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Un torpedo alcanza al Alexander Hamilton

​El USCGC Alexander Hamilton después de ser torpedeado por el U-132 frente a Islandia el 29 de enero de 1942, durante la evacuación de su tripulación. Los botes comenzaron a apartarse del guardacostas aproximadamente media hora después del impacto. (Foto: U.S. Naval Institute Photo Archive).

Cuando Estados Unidos entró formalmente en la Segunda Guerra Mundial en diciembre de 1941, el Alexander Hamilton llevaba más de dos años navegando por un Atlántico cada vez menos neutral. Había realizado patrullas de neutralidad y observación meteorológica; desde septiembre de 1941 operaba bajo control de la Marina y había adoptado precauciones contra ataques de submarinos y aviones. Terminadas sus reparaciones en Norfolk el 27 de diciembre, recibió una nueva misión: escoltar convoyes.

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El 15 de enero de 1942 se incorporó al HX-170, un convoy de 29 buques que navegaba hacia el punto de encuentro en mitad del Atlántico donde sería entregado a escoltas británicos. El temporal retrasó ese relevo y obligó a algunos destructores estadounidenses a separarse por falta de combustible. Durante parte de la espera, el Alexander Hamilton y el USS Niblack quedaron como los únicos escoltas del convoy. Los británicos llegaron finalmente la tarde del 24 de enero y el guardacostas puso rumbo a Islandia.

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El viaje cambió casi de inmediato. El USS Yukon, un buque de abastecimiento que regresaba de Islandia, había quedado parcialmente incapacitado al fallar su compresor principal de aire. El Alexander Hamilton recibió la orden de acudir en su ayuda y lo tomó a remolque el día 25, mientras el destructor USS Gwin proporcionaba escolta. Durante cuatro días avanzaron lentamente hacia Reikiavik.

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Al mediodía del 29 de enero apenas quedaban unos 16 kilómetros hasta su destino. El HMS Frisky salió de Reikiavik para relevar al Alexander Hamilton en el remolque del Yukon. Completada la transferencia, el guardacostas avanzó lentamente para dejar espacio al remolcador y a su carga, cerca de la entrada al canal barrido de minas que conducía al puerto. En aquellas aguas, desde el 21 de enero, patrullaba el U-132 al mando de Ernst Vogelsang.

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Entre los hombres que habían pasado aquellas jornadas de temporal, convoy y remolque estaba el radiotelegrafista William A. Ogletree. Su relato de aquella mañana comienza todavía dentro de la rutina de la sala de radio:

Como era mi costumbre, al amanecer dejé el puente y fui a la sala de radio, donde sintonizaba alguna estación, de preferencia WCX, y copiaba noticias de prensa. Durante el convoy nos habían relevado oficialmente de esa tarea, porque era importante obtener una copia completa y clara de todas las transmisiones “Fox”. Sin embargo, después de unos días comenzaron a circular entre la tripulación rumores sobre derrotas aliadas en combate.

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Había una persona que parecía disfrutar repitiendo aquellos rumores —y yo sospechaba que era quien los originaba— y que nunca se cansaba de hablarnos de la experiencia de su padre como oficial de U-Boot durante la Primera Guerra Mundial. Las noticias de prensa escritas, aunque censuradas en origen, estaban sesgadas y con frecuencia informaban de reveses ya pasados; aun así, proporcionaban un punto firme de referencia para las conversaciones. Se colocaban copias en los tablones de anuncios y también circulaban por la cámara de oficiales. Los rumores sobre derrotas disminuyeron.

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Después del desayuno me fui a dormir. Al mediodía, el radiotelegrafista Rowe me despertó y me dijo que me levantara a almorzar.

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—El mar está más tranquilo. Es la mejor comida que hemos tenido desde que salimos de Estados Unidos.

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Le dije que prefería seguir durmiendo, sin saber la importancia que tendría aquella decisión.

