Cazadores nocturnos sobre el Ruhr

La torreta trasera destrozada del Avro Lancaster B Mark I ED413 “DX-M” “Minnie the Moocher”, del Escuadrón Nº 57 de la RAF, después de regresar a Scampton, Lincolnshire, tras el ataque nocturno contra Oberhausen del 14/15 de junio de 1943. Durante la misión fue atacado por cazas nocturnos alemanes: un proyectil de cañón explotó en la torreta trasera y mató al artillero, el sargento R. F. Haynes; otros impactos dañaron el equipo de radio y de navegación y perforaron el fuselaje.
En la noche del 14 al 15 de junio de 1943, el Comando de Bombarderos de la RAF atacó Oberhausen, en la cuenca del Ruhr. No fue una operación gigantesca como las grandes incursiones de meses anteriores, pero sí una misión significativa dentro de la Batalla del Ruhr: 197 Lancaster y 6 Mosquito fueron enviados contra una ciudad industrial defendida por artillería antiaérea, reflectores y cazas nocturnos alemanes.
La operación fue dirigida por Mosquito de la Pathfinder Force, equipados con Oboe, que marcaron el centro del objetivo a través de las nubes. El ataque logró concentrar el bombardeo sobre la ciudad, pero el costo fue alto: 17 Lancaster no regresaron, lo que representa aproximadamente el 8,4% de la fuerza enviada. La defensa nocturna alemana estaba aprendiendo a golpear con mayor eficacia a la corriente de bombarderos británicos.
Ese mismo avance alemán, sin embargo, ofrecía una oportunidad. Muchos cazas nocturnos de la Luftwaffe utilizaban radar de interceptación aérea para acercarse a los bombarderos. Si los británicos podían detectar esas emisiones, también podían localizar a los cazas enemigos. De esa idea nació Serrate, un receptor instalado en cazas nocturnos británicos que permitía captar las señales de los radares alemanes.
El sistema no era perfecto: indicaba la presencia y la dirección relativa de un radar enemigo, pero no proporcionaba por sí solo una distancia precisa. Por eso se combinaba con el propio radar británico de interceptación aérea, conocido como AI. El resultado era una especie de caza dentro de la caza: mientras los cazas alemanes buscaban bombarderos británicos, algunos Beaufighter británicos intentaban localizar a los cazas alemanes por sus propias emisiones.
Uno de los primeros pilotos en emplear Serrate con éxito fue el comandante de ala J. R. D. “Bob” Braham, acompañado por su navegante y operador de radar, el oficial de vuelo W. J. “Sticks” Gregory. Braham recordó así una de aquellas misiones nocturnas sobre Alemania:
Sticks estaba vigilando continuamente las pantallas de Serrate y del AI.
—Tengo una serie de señales de cazas nocturnos, Bob. Voy a tomar la más fuerte. Vira diez grados a estribor y veremos si podemos alcanzar éste.
Ahora volábamos hacia las señales emitidas por el radar de interceptación aérea de un caza nocturno alemán. Las limitaciones técnicas de Serrate no nos daban idea de lo cerca o lejos que estaba el avión hasta que lográramos contacto con nuestro propio AI, pero sí podíamos situar su posición relativa respecto de nosotros en el espacio.
El fuego antiaéreo apareció a lo lejos y los bombarderos que iban delante de nosotros empezaron a ser atacados.
—Lo siento, Bob; esa señal ha desaparecido. Pero tengo otra. Babor veinte grados.
Viré el Beau hacia nuestro nuevo rumbo y, de pronto, el avión se sacudió al entrar en la estela de hélice de otro aparato que iba por delante. No podía ver nada, pero probablemente era uno de nuestros bombarderos. Una vez más, tras una breve persecución, no tuvimos suerte.
La señal de Serrate desapareció, aunque siempre había otras que indicaban la presencia de un gran número de cazas enemigos. Parecía que el enemigo sólo encendía su AI durante períodos breves.
Para entonces nos acercábamos a la cuenca del Ruhr, y el fuego antiaéreo se intensificaba mientras los bombarderos comenzaban a soltar su carga. Los incendios y las explosiones podían verse a muchas millas de distancia mientras Oberhausen recibía golpes mortales.
Pero aquella no era una batalla de un solo lado. A la derecha apareció un resplandor en el cielo y luego un cometa en llamas cayó hacia tierra. Tomé nota de la posición y maldije. Probablemente era uno de nuestros bombarderos.
—Mantén bien vigilados los equipos, Sticks. Hay un buen montón de “hunos” por aquí.
Más adelante apareció otro fuego en el cielo, cayendo poco a poco, cada vez más bajo, hasta estrellarse en lenguas de fuego, marcando la tumba de otro avión. La cosa se estaba poniendo caliente.
Estábamos cerca de las ruinas ardientes de Oberhausen, y el cielo sobre nosotros estaba lleno de proyectiles antiaéreos que estallaban y de cohetes lanzados por los Pathfinders para señalar a la fuerza principal dónde debía soltar sus bombas.
Había tantos bombarderos sobre la ciudad que los artilleros alemanes no podían esperar a apuntar a aviones individuales. Levantaban una cortina de acero con la esperanza de alejar a sus verdugos. Fue inútil. El ataque continuó.
Para entonces, los bombarderos de cabeza ya se alejaban del objetivo y ponían rumbo a casa. Así que, bordeando la ciudad en llamas, volvimos a meternos tras su estela. Hasta ese momento sólo había visto destellos fugaces de sombras al pasar cerca de uno o dos de nuestros bombarderos, aunque habíamos atravesado muchas de sus estelas mientras cruzábamos una y otra vez la corriente, en lo que parecía una búsqueda infructuosa de los muchos cazas alemanes.
Entonces apareció emoción en la voz de Sticks.
—Bob, tengo otra señal. Vira suavemente a babor.
Mientras maniobraba el Beau, conté otros tres aviones en llamas dentro de mi campo de visión. Sabía que nuestros bombarderos rara vez derribaban a un caza nocturno alemán, así que sólo podía suponer que el enemigo se estaba cobrando su venganza por el ataque.
—Bob, creo que éste está detrás. La señal es fuerte.
—¿Tienes algo ya en el AI?
—No, pero sigue virando.
Era una sensación extraña saber que estábamos jugando una partida mortal de escondidas contra un enemigo invisible.
—Bob, tengo contacto en el AI, a 2,000 yardas por detrás. Vira a babor tan cerrado como puedas.
—¿Estás seguro de que no es uno de nuestros bombarderos?
—Sí, seguro. No lo es. Las señales de Serrate y del AI coinciden. Sigue virando; está a unas 1.000 yardas, a veinte grados a babor y un poco más alto. Ahora suaviza un poco el viraje y observa. Te acercas deprisa; debes verlo en cualquier momento. Está a sólo 600 yardas y muy a babor.
—¡Lo tengo, lo tengo! —grité, emocionado.
A la luz de la luna alcancé a ver un avión en mi línea de babor. En ese instante se enderezó y tomó rumbo sur a 10.000 pies. Era un Me 110. Tal vez me había perdido en su propio AI.
A unas 400 yardas abrí fuego, corrigiendo gradualmente la deflexión, de modo que, mientras me colocaba en su cola, el punto de mi mira eléctrica se centró en el fuselaje.
Las explosiones aparecieron por todo el Me. Ardiendo con fuerza, se lanzó en picada hacia tierra. Para entonces, Sticks tenía la cabeza fuera de la “oficina” y gritaba de alegría al ver a nuestro enemigo caer convertido en una gran llamarada.
No era momento de relajarse.
—Sigue vigilando tu aparato, Sticks. Hay un montón de señales alrededor.
Al comprobar la posición de nuestro combate, me di cuenta de que el Me 110 se había estrellado en la costa noreste del Zuider Zee.
Si deseas saber más, lee Scramble!: The Memoir of Britain’s Most-Decorated RAF Fighter Pilot [¡Dispérsense!: Las memorias del piloto de combate de la RAF más condecorado de Gran Bretaña], de J. R. D. Braham.
La misión de Braham y Gregory muestra una fase menos visible de la guerra aérea nocturna. No se trataba sólo de bombarderos sobre una ciudad industrial ni de cazas alemanes atacando en la oscuridad. También había iniciado una batalla técnica para detectar, engañar y explotar las emisiones de radar del adversario.
Serrate no eliminó la amenaza de los cazas nocturnos alemanes, pero abrió una posibilidad nueva: convertir al cazador en presa. En una noche como la de Oberhausen, mientras los Lancaster cruzaban el Ruhr bajo fuego antiaéreo y ataques de cazas, un Beaufighter podía seguir una señal invisible, acercarse por detrás y derribar a un enemigo que, hasta ese momento, creía acechar a otros.
El episodio también recuerda que la superioridad aérea no se determinaba sólo por el número de aviones. Dependía de radares, operadores, señales fugaces, cálculos de distancia, decisiones tomadas en segundos y de tripulaciones capaces de mantener la calma en una oscuridad llena de fuego, sombras y ecos electrónicos.

