Con la entrada en la guerra de los Estados Unidos, los submarinos alemanes comenzaron a realizar patrullajes cerca de la costa Este de la nación norteamericana, así como en las cercanías de los puertos de Reykiavik y Seidisfjord, en Islandia.

 

En las afueras de Reykiavik, el 29 de enero de 1942, Ernst Vogelsang en el U-132, quien había realizado una patrulla ártica durante el otoño, atacó a un “destructor” que estaba remolcando a un carguero averiado hacia puerto, disparando todos sus cuatro torpedos de proa. Algunos impactaron y el “destructor” fue dañado severamente. Fue arrastrado por el remolcador británico Frisky, pero se volcó y fue hundido por los cañones del nuevo destructor estadounidense Ericsson. En realidad, el navío era uno de los barcos guardacostas de la clase Treasury, de 327 pies de eslora y 2,200 toneladas, el Alexander Hamilton, que había estado realizando tareas de escolta del convoy Halifax 170.

 

Era el segundo buque de guerra estadounidense -y el más grande- después del Reuben James en ser hundido por un submarino alemán. Veintiséis de su tripulación perecieron. William A. Ogletree, un operador de radio a bordo del guardacostas Alexander Hamilton, describe los momentos en que el navío fue torpedeado por el U-132:

El guardacostas Alexander Hamilton es hundido

La tripulación del Alexander Hamilton abandona la nave después de ser torpedeada.

Como era mi costumbre, al amanecer salí del puente y fui a la sala de radio donde sintonicé una estación, preferiblemente WCX, y copié la prensa. En el convoy, habíamos sido oficialmente relevados de ese deber, debido a la importancia de conseguir una copia sólida en todas las transmisiones de Fox. Sin embargo, después de unos días, los rumores sobre derrotas aliadas en las batallas circularon entre la tripulación. Una persona que parecía deleitarse repitiendo los rumores y sospechaba que los originaba, nunca se cansó de contarnos la experiencia de su padre como oficial de submarinos en la Primera Guerra Mundial. La prensa escrita, aunque censurada en sus fuentes, era sesgada y frecuentemente reportaba viejos repliegues, sin embargo, proporcionaba un ancla sólida para las conversaciones. Las copias de la prensa eran puestas en tablones de anuncios y distribuidas en la sala de guardia de los oficiales. Los malos rumores disminuyeron.

 

Después del desayuno, me fui a dormir. Al mediodía, el operador de radio Rowe me despertó y me dijo que debía levantarme y almorzar.

 

“El mar está más tranquilo. Es la mejor comida que hemos tenido desde que salimos desde los Estados Unidos”.

 

Le dije que prefería dormir, sin saber cuán importante era la decisión que estaba tomando.

 

 

La siguiente vez que me desperté, estaba tumbado en la cubierta en total oscuridad, incapaz de evitar respirar algo en el aire que era agrio y picante. Había un sonido terrible en mis oídos y al principio no podía escuchar nada. Me di cuenta que no estaba sólo cuando empecé a escuchar voces. Me arrastré hacia el mamparo, sentí mi litera y busqué mi ropa. Encontré mis pantalones de saya y grité para preguntar si alguien conocía el camino hacia la salida. Justo en ese momento, alguien logró abrir la escotilla del castillo de proa hacia la cubierta superior y vi la columna de luz. Llevando solamente mis pantalones y ropa interior, salí a través de la escotilla y corrí hasta la sala de radio. Me sentí aliviado al ver parados afuera a todos los operadores de radio, aparentemente ilesos. -¿Explotó una caldera?

 

“¡No, hemos sido torpedeados!” Me dijo el operador Sproston.

 

“¿Dónde están el Yukón y el buque destructor de escolta?”

 

"Está hacia la amura de babor. Menos de treinta minutos atrás, dejó caer nuestro calabrote y fue arrastrada por el remolcador británico Frisky. Nuestra tripulación consiguió estibar el calabrote y estábamos recién iniciando nuestro trayecto cuando ocurrió la explosión. Nadie vio el torpedo, pero en el puente están seguros que eso fue lo que ocurrió. El destructor partió escoltando al Yukón. Ella tiene humo saliendo de su chimenea, ¡parece que está rebasando al remolcador, largándose de aquí lo más rápido!”

 

Dentro de la sala de radio, el equipo estaba hecho añicos. La cubierta se había hinchado con grandes ampollas, pero bajo el linóleo el metal no estaba roto. Rápidamente observé que nuestros transmisores estaban arruinados más allá de cualquier posibilidad de reparación, a excepción del transmisor UHF resistente contra golpes, que pensé que podría funcionar si pudiera obtener energía para ello. Afuera, vi que el generador de motores de emergencia se había desprendido de sus soportes, con sus líneas eléctricas rotas.

