La tarjeta imposible de Pawiak

Agricultores polacos asesinados por fuerzas alemanas en la Polonia ocupada, 1943. La imagen ilustra el clima de violencia, represalias y terror cotidiano en el que vivían los civiles polacos bajo la ocupación alemana, el mismo contexto que rodeaba las detenciones, interrogatorios y ejecuciones vinculadas a lugares como Pawiak y la avenida Szucha.
En julio de 1943, Varsovia seguía bajo una ocupación que no necesitaba grandes operaciones militares para hacerse sentir. La represión diaria bastaba: redadas, interrogatorios, traslados a prisión, ejecuciones, deportaciones y desapariciones formaban parte de la geografía moral de la ciudad ocupada.
El levantamiento del gueto había sido aplastado pocas semanas antes. En sus ruinas y en las calles que lo rodeaban, la violencia alemana continuaba como una advertencia para todos: judíos escondidos, enlaces clandestinos, miembros de la resistencia, familias enteras y simples sospechosos podían caer en la maquinaria de la Gestapo.
Para los polacos de Varsovia, dos nombres bastaban para resumir ese miedo: Pawiak y la avenida Szucha. El primero era la gran prisión política de la ciudad; el segundo, la sede de la Gestapo, donde los detenidos eran llevados a interrogatorios que podían terminar en la muerte, en el regreso destrozado a la celda o en un traslado a un campo de concentración.
Julian Eugeniusz Kulski era todavía un adolescente. Había entrado muy joven en la resistencia polaca y, en junio de 1943, fue arrestado por la Gestapo. Durante su detención, negó conocer la organización clandestina a la que los alemanes intentaban vincularlo. La liberación que recibió el 13 de julio no fue una absolución verdadera, sino una excepción casi inexplicable dentro de un sistema en el que salir con vida resultaba prácticamente inconcebible.
Ese día, la libertad no llegó sola. En el trayecto hacia la avenida Szucha, Kulski vio de cerca lo que la ocupación hacía con otros cuerpos, otras voces y otros destinos que no tendrían la misma salida:
Martes, 13 de julio. Mañana.
El martes por la mañana estaba sentado en mi celda, en total desesperación, pensando en mis padres, a quienes, para entonces, estaba seguro de que jamás volvería a ver. Pero el “kapo”, el preso criminal de confianza, me llamó de pronto:
—Te ponen en libertad.
Me entregó mi tarjeta de liberación. ¡Simplemente no podía creerlo!
Pero yo era el único que permanecía en silencio. Desde los rincones sombríos de la celda, unos ojos tristes y envidiosos me miraban y oí a todos decir que yo tenía suerte. La regla de la prisión de Pawiak era que los inocentes iban a Auschwitz y los culpables ante un pelotón de fusilamiento. Ser liberado era algo casi inaudito.
Media hora más tarde, estaba sentado en la furgoneta de la prisión, de camino a la avenida Szucha.
Tres muchachas bonitas, con la cabeza erguida, estaban sentadas junto a mí en la furgoneta. Su tranquila dignidad me llamó la atención. Empecé a compartir mi alegría con ellas, pero me dijeron que iban a ser ejecutadas. Los alemanes habían descubierto que pertenecían al Ejército clandestino. Eran Krystyna, de 16 años; Barbara, de 17; e Irena, de 20.
Me hablaron de su destino con tanta sencillez y tanta franqueza que no supe qué responder. Finalmente, les estreché la mano a cada una y, de esa manera, rendí homenaje a su valentía. Como despedida, me pidieron que dijera una oración por ellas en la iglesia.
De regreso en la avenida Szucha, me llevaron otra vez a la sala de espera del “sanatorio”. Un hombre sentado cerca de mí tenía un rostro que no podía llamarse ni humano ni animal. La mandíbula y los pómulos estaban completamente fuera de lugar y cubiertos de sangre coagulada. En lugar del ojo derecho había una herida abierta. Yo solo podía preguntarme cómo seguía vivo.
Una mujer de unos treinta años estaba sentada en la silla de al lado, hablando en voz baja con una compañera sobre las torturas que había sufrido. Hablaba de ellas de una manera extrañamente objetiva, con los brazos cruzados sobre los vendajes, donde antes habían estado sus pechos. Dijo que le habían anunciado que en algún momento del día siguiente la pondrían en el potro, y dio a entender que esperaba que entonces, por fin, todo terminara.
