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El último rastro del Culebra

Tripulantes del U-123 junto al cañón de proa durante la patrulla de enero-febrero de 1942. La fotografía pertenece a la serie realizada por Tölle mientras el submarino se encontraba en su séptima patrulla de guerra. (Foto: Tölle / Bundesarchiv / Bild 101II-MW-4006-29 / CC BY-SA 3.0 DE).

El 25 de enero de 1942, el U-123 llevaba más de un mes fuera de Lorient. Había cruzado el Atlántico con la primera oleada de la Operación Paukenschlag y, bajo el mando del capitán de corbeta Reinhard Hardegen, había pasado varios días operando frente a la costa oriental de Estados Unidos. Para entonces, aquella fase de la patrulla quedaba atrás, pero el submarino aún estaba lejos de casa.

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Durante aquellas jornadas, el diario de guerra de Hardegen había ido llenándose de contactos, persecuciones y ataques, algunos registrados con mucha más precisión que otros. El 19 de enero disparó el último torpedo que le quedaba. Al día siguiente, con combustible todavía suficiente, puso rumbo a Bermudas para reconocer el tráfico y las defensas de las islas antes de continuar hacia el este.

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En la noche del 22 pasó al sur de las islas. Proyectiles iluminantes y fuertes barreras de reflectores cubrían los accesos, mientras Hamilton, Saint George y otros puntos de la costa permanecían visibles desde el mar. No detectó minas ni redes y anotó la fuerza de las corrientes de marea. Cumplido el reconocimiento, el U-123 retomó rumbo al este.

 

El 24, la vida a bordo tomó un tono distinto. Una emisión especial mencionó al U-123 entre los submarinos que habían operado frente a Norteamérica y, poco después, llegó la noticia de que Hardegen había recibido la Cruz de Caballero. La tripulación le entregó durante una ceremonia en la cámara de mando una reproducción de la condecoración fabricada a bordo.

 

El domingo 25, el U-123 estaba de nuevo en mar abierto, navegando hacia el este. Hardegen dejó el siguiente registro:

25 de enero de 1942

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14:31

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40° a estribor, un vapor a la vista. Nuestro asado del domingo. Su rumbo 220°, velocidad 9 nudos. Lo adelantamos. ¡A por él!

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…

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17:02

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Vamos por delante y nos dirigimos hacia él. Es un vapor pequeño, con una estructura alrededor de la proa para el empleo de equipo de dragado de minas. Va muy cargado, con cajones sobre cubierta. Ametralladoras en el puente; a popa, sobre una plataforma circular con una barandilla cerrada de madera, un cañón de unos 50 mm con escudo protector.

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17:57 — CC 7982. SW 3–4, 3/10, mar 3, visibilidad 15 mn.

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A unos 600 metros por su popa. Cañón de cubierta listo; abrimos fuego. Los primeros disparos alcanzan la popa, después uno debajo del puente y otro en la sala de máquinas. El vapor pone en servicio su cañón y abre fuego. El percutor de nuestro MG C30 está roto, así que disparamos con el cañón de cubierta contra su pieza. Varios impactos por debajo de la pieza, pero sigue disparando hasta que un impacto directo alcanza el pivote. La dotación del cañón queda fuera de combate; el tubo ya no puede moverse.

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Recibimos cinco impactos que no penetraron el casco resistente. Como dieron muy abajo, supongo que quedaron cortos, estallaron en la superficie y solo las esquirlas alcanzaron nuestro casco. La mayoría de los proyectiles pasaron entre la torre de mando y el cañón de cubierta; se los oía silbar alegremente al pasar.

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El buque expulsa vapor, el puente está ardiendo y la tripulación abandona el barco en los botes salvavidas. Curiosamente, no soltaron las dos grandes balsas que permanecen intactas sobre rampas situadas encima de las escotillas de proa y popa. Quizá porque estaban en el costado desde el que disparamos.

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Reemplazamos el percutor del cañón antiaéreo de 20 mm. Disparamos un solo proyectil hacia el horizonte para probar el arma. El proyectil explotó dentro del tubo, aparentemente debido a un defecto de fabricación de la munición. Detonación prematura.