 

El operador de radio Herrin me informó que se había dado la alarma general. Como mi estación de batalla era la sala de radio, entré y trabajé extrayendo de los escombros el armario que contenía la radio de emergencia. Al momento en que lo logré y estaba a punto de abrirlo, escuché que se dio la voz: “Abandonen el barco”. En este caso, mi deber era llevar la radio de emergencia a bordo del bote salvavidas número 5. En el lado de estribor de la nave, sólo un pedazo roto del número 5 colgaba del pescante, así que llevé el armario hacia el bote salvavidas número 3. Cuando lo cargué en el bote, el capitán Hall llamó desde el puente: -¿De quién es esa valija?

 

-Es la radio de emergencia, señor.

 

Me ordenó que lo pusiera a bordo y le avisara cuando estuviera listo para transmitir. En pocos minutos había armado la antena, conectado el transceptor y el convertidor rotativo a la batería de seis voltios y sintonizado a una frecuencia de la Armada donde escuché al Yukón transmitiendo a la Base Aérea de Keflavík, que informó del envío de un avión armado con cargas de profundidad para buscar al submarino. Informé de esa información al capitán Hall y me ordenó que no transmitiera un mensaje de socorro, hasta nuevas órdenes. Mientras estaba de pie, el maestro de armas McKinnon me llamó, “Necesitamos ayuda para llevar a los heridos de la enfermería a los botes salvavidas”.

 

En la enfermería, el doctor Finger señaló a un hombre que estaba en un colchón: -“Llévate a este hombre. Vi que era mi amigo, el señalador George Holl. Tomé el colchón donde estaba la cabeza de George y un alto compañero negro, W.P. Alexander, de Mobile, tomó el otro extremo. Dos veces, sentí el colchón resbalándose de mis manos y tuve que pedirle a Alexander que se detuviera mientras yo volvía a asirlo. Llevamos a George al bote salvavidas, que había sido bajado al nivel de cubierta y pedí ayuda para colocarlo a bordo. George habló por primera vez: -“Mirad compañeros, no os molestéis. Sólo pónganme en una caja y arrójenme por la borda. Todo ha terminado para mí”.

 

Un hombre que yo conocía como “Damper Dan” fue la única persona rescatada de la sala de máquinas. (Burton Sharer había bajado por tuberías de vapor caliente y había sacado a Dallas O'Neal). Sus ropas estaban húmedas y grandes trozos de piel quemada colgaban de su cara y brazos. Cuando tratamos de que recostarlo sobre un colchón, dijo: “No me toquen. Caminaré”. Cuando abrimos la puerta de la enfermería y el viento frío le golpeó, vaciló, se estremeció y sus dientes titiritaron, pero siguió caminando. Caminé hacia atrás, frente a él y le instaba para que siguiera andando. Llegó al bote salvavidas y se sentó con una manta como abrigo. Parecía estar en peores condiciones que George Holl, pero sobrevivió y George no lo consiguió.

 

Manos dispuestas ayudaron a llevar a los heridos a los cuatro botes salvavidas que parecían estar intactos. Después de que algunos de los heridos fueron cargados, un oficial y los hombres aptos para remar el bote, tomaron el espacio restante en el bote salvavidas número 1 mientras era bajado. El bote salvavidas número 2 fue el siguiente en botarse, luego el bote salvavidas número 4, un bote autopropulsado que era desconocido por nosotros, fue dañado por la explosión. Era remado a poca distancia de la nave cuando se hundió al nivel del lomo del cañón. Los heridos fueron arrastrados por sus compañeros sobre la quilla del barco y luego se aferraron a las ametralladoras. Llevaban chalecos salvavidas, pero no podían sobrevivir en aguas islandesas, siendo el 29 de enero. Dos hombres regresaron nadando a la nave. El bote salvavidas número 3 fue el último en ser lanzado.

Mientras un destructor norteamericano rescataba a los sobrevivientes del Alexander Hamilton, otro destructor nuevo, el Stack, atacó al U-132 y le infligió tantos daños por cargas de profundidad, que Vogelsang se vio obligado a abortar su misión y regresar a Francia. Aunque muchas naves norteamericanas habían manifestado haber hundido o averiado a submarinos alemanes, el Stack fue en realidad el primer navío estadounidense en causar daño a un U-Boot.

 

Si deseas saber más, visita el sitio Jack’s Joint, que cuenta con varias historias de la Guardia Costera de los Estados Unidos.

El Alexander Hamilton en su color gris en tiempos de guerra, de diciembre de 1941.

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