Hamburgo sacude al Reich

Hombres buscan entre los escombros en Hamburgo tras los bombardeos aliados de 1943. La imagen sitúa el artículo en el paisaje de destrucción urbana que siguió a la Operación Gomorra.
Los bombardeos sobre Hamburgo aún no habían terminado. Vendrían nuevos ataques diurnos de la Fuerza Aérea del Ejército de los Estados Unidos y nuevas incursiones nocturnas de la Real Fuerza Aérea, pero ninguna sería tan devastadora como el bombardeo que provocó la tormenta de fuego del 27 al 28 de julio. Para el régimen nazi, sin embargo, el problema ya no era solo militar: Hamburgo había abierto una grieta psicológica en el corazón del Reich.
Para el 29 de julio, la ciudad no era simplemente una urbe bombardeada, sino una capital industrial parcialmente paralizada. Barrios enteros al este del centro habían quedado convertidos en zonas calcinadas; los servicios de agua, electricidad, gas y transporte funcionaban de manera irregular o habían colapsado en amplios sectores. Decenas de miles de habitantes huían de la ciudad mientras las autoridades intentaban organizar refugios, evacuaciones, entierros, reparto de alimentos y el control del orden público en medio del humo, el calor y los escombros.
La tormenta de fuego había demostrado que la combinación de bombardeos concentrados, bombas explosivas, incendiarias y el uso de Window podía desbordar las defensas aéreas alemanas y convertir una gran ciudad industrial en una catástrofe administrativa, moral y humana. En Berlín, la pregunta ya no era solo cómo reparar Hamburgo, sino cómo impedir que la misma suerte alcanzara otras ciudades del Reich.
Goebbels registró ese día la primera impresión recibida desde Hamburgo. Su entrada conserva el tono característico del régimen: asombro ante la magnitud de la destrucción, preocupación por la organización material de la ciudad y, al mismo tiempo, desprecio hacia quienes, a su juicio, no conseguían dominar la situación:
29 de julio de 1943
Durante la noche tuvimos el ataque más intenso realizado hasta ahora contra Hamburgo. Los ingleses aparecieron sobre la ciudad con entre 800 y 1.000 bombarderos. Nuestra artillería antiaérea logró derribar solo muy pocos, de modo que no puede hablarse de pérdidas enemigas graves.
Kaufmann me dio un primer informe sobre los efectos del ataque aéreo británico. Habló de una catástrofe cuya magnitud sencillamente pasma la imaginación.
Una ciudad de un millón de habitantes ha sido destruida de una manera sin paralelo en la historia. Nos enfrentamos a problemas casi imposibles de resolver. Hay que encontrar alimentos para esta población de un millón. Hay que asegurar alojamiento. La gente debe ser evacuada lo más lejos posible. Hay que proporcionarle ropa. En resumen, nos enfrentamos allí a problemas de los que no teníamos concepción alguna incluso hace pocas semanas.
Kaufmann cree que toda la ciudad debe ser evacuada, salvo pequeños sectores. Habló de unas 800.000 personas sin hogar que deambulan arriba y abajo por las calles, sin saber qué hacer. Creo que Kaufmann ha perdido un poco los nervios ante esta situación, sin duda excepcional. Tal vez sea un poco demasiado lírico y romántico para una catástrofe tan grande…
Si deseas saber más, lee The Goebbels Diaries, 1942-1943 [Los diarios de Goebbels, 1942-1943], de Joseph Goebbels.
La reacción de Goebbels todavía intentaba someter la catástrofe al lenguaje administrativo del régimen. Desde la Luftwaffe, Adolf Galland escribiría después con una mirada menos inmediata, pero más estratégica. Para él, Hamburgo no solo había mostrado la destrucción de una ciudad: había revelado la fragilidad del frente aéreo sobre Alemania:
Durante aquella noche oscura, oscura también para la defensa del Reich, los británicos emplearon por primera vez un nuevo método de aproximación: la corriente de bombarderos. Era un compromiso entre la formación suelta, extendida sobre un frente amplio, habitual en la aproximación nocturna, y la formación cerrada en que se volaban los ataques diurnos.
Los bombarderos volaban en varias oleadas sobre frentes estrechos, cada oleada detrás de la otra, como antes volaban los aviones aislados, con un rumbo, una altitud, una velocidad y una hora de llegada sincronizados. No formaban una agrupación definida. Solo de manera ocasional dos o más aviones volaban en contacto visual. De muchas pequeñas gotas de lluvia, que antes solían reunirse sobre la zona del objetivo para producir un efecto de bombardeo como el de un chaparrón, se había formado ya durante la aproximación una corriente que rompió nuestras defensas en una franja de unas cinco millas de ancho.
Nuestras defensas periféricas, ya insuficientes, quedaron impotentes ante este nuevo método. Con la ruptura de una corriente de bombarderos en un sector estrecho, naturalmente, quedaban atrapados menos aviones enemigos en el velo delgado e interrumpido de la defensa que durante una aproximación en formación abierta sobre un frente amplio.
Una ola de terror irradiaba desde la ciudad sufriente y se extendió por toda Alemania. Se contaban detalles espantosos del gran incendio. El resplandor de los fuegos podía verse durante días a una distancia de 120 millas. Una corriente de refugiados demacrados y aterrorizados fluyó hacia las provincias vecinas.