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Por desgracia, el Artilleriemaat Tölle es alcanzado por metralla en la parte posterior de la cabeza y cae sobre cubierta sangrando profusamente. El Matrosenobergefreiter Vonderschen tiene una herida superficial de 5 cm en el muslo izquierdo, sin gravedad. No fue culpa de nadie.

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Vonderschen pertenecía a la dotación del cañón antiaéreo; Tölle estaba junto al periscopio de popa tomando fotografías del vapor en llamas. Disparábamos hacia la aleta de estribor. Tölle ha perdido muchísima sangre y ha tenido que vomitar varias veces.

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El vapor solo consiguió transmitir “SSS”, sin nombre ni posición. Nos acercamos a los botes salvavidas y el primer oficial nos dijo que el buque era el Culebra (3.044 TRB), de Liverpool, con “carga general”. Hay agua en los botes y los supervivientes solo tienen un cubo agujereado por la metralla. Les proporcionamos varios cubos y provisiones para algunos días, consistentes en pan, manteca y salchichas, además de un cuchillo para abrir la comida enlatada. Tienen agua suficiente.

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Les dimos su posición exacta y el rumbo hacia Bermudas. Los hombres estaban muy agradecidos y nos saludaron con la mano. Varios nadaban en el agua y probablemente serían recogidos por los botes.

 

En el Culebra detonan ahora las municiones de señales del puente y la munición preparada para el cañón. Un divertido espectáculo de fuegos artificiales, incluso cohetes con paracaídas. El puente se derrumba. Seguimos haciendo agujeros a tiros en la línea de flotación de popa.

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A medida que la popa se asienta, la carga de cubierta se desplaza y descubrimos aviones: alas con una escarapela azul, blanca y roja rodeada por un anillo amarillo, fuselajes y conjuntos de cola. Un neumático inflado de un tren de aterrizaje flota en el agua. ¡Y los caballeros llaman a esto “carga general”!

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Hicimos algunos agujeros más en la popa. La popa se hunde, la proa se eleva y entonces se hunde nuestro noveno vapor. Rumbo 70°, ambos motores a media velocidad.

Si deseas saber más, visita U-Boat Archive, sección “U-123 — 7th War Patrol”.

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La guerra había colocado a Hardegen ante los hombres del Culebra en dos condiciones radicalmente distintas: primero, como tripulantes de un mercante armado capaz de responder a su fuego; después, como náufragos. El cambio de condición no borraba lo ocurrido minutos antes, pero sí modificaba las decisiones que todavía quedaban por tomar.

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Lo incómodo no está en decidir cuál de esas dos conductas define mejor a Hardegen. El mismo comandante que había llevado el combate hasta la destrucción del mercante conservaba todavía la capacidad de decidir qué hacer frente a los hombres que habían quedado expuestos en el mar. Ninguna decisión borra la anterior ni convierte el episodio en una historia sencilla de crueldad o compasión. La guerra no suspendía la capacidad de elegir; podía obligar a ejercerla otra vez apenas unos minutos después, bajo circunstancias completamente distintas.

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En un Atlántico que se convertía en un campo de batalla cada vez más extenso, esos encuentros podían desarrollarse lejos de cualquier observador y dejar registros profundamente desiguales. Un hombre podía anotar posiciones, impresiones y decisiones mientras, del otro lado, la posibilidad de conservar otra versión dependía de algo mucho más elemental: seguir con vida para poder contarla.

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Los botes del Culebra nunca fueron encontrados. Ninguno de los 45 hombres que habían partido en el mercante pudo añadir una línea a lo que Hardegen había escrito aquella tarde. Su último rastro sobrevivió, paradójicamente, en la bitácora del submarino que había hundido su barco.

Tripulantes del U-123 junto al cañón de proa durante su séptima patrulla, en enero de 1942. La artillería de cubierta adquirió especial importancia una vez agotados los torpedos del submarino y fue empleada contra el Culebra el 25 de enero. (Foto: Alwin Tölle / Bundesarchiv / Bild 101II-MW-4006-31 / CC BY-SA 3.0 DE).

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