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Hamburgo es devastada por una tormenta de fuego

Edificios en llamas en Hamburgo tras los ataques del Comando de Bombarderos de la Real Fue

Edificios en llamas en Hamburgo tras los ataques de Bomber Command en julio de 1943. La imagen pertenece a la serie Air Raid Damage in Germany, 1943. (Foto: Imperial War Museums, HU 63075).

Hamburgo no era una ciudad cualquiera en el mapa de guerra alemán. Era puerto, astillero, nudo ferroviario, centro industrial y ciudad obrera. Por sus canales, talleres, almacenes y barrios densos pasaba una parte visible de la economía de guerra del Reich; por sus casas, sótanos y patios interiores pasaba también la vida diaria de cientos de miles de civiles que llevaban años aprendiendo a descender al refugio cuando sonaban las sirenas.

A finales de julio de 1943, la Operación Gomorra ya había convertido esa rutina en una presión constante. Los ataques británicos de noche y estadounidenses de día no solo buscaban golpear instalaciones militares e industriales: también desgastaban los servicios de emergencia, fragmentaban el descanso de la población y obligaban a una ciudad entera a vivir pendiente del cielo. En Hamburgo, el verano había sido seco y caluroso; los canales bajos, las calles estrechas y los bloques de viviendas apretados ofrecían un terreno propicio para cualquier incendio que escapara al control de los bomberos.

 

Durante la noche del 27 al 28 de julio, esa combinación dejó de ser una posibilidad. Los barrios orientales de la ciudad, especialmente zonas como Hammerbrook, Hamm y Rothenburgsort, quedaron atrapados en una cadena de incendios que pronto empezó a comportarse como un solo organismo. Las bombas explosivas abrieron edificios, rompieron ventanas, arrancaron techos y dejaron expuestos los interiores; las incendiarias hicieron el resto. Cuando el fuego encontró aire, madera, muebles, cortinas, escaleras y patios cerrados, la ciudad comenzó a arder desde dentro.

Lo que siguió ya no puede entenderse solo como un bombardeo. El fuego consumió oxígeno, produjo monóxido de carbono, arrastró aire hacia el centro de las llamas y convirtió calles completas en corredores de calor. En algunos refugios, la gente murió sin haber sido alcanzada directamente por una bomba. En otros lugares, quienes intentaron salir encontraron afuera una ciudad irreconocible.

 

Henni Klank, una joven madre hamburgesa de veintitrés años, vivía entonces en Danielstraße, en el sector de Hammerbrook. Su primer hijo, Harald, había nacido apenas en febrero. Aquella noche fue llevado al refugio en su cochecito, cubierto con una manta de lana húmeda mientras el oxígeno comenzaba a faltar.

Su recuerdo no explica la operación militar desde arriba. La muestra desde una escala más pequeña y más concreta: una familia, un sótano, una pared que debía romperse, una calle convertida en fuego:

Las sirenas aullaron y ningún hamburgués podía imaginar, en aquel momento, la catástrofe que se aproximaba… Mi padre era entonces cajero de la Asociación Nacionalsocialista de Bienestar y estaba a cargo de rendir cuentas del dinero recaudado en las colectas callejeras. Además, en caso de alarma aérea, debía atender el servicio telefónico en la oficina administrativa de la Bankstraße. En aquella época, la Bankstraße estaba compuesta casi exclusivamente por edificios grandes y sólidos de cuatro plantas.

La Bankstraße corría paralela a la Danielstraße, donde vivíamos con mis padres en un apartamento de dos habitaciones, con entradas separadas. La Danielstraße ya no existe; después de la guerra fue elevada unos seis metros, al igual que todo el sur de Hammerbrook.

Mi padre permaneció con nosotros en el sótano antiaéreo durante alrededor de una hora más, pero tenía un mal presentimiento y no quería faltar a su “deber”. Cuando disminuyó el bombardeo de los aviones británicos, decidió ir de todos modos hacia la Bankstraße; en algunos tramos tuvo que arrastrarse por la cuneta. ¡Nunca volveríamos a verlo! Mis padres acababan de celebrar sus bodas de plata el 20 de julio, una semana antes de la tormenta de fuego.

