Una batalla difícil de contar

Un herido estadounidense procedente de los combates en primera línea es transferido de una camilla improvisada a otra antes de continuar su evacuación a través de la selva y por el río Matanikau. Los hombres pertenecen al 35.º Regimiento de Infantería de la 25.ª División. Guadalcanal, 15 de enero de 1943. (U.S. Army, foto SC163970).
El 18 de enero de 1943, la ofensiva estadounidense en Guadalcanal continuaba avanzando en un terreno donde cada posición conquistada podía exigir días de combate. En monte Austen, el conjunto de fortines japoneses conocido como el Gifu todavía resistía, mientras más al oeste las tropas estadounidenses se movían entre lomas, barrancos, selva y los cursos de agua que descendían hacia el Matanikau.
Entre las unidades empeñadas en aquella lucha se encontraba el 35.º Regimiento de Infantería de la 25.ª División. Días antes había relevado posiciones ocupadas por el 132.º de Infantería y continuaba combatiendo en las elevaciones al oeste de monte Austen. Alcanzar algunos de aquellos puestos exigía horas de marcha y mantenerlos abastecidos constituía por sí mismo una tarea difícil.
El sargento Mack Morriss y el artista Howard Brodie, corresponsales de Yank, habían acompañado a hombres del 35.º hasta Hill 44, en la elevación conocida por los estadounidenses como el Sea Horse. No estaban allí para dirigir el combate, sino para observarlo, recoger nombres, escenas y detalles que pudieran transmitir después a los soldados que leerían la revista.
Morriss regresó del frente con sus notas. De aquellas jornadas nació la crónica que Yank publicaría semanas más tarde:
GUADALCANAL [Con retraso]—La posición del batallón se extendía por la cresta de una loma y descendía hacia la selva. Se necesitaban tres horas para llegar hasta allí por la senda de abastecimiento. Cuando tomaron por primera vez la cresta y consolidaron la posición, formaciones de B-17 volaron a baja altura y lanzaron suministros en paracaídas. No había otra manera hasta que los hombres abrieron la senda de abastecimiento a lo largo del río Matanikau, cargaron sobre los hombros cajas de raciones y municiones y subieron trabajosamente a pie.
Al avanzar por la senda, seguían el río, donde soldados desnudos bajaban a los heridos en botes de fondo plano hasta un puesto de recogida. Los hombres bajaban los botes a nado, empujándolos y tirando de ellos por los estrechos pasos rocosos, pataleando como ranas para atravesar las pozas profundas de corriente lenta.
Por encima del río, los camilleros se abrían paso por pendientes pronunciadas, cada uno con otro soldado detrás que lo sujetaba para ayudarlo a mantener el equilibrio. Unos cables tendidos desde la cresta hasta un barranco los ayudaban durante parte del trayecto. Por una ladera escarpada y enmarañada avanzaban siguiendo una cuerda de lianas, con el asa de la camilla en una mano y la cuerda en la otra.
Cuando el batallón avanzó, aumentaron la presión. Llegaron aviones y bombardearon el sector; la artillería abrió fuego y lanzó sus proyectiles pesados contra el terreno selvático ocupado por los japoneses; los morteros, con sus tubos muy elevados, arrojaban sus proyectiles hacia el sol que ardía casi directamente encima. Las ametralladoras sumaron su tableteo al estruendo.
Entonces atacaron las compañías de fusileros.
Ray Flemm, de Freeport, Pensilvania, maldecía con cada aliento. Su BAR se encasquillaba. Disparaba un tiro, se detenía para destrabar el arma y luego soltaba otro.
Montez, el mexicano corpulento, abatió a uno con toda seguridad. El japonés se incorporó justo delante de él y Montez le disparó a quemarropa.
Leslie Kitay, de New Rochelle, Nueva York, hizo avanzar su escuadra de ametralladora ligera y el fuego japonés desde los árboles la inmovilizó. Ray Boyce, de Nueva Jersey, su tirador, no esperó a que le dijeran qué hacer. Levantó la ametralladora, trípode y todo, y barrió los árboles con ráfagas. Kitay calculó que aquello había abatido a catorce japoneses, aunque era difícil estar seguro.
…
Cuando habían llegado al límite de su avance, los hombres se acomodaron para recuperar el aliento y esperar. Se reorganizaron y establecieron puestos avanzados de vigilancia. El enemigo había quedado cercado, sin posibilidad de escapar; todos lo sabían. Hasta los japoneses debían saberlo.
Entonces el cuartel general sacó de la manga un recurso completamente nuevo. Subieron un sistema de altavoces y lo instalaron en el collado de la cresta. El capitán habló primero a nuestros hombres en la línea, diciéndoles que no dispararan. Luego pasó al japonés.
“Soldados japoneses, atención… Escapar es imposible y continuar resistiendo es inútil y solo conducirá a su completa aniquilación… No deseamos matarlos innecesariamente… Cesen toda resistencia y ríndanse honorablemente… Tenemos comida japonesa y medios para alimentarlos… Al haber luchado valerosamente hasta que su situación se volvió desesperada, han cumplido su obligación con su país y con su emperador… Escapar es imposible… Si no aceptan esta oferta, serán sometidos a ataques de artillería, morteros y aviones más intensos que cualquiera de los que hayan sufrido hasta ahora… Piénsenlo cuidadosamente antes de sacrificarse innecesariamente…”
Los soldados de infantería hacían apuestas a que no habría rendición.
“Esos pequeños cabrones no se van a rendir; son unos malditos ignorantes.”
Los hombres se sentaban junto a sus pozos de tirador, limpiando las armas y sacando el rancho. En la cresta, el café humeaba sobre pequeños fuegos.
En menos de una hora ya había oscurecido. Los infantes ocupaban sus posiciones o se quedaban dormidos bajo paños de tienda tensados a poca altura sobre el suelo embarrado. Al día siguiente llegaría el desenlace.
Si deseas saber más, consulta la edición del 5 de marzo de 1943 de Yank, The Army Weekly, donde se publicó la crónica “Jap Trap”, de Mack Morriss.
