La noche en que IJssalon Koco resistió

Retrato de Ernst Cahn, uno de los dos copropietarios de IJssalon Koco en Van Woustraat 149. Cahn, refugiado judío alemán, regentaba el establecimiento junto con Alfred Kohn. (Foto: NIOD / Beeldbank WO2, n.º 147540.)
En febrero de 1941, nueve meses después del inicio de la ocupación alemana de los Países Bajos, la persecución de los judíos de Ámsterdam comenzaba a hacerse visible también en las calles. Miembros de la Weerbaarheidsafdeling, la WA del Movimiento Nacionalsocialista neerlandés, recorrían el barrio judío, provocaban enfrentamientos, destrozaban comercios y agredían a sus habitantes. La respuesta no siempre fue pasiva. Grupos de jóvenes judíos, apoyados en ocasiones por otros amsterdameses, comenzaron a organizarse para defenderse.
El 11 de febrero, los enfrentamientos desembocaron en una batalla callejera en Waterlooplein. Hendrik Koot, miembro de la WA, resultó gravemente herido y murió tres días después. Las autoridades de ocupación cerraron parcialmente el antiguo barrio judío, mientras la tensión se extendía hacia otros sectores de la ciudad. En Amsterdam-Zuid, los ataques contra establecimientos judíos habían dejado de ser una amenaza abstracta.
En el número 149 de Van Woustraat funcionaba IJssalon Koco, una heladería propiedad de los refugiados judíos alemanes Ernst Cahn y Alfred Kohn. Alrededor del establecimiento había comenzado a formarse una pequeña organización de defensa. Sus integrantes patrullaban las calles, vigilaban comercios, preparaban primeros auxilios y trataban de anticiparse a nuevas incursiones de los grupos nacionalsocialistas.
Uno de aquellos hombres era Elias Rodrigues Garcia, un sastre de treinta y un años nacido en Ámsterdam. En su relato, los acontecimientos avanzaban desde el 14 de febrero hasta el martes siguiente y, finalmente, hasta las 9:50 de la noche del miércoles 19. Cinco años después relató cómo aquella organización improvisada terminó concentrándose alrededor de Koco y qué ocurrió aquella noche:
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La mañana del 14 de febrero, mi hermano entró en contacto con alguien que dijo que aquella tarde debíamos ir a Koko. En efecto, aquella tarde había alguien esperándonos. Se llamaba Toon, estaba casado con una mujer judía y tenía un almacén de chatarra en Waterlooplein. Nos hizo identificarnos y comenzamos a hablar. Llevaba una pistola grande en el bolsillo y, además, iba armado. Debíamos acudir por las noches para patrullar y proteger los comercios judíos de Zuid. También los comunistas habían recibido cartas amenazadoras. Dos horas después detuvieron a ese Toon. Como consecuencia, nuestra “organización” se quedó sin cabeza; era como un pollo sin cabeza. Entonces apareció un tal Leo —aquel Leo era viajante y tenía el pelo gris—, quien asumió la dirección. Así que el viernes por la noche patrullamos en grupos de cuatro o cinco personas para proteger los comercios judíos, prestando especial protección a los dos establecimientos Koko. El sábado siguiente llegaron unos veintitrés jóvenes desempleados de Tuindorp-Oostzaan para ofrecer su ayuda; si nosotros les conseguíamos dónde dormir, se quedarían también el domingo. Algunos ni siquiera durmieron y pasaron aquella noche jugando a las cartas en la habitación de mi hermano. A la mañana siguiente —domingo— entré en Koko. Allí aquello era un grupo desorganizado y entonces asumí la dirección. Distribuí a la gente y los puse a patrullar.
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Mi hermano tenía acreditación en primeros auxilios y recibió la dirección de la sección de socorro. Disponía de un almacén —probablemente el de la panadería Van Straten, de Van Woustraat—. Lo ayudaba su cuñado, J. Velder, de Marco Polostraat 73. El material de cura procedía del doctor Gomperts, de Amsteldijk 121, quien también se mostró dispuesto a atender a posibles heridos graves y a recibirlos en su casa. En aquel almacén había dos camillas, dos faroles de tormenta, linternas y los botiquines mencionados. Durante el día tratábamos juntos de encontrar colaboradores; por las noches cada cual tenía su tarea.
