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Manila y Bataan bajo el mismo cielo

Tanques ligeros japoneses avanzan hacia Manila el 2 de enero de 1942, día en que las fuerzas de ocupación entraron en la capital filipina. (Foto: U.S. Army Center of Military History, CMH Pub 5-2).

A las 17:45 del 2 de enero de 1942, las tropas japonesas entraron en Manila. La capital había sido declarada ciudad abierta el 26 de diciembre, mientras las principales fuerzas estadounidenses y filipinas se retiraban hacia Bataan y Corregidor. La ocupación comenzó sin una batalla dentro de la ciudad, pero entre incendios, edificios dañados y calles donde la autoridad civil apenas podía contener el desorden.

Los saqueos habían comenzado antes de la llegada de los japoneses. El 1 de enero, los almacenes del servicio de intendencia situados en la zona portuaria fueron abiertos al público antes de ser destruidos. Al día siguiente, las multitudes que salían de los muelles, cargadas de provisiones, comenzaron a irrumpir también en los establecimientos comerciales. Cuando amaneció el 3 de enero, Manila ya estaba ocupada, pero aún no había recuperado el orden.

En Bataan, el ejército que había abandonado la capital intentaba reorganizarse. Las unidades buscaban sus puestos de mando, se excavaban posiciones y aún circulaba la esperanza de que pronto llegaran refuerzos. Sin embargo, la confusión de la retirada había alcanzado también a los suministros. Algunos soldados llevaban horas sin comer y nadie parecía saber con certeza dónde se encontraban los camiones que transportaban sus alimentos.

A un lado de la bahía estaba Víctor Buencamino, vicepresidente y gerente de la Corporación Nacional del Arroz y el Maíz —NARIC, por sus siglas en inglés— y administrador de alimentos de la Administración Civil de Emergencia. Al otro se encontraba su hijo Felipe III, joven oficial del Ejército filipino destinado en Bataan. El 3 de enero, sin saber lo que el otro escribía, ambos dejaron constancia del mismo día.

Víctor Buencamino permanecía en Manila, intentando proteger las existencias de arroz de una ciudad recién ocupada:

El saqueo continúa sin cesar. La guerra hace aflorar lo noble y lo degradante que hay en el hombre. Vi a tres soldados japoneses hablando con dos mujeres con los rostros maquillados en una esquina.

Miles de personas se agolparon en nuestros almacenes. El almacén de la calle Batangas fue saqueado por completo. Pedí protección policial al jefe Torres y al alcalde Nolasco, pero no tenían ninguna que ofrecer.

Después de consultar al secretario Vargas, se decidió que planteara el problema a las autoridades japonesas. Llamé al cónsul general Nihro, pero no estaba en su oficina. En su lugar me atendió el vicecónsul Itoh. Presenté los siguientes planteamientos, sin tener en mente otra cosa que el bienestar de la población. Primero, debe garantizarse a la gente el suministro de arroz; de lo contrario, habrá disturbios, derramamiento de sangre y muertes. Segundo, los almacenes de NARIC deben contar con protección militar.

Tercero, deben autorizarse las ventas en Pureza, Evangelista, Batangas y Azcárraga. Todos estos puntos de venta deben estar bien protegidos. Cuarto, los camiones de NARIC no deben ser confiscados. La distribución de arroz no debe obstaculizarse en los mercados, las tiendas sari-sari, las escuelas y los almacenes de NARIC.

El señor Itoh fue cortés, comprensivo y servicial. Creo que comprende la gravedad de la situación alimentaria. Fuimos al Hotel Manila para buscar al intendente del Ejército. Finalmente encontré al oficial de abastecimiento en el Army and Navy Club. El comandante japonés dijo que estudiaría mis propuestas mañana, domingo, y prometió comunicar su decisión el lunes.

El trabajo de un funcionario público es ingrato. Me gustaría dejar mi puesto ahora mismo, quedarme en casa, sentarme en el sofá y leer libros. Eso me libraría de muchos dolores de cabeza, chismes y del deterioro de mi salud.

Hay bombarderos otra vez. Puedo oír su zumbido. Debe de ser otra incursión sobre Bataan. Me pregunto si mi hijo sigue con vida. Sigo diciéndome que no hay nada más glorioso que la muerte de un soldado en el campo de batalla. Mi hermano mayor, Joaquín, murió en la guerra de 1898.

Pensar en el sueño eterno me impide dormir.

Si deseas saber más, lee Memoirs of Victor Buencamino [Memorias de Víctor Buencamino], de Víctor Buencamino, publicado por la Jorge B. Vargas Filipiniana Foundation.

La respuesta a la pregunta de Víctor no podía llegarle aquella noche. Ese mismo 3 de enero, Felipe Buencamino III escribía desde el puesto de mando de la 51.ª División en Bataan. Allí, el problema del alimento aparecía bajo otra forma: no se trataba de proteger almacenes para una ciudad, sino de encontrar los suministros destinados a los soldados:

Bataan

Puesto de mando de la 51.ª División

Brigada Provisional

Anoche dormí en una choza abandonada de nipa, junto a un río de aguas lentas. Soplaba mucho viento y eché de menos mi cama blanda y cálida de muelles. Los mosquitos me molestaron toda la noche. Esta mañana el médico me dio quinina. Dijo:

 

Los mosquitos de aquí son anofeles. Podrías contraer malaria.