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…

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La siguiente vez que desperté, estaba tendido sobre la cubierta en completa oscuridad, sin poder evitar inhalar algo acre e irritante que había en el aire. Tenía un zumbido terrible en los oídos y, al principio, no podía oír nada. Me di cuenta de que no estaba solo cuando empecé a escuchar voces. Me arrastré hacia el mamparo, localicé mi litera al tacto y busqué mi ropa. Encontré mis pantalones de faena y grité preguntando si alguien sabía por dónde se salía.

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Justo entonces, alguien consiguió abrir la escotilla del castillo de proa que daba a la cubierta superior y vi un haz de luz. Vestido únicamente con los pantalones de faena y la ropa interior, salí por la escotilla y corrí hasta la sala de radio. Me alivió ver a todos los radiotelegrafistas de pie afuera, al parecer ilesos.

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—¿Explotó una caldera?

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—¡No, nos han torpedeado! —me dijo el radiotelegrafista Sproston.

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—¿Dónde están el Yukon y el destructor que nos escoltaba?

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—El Yukon está por nuestra amura de babor. Hace menos de treinta minutos soltó nuestro cabo de remolque y quedó a remolque del remolcador británico Frisky. Nuestra tripulación recogió y estibó el cabo, y justo nos estábamos poniendo en marcha cuando se produjo la explosión. Nadie vio el torpedo, pero en el puente están seguros de que fue eso. El destructor se marchó escoltando al Yukon. Echa humo a chorros por la chimenea; parece que está dejando atrás al remolcador, largándose de aquí a toda prisa.

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Dentro de la sala de radio, los equipos estaban destrozados. La cubierta se había abombado formando grandes protuberancias, pero el metal bajo el linóleo no se había desgarrado. De un vistazo vi que nuestros transmisores estaban destruidos sin posibilidad de reparación, con excepción del transmisor UHF montado sobre soportes amortiguadores, que pensé que podría funcionar si lograba suministrarle corriente. Afuera vi que el grupo motor-generador de emergencia se había desprendido de sus soportes y que sus cables de alimentación estaban rotos.

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El radiotelegrafista Herrin me informó de que se había dado la orden de zafarrancho de combate. Como mi puesto de combate estaba en la sala de radio, entré y me puse a extraer de entre los escombros la caja que contenía el equipo de radio de emergencia. Acababa de conseguirlo y estaba a punto de abrirla cuando oí transmitir la orden:

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—¡Abandonen el buque!

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En ese caso, mi obligación era llevar el equipo de radio de emergencia al bote salvavidas n.º 5. Por estribor, del n.º 5 solo quedaba un fragmento roto colgando del pescante, así que llevé la caja hacia proa, hasta el bote salvavidas n.º 3. Mientras la subía al bote, el comandante Hall me llamó desde el puente:

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—¿De quién es esa maleta?

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—Es el equipo de radio de emergencia, señor.

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Me ordenó que lo instalara en el bote y le avisara cuando estuviera listo para transmitir. En pocos minutos había montado la antena, conectado el transceptor y el convertidor rotativo a la batería de seis voltios y sintonizado una frecuencia de la Marina. Allí escuché al Yukon transmitiendo en Morse a la Base Aérea de Keflavík. La base informó de que había enviado un avión armado con cargas de profundidad para buscar al submarino.

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Informé de aquello al comandante Hall y me ordenó que no transmitiera ningún mensaje de socorro hasta recibir nuevas órdenes. Mientras esperaba, el maestre de armas McKinnon me llamó:

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—Necesitamos ayuda para llevar a los heridos desde la enfermería hasta los botes salvavidas.

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En la enfermería, el doctor Finger me señaló con un gesto a un hombre tendido sobre un colchón.

 

—Lleva a este hombre.

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Vi que era mi amigo, el señalero George Holl. Agarré el colchón por el extremo donde estaba la cabeza de George y un compañero de tripulación negro y alto, W. P. Alexander, de Mobile, tomó el otro extremo. Dos veces sentí que el colchón se me escapaba de las manos y tuve que pedirle a Alexander que se detuviera mientras volvía a sujetarlo.

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Llevamos a George hasta el bote salvavidas, que había sido bajado al nivel de la cubierta, y pedimos ayuda para subirlo a bordo. George habló por primera vez:

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—Miren, muchachos, no se molesten. Métanme en una caja y tírenme por la borda. Ya se acabó para mí.

