
Soldados estadounidenses descargan equipo desde lanchas de desembarco en la playa de Massacre Bay, en Attu, el 13 de mayo de 1943. Las embarcaciones LCVP visibles en primer plano pertenecen al USS Zeilin (APA-3) y al USS Heywood (APA-6). Para el 27 de mayo, las tropas estadounidenses ya habían empujado a los defensores japoneses hacia sus últimas posiciones en torno a Chichagof Harbor.
Para el 27 de mayo de 1943, la batalla de Attu se acercaba a su desenlace. Desde el desembarco estadounidense, la 7ª División de Infantería había avanzado con enorme dificultad por un terreno de tundra húmeda, montañas, niebla, frío y posiciones japonesas atrincheradas. La campaña ya había dejado claro que Attu no sería una operación breve ni limpia: el clima, el aislamiento y la resistencia japonesa habían convertido la recuperación de aquella isla remota en una lucha de desgaste.
En los días previos, las fuerzas estadounidenses habían cerrado lentamente el cerco sobre los defensores japoneses en torno al área de Chichagof Harbor. La guarnición del coronel Yasuyo Yamasaki estaba cada vez más comprimida, con menos municiones, menos alimentos y casi ninguna esperanza real de socorro. El 26 de mayo, la acción del soldado Joe P. Martinez, quien encabezó un avance que permitió capturar terreno clave en el paso Holtz-Chichagof, marcó uno de los momentos decisivos que aceleraron el colapso japonés.
Para los japoneses, la situación era ya desesperada. Muchas unidades habían sido aniquiladas o reducidas a unos pocos sobrevivientes; los hospitales de campaña estaban llenos de heridos que no podían ser evacuados; y la rendición, individual o colectiva, seguía siendo casi impensable dentro de la cultura militar imperial. A medida que el cerco se estrechaba, la batalla entraba en una zona moralmente oscura: suicidios, heridos abandonados o eliminados, hambre, enfermedad y la preparación de un último ataque.
El testimonio más estremecedor de aquellas horas procede del diario atribuido a Paul Nobuo Tatsuguchi, médico japonés formado en Estados Unidos y movilizado como personal médico del ejército imperial. El diario fue encontrado después de la batalla y traducido por los estadounidenses. Como las versiones conservadas proceden de traducciones y copias posteriores, las fechas y algunos nombres presentan variaciones; aun así, el texto conserva una fuerza documental extraordinaria. En estas entradas, Tatsuguchi parece haberse adelantado o confundido con las fechas, algo comprensible dadas las condiciones extremas. Se conservan aquí las fechas tal como aparecen en la fuente:
27 de mayo
Combate. La diarrea continúa. El dolor es intenso. Tomé una cantidad de pastillas y después pude dormir bastante bien.
Los aviones nos ametrallaron. El techo quedó roto. De los más de 2,000 soldados, quedan menos de 1,000: heridos, personal del cuartel general, del hospital de campaña, de la unidad de defensa costera, de la oficina de correos y los restos de las líneas del frente.
28 de mayo
Combate. Sólo nos quedan raciones para dos días. Nuestra artillería ha sido completamente destruida. Se oyen morteros de trinchera y también cañones antiaéreos.
La compañía situada en la parte baja de Attu ha sido completamente aniquilada, excepto por un hombre. Me pregunto si el comandante Yonegawa y algunos de sus hombres siguen con vida. Otras compañías han sido destruidas casi por completo; apenas quedan uno o dos hombres de cada una.
La 303ª Brigada ha sido derrotada. Yonegawa aún mantiene Ananous. Hay muchos casos de suicidio. La mitad del cuartel general de la unidad de sector ha volado por los aires.
Administré 400 inyecciones de morfina a los heridos graves que estaban condenados a morir.
Comí medio cardo frito. Es la primera vez en seis meses que como algo fresco. Fue un manjar.
Llegaron órdenes del comandante del sector para movilizar el hospital de campaña de la isla, pero luego fueron suspendidas.
29 de mayo
Hoy, a las 2000 horas, nos reuniremos frente al cuartel general. El hospital de campaña también participará. Debe llevarse a cabo el último asalto. Todos los pacientes del hospital fueron obligados a suicidarse.
Sólo tengo 33 años y voy a morir aquí. No me arrepiento. ¡Banzai por el Emperador! Agradezco haber conservado la paz en mi alma. A las 1800 horas me hice cargo de todos los pacientes con granadas.
Adiós, Taeko, mi querida esposa, que me amó hasta el final. Hasta que volvamos a encontrarnos, que Dios te conceda buena fortuna. Misako, que acaba de cumplir cuatro años, crecerá sin restricciones. Lo siento por ti. Tokiko, nacida en febrero de este año, no podrá ver a su padre.
Sean buenos. Mataru, hermano Kachira, Sukechan, Masachan, Mitsue: adiós.
El número de hombres que participarán en este ataque es de poco más de 1,000. El objetivo es tomar las posiciones de artillería enemigas. Parece que el enemigo espera un ataque general mañana.
Si deseas saber más, lee “Reaping the Whirlwind: The German and Japanese Experience of World War II” [Sembrando vientos y recogiendo tempestades: la experiencia alemana y japonesa de la Segunda Guerra Mundial], de Nigel Cawthorne.
El diario de Tatsuguchi deja ver la batalla desde un ángulo distinto al de los partes militares estadounidenses. No habla de maniobras, mapas ni objetivos tácticos, sino de diarrea, dolor, morfina, raciones agotadas, heridos condenados y una despedida familiar escrita en el borde del final. Para el 27 de mayo, la guarnición japonesa de Attu ya no combatía para conservar la isla, sino para decidir cómo morir.
Dos días después, en la madrugada del 29 de mayo, Yamasaki lanzó su último ataque. La carga penetró las líneas estadounidenses y llegó hasta zonas de retaguardia, donde soldados de apoyo, ingenieros, cocineros y personal médico tuvieron que combatir a corta distancia. El ataque fue finalmente contenido y casi todos los japoneses murieron. La batalla terminaría formalmente el 30 de mayo, con 549 estadounidenses muertos, más de 1,100 heridos y miles evacuados por enfermedad o lesiones no causadas directamente por combate. Del lado japonés, más de 2,300 murieron y sólo unas pocas decenas fueron capturadas.
Attu había comenzado como una operación para recuperar el territorio estadounidense ocupado. Terminó como una de las batallas más extrañas y brutales del Pacífico Norte: una isla sin aldeanos, cubierta de niebla, barro y frío, donde el final de la resistencia japonesa quedó registrado no sólo en cadáveres y cráteres, sino también en las últimas líneas de un médico que se despedía de su esposa y de sus hijos.
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Fotografía aérea de Chichagof Harbor en Attu durante la batalla de mayo de 1943. En torno a esta zona quedaron comprimidos los restos de la guarnición japonesa antes del último ataque desesperado del 29 de mayo.

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