Aquellas personas que, por su país o por su fe, sufrían la tortura y la muerte con tanta valentía, me causaron una profunda impresión, y no podía dejar de preguntarme si yo sería tan valiente si eso me ocurriera a mí.
Martes, 13 de julio. Tarde.
Aquella tarde me llevaron a las dependencias del oficial encargado de la avenida Szucha.
Entré en una antesala grande, fríamente formal. En la pared había un enorme retrato de cuerpo entero de Hitler en uniforme de gala. Las pesadas puertas talladas estaban flanqueadas por largos estandartes rojos y dorados con el emblema de la cruz gamada. Cuando entramos, los guardias abrieron esas puertas y allí, detrás de un escritorio enorme, estaba sentado un hombre gigantesco, con un uniforme oscuro y reluciente de general de las SS, ribetes plateados y charreteras trenzadas. Tenía un aspecto tan formidable que incluso la insignia de la calavera en su uniforme parecía apropiada. Con la cabeza rapada, la ropa sucia y el cuerpo temblando de hambre y cansancio, tuve la sensación, no por primera vez, de ser menos que humano.
Para mi completa sorpresa, vi a otros dos hombres junto al escritorio: mi padre y el doctor Kipa, que hacía de intérprete. Ver a mi padre y no poder saludarlo en presencia del oficial de las SS me turbó; noté que estaba terriblemente pálido y apenas podía mantenerse en pie. Mi encarcelamiento debió de haberlo sacudido mucho.
Siguieron algunos trámites y una reprimenda del general de las SS. Le dijo a mi padre que no quería ponerme en libertad porque no creía que yo fuera inocente, pero que, debido a mi edad, lo hacía por esta vez. La próxima vez, amenazó, nadie podría ayudarme.
Después de aquello, en una especie de niebla de sueño, me encontré por fin de camino a casa, sin poder creer que realmente me hubieran puesto en libertad de la prisión de Pawiak. Ni siquiera podía hablar con mi padre.
Mi ropa interior estaba cubierta con los nombres y direcciones de las familias de mis compañeros de prisión. Al salir, había prometido ponerme en contacto con aquellas personas angustiadas. Fue una de las primeras cosas que hice al llegar a casa.
Si deseas saber más, lee Dying, we live: The Personal Chronicle of a Young Freedom Fighter in Warsaw (1939-1945) [Muriendo, vivimos: La crónica personal de un joven combatiente de la libertad en Varsovia (1939-1945)], de Julian Eugeniusz Kulski.
La salida de Kulski no lo apartó definitivamente de la guerra. Lo obligó, más bien, a vivir con una conciencia nueva: había visto la frontera mínima entre la libertad y la ejecución, entre una tarjeta de liberación y un camión hacia la muerte.
Varsovia seguía bajo ocupación. La resistencia continuaba respirando entre sótanos, contactos, juramentos, imprentas clandestinas y nombres falsos. Para un muchacho de catorce años, aquel día no fue el final de la guerra, sino una de sus lecciones más duras: sobrevivir podía ser tan difícil de comprender como morir.
En una ciudad donde Pawiak y Szucha eran palabras cargadas de terror, la liberación de un adolescente no borraba nada. Solo dejaba una pregunta suspendida, la misma que Kulski se hizo al mirar a los torturados que esperaban junto a él: qué clase de valor sería necesario para seguir viviendo dentro de aquella guerra.
Si quieres obtener más información sobre Julian Kulski, visita Warsaw Uprising [Insurrección de Varsovia].
El siguiente video muestra una breve entrevista con Julian Kulski sobre la presentación de su libro El Legado del Águila Blanca.

Grafiti clandestino “Pawiak Pomścimy” —“Vengaremos Pawiak”— realizado en Varsovia por scouts de la organización Wawer en junio de 1943. La inscripción aludía a la prisión de Pawiak y a las ejecuciones masivas de sus presos durante la ocupación alemana. (Foto: Autor desconocido / Wikimedia Commons).
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Akcja Żywiec —Acción de Żywiec o Aktion Saybusch— fue una operación alemana de expulsión masiva de población polaca en la región de Żywiec, dentro de la política de germanización y desplazamiento forzado aplicada en la Polonia ocupada. La imagen ayuda a situar la represión contra la población polaca más allá de Varsovia, dentro del mismo proyecto de ocupación, control y destrucción a nivel nacional.

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