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Un hombre al que yo conocía como “Damper Dan” fue la única persona rescatada de la sala de máquinas. (Burton Sharer había bajado por tuberías de vapor calientes y había sacado de allí a Dallas O’Neal). Tenía la ropa mojada y grandes fragmentos de piel quemada le colgaban del rostro y de los brazos. Cuando intentamos acostarlo sobre un colchón, dijo:

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—No me toquen. Caminaré.

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Cuando abrimos la puerta de la enfermería y el viento frío lo golpeó, vaciló, se estremeció y le castañetearon los dientes, pero siguió andando. Yo caminaba hacia atrás, frente a él, animándolo a continuar. Llegó hasta el bote salvavidas y se sentó, envuelto en una manta. Parecía estar en condiciones mucho peores que George Holl, pero él sobrevivió; George no.

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Varios hombres ayudaron a llevar a los heridos hasta los cuatro botes salvavidas que parecían no haber sufrido daños. Después de embarcar a algunos de ellos, un oficial y varios hombres en condiciones de remar ocuparon el espacio restante del bote salvavidas n.º 1 mientras lo arriaban. Después se arrió el n.º 2 y luego el n.º 4, un bote de salvamento autovaciante que, sin que lo supiéramos, había quedado dañado por la explosión.

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Apenas se había alejado a remo una corta distancia del buque cuando se hundió hasta que el agua llegó a la altura de las bordas. Sus compañeros mantuvieron a flote a los heridos sobre la quilla del bote; después, estos se aferraron a las bordas. Llevaban chalecos salvavidas, pero no podrían sobrevivir mucho tiempo en aquellas aguas islandesas; era 29 de enero. Dos hombres regresaron nadando al buque.

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El bote salvavidas n.º 3 fue el último en ser arriado.

Si deseas saber más, visita Internet Archive, copia archivada de Jack’s Joint, sección “The Alexander Hamilton’s Last Mission”, de William A. Ogletree.

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A las 13:12, uno de los cuatro torpedos disparados por el U-132 había alcanzado el costado de estribor del Alexander Hamilton, a la altura de la chimenea, e inutilizado su propulsión y el sistema eléctrico principal. El ataque causó finalmente 26 muertes; otros diez heridos necesitaron hospitalización. A las 14:47, el USS Gwin se acercó y se colocó al costado para recoger a los últimos tripulantes, incluido Arthur G. Hall, comandante del guardacostas. El Alexander Hamilton quedó atrás, todavía a flote.

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En el Alexander Hamilton, la guerra comprimió en minutos tareas que en la rutina del buque permanecían separadas. El oficio de Ogletree consistía en escuchar, copiar y transmitir; la emergencia le exigió algo más elemental: hacerse útil allí donde aparecía una necesidad. La especialidad seguía importando, pero podía ceder ante algo más inmediato: el compañero que necesitaba llegar vivo al siguiente lugar.

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Ogletree había comenzado aquella mañana copiando noticias de una guerra que llegaba por radio. Antes de que terminara el día, ya no necesitaba escucharla para saber que estaba allí.

Vista de proa del USCGC Alexander Hamilton amarrado en el Norfolk Navy Yard, Portsmouth, V

Vista de proa del USCGC Alexander Hamilton amarrado en el Norfolk Navy Yard, Portsmouth, Virginia, el 27 de diciembre de 1941, fecha en que concluyeron las reparaciones previas a su nueva misión de escolta de convoyes. (Foto: U.S. Coast Guard).

Vista de la cubierta de proa del USCGC Alexander Hamilton desde la plataforma del reflecto

Vista de la cubierta de proa del USCGC Alexander Hamilton desde la plataforma del reflector, en el Norfolk Navy Yard, Portsmouth, Virginia, el 27 de diciembre de 1941. La imagen conserva la disposición de la cubierta y parte del armamento del guardacostas al comienzo de su etapa de escolta de convoyes. (Foto: U.S. Coast Guard).

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