Pasé la mañana buscando el puesto de mando del general Jones. Nadie sabía dónde estaba. El mayor Mascardo me dio una buena sugerencia. Dijo:

Sigue los cables telefónicos y te conducirán hasta allí.

Mi general y Jones sostuvieron una larga conferencia. Yo estaba afuera hablando con algunos de los oficiales que hacían excavar pozos de tirador. Los oficiales de este puesto de mando creen que el convoy llegará dentro de dos semanas. La opinión general es que las fuerzas de USAFFE estarán de regreso en Manila “a finales de mes”. Muy pocos dicen: “Tal vez el mes próximo”.

La impresión general es que los japoneses no eran tan buenos combatientes y que eran muy deficientes en la lucha cuerpo a cuerpo. Todas las conversaciones sobre los japoneses terminaban con un suspiro:

Si al menos tuviéramos aviones, ni un solo japonés habría podido desembarcar.

El capellán Quadra atrapó una gallina y la frió para el general y su estado mayor. Me avergüenza haber comido tan bien, porque sé que algunos soldados todavía no han probado alimento. Tengo la impresión de que la comida será un problema aquí, a menos que se organice el sistema de abastecimiento. El coronel Caluyag, de G-4, dijo que en este momento se está preparando la comida para las tropas. Mi sargento me pidió un plátano. Dijo que todavía no había desayunado.

Vi a Gonzalo González. Parecía muy cansado. Dijo:

Phil, las tropas no han comido desde anoche y hemos estado trabajando y trabajando.

No pude hablar mucho tiempo con él porque el general tenía prisa. También vi a Fermín Fernando y a Alex Albert. No me dijeron nada; se limitaron a saludarme con la mano porque corrían hacia un camión. Estaban muy sucios y sus uniformes de mezclilla azul estaban cubiertos de polvo.

Le dije al general:

 

Creo, señor, que las tropas todavía no han comido.

Lo sé —respondió—. Es culpa de los malditos camiones de abastecimiento. Nadie sabe dónde han acampado.

El coronel García acaba de llegar y le dijo al general que nuestras líneas se han estabilizado, que el sector ha sido reforzado y que el enemigo no está a la vista, pero que se sentiría mejor “si tuviéramos más ametralladoras”.

La sección G-2 informó que los japoneses bombardearon esta tarde el sector del general Segundo. Evidentemente, el enemigo está concentrando sus tropas para un ataque en el monte Natib. Hasta ahora se limita al reconocimiento aéreo y al bombardeo. No hay combates en las líneas del frente.

Si deseas saber más, visita The Philippine Diary Project, sección “Diary of Felipe Buencamino III”, donde puede consultarse la transcripción autorizada de Memoirs and Diaries of Felipe Buencamino III, 1941–1944.

Las dos entradas no fueron escritas para responderse. Víctor no sabía que su hijo había pasado la noche en una choza junto a un río ni que había compartido la comida del Estado Mayor mientras otros soldados seguían sin comer. Felipe tampoco podía saber que su padre recorría hoteles y oficinas japonesas para impedir que los almacenes de arroz de Manila fueran saqueados.

En ambos diarios, el alimento aparece como una preocupación inmediata. En la capital, el arroz debía llegar a mercados, escuelas y pequeñas tiendas antes de que el desorden provocara disturbios. En Bataan, los camiones de abastecimiento se habían perdido entre los caminos de la retirada, mientras los hombres excavaban posiciones con el estómago vacío.

No es posible saber si el zumbido que Víctor escuchó desde Manila correspondía al bombardeo que Felipe registró en el sector del general Segundo. Lo que sí quedó unido por la fecha fue el mismo cielo de guerra. El padre terminó su entrada preguntándose si su hijo seguía vivo; el hijo cerró la suya informando que todavía no había combate en las líneas del frente. Entre ambos se extendían la ciudad ocupada, la bahía y la península donde comenzaba a organizarse la resistencia.

El letrero “OPEN CITY — NO SHOOTING” cubre la fachada del ayuntamiento de Manila después d

El letrero “OPEN CITY — NO SHOOTING” cubre la fachada del ayuntamiento de Manila después de que la capital fuera declarada ciudad abierta el 26 de diciembre de 1941. (Foto: U.S. Army Center of Military History, CMH Pub 5-2/ fotografía japonesa).

La iglesia de Santo Domingo arde en Intramuros después del bombardeo japonés del 27 de dic

La iglesia de Santo Domingo arde en Intramuros después del bombardeo japonés del 27 de diciembre de 1941, pocos días antes de la entrada de las tropas de ocupación en Manila. (Foto: National Museum of the U.S. Navy, LC-Lot-9431-22/ Office of War Information, Library of Congress).

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