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Alemania estaba ahora desesperada por mano de obra a medida que más y más hombres eran lla

Trabajadores del este de Europa reunidos durante una campaña alemana de captación de mano de obra, en julio de 1943. La fotografía conserva el encuadre propagandístico de la Alemania nazi; ayuda a situar la escasez de trabajadores que se advierte al final del diario de Klemperer. (Foto: Bundesarchiv, Bild 183-J10842; Kurasch).

El 21 de julio de 1943, la guerra empezaba a devolver al Reich señales cada vez menos manejables. En el Mediterráneo, Sicilia estaba abierta a la invasión aliada; en Roma, el bombardeo de San Lorenzo había golpeado el corazón simbólico de Italia; en el Este, la ofensiva alemana ya no ofrecía la imagen de una victoria inevitable. Para la propaganda nazi, cada retroceso militar exigía un culpable.

En Dresde, esa tensión no llegaba como un comunicado abstracto, sino como vigilancia, insultos, formularios, rumores y miedo a cualquier llamada en la puerta. Victor Klemperer, antiguo profesor de filología románica, seguía en Alemania por su matrimonio con Eva, clasificada como “aria” por las leyes nazis, pero esa protección parcial no lo libraba de la humillación, del trabajo forzoso ni del peligro diario.

La entrada que escribió ese mediodía no describe una gran escena pública. Precisamente por eso resulta tan reveladora: un cartel en la calle, una frase escuchada por la radio, una vecina que suplica prudencia, una niña que toca a la ventana, la falta de hojas de afeitar y sobres. La guerra mundial se reduce, en el diario, a sus pequeñas mordidas cotidianas… Ver Más

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