Todas las flores, sobre todo rosas, flotaban en la bañera llena de agua. Durante muchas semanas, antes de la tormenta de fuego, habíamos sufrido una terrible ola de calor, sin lluvias dignas de mención. ¡Las ratas corrían por los canales secos! Hasta entonces habíamos sobrevivido a las bombas que caían alrededor, al estruendo de los impactos y al temblor de las paredes y los pisos.

Cualquiera que haya vivido algo así conoce las señales de una bomba que cae silbando: cuando se oye un “canto” o un “silbido”, da igual si uno está en un sótano o en una sala de estar; la bomba impactará a cierta distancia.

Pero la situación se vuelve terrible cuando se percibe el golpe de la presión del aire —una sensación sumamente desagradable—; entonces las bombas caen muy cerca. No se oye ningún estruendo, nada. Solo esa espantosa onda de presión. ¡Cuántas veces la habíamos vivido!

Al principio apenas percibimos algo de la terrible tormenta de fuego que, desde aproximadamente las dos de la madrugada, ya nos rodeaba en el sótano antiaéreo de la pequeña casa. El pánico empezó a apoderarse de todos cuando el oxígeno comenzó a escasear.

La luz ya no ardía; las velas de emergencia no tenían suficiente aire para mantenerse encendidas y el calor se volvió insoportable. Mi pequeño bebé fue cubierto con una manta de lana mojada en su cochecito para que no se asfixiara. Gracias a Dios todavía teníamos una jarra de agua.

No sé por qué, pero de pronto el diablo se apoderó de mí… ¡quería entrar una vez más en nuestra casa! Tal vez, pensé, aún podría rescatar algunas cosas: papeles, fotos y objetos similares. Pero cuando llegué al pasillo, el techo ya crujía. Intenté llegar al escritorio de mi padre, en la sala, pero allí solo vi fuego.

Las cortinas ardían y las llamas volaban hacia la habitación; los cristales de las ventanas estallaban y todo a mi alrededor silbaba y crujía. No pude recorrer los pocos pasos hasta el escritorio junto a la ventana; sentía las piernas paralizadas. Al salir precipitadamente del apartamento, ni siquiera había alcanzado a tomar una sola prenda del armario. Estaba tan aterrada que corrí de regreso al refugio tan rápido como pude.

Las calles ya ardían; la tormenta de fuego rugía ahora por todas partes. Apenas alcanzamos la puerta del sótano antiaéreo. En ese momento, algo se rompió dentro de un vecino y, presa del pánico, tomó su manta y quiso salir. Ninguno de nosotros pudo detenerlo. Todavía alcanzamos a verlo, pero solo como una antorcha viva, arrastrada por la tormenta de fuego y levantada por el aire. Todos quedamos profundamente conmocionados.

Nuestra situación en aquel momento era casi desesperada. Estábamos rodeados de fuego y probablemente moriríamos de hipotermia o de intoxicación por monóxido de carbono. Poco a poco, la desesperación se extendió entre nosotros y tuvimos que pensar en nuestra situación.

Además de la tormenta de fuego provocada por bombas incendiarias, fósforo y bidones de líquido inflamable, y del huracán que rugía por las calles, frente a nuestro edificio había una gran empresa maderera que aumentaría aún más la violencia de aquel infierno.

Sabíamos que detrás de ella estaba el Kammer-Kanal, pero ¿cómo llegar hasta allí? ¿O hacia el otro lado, hacia la calle Stadtdeich y la Oberelbe? En aquel momento, todo eso parecía un espejismo.

En el último instante, a un vecino se le ocurrió intentar una salida salvadora a través de una parte del muro que no estaba completamente endurecida. Mi esposo recordó una piqueta afilada que estaba en una esquina.