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Koko había sido atacado por la NSNAP —eso fue el 16 de febrero—. A raíz de aquel ataque, Koko, en Van Woustraat, puso su cocina a nuestra disposición como lugar de reunión. Aquella misma noche fui allí y acordé con los muchachos cómo nos organizaríamos. Debíamos conocernos lo menos posible. Permaneceríamos juntos en grupos de cinco hombres. De cada grupo solo conocíamos por su nombre al jefe. Por las noches, a las siete, yo estaba dentro de la heladería y distribuía los puestos. Yo permanecía dentro y los otros dos miembros del comité salían a inspeccionar. Lo hicimos así durante dos noches. Siempre disponíamos de cincuenta y cinco a sesenta personas. Los hombres de Tuindorp-Oostzaan ya no habían vuelto.
El martes por la noche estábamos sentados en la cocina de Koko. Entonces el propietario vino a verme y me dijo que había llegado alguien del Jordaan para ofrecernos ayuda. Hice pasar al muchacho a la parte trasera. Llevaba consigo toda clase de armas y, además, insignias del NSB y del CPN. Dijo que el sábado por la tarde habría un gran ataque contra los dos establecimientos Koko y que venía a ofrecernos su ayuda. Sin embargo, él no era más que un mensajero y quería concertar una reunión entre el jefe de nuestra organización y el de la suya. Acordamos vernos la noche siguiente a las diez. Estuvimos todavía cerca de una hora hablando allí en la cocina.
Primero tengo que contar algo más de aquella noche. El martes salí de casa a las siete. Vivía en la esquina, junto al pasadizo de Meerhuizenstraat. Cuando pasaba por debajo del pasadizo, vi a un hombre corpulento, con el sombrero calado hasta los ojos, que caminaba de un lado a otro. Aquello no me inspiró confianza. Seguí rápidamente y entré en un portal. Él pasó corriendo inmediatamente junto a mí. Cuando advirtió que yo ya no estaba allí, volvió y siguió buscándome. Entonces fui a Koko dando rodeos. Allí dije:
—Muchachos, me están buscando y ustedes tienen que hacerse cargo de esto en mi lugar.
Aquella misma noche llegó el hombre del Jordaan. Le conté —tontamente— lo sucedido y él dijo:
—Oh, pero ese es uno de los nuestros. No lo está buscando a usted, sino a un judío alemán que vive muy cerca.
Le creí y entonces le di mi dirección verdadera. Así que fui yo mismo quien se delató. La noche siguiente aquel puesto de vigilancia, en efecto, ya no estaba allí; tampoco hacía ya ninguna falta…
El miércoles por la noche, a las 9:50, me avisaron en Koko —los mensajeros llegaron en bicicleta— de que se aproximaba un grupo de miembros del NSB que venía cantando. Entonces dije:
—Dejad que se acerquen.
Yo había acordado con el propietario de Koko que lucharíamos únicamente fuera y que él se encargaría de la defensa dentro del establecimiento. Su otro medio de defensa —eso no lo supe hasta más tarde— era una botella de amoníaco provista de una válvula. Dentro se apagarían todas las luces y fuera se encendería una lámpara de mil bujías. La policía lo sabía. Dos agentes de la comisaría de Pieter Aertszstraat habían venido a verme el 17 de febrero a la cocina de Koko; habían prometido su colaboración y me habían pedido que colocara a dos muchachos con linternas potentes en el jardín —es decir, detrás—, porque no descartaban un ataque desde una vivienda desocupada. Naturalmente, así se hizo. Los hombres —es decir, los del NSB— pasaron primero de largo. Después regresaron y, de repente, comenzaron a golpear la puerta.
Tal como habíamos acordado, las luces se apagaron dentro y se encendió la de fuera, pero entonces resultó que fuera no había miembros del NSB, sino oficiales de las SS. No sé exactamente cuántos eran, pero con seguridad más de cuatro. Habían llegado en varios automóviles. Al principio no hicieron nada. Naturalmente iban armados; incluso me dijeron que llevaban ametralladoras. La calle quedó bloqueada. Me dijeron:
—Vete por detrás, por el jardín.