La pieza había salido de Guadalcanal con otro título. Morriss la había llamado “The Story of a Battle”. Yank la publicó semanas después como “Jap Trap”. Cuando la vio impresa, Morriss y Brodie protestaron por lo que la redacción había hecho con su trabajo. Pero la dificultad de contar la batalla había comenzado antes de que un editor tocara una sola línea.
En las páginas que escribía para sí mismo puede seguirse ese proceso desde su regreso del frente hasta el 18 de enero, cuando dio por terminada la crónica:
Sábado por la noche, 16 de enero.
Esta tinta está diluida por el agua del Matanikau. Es tarde y ya hemos tenido nuestra alarma nocturna —falsa, naturalmente, porque esta vez tuvimos algún aviso (¿o me estoy poniendo amargo?)—. En cualquier caso, me resulta imposible dormir —creo que estoy demasiado cansado—, así que intentaré dejar constancia de lo ocurrido ayer y hoy sin entrar tan a fondo que se vea afectado el tono de la historia que quiero escribir. Logré llegar al frente, pasé la noche allí y regresé a última hora de esta tarde. Fue, sin lugar a dudas, mi mejor experiencia en Guadalcanal, con mucha diferencia. Estoy tan agitado por todo aquello que creo que quizá por eso no puedo descansar, porque Dios sabe que lo necesito. Esta noche regresé más cansado de lo que recuerdo haber estado en meses: quemado por el sol, completamente empapado, absolutamente sucio y desesperado por tomar café, que finalmente tuve que prepararme yo mismo.
…
Y por un momento pensé que todo había sido en vano: perdí mis notas, pero un muchacho que las tenía me las devolvió. La historia —los prisioneros y la perspectiva de muchos más— debería ser estupenda. Hoy vi la mejor foto de la guerra: un soldado llevando a un japonés a cuestas por la senda de la cresta. Pobre Robby; habría dado un brazo por tenerla.
Estoy demasiado lleno de las cosas que he visto para confiar en mí mismo.
…
Domingo, 17 de enero.
Primer borrador de la historia. En una conferencia de prensa, el general Patch se mostró preocupado por los comunicados que llegan a Estados Unidos sobre Cactus. No cree que hagan justicia a los soldados —y desde luego que no se la hacen—. Por su parte, dice que habrá algunos cambios. Todavía estoy tan cansado que apenas puedo caminar; me duelen los pies. La próxima vez llevaré botas de goma en una excursión así… Escribí a Helen (n.º 6); recibí dos.
Lunes, 18 de enero.
Terminé “La historia de una batalla”, pero no estoy satisfecho con ella, aunque Brodie cree que es lo mejor que he hecho hasta ahora y Miller dijo que era “condenadamente buena” —un poco por cortesía, creo—. Hay partes que son pura cursilería y otras tratadas torpemente, como si fueran de un aficionado. No sé qué me pasa: sudo sangre para reunir los ingredientes de una historia condenadamente buena y luego no parece que consiga cerrarla como quisiera. Quizá la mesa de reescritura pueda mejorarla; es demasiado larga y está escrita para que la recorten, así que supongo que podrán dar más ritmo a las partes que se arrastran. Una cosa: demasiados nombres, que la recargan innecesariamente. Pero los nombres son la diferencia entre una crónica de ambiente y una noticia; se suponía que esta debía ser ambas cosas. En cualquier caso, eso era lo que nuestras órdenes indicaban que debíamos hacer: “historias de combate”. Esta tiene nervio. ¿O no?
Dowling, Cromie y Jackson estuvieron en el frente de los marines y regresaron con el rostro verdoso de haber visto demasiados japoneses muertos. Dijeron que era espantoso. No veo cómo esto puede durar mucho más. Según las cifras reales, aquí somos 51.000 y hay unos 8.000 japoneses —no todos ellos combatientes efectivos—, y aun así esto se prolonga. Debe de resultar increíble para la gente que nunca ha visto este lugar.
Pero no me sorprendería que dentro de un año todavía estuviéramos recogiendo rezagados, a menos que todos mueran de hambre. No son tanto los japoneses como este maldito terreno; pero, al mismo tiempo, los pequeños cabrones son tan difíciles de quitarse de encima como unas ladillas. Se atrincheran y, pase lo que pase, no salen a menos que los saques a rastras. Están librando la peor clase de guerra que existe, una especie de desesperación fatalista. Deben saber que no tienen ninguna posibilidad, pero al parecer están decididos a morir peleando. Aunque empiezan a ceder.
…
Pero, en cualquier caso, para mí la guerra es una mierda. Incluso allá arriba con el 35.º, donde solo hubo dos bajas y tuvimos todo a nuestro favor —como en las películas—, me quedó un mal sabor de boca. Fue exactamente lo contrario de nuestras experiencias con el 132.º —un tipo de combate infinitamente más limpio, más glamuroso—, pero sigo pensando: “¿De qué sirve?”. Quiero decir que las cosas aisladas —tomadas por sí mismas— no parecen valer el esfuerzo.
Si deseas saber más, lee South Pacific Diary 1942–1943 [Diario del Pacífico Sur 1942–1943], de Mack Morriss, editado por Ronnie Day.
La crónica publicada y las páginas privadas nacieron de los mismos días, pero conservaron cosas distintas. En Yank quedaron la senda hacia el frente, los heridos, el estruendo de las armas, los nombres de los soldados y el intento de convencer a los japoneses de que abandonaran una posición ya cercada. En el diario permanecieron el cansancio después de regresar, las dudas sobre la escritura y una pregunta que el propio acto de terminar la historia no había conseguido responder.
Afuera, la lucha continuaba. Los hombres que Morriss había visto avanzar, cargar camillas, limpiar sus armas o esperar junto a los pozos de tirador seguían enfrentándose a un enemigo que aún resistía entre la selva y las lomas de Guadalcanal. El corresponsal podía regresar a su mesa y ordenar aquellas escenas en una secuencia; quienes permanecían en el frente todavía tenían que vivir lo que venía después.
El 18 de enero Morriss había conseguido terminar “The Story of a Battle”. Seguía sin saber si la había contado como quería. La crónica estaba terminada; la dificultad de contar aquella guerra, no.

