Zitadelle se apaga en Kursk

Granaderos de la Waffen-SS División “Das Reich” junto a un Panzer VI Tiger durante los preparativos o la fase inicial de Zitadelle en la zona de Kursk. La ofensiva alemana dependía de que estas puntas blindadas rompieran una defensa soviética organizada en profundidad.
Para el 16 de julio de 1943, la batalla de Kursk ya no parecía una ofensiva capaz de devolver a Alemania la iniciativa en el Este. Durante días, las puntas blindadas alemanas habían golpeado contra un sistema defensivo soviético preparado durante meses: minas, posiciones antitanque, artillería, reservas móviles y sucesivas líneas de resistencia.
En el norte, el Noveno Ejército ya no lograba avanzar de manera decisiva. En el sur, el Grupo de Ejércitos Sur todavía intentaba destruir las reservas blindadas soviéticas, pero el tiempo que Manstein decía necesitar comenzaba a desaparecer. Desde el Mediterráneo, el desembarco aliado en Sicilia añadía otra urgencia al mapa de Hitler.
Zitadelle no se apagó como una puerta que se cierra de golpe. Primero llegó la decisión de detener la operación como gran ofensiva; después, la posibilidad de continuar unos días más en el sur se fue deshaciendo entre necesidades opuestas: Orel, Sicilia, el Donets y unas reservas alemanas que ya no alcanzaban para todos los frentes.
Manstein dejó una versión amarga de ese momento. Sus palabras no deben leerse como un veredicto neutral, sino como la memoria posterior de un mariscal alemán que defendía su juicio operativo y que vio en la suspensión de la ofensiva una victoria desperdiciada. Precisamente por eso el testimonio resulta valioso: no habla desde la distancia, sino desde el centro de una derrota que él no aceptaba del todo:
El comandante del Grupo de Ejércitos Centro, el mariscal de campo von Kluge, informó que el Noveno Ejército no lograba ningún avance adicional y que tenía que despojarlo de todas sus fuerzas móviles para contener las profundas incursiones del enemigo en el saliente de Orel. No podía pensarse en continuar con “Ciudadela” ni en reanudar la operación en una fecha posterior.
Hablando en nombre de mi propio Grupo de Ejércitos, señalé que la batalla se encontraba ahora en su punto culminante y que romperla en ese momento equivaldría a tirar por la borda una victoria. Bajo ningún concepto debíamos soltar al enemigo hasta que las reservas móviles que había comprometido estuvieran completamente derrotadas.
No obstante, Hitler dictaminó que “Ciudadela” debía suspenderse por la situación en el Mediterráneo y el estado de las cosas en el Grupo de Ejércitos Centro. La única concesión que haría sería que el Grupo de Ejércitos Sur continuara el ataque hasta alcanzar su objetivo de aplastar las reservas blindadas del enemigo. De hecho, ni siquiera esto pudo conseguirse, pues solo unos días después el Grupo de Ejércitos recibió la orden de entregar varias divisiones blindadas al Grupo de Ejércitos Centro. Los grupos de asalto de ambas formaciones tuvieron que retirarse a sus líneas de partida originales.
Y así terminó en un fiasco la última ofensiva alemana en el Este, aunque el enemigo situado frente a los dos ejércitos atacantes del Grupo de Ejércitos Sur había sufrido cuatro veces sus pérdidas en prisioneros, muertos y heridos.
…
Cuando “Ciudadela” fue suspendida, la iniciativa en el teatro oriental de la guerra pasó finalmente a los rusos. Ahora que habíamos fracasado en cercar fuertes fuerzas enemigas en el saliente de Kursk, y que incluso habíamos tenido que abreviar la acción contra sus reservas móviles antes de que pudiera lograrse algo decisivo, su superioridad numérica estaba destinada a hacerse sentir. De hecho, su ataque contra la bolsa de Orel no fue sino el preludio de una gran ofensiva.
Si deseas saber más, lee Lost Victories [Victorias perdidas], de Erich von Manstein.
El valor del testimonio no está en concederle la razón a Manstein, sino en escucharlo en su propio lenguaje: punto culminante, victoria desperdiciada, reservas blindadas enemigas, fiasco. En esas palabras se ve cómo el mando alemán seguía leyendo la guerra como una serie de oportunidades operativas aun cuando el marco estratégico se estaba cerrando.
Para el Ejército Rojo, la suspensión alemana no fue el final de la campaña, sino la apertura de otra fase. Para la Wehrmacht, fue algo más silencioso que una capitulación: la señal de que incluso sus mejores concentraciones blindadas ya no bastaban para imponer el ritmo de la guerra en el Este.
El siguiente fragmento fílmico, atribuido por Romano-Archives a material soviético sobre la batalla de Kursk, muestra la ofensiva desde la mirada propagandística y militar del Ejército Rojo:

Granaderos alemanes avanzan junto a un Sturmgeschütz durante la batalla de Kursk. Los cañones de asalto formaron parte esencial de la fuerza blindada alemana empleada en Zitadelle, tanto en apoyo de infantería como en combate contra blindados.

Soldados alemanes pasan junto a un T-34 soviético en llamas durante la batalla de Kursk, en julio de 1943. La imagen resume el carácter de desgaste de la batalla: incluso donde los alemanes infligieron pérdidas severas, no lograron recuperar la iniciativa estratégica en el Este.

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