¡Y esa fue nuestra salvación! Los hombres arrancaron a golpes un pedazo del muro y probamos si el cochecito del niño podía pasar. ¡Y pasó!

Salimos al Stadtdeich, pero era un infierno atronador y llameante. Las calles ardían, los árboles ardían y sus copas se doblaban hasta tocar la calle; caballos en llamas de la empresa de transportes “Hertz” corrían junto a nosotros; el aire ardía. Sencillamente, todo ardía.

El remolino era tan fuerte que apenas podíamos respirar, y todavía recuerdo que le grité a mi madre:

 

¡No te caigas!

Nuestro destino era un tinglado portuario junto al Elba, a unos cientos de metros. Lo alcanzamos y esperamos allí hasta la mañana. Arriba, en la parte superior del cobertizo, ardían enormes rollos de papel periódico, pero los hombres pudieron apagarlos.

Si deseas saber más, visita Seniorennet-Hamburg, sección “Die Operation Gomorra: Die roten Nächte der tausend Steine”, con el testimonio de Henni Klank.

La memoria de Klank conserva la noche desde abajo: el refugio, el cochecito, la pared abierta a golpes, la carrera hacia el Elba. El informe redactado en agosto de 1943 por el jefe de Policía de Hamburgo observa la misma catástrofe desde otro lugar: la administración, la defensa civil, el registro de daños y el lenguaje oficial de una ciudad todavía gobernada por el régimen nazi.

Ese documento no es una valoración posterior neutral. Su descripción física de la tormenta de fuego es valiosa, pero conserva giros propagandísticos propios del momento, especialmente al atribuir la destrucción al “odio” del enemigo. Por eso conviene dejarlo hablar como lo que es: un informe alemán de 1943, no una reconstrucción histórica moderna:

La impresión que produce contemplar una ciudad quemada palidece ante el fuego mismo: el aullido de la tormenta de fuego, los gritos y gemidos de los moribundos y el estruendo de las bombas al caer. […]

La razón de que los daños fueran tan graves y, sobre todo, de que el número de muertos fuera tan inusualmente alto en comparación con ataques anteriores, es que se formaron tormentas de fuego. Estas, y en particular la del segundo gran ataque en la noche del 27 al 28 de julio, crearon una situación que debe describirse como nueva e inconcebible hasta entonces en todos los sentidos.

[…]

Las tormentas de fuego y sus características son fenómenos establecidos, bien conocidos en la historia de los incendios urbanos. Su explicación física es sencilla. Como resultado de la combinación de numerosos incendios, el aire situado encima se calienta hasta tal punto que, debido a su menor peso específico, desarrolla una enorme presión ascendente que genera un efecto de succión muy fuerte sobre las masas de aire circundantes, arrastrándolas radialmente hacia el centro del fuego.

Como resultado de la tormenta de fuego y, en particular, de su tremendo efecto de succión, se producen vientos incluso más fuertes que los grados conocidos de fuerza del viento [1-12]. Al igual que en meteorología, en las tormentas de fuego el movimiento del aire se debe a un reequilibrio de las diferencias de temperatura. Pero mientras que en meteorología estas temperaturas suelen situarse entre 20 y 30 grados Celsius, en las tormentas de fuego se registran diferencias de temperatura de 600 o incluso 1.000 grados.

Esto explica la enorme fuerza generada por las tormentas de fuego, que no puede compararse con la de los procesos meteorológicos normales. […]

 

El desarrollo de una tormenta de fuego se ve favorecido o dificultado por las condiciones arquitectónicas de la zona afectada, así como por el tipo, la extensión y el tamaño de los incendios iniciales. En Hamburgo, las tormentas de fuego se originaron en zonas donde los edificios estaban muy juntos y densamente poblados y donde, por tanto, el tipo y la densidad de la edificación ofrecían ya condiciones favorables para el desarrollo de una tormenta de fuego.