Tres cazas nocturnos Bristol Beaufighter Mark IF del Escuadrón Nº 600 de la RAF, con base en Colerne, Wiltshire, vuelan en formación escalonada hacia estribor. El censor de guerra eliminó de la fotografía las antenas del radar de interceptación aérea AI Mark IV, una muestra del secreto que rodeaba la tecnología de radar británica.
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Personal de la Women’s Auxiliary Air Force prepara y reabastece un Bristol Beaufighter Mark VIF para una misión nocturna desde la Unidad de Entrenamiento Operacional Nº 51, en Cranfield, Bedfordshire, mientras el piloto espera cerca. Los cazas nocturnos dependían tanto de sus tripulaciones aéreas como del trabajo técnico de tierra.

El comandante de ala J. R. D. “Bob” Braham y su navegante/operador de radar, W. J. “Sticks” Gregory, formaron uno de los equipos de caza nocturna más exitosos de la RAF. La fotografía fue tomada en Benson el 19 de mayo de 1944, cuando Braham ya había acumulado una larga experiencia en combate nocturno y diurno.
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Mecánicos de la RAF y de la Women’s Auxiliary Air Force trabajan en un Bristol Beaufighter Mark VI en un hangar de mantenimiento de la Unidad de Entrenamiento Operacional Nº 51, en Cranfield, Bedfordshire. Revisan el tren de aterrizaje, la hélice y el motor de un avión destinado a operaciones nocturnas.

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