Trípoli era solo una escala

Un gaitero de los Gordon Highlanders toca desde un tanque Valentine mientras avanza por Trípoli entre habitantes que reciben a las tropas británicas, el 26 de enero de 1943. (Foto: sargento Drennan / Imperial War Museums / War Office Second World War Official Collection, E 21592).
Después de la entrada del Octavo Ejército británico en Trípoli, la campaña en Libia seguía desplazándose hacia el oeste. Las vanguardias del general Bernard Montgomery estaban ya en contacto con las retaguardias del Eje más allá de Zauia, mientras las últimas fuerzas de Rommel completaban su retirada hacia territorio tunecino, en dirección a Mareth.
Para los británicos, sostener el avance planteaba ahora un problema distinto. Después de la larga marcha desde El Alamein, el Octavo Ejército operaba cada vez más lejos de sus bases orientales, y su sistema de abastecimiento debía sostener un avance que aún continuaba.
Más al oeste, Túnez ya era un frente activo. Las fuerzas aliadas llegadas desde Argelia combatían desde hacía semanas contra las posiciones del Eje alrededor de Túnez y Bizerta. Las fuerzas que se retiraban de Libia convergían ahora hacia ese mismo territorio, donde la campaña del norte de África comenzaba a concentrarse en un espacio mucho menor.
En los días que siguieron a la entrada del Octavo Ejército en Trípoli, Neil McCallum, oficial británico que había acompañado el avance desde el este, dejó una impresión muy distinta de la gran meta que habían perseguido durante meses:
Pasamos la noche en las afueras de la ciudad y, por la mañana, esperamos la llegada de la unidad a la que se había reservado el honor de entrar primero en Trípoli.
La propia ciudad, que había sido para nosotros una meta resplandeciente en el desierto, tenía un ambiente muy particular, pero ofrecía poco de la satisfacción tangible que las tropas habían esperado. Parte de aquel ambiente procedía de la propia Trípoli, con su mezcla de arquitectura morisca, turca, árabe y fascista, en una combinación tan incongruente como llamativa, como un decorado de Hollywood. La ciudad parecía un fastuoso decorado teatral, algo ajado.
La otra parte de aquel ambiente la llevábamos nosotros: la sensación de culminación y de logro. Esta era la meta que los ejércitos anteriores habían buscado sin conseguirla. Desde Alamein, el final de aquella loca persecución a través del desierto siempre había sido Trípoli. Nunca habíamos pensado más allá de ella.
Allí, entonces, las tropas esperaban algunas de las recompensas del conquistador. Había muy pocas. Quizá el fin de los desplazamientos, pero poco más. Éramos un ejército sediento que vivía en una tierra reseca y habíamos soñado con beber. Dios sabe qué sueños de jarras rebosantes de espuma y vinos burbujeantes nos habían animado. En Trípoli, salvo para unos pocos capaces de encontrar buenas añadas, la bebida era muy mala: un vino púrpura y agrio, de una aspereza extraordinaria. Era áspero al paladar y teñía los dientes y los labios. Todos teníamos la lengua como la de un chow-chow y los labios como payasos.
La visión que habíamos contemplado desde el desierto se convirtió en una ilusión más. Trípoli se materializó como una ciudad medio vacía, donde las tiendas tenían poco que vender y la dura vida de marchas y escaramuzas se transformó casi de inmediato en trabajo de muelle y estiba.
…
Era evidente que Trípoli, por importante que fuera su conquista, no era más que una escala…
Sin embargo, con los barcos sí había mucho que hacer. La tormenta de Navidad en Bengasi había causado estragos en los suministros del ejército. Embarcaciones de desembarco y buques Liberty llevaban suministros al puerto de Trípoli, y el reacio soldado de infantería, con sus sueños de paz y de volver a casa ya desvanecidos, se encontró destinado a trabajar como estibador.
En cuanto el primer grupo de hombres comenzó la descarga, se descubrió que los suministros de nuestro propio ejército podían saquearse con tanto éxito como si los alemanes y los italianos hubieran dejado algo atrás. Durante unos días se hizo la vista gorda con el saqueo, hasta que empezó a hacer mella en las provisiones reservadas para la siguiente etapa de la campaña. A partir de entonces se practicó con mayor sigilo.
Llegamos a Trípoli después de muchas semanas —muchos meses, para quienes no habían vuelto a la base— durante las cuales la dieta había consistido principalmente en carne enlatada, galletas, arroz y té. Aun añadiendo los etcéteras —las gachas del desayuno, la salchicha, el queso, la oleomargarina y el ocasional preparado de “carne y verduras” que sustituía a la carne enlatada—, el menú no era precisamente elaborado. Los alimentos básicos eran la carne enlatada —media lata al día por hombre—, las galletas —algo más de un paquete de doce—, el arroz y el té. No había habido pan. Nunca.
Tampoco había habido ninguna de esas delicias que los periódicos de casa nos decían que habíamos disfrutado. Las cajas de cerveza, los pudines de ciruela y otros placeres ficticios por el estilo que daban lugar a noticias alentadoras en Gran Bretaña nunca habían llegado a nuestros estómagos —la botella de cerveza, un poco de fruta enlatada y la ración de ron de Año Nuevo habían sido la única variación de la dieta—. Sorprende lo bien que se mantiene la gente. Sin embargo, la misteriosa “llaga del desierto”, que se iba extendiendo, era una dolencia común. La ictericia también se cobraba su cuota de bajas.
