pasan interminablemente. Son las 1126 horas, setenta minutos desde el despegue. El olor a quemado disminuye gradualmente, pero la cabina se suelta cada vez más. Seguramente debería haber avistado tierra para este momento: ¡si tan sólo tuviera una idea de mi posición! No tengo fe en mi brújula. Sin embargo, existe siempre la posibilidad de que esté correcta.

 

En otros diez minutos, me veré obligado a aterrizar, La aguja en el indicador de combustible apunta a cero.

 

¡Tierra la vista! Pero de repente me encuentro sobre agua de nueva cuenta, aunque no he cambiado el rumbo. ¿Está trabajando realmente esta maldita brújula o no? No tiene sentido cambiar de rumbo ahora; por lo que sigo volando obstinadamente como antes.

 

Una vez más la tierra se asoma adelante. La campiña plana está punteada con una cantidad de lagos detrás de diques. Finalmente me ubico, estoy al norte de Holanda.

 

Dos minutos más tarde aterrizo en una las largas pistas de concreto en Leuwarden. Afuera de la torre de control, los soldados vienen apiñándose alrededor de mi avión. Se ve mucho peor el deterioro. Cuando intento abrir la cabina, cae por completo en el ala. Detrás de mi cabeza, parte del fuselaje ha sido despedazado. A lo largo de lado derecho hay varios agujeros dentados. El metal está carbonizado y negro. Así que por eso olí a quemado.

 

Dentro de la oficina de control de vuelo noto un calendario. Es el día trece. Invariablemente algo sale mal el trece. Debe ser mi día de mala suerte.

 

‘¡Qué suerte tan extraordinaria tuvo, señor!’, dice el controlador de vuelo. Está correcto, por supuesto. Todas estas supersticiones son muchas tonterías, pero eso no detiene nuestra creencia en ellas.

El piloto de caza de la Luftwaffe, Heinz Knoke, de 20 años de edad abordando su Messerschmitt Bf109 desde su base en Holanda.

Si deseas saber más, lee “I Flew for the Führer: The Memoirs of a Luftwaffe Pilot” [Yo vole para el Führer: las memorias de un piloto de la Luftwaffe], de Heinz Knoke.

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