top of page

Hambre y retirada en Nueva Georgia

34º Batallón de Construcción trabajando en la purificación de su suministro de agua en las

Miembros del 34.º Batallón de Construcción trabajan en la purificación del suministro de agua en las Islas Salomón durante la guerra. La imagen ilustra la dimensión logística aliada en el mismo teatro de operaciones donde avanzaban las fuerzas estadounidenses durante la campaña de Nueva Georgia. (Foto: U.S. Navy / Seabees / National Archives; vía Wikimedia Commons; dominio público).

La guerra en el Pacífico no se decidía todavía en una gran capital ni en una batalla naval de resonancia, sino en una cadena de islas cubiertas de selva, barro y arrecifes. Después de Guadalcanal, los Aliados habían comenzado a avanzar hacia el noroeste a través de las Islas Salomón centrales. El objetivo principal era aislar Rabaul, la gran base japonesa en Nueva Bretaña, pero para llegar a ese cerco había que tomar antes aeródromos, fondeaderos, pasos marítimos y pequeñas posiciones que, vistas en un mapa, podían parecer secundarias.

​

Nueva Georgia era uno de esos lugares. Para los mandos aliados, el aeródromo japonés de Munda era una pieza clave: desde allí los japoneses podían mantener su presencia en la zona y amenazar las bases estadounidenses más al sur. Para los soldados que combatían en tierra, sin embargo, Munda no era una pieza estratégica, sino una sucesión de senderos estrechos, árboles arrancados por la artillería, posiciones ocultas, lluvias repentinas y enemigos invisibles hasta el último momento.

​

Desde finales de junio, las fuerzas estadounidenses habían desembarcado en Rendova y en otros puntos del grupo de Nueva Georgia. La campaña avanzó con lentitud. La jungla redujo las distancias a una escala brutal: lo que en una orden parecía una marcha breve podía convertirse en días de extravío, fatiga, enfermedades, emboscadas y fuego de artillería. En los primeros días de agosto, el cerco sobre Munda se cerraba. La caída del aeródromo estaba ya cerca, aunque quienes seguían atrapados entre Nueva Georgia, Baanga y Kolombangara no podían ver el desenlace con la claridad de los mapas posteriores.

​

Para los defensores japoneses, la situación era cada vez más precaria. Las rutas de refuerzo y evacuación dependían de barcazas, destructores nocturnos, pasos vigilados y de órdenes que no siempre llegaban. La superioridad aérea y naval aliada hacía más difícil moverse de día; la selva ofrecía refugio, pero también hambre, fiebre, aislamiento y una incertidumbre constante. En ese espacio, la guerra imperial se reducía a una pregunta inmediata: esperar, retirarse, resistir o morir sin saber si alguien al otro lado de la línea aún sabía dónde estaban.

​

En ese contexto aparece Tadashi Higa, soldado raso japonés del 23.º Regimiento de Infantería. Poco sabemos de él fuera de las páginas que dejó. Su diario fue encontrado más tarde por los estadounidenses y traducido con fines de inteligencia. La entrada del 3 de agosto no observa la campaña desde un puesto de mando: la cuenta desde el suelo, entre cocos, mosquitos, raciones agotadas, cartas de casa y rumores de retirada:

Caminamos, o bien muertos de hambre, o bien masticando galleta dura. Los hombres de las fuerzas que se retiraban tenían rostros pálidos; y había un herido, con la ropa hecha jirones, que avanzaba usando una espada como bastón.

 

Siendo solo un batallón, estamos indefensos. Nos retiramos más. Debemos retirarnos esta noche, porque al amanecer nos tocará a nosotros. Avanzar habría significado la muerte. La situación es indescriptible.

 

Amaneció. Los aviones enemigos vinieron rugiendo hacia nosotros y, si nos hubieran descubierto, habría sido nuestro fin.

 

La fuerza ha pasado tres días y cuatro noches escondida entre la maleza, sin comer y empapada. No hemos podido avanzar ni un paso. Esperábamos la orden de retirada inmediata hacia Kolombanga.

 

Todos recogimos cocos. El enemigo construía apresuradamente un aeródromo frente a nosotros. Podíamos verlos con tanta claridad que parecía que hubiéramos podido tocarlos. Eso solo significaba que nos esperaban más ataques aéreos. Nuestras vidas no valían nada, porque después de todo no llegó ninguna orden de retirada. He llegado a odiar a los hombres que causan las guerras. La orden de retirada tampoco llegó esta noche.

 

Nuestras raciones se han agotado. Me sentí como si tuviera malaria, y tomé tabletas de quinina y Hinomarin para mantenerme con vida. No hacía más que esperar mi destino y, sin embargo, quería morir luchando.

 

No se trata simplemente de que Japón esté siendo derrotado. Me dieron ganas de llorar. Mojado, y en una jungla llena de mosquitos, pensé en casa. ¡Ah! Las cartas de casa del mes pasado. Diez cartas y catorce o quince postales, después de un año sin una sola palabra. También había cartas de mis padres.

