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El horror de Hamburgo resuena por Alemania

Vista aérea oblicua de ruinas de edificios residenciales y comerciales al sur del Stadtpar

Vista aérea oblicua de las ruinas de edificios residenciales y comerciales al sur del Stadtpark, en el distrito de Eilbek, Hamburgo. La imagen muestra parte de los edificios de apartamentos destruidos por la tormenta de fuego desatada durante el ataque del Comando de Bombarderos en la noche del 27 al 28 de julio de 1943, en el marco de la Operación Gomorra. El camino diagonal que cruza la imagen es el Eilbeker Weg. (Foto: Flying Officer J. Dowd, fotógrafo oficial de la Royal Air Force; Imperial War Museums, CL 3400).

En la noche del 2 al 3 de agosto de 1943, la Operación Gomorra llegó a su último ataque sobre Hamburgo. La fuerza de bombarderos encontró tormentas eléctricas al aproximarse al objetivo; el marcado de blancos por la Fuerza Pathfinder perdió eficacia y el bombardeo resultó mucho más disperso que en las incursiones anteriores.

Para entonces, sin embargo, la ciudad ya había recibido el golpe decisivo. Hamburgo ya había sufrido la tormenta de fuego. Barrios enteros habían ardido, los servicios de emergencia habían quedado desbordados y miles de supervivientes comenzaban a desplazarse por Alemania con lo poco que podían salvar. El daño ya no permanecía encerrado en la ciudad: viajaba en trenes, rumores, equipajes, cuerpos evacuados y relatos apenas creíbles.

La guerra aérea aliada buscaba quebrar la capacidad industrial alemana, pero también presionar la moral civil. Hamburgo era puerto, astillero, nudo ferroviario, centro obrero y ciudad habitada. En esos días, la frontera entre el objetivo militar, la infraestructura urbana y la población civil quedó violentamente desdibujada.

El régimen nazi podía controlar comunicados, censurar cifras y moldear el lenguaje público. No podía impedir del todo que los sobrevivientes llevaran consigo lo visto. A comienzos de agosto, el horror de Hamburgo empezó a aparecer lejos del Elba, en estaciones pequeñas, en conversaciones fragmentadas y en escenas que convertían la destrucción de una ciudad en una experiencia nacional.

Friedrich Reck-Malleczewen, escritor conservador alemán de origen prusiano y enemigo declarado del nazismo, no presenció la tormenta de fuego dentro de Hamburgo. Lo que registró fue otra cosa: el modo en que aquella destrucción salió de la ciudad y comenzó a circular por Alemania. En su diario, al fijar por escrito lo que había oído y lo que vio en una estación de la Alta Baviera, el desastre dejó de ser una noticia de guerra para convertirse en escena humana:

Las noticias de Hamburgo están simplemente fuera del alcance de la imaginación: calles de asfalto hirviendo en las que las víctimas se hundieron y fueron hervidas vivas; verdaderas ciudades de ruinas que cubren a los muertos y rodean a los que aún viven como una corona dentada de piedra alrededor de algún mártir. Se habla de 200,000 muertos.

No soy de los que creen todo lo que les dicen. Prefiero ver las cosas por mí mismo. Y creo que, en este caso, lo que he visto con mis propios ojos es suficiente.

He oído mucho sobre el comportamiento completamente salvaje y desorientado de la gente en Hamburgo mientras la ciudad ardía: historias de amnesia, de personas que vagaban por las calles con los pijamas que llevaban puestos cuando huyeron de sus casas, con ojos enloquecidos, cargando una jaula vacía, sin memoria del ayer ni idea del mañana.

Y esto es lo que vi, en un día caluroso de principios de agosto, en una pequeña estación ferroviaria de la Alta Baviera: cuarenta o cincuenta de aquellos desdichados se arremolinaban, forcejeando por entrar a un vagón por una ventana que habían roto, a pesar de los furiosos gritos del jefe de estación. Empujaban, pateaban, gritaban, ya acostumbrados a la lucha por un espacio.

Lo que ocurrió después fue inevitable. Una maleta —un miserable bulto de cartón con los bordes rotos— no alcanzó su destino, cayó de nuevo sobre el andén y se abrió, revelando su contenido. Había un montón de ropa, un estuche de manicura, un juguete. Y allí estaba también el cadáver abrasado de un niño, reducido a las proporciones de una momia, que aquella mujer medio enloquecida había arrastrado consigo: los restos macabros de lo que apenas unos días antes había sido una familia.

Hubo gritos de consternación, repugnancia, alaridos, estallidos histéricos, los gruñidos de un perro pequeño, hasta que finalmente un oficial se apiadó de todos ellos e hizo retirar aquello.

Otro informe que escuché decía que la tormenta de fuego, creada por la inmensa conflagración, había aspirado todo el oxígeno, asfixiando a personas que se encontraban lejos de las llamas; y que la lluvia de fósforo asó a los cadáveres de hombres y mujeres adultos hasta reducirlos a pequeñas momias del tamaño de un niño. Por eso, innumerables mujeres vagaban por el país, con sus hogares en ruinas, llevando consigo esas horribles reliquias.

Frente a esto, ¿puede todavía negarse que, con esta guerra, una época está llegando a su fin? ¿Puede seguir ignorándose que la técnica está agotando sus últimos momentos sombríos y que está dejando tras de sí un terrible vacío del alma, un vacío que probablemente solo podrá ser llenado por algo antirracional, antimecánico, una “reacción X” compuesta por demonios recién ascendidos?

¿Queda alguna duda de que ya no hay regreso posible al mundo de ayer, y de que esta vez los jinetes que han ensillado sus caballos negros no son otros que los cuatro jinetes del Apocalipsis?

Si deseas saber más, lee Diary of a Man in Despair [Diario de un hombre en desesperación], de Friedrich Reck-Malleczewen.

La cifra de 200,000 muertos pertenecía al rumor que Reck recogía en aquel momento, no a las estimaciones históricas actuales. Pero el diario conserva algo que las cifras por sí solas no pueden mostrar: el instante en que una ciudad destruida empezó a viajar por Alemania en forma de desplazados, relatos, silencios y escenas imposibles de ordenar.

Hamburgo no quedó encerrada en Hamburgo. En los primeros días de agosto de 1943, su destrucción comenzó a aparecer lejos del Elba, en estaciones pequeñas, en trenes abarrotados, en equipajes rotos y en la mirada de quienes todavía no habían visto la guerra llegar hasta su propia puerta.

Se estima que el total de muertes de civiles en los bombardeos de julio y agosto provocada

El impacto humano de la Operación Gomorra quedó envuelto desde el principio en cifras incompletas, rumores y recuentos fragmentarios. Las estimaciones históricas más utilizadas sitúan las muertes civiles en torno a 37,000, muy por debajo de los rumores que circularon en Alemania durante las primeras semanas posteriores al ataque.

Ruinas en el centro de Hamburgo tras el ataque aéreo de los bombarderos británicos y estad

Ruinas en el centro de Hamburgo tras los bombardeos británicos y estadounidenses del verano de 1943. La imagen sitúa visualmente la destrucción urbana que dio origen a los relatos de evacuados, sobrevivientes y testigos indirectos que comenzaron a circular por Alemania en los primeros días de agosto.

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