Lo hice y entré en casa de un zapatero. No ocurrió nada y después regresé a la heladería. Cuando entré, acababan de empezar a disparar.
…
En casa del zapatero éramos dos, además de los dos propietarios de Koko y un cliente de la heladería. Los alemanes habían derribado a patadas el panel de la heladería, pero los disparos comenzaron más tarde. Más tarde oí lo siguiente: uno de los oficiales que estaban fuera, situado en la parte de atrás, disparó contra la lámpara de mil bujías, y entonces los oficiales que estaban delante comenzaron a disparar porque creyeron que les estaban disparando desde dentro.
—¿Cómo supo usted que eran alemanes?
—En aquel momento todavía no lo sabíamos. Koko nos había dicho que debíamos marcharnos inmediatamente. Entretanto, Koko abrió la válvula y también echó a correr. Los boches se toparon así con una “corriente” de gas. Yo no estuve allí. Nosotros estábamos en casa del zapatero y, después de haber transcurrido algún tiempo sin que ocurriera nada, Koko se marchó. Otros dos y yo permanecimos esperando en casa del zapatero. Ellos se fueron a sus casas y allí los detuvieron algún tiempo después. Cuando fui a buscar mi abrigo a la heladería, todavía había gas amoniacal. Después de entrar, los boches siguieron con linternas las huellas de los pies y llegaron por la misma puerta hasta la casa del zapatero. Entonces nos detuvieron a todos, incluido el zapatero y su yerno.
Nos llevaron en automóvil a Weteringschans. Uno de los hombres que me había detenido dijo allí que yo era judío y que podían hacer conmigo lo que quisieran. Decían que yo había asesinado a un oficial de las SS. Entonces me dieron una fuerte paliza y me azotaron con una fusta. Después, sencillamente, me hicieron “rebotar” de un lado a otro. Finalmente me metieron a patadas en una celda donde había otros dos muchachos que habían estado en la heladería. Cada cuarto de hora encendían la luz aquella noche, de modo que sencillamente no podíamos dormir. A la mañana siguiente nos dieron desayuno. Después me sacaron de la celda y me llevaron a una gran sala de reuniones. Allí había dos oficiales alemanes vestidos de civil. Tenía que contarles qué había hecho dentro de Koko. Naturalmente, yo no sabía nada. Entonces tuve que inclinarme sobre un sillón y recibí veinticinco golpes.
—Ahora cuéntanos algo —dijeron los señores.
Yo seguía sin saber nada y recibí otros veinticinco golpes. Después tuve que colocarme en una esquina y hacer sentadillas hasta llegar a mil. Me desplomé y me dieron un poco de agua.
Después me dejaron esperar un rato en el pasillo, donde varios boches se entretenían golpeándome “de un lado a otro”. Como yo seguía sin saber nada, me llevaron a Amstelveenseweg. El mismo oficial volvió a llevarme y también fueron los otros dos muchachos de mi celda. Kohn, Cahn y la esposa de Cahn también subieron al vehículo.
…
Después nos llevaron a un edificio que yo no conocía. Tenía una entrada de mármol y una amplia escalera de mármol. Creo que estaba en Herengracht. Allí tuvimos que dar todos nuestros datos personales y nos golpeaban continuamente entre diez y doce oficiales que se relevaban unos a otros. Se quitaban las chaquetas para poder golpear mejor. Por turnos nos llevaban aparte, a un pequeño cuarto, del que salíamos completamente ensangrentados. Naturalmente, nos amenazaban continuamente con fusilarnos si no lo contábamos todo.
Finalmente salió Cahn del pequeño cuarto. Desde aproximadamente las diez hasta las tres y media habíamos sido torturados sin interrupción; estaba completamente ensangrentado. Había dicho que no sabía nada de la organización, pero que yo sabía más. Entonces fue cuando empezó de verdad para mí…
Si deseas saber más, consulta NIOD, archivo 254, inventario 15b, “Verslag van de bespreking met den heer E. Rodriguez Garcia”, entrevista realizada por B. A. Sijes el 2 de abril de 1946. Garcia situó un ataque previo el 16 de febrero; un parte policial registra esa noche daños en el local de Van Woustraat, mientras Ben Braber documenta otro enfrentamiento junto al local de Rijnstraat el día 15.