Un soldado herido del 35.º Regimiento de Infantería, 25.ª División, es ayudado a descender por una pronunciada ladera selvática en Guadalcanal, el 15 de enero de 1943. Desde las posiciones avanzadas, la evacuación continuaba a través de la selva y por el Matanikau antes de que los heridos pudieran ser trasladados hacia un hospital. (U.S. Army).

Soldados del Ejército estadounidense empujan suministros por el río Matanikau para sostener la ofensiva de la 25.ª División en Guadalcanal, en enero de 1943. Este sistema suplementario de abastecimiento, conocido como la “Pusha Maru”, permitía aproximar cargas a posiciones que los vehículos no podían alcanzar. (U.S. Army / U.S. National Archives).

El capitán John M. Burden, al micrófono, transmite un llamamiento a la rendición desde Hill 44, en el Sea Horse, durante la tarde del 15 de enero de 1943. Junto a él se encuentra el teniente coronel Stuart F. Crawford, G-2 de la 25.ª División. No hubo una rendición inmediata. (U.S. Army / Guadalcanal: The First Offensive).

Dos soldados soviéticos hojean un ejemplar de la edición europea de Yank, The Army Weekly, perteneciente al cabo estadounidense Thomas Klopack, durante Operation Frantic en 1944. La escena refleja el alcance que llegó a tener la revista militar para la que Mack Morriss escribió desde Guadalcanal, distribuida entre las fuerzas estadounidenses en numerosos escenarios de la guerra. (U.S. Air Force / National Museum of the United States Air Force.)

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