Las zonas afectadas de Hamburgo se caracterizaban por calles estrechas con grandes bloques de viviendas, con numerosos patios, terrazas, etc. En esos patios podían desarrollarse muy rápidamente bolas de fuego que se convertían, en el sentido más literal de la palabra, en trampas para seres humanos. Las calles estrechas formaban canales de fuego por los que eran azotadas largas llamaradas.

Como resultado de los ataques concéntricos del enemigo y de la fuerte concentración de bombas incendiarias, en muy poco tiempo se desarrolló una enorme cantidad de incendios en esas zonas. Debe señalarse, en particular, que no solo hubo incendios en los tejados, sino que, como resultado de las bombas de fósforo y de las bombas líquidas [de gasolina y caucho], en muchas zonas grandes bloques de viviendas se incendiaron de pronto desde la planta baja.

Los incendios pudieron desarrollarse con una rapidez increíble, ya que los tejados habían sido arrancados, las paredes se habían derrumbado, las ventanas y puertas habían sido arrancadas de sus marcos o destrozadas por los ataques concentrados con bombas explosivas y minas, y sobre todo ello el fuego pudo alimentarse sin obstáculo alguno. Por estas razones no se produjo la etapa intermedia de desarrollo del incendio que, en ataques anteriores, había sido posible combatir y que había dado algunos de los mayores éxitos a las fuerzas de defensa civil de Hamburgo.

En muchos lugares, por tanto, se desarrollaron incendios extensos en muy poco tiempo. Y, según las leyes físicas ya expuestas, se formó una tormenta de fuego en cada uno de esos distritos donde había un incendio de gran extensión. El efecto de succión de la tormenta de fuego en las zonas mayores o más grandes de incendio tuvo como consecuencia atraer hacia ellas el aire ya sobrecalentado de las zonas de fuego menores. Así, los núcleos de las zonas más feroces de incendio absorbieron hacia sí los fuegos de las áreas menores.

Como resultado de este fenómeno, los incendios de las zonas menores fueron avivados como por fuelles, ya que el efecto de succión central de los incendios más grandes y poderosos atraía las masas circundantes de aire fresco. En consecuencia, todos los incendios crecieron hasta convertirse en una sola conflagración gigantesca.

Para formarse una impresión de esta enorme tormenta de fuego, creada a partir de innumerables incendios menores, debe tenerse presente que, por ejemplo, la zona afectada por los grandes ataques del 28 de julio tenía unos 5,5 kilómetros de largo por 4 kilómetros de ancho, es decir, una extensión de 22 kilómetros cuadrados.

 

[…]

 

La rapidez con que se desarrollaron los incendios y la tormenta de fuego anuló todos los planes y cualquier intento de la población de combatirlos. Casas que en ataques anteriores habían podido salvarse gracias a las valientes acciones de la defensa civil y de otras fuerzas cayeron víctimas de las llamas. En muchos casos, las vías de escape quedaron cortadas antes de que la necesidad de huir se hiciera evidente.

Después de sonar la alarma, las fuerzas de defensa civil esperaban en sus refugios; los bomberos de la defensa civil ampliada y de las unidades de defensa de fábrica estaban en sus puestos, aguardando el inicio y el desarrollo del ataque. Hileras de bombas explosivas destrozaron las casas hasta sus cimientos. Ya poco después de la caída de las primeras bombas explosivas, una enorme cantidad de incendios había comenzado como resultado de la gran masa de bombas incendiarias mezcladas con explosivos.

 

Las personas que entonces querían abandonar sus refugios para ver qué ocurría o para combatir el fuego se encontraban con un mar de llamas. Todo a su alrededor ardía. No había agua y, en vista de la enorme cantidad de incendios y de su extensión, cualquier intento de apagar el fuego era inútil desde el principio.

[…]

El hecho de que todavía ahora, en algunos días, se encuentren y retiren hasta cien cadáveres o más ofrece apenas una débil impresión de lo ocurrido. En conjunto, la destrucción es tan devastadora que, en el caso de muchas personas, literalmente no queda nada de ellas. A partir de una capa de cenizas en un gran refugio antiaéreo, los médicos solo pudieron estimar el número de personas que murieron allí: entre 250 y 300.