En todas las grandes ciudades la gente decía: “Lo que ayer le ocurrió a Hamburgo puede ocurrirnos mañana a nosotros”. Berlín fue evacuada con señales de pánico. A pesar de la más estricta reserva en los comunicados oficiales, el terror de Hamburgo se extendió rápidamente hasta los pueblos más remotos del Reich.
Psicológicamente, la guerra en aquel momento había alcanzado quizá su punto más crítico. Stalingrado había sido peor, pero Hamburgo no estaba a cientos de millas, en el Volga, sino en el Elba, justo en el corazón de Alemania.
Desde un punto de vista militar había que extraer conclusiones sobrias de estos acontecimientos. Los Aliados habían demostrado que era posible llevar a cabo ataques de aniquilación de importancia estratégica sobre el territorio del Reich. Los componentes de su éxito fueron:
1. Concentración de fuerzas de ataque sobre un solo objetivo.
2. Combinación de ataques diurnos y nocturnos.
3. Aplicación simultánea de nuevos medios y métodos: interferencia de radar, corriente de bombarderos, etc.
Después de Hamburgo, en los amplios círculos del mando político y militar podían oírse estas palabras: “La guerra está perdida”. El curso de los acontecimientos les dio la razón. La guerra estaba perdida. Pero no por la catástrofe de Hamburgo. Aquello era solo el resultado de un desarrollo que había comenzado mucho antes. Era inevitable.
Si deseas saber más, lee The First And the Last [El primero y el último], de Adolf Galland.
Al otro lado del frente, la lectura pública fue muy distinta. La destrucción de Hamburgo no aparecía solo como una catástrofe humana, sino como una prueba de escala: la confirmación de que la ofensiva aérea aliada había alcanzado un poder de destrucción sin precedentes. El siguiente lenguaje pertenece a una publicación británica contemporánea, escrita antes de que se conociera desde dentro el alcance real de la catástrofe:
La escala del ataque aéreo
El bombardeo de Alemania esta semana ha establecido un nuevo patrón en cuanto al peso de nuestro ataque aéreo. No solo la incursión del sábado por la noche contra Hamburgo y la del domingo por la noche contra Essen batieron todos los récords, al descargar cada una más de 2.000 toneladas de bombas sobre su objetivo; el seguimiento inmediato sobre Hamburgo mediante un pesado ataque diurno estadounidense, sucedido a su vez por más incursiones nocturnas de la R.A.F., incluida la mortal incursión del martes al miércoles, debe haber aumentado enormemente el efecto de paralizar los esfuerzos de bomberos y equipos de salvamento.
Nunca sabremos, hasta que ocupemos Alemania, cuánto daño han hecho nuestras incursiones; porque, aunque nuestras fotografías decían la verdad, siempre dicen menos que la verdad, y lo que hemos encontrado regularmente al ocupar posiciones enemigas en África y Sicilia justifica suponer que nuestra subestimación es considerable. Un fenómeno como la descarga de 2.300 toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre un área urbanizada limitada en cincuenta minutos no tiene paralelo ni precedente alguno en la historia.
Las incursiones más pesadas sobre Londres, terribles como nos parecieron entonces, fueron, en comparación, asuntos bastante menores. Es imposible estimar la reducción del potencial bélico alemán como algo menor que enorme; y, al fin y al cabo, en el potencial bélico, más que en cualquier otra cosa, se ha basado el éxito de combate de Alemania en las dos grandes guerras. Mientras tanto, gracias a la inmensa producción estadounidense, la escala aún puede aumentar.
Es más del doble de lo que era hace un año; dentro de un año, si la guerra todavía lo requiere, será otra vez el doble.
Si deseas saber más, visita The Spectator Archive, artículo “Scale of Air Attack”, publicado el 30 de julio de 1943.
Ese contraste define el 29 de julio de 1943. Goebbels medía alimentos, alojamiento, ropa, evacuaciones y funcionarios desbordados. Galland veía una advertencia estratégica para el Reich. The Spectator celebraba la escala alcanzada por la ofensiva aérea. En Hamburgo, mientras tanto, la ciudad seguía contando ausentes, trasladando familias, apagando incendios y abriendo caminos entre las ruinas.
La guerra aérea había dejado de ser una campaña de tonelajes, mapas de objetivo y partes oficiales. Desde esa fecha, para millones de alemanes, también fue una experiencia directa de vulnerabilidad: la certeza de que el frente ya no estaba lejos, sino encima de las casas, dentro de los refugios y en los caminos por donde avanzaban los refugiados.

Daños causados por los bombardeos en Hamburgo tras las incursiones del Comando de Bombarderos de la RAF en julio de 1943. Imperial War Museums forma parte de la serie Air Raid Damage in Germany, 1943. (Foto: Imperial War Museums, HU 63089).

Civiles con sus pertenencias rescatadas permanecen al aire libre en Hamburgo tras los ataques de julio de 1943. La escena muestra el desplazamiento inmediato de la población civil tras los bombardeos. (Foto: Imperial War Museums).

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