Descargar suministros en el puerto de Trípoli significaba manejar cajas de alimentos que contenían cosas de las que llevábamos mucho tiempo privados. Para el estómago: cajas de fruta enlatada, cajas de chocolate. Y cigarrillos. Y botas. La mayoría necesitamos botas nuevas.
Dio la casualidad de que empezaron a romperse una caja tras otra. Aparecieron hombres con botas nuevas que el intendente —que no tenía ninguna— jamás les había entregado. Nos envenenamos con nicotina y nos revolvimos el estómago con interminables platos de peras enlatadas y chocolate. Por un milagro, las cajas nunca dejaron de romperse. Hay un verdadero arte en romper una caja por accidente.
Si deseas saber más, lee Journey with a Pistol: A Diary of War [Viaje con una pistola: un diario de guerra], de Neil McCallum.
La ocupación de Trípoli no detuvo el movimiento del frente. Mientras la ciudad comenzaba a incorporarse al sistema de abastecimiento británico, las unidades de combate continuaban avanzando hacia la frontera tunecina. La retaguardia tenía que sostener una ofensiva que seguía alejándose de sus antiguas bases, mientras las fuerzas del Eje proseguían su retirada hacia posiciones más al oeste.
Ese mismo 28 de enero, desde el ejército que retrocedía hacia Mareth, el mariscal de campo Erwin Rommel escribió a su esposa Lucie:
Queridísima Lu:
Dentro de unos días entregaré el mando del ejército a un italiano, por la única razón de que “mi actual estado de salud no me permite continuar”. Naturalmente, en realidad se debe a razones muy distintas, principalmente a una cuestión de prestigio. He hecho todo cuanto he podido por sostener este teatro de operaciones, a pesar de las indescriptibles dificultades en todos los ámbitos. Siento una profunda pena por mis hombres. Les tenía mucho cariño.
Físicamente no estoy demasiado bien. Los fuertes dolores de cabeza y los nervios sobrecargados, además de los problemas circulatorios, no me dejan descansar. El profesor Horster me está dando somníferos y me ayuda en todo lo que puede. Quizá tenga unas semanas para recuperarme, aunque, con la situación tal como está en el Este, lo que uno desearía es estar en primera línea.
Si deseas saber más, lee The Rommel Papers [Los documentos de Rommel], de Erwin Rommel, editado por B. H. Liddell Hart.
Después de tantos meses de campaña, detenerse no significaba necesariamente haber llegado. La vida en el frente había reducido muchas expectativas a cosas pequeñas: recuperar una comodidad perdida, comer algo distinto, sustituir lo gastado, dormir sin la obligación inmediata de volver a ponerse en marcha. Eran aspiraciones modestas, pero precisamente por eso dejaban ver cuánto espacio había ocupado la guerra en la vida cotidiana de quienes la sostenían.
Para Rommel, la separación era distinta. Su carta no habla de regresar a una existencia anterior, sino de dejar atrás el mando y a los hombres con quienes había compartido aquella campaña. Con la salud deteriorada, la posibilidad de apartarse del frente no aparece en la carta como una liberación sencilla. Después de años en los que el mando y la guerra habían ocupado buena parte de su vida, quedar fuera de ese mundo podía tener también algo de desarraigo.
Esa dificultad para recuperar una medida normal del tiempo no pertenecía solo a un ejército ni a un rango. La campaña imponía una existencia provisional: una posición ocupada hasta recibir otra orden, un alojamiento hasta la siguiente marcha, una pausa hasta que llegaran suministros, una esperanza de volver a casa aplazada por algo que todavía quedaba por hacer. Así, incluso los momentos que parecían cerrar una etapa podían convertirse casi inmediatamente en el comienzo de otra espera.
En enero de 1943, esa provisionalidad también podía encontrarse a ambos lados del frente norteafricano. Para unos, avanzar continuaba siendo la manera de terminar lo empezado; para otros, retirarse todavía significaba conservar la posibilidad de continuar. Pero por debajo de esas decisiones persistía una cuestión mucho más personal, que una victoria o una orden de relevo no resolvían necesariamente: cuánto tiempo podía aplazarse la vida antes de que la guerra terminara por ocupar también aquello a lo que se esperaba volver.
Trípoli podía ser el final de una carretera; para quienes habían recorrido aquella guerra, todavía no era el final del viaje.

Tanques Sherman avanzan por la carretera costera hacia Trípoli el 27 de enero de 1943, mientras las unidades británicas continúan desplazándose por Tripolitania. (Foto: sargento James Mapham / Imperial War Museums / War Office Second World War Official Collection, E 21797).

La dotación de un cañón antiaéreo Bofors de 40 mm observa el cielo tras una incursión de Stuka en la zona de Trípoli, el 29 de enero de 1943. (Foto: sargento Stanley Gladstone / Imperial War Museums / War Office Second World War Official Collection, E 21873).

La banda de la 51.ª División Highland toca en la plaza principal de Trípoli durante una revista del general Bernard Montgomery, el 28 de enero de 1943. Dos vehículos blindados Humber Mk II aparecen en primer plano. (Foto: sargento Dennis Fox / Imperial War Museums / War Office Second World War Official Collection, E 21969).

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