A principios de mayo, Otto Giese estaba con el submarino U-405 en su segunda patrulla, la primera ocasión habían rodeado el Cabo Norte y entraron al Mar de Barents. Ellos estaban operando en la misma región que el U-456, que recién había torpedeado al HMS Edinburgh, pero en esta patrulla no se acercaron lo suficiente para realizar ataque alguno sobre embarcaciones.

 

Giese había sido oficial en la marina mercante antes de la guerra y era un marinero experimentado. Ofreciéndose como voluntario en el servicio de submarinos, aún no era más que un “aspirante a oficial” en esta etapa, con el simple rango de marinero.

 

Encontró que la vida constreñida en el estrecho conducto de un submarino era muy diferente a las de sus experiencias previas en el mar. La sensación de estar vigilando era aún más diferente. Al salir de Narvik se sorprendió de la necesidad de estar atado a los rieles de la torre de mando con un cinturón de tela -al entrar a mar abierto se enteró por qué era un salvavidas-, incluso si representaba retrasarlos al tratar de bajar por la escotilla del submarino en caso de una inmersión de emergencia:

Patrulla del U-405 en el Mar de Barents

La Armada alemana (Kriegsmarine) y la Fuerza Aérea (Luftwaffe) fueron notablemente exitosas en mayo. Un total de 170 naves enemigas con un tonelaje total de 924,400 toneladas de registro bruto (TRB) fueron hundidas. De ellas, sólo la rama de submarinos había destruido 140 buques, con un registro de 767,400 TRB. En la imagen, un U-Boat a toda velocidad en el Atlántico. Entre el 10-20 de mayo de 1942.

Tenía una buena oportunidad para observar las escenas espectaculares, que me recordó aquellos días frente al Cabo de Hornos. Sólo que esta vez había una diferencia, ahora yo era casi parte del mar, sumergido en el agua la mayor parte del tiempo.

 

Las enormes olas eran como los colmillos de lobos hambrientos rompiendo en nuestro pequeño bote. Siempre y cuando los colmillos cerraran en la estela o en la cubierta de popa de la embarcación, sus lenguas voraces sólo podían lamernos hasta la cintura. Pero cuando esos colmillos cerraban justo encima de nosotros había un ruido ensordecedor y de ruptura que nos arrebataba el aliento.

 

Un enorme peso nos obligaba a ponernos de rodillas y rasgaba todas nuestras extremidades. Por encima de nosotros una bóveda acuosa de color verde brillante espumaba y zumbaba antes de calmarse gradualmente. Se hacía más y más brillante, mientras luchábamos contra el agua drenándose, escupiendo, asfixiándonos y maldiciendo. Un vistazo a otros compañeros y sonrisas breves de caras rojas saladas nos reconfortaba al ver que todo estaba bien otra vez.

 

Bueno, a veces. Una vez encontré al marinero junto a mí de rodillas en la reja, como si estuviera buscando algo. ’¿Dónde están mis dientes?’ Exclamó. ‘Mis dientes se han ido, ¡mira!’ Él levantó la cabeza y vi sangre saliendo de su boca. No quedaba nada mas que unos cuantos dientes dispersos, rotos. Con un terrible dolor, fue relevado de su puesto de vigilancia.

 

La tensión era igual de dura en nuestro doloroso, gimiente bote. La escotilla estaba cerrada en todo momento para evitar que entrara agua en el bote. Ha habido incidentes en donde otros botes habían sido presionados bajo el agua por mares picados en la parte trasera. Y por increíble que parezca, ha habido algunos casos en que los botes habían navegado por horas después de que todos los vigilantes habían sido lanzados por la borda. Por ello nos reportábamos en el cuarto central aproximadamente cada media hora para indicar que todo estaba bien en cubierta.

Si deseas saber más, lee “Shooting the War: The Memoir and Photographs of a U-Boat Officer in World War II” [Filmando la Guerra: la memoria y fotografías de un oficial de submarino en la Segunda Guerra Mundial], de Otto Giese.

Una imagen del U-405 mostrando una red de camuflaje sobre cubierta.

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