El relato separa con bastante claridad lo que su autor presenció de aquello que conoció después. Otra declaración, recogida tras la guerra, permite acercarse a la misma puerta desde un ángulo distinto. Su autor conocía de antemano el dispositivo instalado en el establecimiento:
Ya antes del asalto a Koco, en Van Woustraat, el 19 de febrero de 1941, yo sabía que el propietario había instalado una conducción desde su equipo para la elaboración de helados hasta la puerta que daba acceso desde la calle a su local. Esta conducción estaba conectada a la máquina de helados, en la que se utilizaba amoníaco. Su propósito era, en caso de un eventual asalto de miembros del NSB, hacer, por así decirlo, imposible ese acceso.
La conducción estaba provista de muchos orificios muy pequeños por los que salía el vapor. No se trataba de una expulsión violenta de gas amoniacal. Los vapores se extendían en las inmediaciones de la puerta. Esto se había hecho a raíz de un asalto anterior llevado a cabo por el NSB.
Después del asalto, los alemanes llegaron a la comisaría de Pieter Aertszstraat en un grupo de unos siete u ocho hombres, entre ellos un capitán. Algunos seguían tosiendo, aunque, en mi opinión, aquello era fingimiento. Una muchacha —que se encontraba en una vivienda del piso superior— fue alcanzada por una bala.
…
Si deseas saber más, consulta NIOD, archivo 254, inventario 19b, “Zaak ijssalon Koco (19-2-1941)”, declaración de L. Koning conservada por el Rijksinstituut voor Oorlogsdocumentatie.
Los dos recuerdos no coinciden en todos los detalles. Garcia dejó claro que no presenció la apertura de la válvula; Koning, que conocía de antemano la instalación, describió su funcionamiento. Ambos testimonios fueron recogidos después de la guerra.
Para las autoridades alemanas, en cambio, la interpretación fue inmediata. El 20 de febrero, Hanns Albin Rauter informó a Heinrich Himmler sobre lo ocurrido en Amsterdam-Zuid y presentó Koco como sede de un grupo terrorista ilegal. Tras hablar por teléfono con Arthur Seyss-Inquart, planteó que Cahn fuera ahorcado si existía base jurídica para ello, con la intención de dar un escarmiento en el barrio judío de Ámsterdam. En apenas unas horas, lo sucedido en una heladería había escalado hasta los niveles más altos del aparato represivo alemán.
En la noche del 19 de febrero, quienes se habían reunido alrededor de IJssalon Koco actuaban todavía a la escala de unas pocas calles: comercios que proteger, patrullas que organizar y una puerta que esperaban tener que defender. Para las autoridades de ocupación, el episodio pronto adquirió otra dimensión.
Durante unas horas, un grupo organizado para defenderse se negó a esperar pasivamente el siguiente ataque. La respuesta alemana apenas comenzaba a tomar forma. Y Ámsterdam todavía no había dado la suya.

Meijer van West y los hermanos David y Philip Zilverberg, detenidos después de los enfrentamientos de Waterlooplein, fueron obligados a posar con armas para una fotografía utilizada posteriormente en propaganda antijudía, Ámsterdam, 12 de febrero de 1941. (Foto: Stapf Bilderdienst / NIOD, Beeldbank WO2, n.º 97206.)

Barreras en el barrio judío de Ámsterdam, hacia 1941. Tras los enfrentamientos de febrero, las autoridades de ocupación cerraron parcialmente el sector y controlaron sus accesos. (Foto: R. La Rooy / NIOD, Beeldbank WO2, n.º 97247.)

El cortejo fúnebre de Hendrik Koot recorre Ámsterdam el 17 de febrero de 1941. Koot, miembro de la WA, había resultado gravemente herido en los enfrentamientos de Waterlooplein del 11 de febrero y murió el 14. (Foto: Fotodienst NSB / Rijksmuseum, NG-2007-35-113.)

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