Hitler se entera del vuelo de Hess

Militares aliados y locales posan con los restos del Messerschmitt Bf110 de Rudolph Hess después de que se lanzó en paracaídas cerca de la localidad escocesa de Eaglesham.

En la mañana del domingo 11 de mayo de 1941 Hitler se encontraba en la Berghof en Obersalzberg después de su discurso ante el Reichstag a principios del mes, varios personajes del círculo cercano al Führer se encontraban reunidos para refinar los últimos detalles para la próxima invasión de la Unión Soviética.

 

La noche anterior Rudolf Hess había volado hacia Escocia en una supuesta misión secreta de paz. Rochus Minsch, guardaespaldas de Hitler, se encontraba en la Berghof en los momentos en que el adjunto de Hess entregaba la carta personal a Hitler:

Hitler durante la apertura de una reunión en el Reichstag en Berlín. De derecha a izquierda en la primera línea están Adolf Hitler, Rudolf Hess y Joachim von Ribbentrop. La imagen fue tomada por el fotógrafo de Hitler, Heinrich Hoffmann.

Karl-Heinz Pintsch –como estaba arreglado- se presentó él mismo en la Berghof a la mañana siguiente para entregar la carta preparada a Hitler. Hitler estaba indignado. ¡¿Hess?! ¡¿Hess?! ¿De toda la gente Hess hizo eso? ¿De toda la gente Hess? ¿Por qué me hizo esto? Hitler no se cansó de repetirse así mismo.

Si deseas saber más, lee “The Schellenberg Memoirs” [Las memorias de Schellenberg], de Walter Schellenberg.

Después del vuelo de Rudolf Hess a Escocia el 10 de mayo de 1941, Hitler estuvo momentáneamente lleno de tal consternación que era difícilmente incapaz de cualquier reacción. Era ahora que Martin Bormann, hasta el momento Reichleiter [Organizador Nacional] del Partido, hizo avances que le ganaron una posición decisiva en la confianza del Führer. Fue él quien inventó la teoría de que Hess se ‘había vuelto loco’ y persuadió a Hitler para que incluyera esta frase en el primer comunicado oficial al respecto. Desde el punto de vista de liderazgo político este fue un error que nunca pudo ser remediado, ya que la gente se preguntaba cómo un hombre pudo mantenerse por tanto tiempo en ese puesto de tal importancia como segundo de Hitler si era sabido que estaba demente.

Si quieres saber más, lee “Inside the Third Reich: Memoirs by Albert Speer” [Dentro del Tercer Reich: memorias de Albert Speer].

 

Walter Schellenberg, jefe del AMT IV E [Inteligencia de Asuntos Exteriores] de la Oficina Principal de Seguridad (RSHA), al mando de Reinhard Heydrich, escribió respecto de la “teoría de la locura” de Hess:

Si quieres saber más, lee “Hitler’s Last Witness: The Memoirs of Hitler’s Bodyguard” [El ultimo testigo de Hitler: las memorias del guardaespaldas de Hitler], de Rochus Minsch.

 

Entre la comitiva de Hitler que se encontraba en Berchtesgaden estaba Albert Speer, quien también recordó la escena:

Incluso mientras Hitler estaba inmerso en los planes para la campaña rusa, su mente ya estaba residiendo en los efectos teatrales para los desfiles de la victoria de 1950, una vez que el gran boulevard y el gran arco del triunfo hubieran sido completados. Pero mientras soñaba con nuevas guerras, nuevas victorias y celebraciones, él sufrió una de sus mayores derrotas de su carrera. Tres días después de la plática conmigo en donde había delineado más de sus concepciones del futuro, fui llamado a Obersalzberg con mis bosquejos. Esperando en la antesala en la Berghof, pálidos y agitados, estaban Leitgen y Pintsch, dos de los adjuntos de Hess. Me preguntaron si les permitiría ver a Hitler primero; tenían una carta personal de Hess que transmitirle. En este momento Hitler descendió de su habitación en la planta superior. Uno de los adjuntos fue llamado al salón. Mientras empezaba a hojear mis bosquejos una vez más, de repente escuché un grito inarticulado, casi animal. Luego Hitler rugió: ‘¡Bormann, de inmediato! ¿Dónde está Bormann? A Bormann se le dijo que debía ponerse en contacto con Goering, Ribbentrop, Goebbels y Himmler por los medios más rápidos posibles. Todos los invitados privados fueron confinados al piso superior. Muchas horas pasaron antes de que supiéramos lo que había sucedido. El segundo de Hitler había volado a la hostil Inglaterra.

 

Superficialmente, Hitler pronto pareció haber recobrado su compostura habitual. Lo que le molestaba era que Churchill podría utilizar el incidente para pretender a los aliados de Alemania que Hitler estaba extendiendo un sondeo de paz. ‘¿Quién me creerá cuando diga que Hess no voló allí en mi nombre, que toda la cosa es una especie de intriga a espaldas de mis aliados?’ Japón quizá pudiera alterar su política por esto, dijo inquieto. Le hicieron una llamada telefónica a Ernst Udet, el famoso piloto de cazas de la Primera Guerra Mundial y ahora jefe técnico de la Fuerza Aérea, y quiso saber si el avión bimotor que Hess estaba utilizando pudiera alcanzar su meta en Escocia y qué condiciones climatológicas podría encontrar. Después de un breve intervalo, Udet regresó la llamada para decir que Hess estaba probablemente destinado a fallar tan solo por razones de navegación; debido a los vientos laterales prevalecientes probablemente pasaría de largo de Inglaterra hacia espacio vacío. ‘¡Si tan solo se ahogara en el Mar del Norte! Entonces se desvanecería sin rastro alguno, y podríamos trabajar en una alguna explicación inocua a nuestro gusto’. Pero después de unas horas su ansiedad regresó y con la finalidad de anticiparse a los ingleses, decidió anunciar por la radio que Hess se había vuelto loco. Sin embargo, los dos adjuntos fueron arrestados –como era la usanza a los heraldos de malas noticias en las cortes de antiguos déspotas-.

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