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Abordando un buque de tropas con destino desconocido

El Cameronia hizo travesías transatlánticas sin escolta, incluso después de que comenzara

El Cameronia realizó travesías transatlánticas sin escolta, incluso después de que comenzó la guerra, hasta que fue requisado por el Almirantazgo británico como transporte de tropas en diciembre de 1940. En diciembre de 1942, fue impactado por un torpedo aéreo, con la pérdida de 17 vidas, pero continuó hasta llegar a puerto para ser reparado. El barco más tarde llegaría a convertirse en el buque de tropas más grande que participó en los desembarcos de Normandía. Después de la Segunda Guerra Mundial, el buque fue anclado, pero luego fue reinstaurado y convertido en un buque de emigración australiano. 

Viajar en un transporte de tropas fue una experiencia común para la mayoría de quienes sirvieron en la guerra. En general, eran más rápidos y más seguros que la marina mercante y la amenaza de los U-Boot sobre ellos no era tan grande —pero para muchos habría sido una experiencia desconcertante—. Los buques de tropas tenían órdenes estrictas de seguir adelante sin importar cualquier cosa que les sucediera a los barcos a su alrededor.

 

La vida a bordo de un buque de tropas variaba ampliamente entre los diferentes buques y el estado de los pasajeros, pero en general no era una experiencia agradable. Jim Buchan escribió un largo relato de su experiencia —esto es sólo una parte de ese—:

Era miércoles, 9 de diciembre de 1942, y por encima de nosotros estaba la imponente mole gris del buque de tropas T.S. Cameronia, cerniéndose amenazadoramente mientras batallábamos para bajar de los lados del muelle del King George V, en Glasgow, hasta los tablones cargados con nuestros sacos de avíos, el equipo completo para la orden de marcha y nuestras armas pequeñas.

Al pisar la cubierta, no fuimos recibidos por una tripulación naval que nos dirigió a bordo, sino por un miembro de la Policía Militar que, en turno, nos entregó a cada uno de nosotros un trozo de cartón con un número que indicaba a qué parte de la nave habíamos sido asignados. La nuestra decía “Cubierta de Comedor D.8” y fuimos lidiando torpemente hacia abajo por pasillos y escaleras hasta llegar a nuestro espacio asignado.

Las implicaciones de estar en D8 fueron aclaradas lentamente; a cada cubierta se le asignó una letra, empezando por la A, que estaba donde estaban los botes salvavidas y se extendía a lo largo del casco. Por encima de ella estaban las cubiertas más cortas, con camarotes, oficinas y cuartos de radio, y, finalmente, el puente y la cubierta desde donde la chimenea se alzaba. Las tropas fueron alojadas en las cubiertas con las letras A a D, en cubiertas de comedores, que eran zonas seccionadas en cada cubierta y numeradas en orden de proa a popa.

Cada cubierta de comedor contenía unos 100 hombres, y cada hombre tenía un espacio en una mesa larga, con alrededor de 12 hombres agrupados en torno a ella. Había un poco de espacio entre las mesas y aquí estaba almacenado todo nuestro equipo, así como mantas y ropa de cama. Las hamacas eran el orden del día y se colgaban de soportes sobre las mesas y a lo largo de las paredes (o lo que deben ser mamparos).

Así es que este espacio restringido, cuatro cubiertas abajo sobre un trasatlántico convertido, justo por encima de la línea de flotación y con sólo otra cubierta de comedores —D9— entre nosotros y las hélices, sería nuestra casa, por lo que estimamos unas dos semanas para que la 254ª Batería del 64º Regimiento Antitanque, Artillería Real, con destino a servicio en el extranjero, llegara a algún lugar aún no especificado.

 

 

El toque de diana sonó a las 6:30 y salimos de nuestras hamacas, al menos aquellos de nosotros que todavía estábamos en ellas. Algunos no han sido capaces de ponerse cómodos y han decidido dormir ya sea en la mesa del comedor, en los bancos o incluso en la cubierta. El desayuno sería a las 7:30, así que tuvimos que ir al cuarto de abluciones para lavarnos, afeitarnos y arreglarnos con nuestro equipo guardado, listo para su inspección a las 8:30.

Otra experiencia nueva, ¡lavarnos con agua salada! Afortunadamente habíamos podido adquirir un poco de jabón para agua salada la noche anterior, pero aun así era difícil. El agua potable estaba severamente limitada, así que la limpieza de los dientes se realizaba con la poca que había en nuestros tarros, guardando un poco para tratar de afeitarnos decentemente; esto antes de mojarnos y enjabonarnos en el agua salada (fría). Para entonces el barco estaba anclado de nuevo, sólo balanceándose ligeramente, y cuando los ordenanzas de comedores regresaron con nuestros desayunos, se las habían arreglado para echar un vistazo y fueron capaces de informarnos que estábamos anclados en Greenock, en lo que se conoce como ‘La Cola del Banco’, que es el último punto antes de llegar a mar abierto.

El desayuno fue sorprendentemente bueno, avena seguida de tocino y tomates en lata, gruesas rebanadas de pan con un poco de mermelada y montones de té, así que estábamos razonablemente contentos cuando tuvimos nuestro primer desfile en cubierta y pudimos ver nuestros alrededores. Muchos de nosotros estábamos familiarizados con ellos por viajes en el Río Clyde antes de la guerra, en uno de los muchos vapores recreacionales, así que reconocimos las ciudades y las colinas que pudimos ver a lo largo de la costa.

El río estaba casi cubierto por buques de todos los tamaños y formas, desde transportes de tropas como el nuestro y algunos incluso más grandes, hasta buques de carga que se veían desgastados y, resoplando oficiosamente alrededor, remolcadores pequeños transportando personas e instrucciones a los diferentes navíos. A la distancia, moviéndose lentamente alrededor, se podían ver los cascos grises de líneas puras de los destructores de la Armada Real, que presumiblemente serían nuestros escoltas cuando nuestro convoy -P7- finalmente se hiciera a la mar, pero todo era pálido, gris y húmedo; después de todo, era diciembre y no estábamos en un crucero de placer.

Si deseas saber más sobre la historia de Jim Buchan, visita BBC People’s War [La guerra del pueblo de la BBC].

 

Detalle y fotografías cortesía de la Bitácora del Orgullo de Clyde.

La seguridad implicaba que pocos hombres supieran hacia dónde iban hasta que estuvieran a

La seguridad implicaba que pocos hombres supieran hacia dónde iban hasta que estuvieran a bordo de un buque. Esto se hacía con el fin de evitar que fuera comentado con alguien —incluso con familiares cercanos— y se convirtiera en información de inteligencia enemiga, que podría estar en condiciones de interceptar cualquier movimiento de tropas. En el cartel se lee: “Las palabras descuidadas pueden hundir barcos. No hables de envíos, municiones o movimientos de tropas”. 

El 1 de enero de 1953, el barco Cameronia fue vendido al Ministerio de Transporte y fue re

El 1 de enero de 1953, el barco Cameronia fue vendido al Ministerio de Transporte y rebautizado como “Empire Clyde”. Después de 39 años de servicio, incluido el duro servicio en tiempos de guerra, el buque fue vendido como chatarra en marzo de 1958. 

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