El joven adolescente Stanislaw Smajzner y su familia fueron escoltados fuera del gueto judío de Opole Lubelskie el 10 de mayo de 1942. La acción alemana para desalojar los guetos polacos estaba ya en pleno apogeo; lo que se conocería como la Acción Reinhard se traduciría en millones de personas asesinadas para finales del año.

 

La familia Smajzner estaba en camino a Sobibor, un campo de exterminio siguiendo el modelo del campo en Bełżec. El sistema estaba había sido perfeccionado y más campos de exterminio estaban siendo abiertos para hacer frente a los cientos de miles de personas que rutinariamente eran asesinadas.

 

Stanislaw Smajzner y su familia pasaron todo el día marchando a campo traviesa a un ritmo imparable. Aquellos que no podían seguir el ritmo eran ejecutados. Pasaron la noche en un recinto abierto, cerca de la estación de ferrocarril de Nałęczów. Los que tenían algunas pertenencias negociaban con los polacos locales a través de la alambrada para obtener un poco de agua. Posteriormente, al amanecer, aún sin comida ni agua, el tormento se convirtió en algo mucho peor:

Tren de carga con destino a Sobibor

El Jefe de la Policía de las SS para el distrito de Lublin, Odilo Globocnik, a la derecha, en el sitio del campo de Sobibor. Él supervisó la construcción y operación de Sobibor, Majdanek y Treblinka, en Polonia oriental, los cuales fueron destinados a la exterminación de 2,284,000 de judíos que los alemanes estimaban permanecían en la zona del Gobierno General alemán en Polonia.

Era el 11 de mayo de 1942 y cuando cayó la noche la mayoría de nosotros teníamos hambre y sed y lo único que escuchamos fue el llanto de nuestras mujeres y niños. Algunos cantaban el Kaddish - la oración judía por los muertos - por aquellos que se habían ido para siempre. Y así pasamos la noche, todos nosotros tumbados en el suelo al aire libre y, aunque estábamos absolutamente agotados con cansancio y sufrimiento, no pudimos dormir.

 

Antes del amanecer los guardias entraron en el recinto para ubicarnos una vez más en filas. Al momento en que esto se había realizado, nos llevaron a la plataforma de la estación bajo una fuerte escolta. Cuando llegamos allí vimos un tren de carga esperando por nosotros: todos sus vagones estaban completamente cerrados y tenían muy poca ventilación. Tenían puertas corredizas que estaban aseguradas desde el exterior.

 

A gritos y empellones, nos echaron en los vagones hasta que estuvieron saturados con judíos. Al menos un centenar de personas fueron colocadas dentro de cada uno de ellos, en condiciones que no serían apropiadas incluso si la carga se tratara de cerdos. Cuando el montón de gente estaba rebosando el interior de los vagones de ganado, escuchamos un silbido agudo y luego el silbido del tren que precedía a su salida.

 

Con el tren a toda velocidad, la constante sacudida de los vagones hizo que la situación en el interior llegara a un estado de pánico y desesperación increíbles. No tengo palabras para describir exactamente lo que sucedió en aquel infierno. Los niños eran sofocados hasta la muerte, agitándose frenéticamente, tratando de respirar un poco de oxígeno que los pudiera mantener con vida. Los ancianos fueron pisoteados y prensados en todas las formas posibles; las mujeres, algunas de ellas embarazadas, estaban suspendidas en el aire, sin ser capaces de poner los pies en el suelo, ya que fueron aplastadas por la pesada multitud que oscilaba de un lado a otro, como un péndulo, siguiendo el vaivén de los carros que corrían muy rápidamente.

 

La falta casi total de aire hizo que el calor se convirtiera en tórrido y la sed insoportable. No había agua ni baños y muchos hacían sus necesidades allí mismo. Los mareos y desmayos llegaron en sucesión rápida y la crisis se agravaba cada minuto y no se encontró alguna solución a todo eso.

 

De vez en cuando el tren se detenía, pero no vimos ni nos dijeron nada. En estos breves momentos la única esperanza que teníamos era que abrieran las puertas y nos dejaran respirar un poco de aire que tanto necesitábamos. Sin embargo, esto nunca sucedió. Un silbato, otro silbido del tren y el convoy siguió su curso implacable. Cada minuto el número de cadáveres crecía a nuestros pies, aunque algunos de los muertos se mantenían en posición vertical por la presión de nuestros cuerpos, así tan llenos de gente estábamos. El olor a sudor, la orina y las heces se mezclaban en un olor nauseabundo que de hecho transformó al carro en una cloaca.

 

 

La única ventilación que teníamos llegaba a través de una pequeña ventana cerrada por barrotes de hierro entrelazadas con alambre de púas y el aire no era suficiente para las necesidades de un centenar de personas. No podíamos hacer nada con navajas o las uñas, el calor era cada vez más sofocante y el aire más difícil respirar.

Si deseas saber más, lee “Extracts from the Tragedy of a Jewish Teenager” [Extractos de la tragedia de un adolescente judío], de Stanislaw Smajzner, el cual puedes encontrar en el sitio Proyecto de Investigación del Holocausto.

Una imagen de Stanislaw Szmajzner después de haber escapado del campo de exterminio en Sobibor; posteriormente se unió a las fuerzas de guerrilla.

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