Michael Kitzelmann era un soldado leal de la Wehrmacht. Se convirtió en un comandante de compañía a los veinticuatro años, fue galardonado con la Cruz de Hierro de segunda clase por su valentía en batalla y le fue otorgado la Insignia por Herida en oro por siete estancias en hospitales de campaña.

 

Sin embargo, Kitzelmann también era un católico con un pensamiento independiente. La campaña en la Unión Soviética le obligó a examinar su conciencia. Sus cartas a casa se convirtieron cada vez más críticas del régimen nazi y la conducta de las tropas en la Unión Soviética.

 

Se presume que, en la primavera de 1942, Kitzelmann fue testigo de algunas atrocidades particulares en Rusia, fuera el trabajo de los Einzatgruppen contra los judíos o la acción indiscriminada contra civiles sospechosos de ser “partisanos”. Kitzelmann se volvió abiertamente crítico de los nazis y expresó su opinión delante de sus compañeros; fue un error fatal:

La furia de las leyes militares alemanas

La mayor campaña ofensiva alemana de 1942 en la Unión Soviética aún no podía ponerse en plena marcha, las carreteras tenían que secarse para transportar las municiones necesarias que debían ser suministradas a las áreas más avanzadas del frente.

El 11 de abril de 1942, entré en la prisión militar de la fortaleza de Orel. La fortaleza, un enorme edificio bajo, destemplados de color rosa, con torreones circulares gigantescos en cada esquina, se encuentra al norte de la ciudad en las escarpadas orillas del río Oka. Hay un pasaje de piedra oscura en el piso superior, donde el aire es húmedo y frío y aquí fui entregado a los guardias de la prisión.

 

Mi celda se encuentra en la torre noreste y es de aproximadamente unos 4 metros de ancho y de la misma altura. Tiene un suelo de madera y un techo abovedado de ladrillo. Al oeste, una ventana de arco perfora la pared, de un metro de grosor con fuertes barras de hierro entre la ventana, incrustadas en la pared. Por la noche y sólo entonces, unos pocos rayos dorados de sol penetran brevemente en mi triste soledad. Una puerta de madera de roble macizo enorme, reforzada por herrería pesada, me aísla del mundo.

 

La oscuridad y el terror paraliza mi ser. El silencio es insoportable. Impotente y abandonado me quedo conmigo mismo, solo, ¡condenado a muerte…!

 

Ahora conozco la furia de estas leyes militares. Durante la noche fui catalogado como un criminal sólo por hacer algunos comentarios despectivos acerca del gobierno. Y por ello parece que debo perder mi vida, mi honor, mis amigos y mi lugar en la sociedad humana. ¿Cómo pudo suceder todo esto? Yo tenía una reputación bastante buena hasta ahora y hasta donde yo sé, era considerado como un hombre decente, con un sentido normal del deber. ¿Qué es lo que es correcto y justo en este mundo? ¿No he servido a mi país con honor por cuatro años? Estuve en el frente durante dos años, participé en tres campañas y he demostrado mi lealtad con suficiente frecuencia. ¿Es esto el agradecimiento que recibo de mi país?

 

El 11 de junio de 1942, a las 5 P.M., me dijeron que mi petición de piedad había sido rechazada y que la sentencia se llevaría a cabo el 12 de junio de 1942 a las 7 A.M. Señor, hágase tu voluntad. Por la noche me sentí alegre. El querido y buen pastor Schmitter ha vuelto y quiere quedarse conmigo durante mis últimas horas en la tierra. Estuvo aquí hasta después de medianoche. Le dije mis últimos deseos, le pedí que mandara mi amor a mi gente en casa y hablé con él sobre lo que sucedería al final. Él ha prometido regresar puntualmente a las 6 de la mañana. Allí me confesaré una vez más, por toda mi vida. Celebraremos misa y comulgaremos juntos…

 

Dios me ha dado una gran alegría, porque la hora de mi muerte es una misericordiosa.

Si deseas saber más, lee “Conscience in Revolt: Sixty-four Stories of Resistance in Germany 1933-45” [Conciencia en revuelta: sesenta y cuatro historias de resistencia en Alemania, 1933-45], de Annedore Leber.

 

La historia de Michael Kitzelmann estaba lejos de ser única, pero lo sobresaliente de su caso fue muchas de sus cartas y relatos de su diario sobrevivieron a la guerra. El Estado nazi siempre reprimía cualquier forma de disidencia. La expresión de opiniones siendo civil por lo general significaba una temporada en un campo de concentración, por decir lo menos. Dentro de las filas de la Wehrmacht, este tipo de opiniones no podían ser toleradas. Para los nazis, la falta de lealtad total a su causa era un crimen capital. En la Primera Guerra Mundial menos de 200 hombres habían sido ejecutados por deserción de las fuerzas armadas alemanas. En la Segunda Guerra Mundial, más de 15,000 hombres fueron ejecutados por la Wehrmacht por deserción, disidencia o la falta de compromiso.

 

Para un estudio de la forma en que las fuerzas armadas mantenían la disciplina y la lealtad al régimen, lee “Hitler’s Army: Soldiers, Nazis, and War in the Third Reich” [El ejército de Hitler: Los soldados, los nazis y la guerra en el Tercer Reich], de Omer Bartov.

Tropas alemanas transportan un arma sobre un puente de pontones improvisado.

Una columna de suministro con una cocina de campaña se moviliza al frente, en junio-julio de 1942.

Tanques Panzer IV de la División Großdeutschland se abren paso sobre un puente de ferrocarril.

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