Churchill insiste en atacar Italia

Winston Churchill asiste a una reunión informativa del 414º Escuadrón de Bombardeo de la Fuerza Aérea del Ejército de los Estados Unidos en el aeródromo de Châteaudun-du-Rhumel, en Argelia, el 31 de mayo de 1943. Tras la Conferencia Trident, Churchill viajó al norte de África para discutir con Eisenhower, Marshall y los mandos aliados el curso de las operaciones después de Sicilia.
Tras la victoria aliada en Túnez y la rendición de las fuerzas del Eje en África del Norte, el Mediterráneo se convirtió en el siguiente escenario de decisiones estratégicas. En Washington, durante la Conferencia Trident de mayo de 1943, Roosevelt, Churchill y sus jefes militares habían confirmado la prioridad de la invasión de Sicilia, la futura operación Husky, y habían discutido el equilibrio entre el Mediterráneo, la guerra contra Japón y la preparación de una futura invasión de Francia.
Pero una pregunta seguía abierta: ¿qué hacer después de Sicilia? Para Churchill, la respuesta era clara. No bastaba con conquistar la isla y detenerse. Había que presionar a Italia, intentar sacarla de la guerra, obligar a Alemania a dispersar divisiones hacia el sur de Europa y, de esa manera, aliviar indirectamente al frente soviético y preparar mejores condiciones para la futura invasión del Canal en 1944.
El 31 de mayo de 1943, Churchill se encontraba en Argel, donde se reunió con Eisenhower, George C. Marshall y otros altos mandos aliados. El asunto era delicado: Eisenhower debía preparar la invasión de Sicilia y no podía quedar atrapado en una disputa política prematura sobre las operaciones posteriores; por eso, Roosevelt había enviado a Marshall para observar y participar en las discusiones. La propia Biblioteca Eisenhower conserva referencias a reuniones celebradas en la villa de Eisenhower, en Argel, entre el 31 de mayo y el 3 de junio de 1943, en el marco de los preparativos de Operation Husky.
Churchill presionó con insistencia. Su argumento era que las fuerzas aliadas reunidas en el Mediterráneo no debían permanecer ociosas tras la caída de Sicilia. El documento británico distribuido aquel día resumía así su posición:
El Gobierno de Su Majestad considera firmemente que esta gran fuerza, compuesta por algunas de nuestras mejores y más experimentadas divisiones y por una parte sustancial de nuestro ejército, no debe permanecer inactiva bajo ninguna circunstancia. Tal actitud no podría justificarse ante la nación británica ni ante nuestros aliados rusos.
Consideramos que es nuestro deber combatir al enemigo con la mayor continuidad e intensidad posibles y atraer hacia nosotros tantas divisiones enemigas como podamos, alejándolas del frente de nuestros aliados rusos. De esta manera, entre otras, se crearán las condiciones más favorables para lanzar nuestra expedición a través del Canal en 1944.
Forzar o inducir a Italia a abandonar la guerra es el único objetivo mediterráneo digno de la gran campaña que ya ha comenzado, y el único que se ajusta a las fuerzas aliadas disponibles y a las que ya se encuentran en la cuenca del Mediterráneo.
Para ese propósito, la captura de Sicilia es un requisito indispensable; y la invasión de la Italia continental, junto con la captura de Roma, son los pasos evidentes. De ese modo se prestaría el mayor servicio posible a la causa aliada y al desarrollo general de la guerra, tanto en este teatro como en el futuro teatro del Canal.
Si deseas saber más, lee The Hinge of Fate [El punto de inflexión del destino], de Winston S. Churchill.
La jornada no terminó sólo con documentos estratégicos y discusiones militares. Esa misma noche, Churchill cenó en la residencia de Eisenhower. El contraste resulta revelador: durante el día, el primer ministro defendía con fuerza la necesidad de llevar la guerra a Italia; por la noche, en una conversación de sobremesa, reflexionaba con ironía sobre los diarios personales, la memoria y la conveniencia de escribir la historia después de conocer el desenlace.
Harry C. Butcher, ayudante naval de Eisenhower, registró la escena en su propio diario:
Argel, lunes, 31 de mayo de 1943
El primer ministro vino a cenar esta noche a nuestra casa. Los invitados eran trece, así que yo pasé a ser el decimocuarto, en deferencia a la superstición británica.
Ike y el general Marshall fueron coanfitriones. Entre los presentes estaban nada menos que el ministro británico de Asuntos Exteriores, Anthony Eden; el general Brooke y el general Ismay.
En algún momento de la conversación, después de la cena, surgió el tema de los diarios. El primer ministro dijo que era absurdo llevar un diario día por día, porque sólo servía para impedir al escritor cambiar de opinión o de decisión; y cuando el diario se publicaba, podía hacerlo parecer indeciso o tonto.
Citó el diario de un general británico que un día había escrito: “No habrá guerra”. Al día siguiente, la guerra fue declarada. El diario se publicó después de su muerte y, en consecuencia, lo hizo parecer un necio.
Por su parte, el primer ministro dijo que prefería esperar a que la guerra hubiera terminado y escribir entonces sus impresiones, de manera que, si era necesario, sus errores pudieran corregirse u ocultarse.
Si deseas saber más, busca el título My Three Years with Eisenhower [Mis tres años con Eisenhower], de H. C. Butcher.
La observación de Churchill sobre los diarios es casi una confesión de método. Él no quería dejar una impresión diaria, vulnerable a contradicciones y cambios de opinión; prefería escribir la guerra después, con el desenlace a la vista y la arquitectura narrativa bajo control. Esa actitud explica parte de la fuerza de sus memorias, pero también exige leerlas con cautela: Churchill no sólo recordaba la guerra, también la organizaba, la defendía y, en cierta forma, la juzgaba desde su propia perspectiva.
En Argel, el 31 de mayo de 1943, esa perspectiva se centraba en Italia. Churchill veía en el Mediterráneo una oportunidad estratégica que no debía desperdiciarse: Sicilia debía ser el comienzo, no el final. En las semanas siguientes, esa presión ayudaría a mantener vivo el debate sobre la continuación de las operaciones contra la península italiana. La caída de Mussolini en julio y el armisticio italiano en septiembre demostrarían que Churchill no estaba equivocado al ver a Italia como un punto vulnerable del Eje, aunque la campaña que siguió sería mucho más larga, difícil y costosa de lo que muchos imaginaban.

Winston Churchill, el jefe del Estado Mayor estadounidense, George C. Marshall, y el general Bernard L. Montgomery durante una conferencia de planificación en el Cuartel General Aliado tras la captura de Túnez. Las discusiones de finales de mayo y comienzos de junio de 1943 giraron en torno a Sicilia y a la posible continuación de la campaña hacia la Italia continental.

Participantes en la conferencia de planificación aliada celebrada en el Cuartel General de la Fuerza Aliada (AFHQ) en Argel, el 4 de junio de 1943. De izquierda a derecha: Anthony Eden, general Sir Alan Brooke, mariscal del aire Tedder, almirante Sir Andrew Cunningham, general Alexander, general Marshall, general Eisenhower y general Montgomery. Winston Churchill, que presidió la conferencia, aparece sentado en el centro.

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