 

Las noticias de Haruko las guardo con profundo cariño. Pero la noticia era que mi querida hermana menor había muerto, que se había convertido en un cadáver frío y negro. ¡Oh! Cuando pensé en su destino, llegaron las lágrimas. Lloré de verdad. Sentí amargura hacia la Providencia. Cuando comprendí que el destino determina nuestras vidas, mi mente se calmó. Aunque la muerte llega tarde o temprano, sentí pena por mi hermana, que tuvo que morir tan joven. Recé por el reposo de su alma.

 

Nuestros padres deben de estar desconsolados. Además, mi madre, que siempre piensa en mí, debe de estar pasando por una prueba peor que la muerte. La guerra es triste.

 

La naturaleza, sin embargo, permanece ajena a esas cosas. El sol de la mañana brillaba, el viento soplaba suavemente, y aun así la lluvia caía abundantemente. La galleta dura estaba mojada y desprendía un olor fétido; nadie la comió. No hicimos nada excepto roer cocos.

 

Dos grandes barcazas de desembarco fueron atacadas por lanchas torpederas mientras transportaban material a esta isla. Una escuadra de nuestro oficial al mando iba en ellas. Me pregunto qué habrá sido de ellos.

 

…

 

Hablamos de casa y criticamos las condiciones de la guerra. No comimos ningún alimento; nuestra vida era solo esto y nada más. Se decía que, incluso hoy, cadáveres flotaban hasta la costa norte. Cuando pensamos en sus muertes, nos invadió la tristeza.

 

Se decía que los hombres de la División del Sudeste aún no habían llegado. No podíamos esperarlos, porque nuestras fuerzas, empujadas de un lado a otro, debían de estar vagando por estas islas solitarias. ¡Me preguntaba qué sería de ellos! Me preguntaba, también, ¡qué destino nos aguardaba!

 

…

 

13 de agosto de 1943

 

Estamos decididos a resistir hasta el último soldado y, con esa intención, dejo la pluma.

Si deseas saber más, busca el título The Faraway War: Personal Diaries Of The Second World War In Asia and the Pacific [La guerra lejana: diarios personales de la Segunda Guerra Mundial en Asia y el Pacífico], editado por Richard Aldrich.

​​​​

La comparación con Attu ayuda a leer este diario con la cautela necesaria. No porque Nueva Georgia repitiera exactamente aquella batalla del Pacífico norte, sino porque ambas situaciones dejaban ver una misma lógica militar llevada al límite: guarniciones aisladas, abastecimiento roto, enfermedad, hambre, órdenes inciertas y una idea de resistencia que podía empujar a los soldados comunes hacia combates sin salida. En Attu, esa lógica había desembocado en una carga final casi suicida. En Nueva Georgia, el diario de Higa muestra el mismo horizonte desde antes: no todavía como estallido final, sino como espera, retirada, deterioro físico y aceptación progresiva de que sobrevivir quizá ya no dependía de la voluntad individual.

​

El diario fue encontrado el 20 de agosto. Lo que le ocurrió a Tadashi Higa no queda claro en la fuente accesible. Esa incertidumbre conviene conservarla: no como un vacío que deba rellenarse, sino como parte de lo que este documento permite ver y de lo que ya no puede devolver.

​

En la entrada del 3 de agosto, la campaña no aparece como victoria, derrota ni orden en un informe del Estado Mayor. Aparece como una orden que no llega, una ración mojada que nadie puede comer, una hermana muerta al otro lado del océano y un soldado que entiende, en medio de la retirada, que la guerra había dejado de pertenecerle a quienes la sufrían.

​​

Munda caería dos días después. Para Higa y los hombres que seguían moviéndose entre Baanga, Nueva Georgia y Kolombangara, esa caída no cerraba todavía la guerra: estrechaba el espacio, apagaba las rutas de retirada y dejaba a cada unidad esperando una orden que quizá llegaría demasiado tarde.

Fotografía aérea del Aeródromo Vila en Kolombangara, tomada por un avión a baja altitud de

Fotografía aérea del aeródromo de Vila, en Kolombangara, tomada por un avión de la Marina estadounidense a baja altitud, alrededor de agosto de 1943. La imagen sitúa uno de los puntos clave del espacio insular hacia el que miraban las fuerzas japonesas que se retiraban desde Nueva Georgia. (Foto: U.S. Navy / Naval History and Heritage Command; vía Wikimedia Commons; dominio público).

Construcción de una bodega de almacenamiento de acero prefabricada [por miembros del 34º B

Construcción de una bodega prefabricada de acero por miembros del 34.º Batallón de Construcción en la Base de Hidroaviones de Halavo, isla Florida, Islas Salomón, 19 de septiembre de 1943. La infraestructura aliada en las islas refleja el contraste entre el avance material estadounidense y el aislamiento progresivo de las unidades japonesas en retirada. (Foto: U.S. Navy / National Archives; vía Wikimedia Commons; dominio público).

bottom of page