Solo será posible obtener una cifra exacta cuando todas las personas que entonces vivían en Hamburgo y que siguen con vida se hayan registrado de nuevo ante las autoridades.

Las horribles escenas que ocurrieron en el área de la tormenta de fuego son indescriptibles. Los niños eran arrancados de las manos de sus padres por el tornado y arrojados a las llamas. Las personas que creían haberse salvado se derrumbaban en cuestión de minutos ante la abrumadora fuerza destructiva del calor. Quienes huían tenían que abrirse paso entre los muertos y los moribundos. Los enfermos y frágiles tuvieron que ser dejados atrás por los rescatistas, pues ellos mismos corrían el riesgo de quemarse.

[…]

Y a cada una de aquellas noches de fuego y llamas siguió un día que revelaba el horror bajo la pálida e irreal luz de un cielo cubierto de humo.

 

El calor del pleno verano, elevado hasta un grado intolerable por las brasas de la tormenta de fuego; las finísimas partículas de polvo de la tierra removida, de las ruinas y de los escombros de la ciudad destruida, que penetraban por todas partes; el hollín y las cenizas que caían una y otra vez; calor y polvo de nuevo; y, por encima de todo, un olor pestilente a cuerpos en descomposición y fuegos humeantes: todo ello pesaba sobre la población.

 

Y a esos días siguieron nuevas noches con nuevos horrores: aún más humo y hollín, calor y polvo, aún más muerte y destrucción. A la gente no se le dio tiempo para descansar, planear el rescate de sus pertenencias ni buscar a sus familiares. El enemigo prosiguió con ataques incesantes hasta que la obra de destrucción quedó completa. Su odio se deleitaba en las tormentas de fuego, que destruían sin piedad a personas y bienes con igual fuerza.

La visión aparentemente utópica [sic] de una gran ciudad en rápida desintegración —sin gas, agua, luz ni transporte, con distritos residenciales antes florecientes convertidos en desiertos de piedra— se había hecho realidad.

 

Las calles estaban cubiertas de cientos de cadáveres. Madres con sus hijos, hombres, ancianos: quemados, carbonizados, intactos y vestidos, desnudos y pálidos como maniquíes de cera en un escaparate. Yacían en todas las posiciones, tranquilos y en paz, o tensos, con los estertores de la muerte escritos en la expresión de sus rostros.

La situación en los refugios antiaéreos era la misma y causaba una impresión aún más espantosa, porque en algunos casos mostraba la última lucha desesperada librada contra un destino despiadado.

Mientras en un lugar los ocupantes estaban sentados tranquilamente en sus sillas, pacíficos e intactos, como si durmieran, asesinados sin darse cuenta por el monóxido de carbono, en otro lugar la presencia de fragmentos óseos y cráneos mostraba cómo los ocupantes habían intentado huir y encontrar refugio fuera de su prisión convertida en tumba.

Si deseas saber más, consulta el documento “The Police President of Hamburg Reports on the Hamburg Firestorm in July-August 1943” en German History in Documents and Images [Historia alemana en documentos e imágenes].

El informe del jefe de Policía reducía la catástrofe a zonas, grados de temperatura, corrientes de aire, refugios, cadáveres y servicios destruidos. Pero Hamburgo no quedó solo como un problema administrativo. En los días posteriores, la ciudad siguió moviéndose bajo otra forma de violencia: la evacuación, la escasez, la búsqueda de permisos, la huida a pie y la sensación de que el orden cotidiano se había deshecho.

