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Winston Churchill y sus Jefes de Estado Mayor alrededor de una mesa de conferencias a bord

Winston Churchill y sus jefes de Estado Mayor a bordo del RMS Queen Mary, rumbo a Estados Unidos para la Conferencia Trident, en mayo de 1943. De izquierda a derecha: mariscal del aire Sir Charles Portal, almirante de la flota Sir Dudley Pound, general Sir Alan Brooke y Winston Churchill. Durante esta visita, Churchill presionó a Roosevelt para reactivar la cooperación angloamericana sobre Tube Alloys, el proyecto atómico británico.

La cooperación científica entre Gran Bretaña y Estados Unidos había comenzado antes de la entrada estadounidense en la guerra. Desde 1940, la Misión Tizard había compartido con los estadounidenses avances británicos de gran valor, incluido el magnetrón de cavidad, esencial para el desarrollo del radar. En el ámbito nuclear, Gran Bretaña había iniciado su propio programa secreto bajo el nombre de Tube Alloys y, durante un tiempo, pareció estar por delante en la evaluación científica de la posibilidad de construir una bomba atómica.

Sin embargo, a medida que el proyecto creció, quedó claro que Gran Bretaña no podía construir por sí sola las enormes instalaciones industriales necesarias para producir un arma atómica en plena guerra. Los bombardeos alemanes, la escasez de recursos y las limitaciones de espacio hicieron que el centro de gravedad técnico e industrial se desplazara hacia Estados Unidos. Allí, bajo la dirección de Vannevar Bush, James Conant y, después, del general Leslie R. Groves, el esfuerzo estadounidense se transformó en el Proyecto Manhattan.

El problema para Churchill era que, mientras Estados Unidos acumulaba recursos, laboratorios y plantas industriales, los funcionarios estadounidenses se mostraban cada vez más reacios a compartir información nuclear con los británicos. Churchill consideraba que aquello contradecía el espíritu de cooperación científica de los primeros años de la guerra y reducía el papel británico en un proyecto que había nacido, en parte, de investigaciones británicas.

Durante la Conferencia Trident, celebrada en Washington en mayo de 1943, Churchill volvió a plantear el asunto ante Franklin D. Roosevelt. La conferencia trataba principalmente de estrategia militar —Sicilia, Italia, la guerra contra Japón y la futura invasión de Francia—, pero también sirvió para reabrir la cuestión atómica. Churchill obtuvo de Roosevelt una decisión favorable: el intercambio de información sobre Tube Alloys debía reanudarse y el proyecto debía considerarse una empresa conjunta, como lo muestra el mensaje de Churchill a Sir John Anderson, fechado el 26 de mayo de 1943.

Churchill recordó ese momento como una victoria política obtenida gracias a su relación directa con Roosevelt. Su mensaje decía:

Pude telegrafiar a casa que se estaba “llegando a un acuerdo muy satisfactorio para nuestros jefes de Estado Mayor sobre todo el campo estratégico”. Esto era un tributo a la autoridad del Presidente y a mi estrecho contacto con él, pues en algunos momentos las diferencias de opinión entre los Estados Mayores habían sido muy serias.

Además, esperábamos obtener una promesa para la transferencia, en tiempo de guerra, de veinte nuevos barcos estadounidenses por mes a nuestra bandera durante diez meses, lo que permitiría el pleno empleo de nuestro excedente de tripulaciones mercantes. Sin duda, esto no habría podido arreglarse sin que el Presidente venciera mucha oposición.

También pude enviar el siguiente mensaje a Sir John Anderson sobre la bomba atómica y la investigación angloamericana:

Primer Ministro al Lord Presidente

26 de mayo de 1943

El Presidente acordó que debía reanudarse el intercambio de información sobre Tube Alloys y que la empresa debía considerarse una empresa conjunta, a la que ambos países contribuirían con sus mejores esfuerzos. Entendí que su decisión se basaría en el hecho de que esta arma bien podría desarrollarse a tiempo para la guerra actual y que, por lo tanto, entraba dentro del acuerdo general que cubría el intercambio de secretos de investigación e invención.

Lord Cherwell debe ser informado.​

La decisión de Roosevelt no resolvió de inmediato todas las dificultades. Churchill mismo reconocería que, aunque el Presidente instruyó personalmente a Vannevar Bush para que fuera plenamente comunicativo con los británicos, todavía había “arena en la caja de cambios”: los científicos británicos seguían creyendo que los estadounidenses retenían información sobre sus avances.

Por esa razón, Churchill buscó un compromiso escrito más claro. Ese compromiso se concretaría en la Conferencia de Quebec, en agosto de 1943, cuando Roosevelt y Churchill firmaron los Articles of Agreement Governing Collaboration Between the Authorities of the U.S.A. and U.K. in the Matter of Tube Alloys [Acuerdo que rige la colaboración entre las autoridades de los Estados Unidos y el Reino Unido en materia de Aleaciones para Tubos]. El acuerdo estableció que ambos países pondrían en común recursos e información para desarrollar el arma, que no la usarían uno contra el otro, que no la emplearían contra terceros sin consentimiento mutuo y que no compartirían información con otros países sin un acuerdo conjunto.

El mensaje del 26 de mayo de 1943 fue un paso decisivo, aunque aún incompleto, en la cooperación nuclear angloamericana. No creó por sí solo el acuerdo formal que regiría el Proyecto Manhattan con participación británica, pero reabrió una puerta que Washington había empezado a cerrar. Para Churchill, era esencial que Gran Bretaña no quedara reducida a espectadora de una tecnología en cuya concepción científica había tenido un papel importante.

El acuerdo escrito de Quebec, firmado el 19 de agosto de 1943, convertiría aquella promesa política en una estructura formal de colaboración. A partir de entonces, científicos británicos como James Chadwick trabajarían en el esfuerzo aliado que culminaría en el Proyecto Manhattan. La decisión tomada en mayo, por tanto, no fue todavía el pacto definitivo, pero sí uno de los momentos en que la alianza angloamericana decidió que el arma más secreta de la guerra sería desarrollada como una empresa compartida.

Si deseas saber más, lee “The Hinge of Fate” [El punto de inflexión del destino], de Winston Churchill.

James Chadwick, jefe de la Misión Británica en el Proyecto Manhattan, con el Mayor General

James Chadwick, jefe de la Misión Británica en el Proyecto Manhattan, junto al mayor general Leslie R. Groves Jr., director militar del proyecto. La participación británica en el esfuerzo atómico aliado fue formalizada después del Acuerdo de Quebec del 19 de agosto de 1943, aunque Churchill había obtenido de Roosevelt una promesa política de cooperación durante la Conferencia Trident en mayo.

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