 

El 24 de agosto de 1943, Mathilde Wolff-Mönckeberg escribió a sus hijos una carta que nunca llegó a enviar. No era una mujer anónima en Hamburgo: era hija de Johann Georg Mönckeberg, antiguo alcalde de la ciudad, y permaneció allí durante la guerra junto a su esposo, Emil Wolff. Su carta no sustituye el testimonio de la noche del incendio; lo prolonga hacia la mañana siguiente, cuando la supervivencia ya no consistía solo en escapar de las llamas, sino en abandonar una ciudad sin servicios, sin transporte y sin seguridad:

A la mañana siguiente, María llegó con la noticia de que la ciudad debía ser evacuada de todas las mujeres y niños en un plazo de seis horas. No había gas, no corría una gota de agua, la electricidad fallaba, y el teléfono y el ascensor estaban averiados. Difícilmente puede uno hacerse una idea del pánico general y de la descomposición. Cada uno pensaba ya solo en huir; nosotros también.

W. corrió a la policía para conseguir los permisos de salida. Allí se había acumulado una marea humana, pero los obtuvimos porque pudimos indicar un destino. Pero ¿cómo íbamos a marcharnos? Los trenes de larga distancia solo llegaban hasta Harburg; todas las estaciones de Hamburgo estaban destruidas o seguían ardiendo; no circulaban tranvías, tren urbano ni ferrocarril elevado.

La mayoría de la gente cargó en carros, bicicletas, coches de niño y sobre sus propias espaldas todo lo que podía llevarse, y así se puso en camino, solo para salir, para marcharse. Por la Sierichstraße fluía una corriente humana; miles pasaron la noche simplemente al aire libre, con tal de escapar de la espantosa catástrofe de la ciudad. Durante la noche, los barrios de Hamm, Hammerbrook, Rothenburgsort y Barmbeck habían quedado casi arrasados hasta los cimientos.

 

Por eso todos querían marcharse. W. intentó en vano encontrar algún medio de transporte. La mayoría de los vecinos de nuestra casa preparaba la salida con la mayor prisa. Nosotros también arrastramos toda clase de cosas al sótano. Como apenas se podía cocinar, se establecieron cocinas comunitarias por todas partes, y donde se acumulaba la gente surgía la inquietud. A quienes llevaban insignias del Partido se las arrancaban y se oía el grito: “¡Queremos al asesino!”. La policía nunca intervino.

Si deseas saber más, consulta el documento “Mathilde Wolff-Mönckeberg’s Letter Describing the Aftermath of the Hamburg Firestorm (August 24, 1943)” en German History in Documents and Images [Historia alemana en documentos e imágenes]”.

El 28 de julio no fue solo una fecha de destrucción dentro de la guerra aérea. Fue una frontera en la experiencia civil del bombardeo: la distancia entre objetivo militar, barrio obrero, refugio y hogar quedó reducida a unos metros de humo, calor y falta de aire.

 

La Operación Gomorra continuaría en los días siguientes, pero aquella noche ya había cambiado la escala de lo posible. En el testimonio de Henni Klank quedó la huida desde el sótano; en el informe policial, la ciudad convertida en fenómeno físico, administrativo y funerario; en la carta de Mathilde Wolff-Mönckeberg, el día después: la multitud que salía con carros, bicicletas, coches de niño y bultos a la espalda.

Hamburgo no desapareció del mapa, pero durante esas horas dejó de funcionar como ciudad. Lo que quedó no fue solo un paisaje de ruinas, sino una población obligada a comprender que la guerra ya no llegaba desde el frente: descendía del cielo, entraba en los sótanos y seguía caminando al amanecer por las calles llenas de humo.

Civiles alemanes observan mientras oleadas de humo surgen encima de las obras de construcc

Civiles alemanes observan el humo sobre las instalaciones de construcción de submarinos de Deutsche Werke tras los ataques aéreos británicos y estadounidenses contra Hamburgo. Imperial War Museums identifica la imagen como una fotografía alemana capturada. (Foto: Imperial War Museums, EA 80019).

Una de las escenas de la ciudad de Hamburgo después del bombardeo aéreo de 1943 y la torme

Escena de destrucción en Hamburgo tras los bombardeos de julio de 1943 y la tormenta de fuego. La imagen muestra el paisaje urbano que quedó tras la Operación Gomorra, entre escombros, edificios calcinados y barrios enteros inutilizados por el fuego.

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